La Voz de Galicia lavozdegalicia.es - blogs | Inmobiliaria | Empleo | Mercadillo

Los ladrones de sonrisas

Escrito por Antón Bruquetas
14 de marzo de 2012 a las 10:27h

Las sociedades solo se convulsionan a golpe de catástrofe. Ocurrió con el desastre de Fukushima, los atentados del 11-M, el 11 de septiembre, el tsunami del sudeste asiático… Pero pocas veces se escandalizan cuando la sangría de vidas es lenta; cuando las tragedias se resuelven en la intimidad; cuando los ladrones de sonrisas esperan sobre el asfalto, se visten con pinzas de cangrejo o bailan alrededor de la última miga de pan.

Javi, quien se marchó la semana pasada cuando todavía contaba poco más de treinta años, es uno de estos casos. Fuimos compañeros en la universidad y quizás yo le guardaba más afecto del que él me tenía a mí. Pero eso es lo de menos, porque de lo único que estoy seguro es de que el mundo no se podía permitir perder a una persona de su categoría. Alguien especial, con un talento natural para hacer reír, para transmitir felicidad… Hoy lo recuerdo igual que el día en que lo conocí, que cuando jugábamos al baloncesto, que cuando comentábamos una de las genialidades de su admirado Andrés Montes,… siempre con esa cara que decía que la vida podía ser maravillosa. Luego nuestros caminos se separaron, él se refugió en su círculo más cercano para combatir la enfermedad y nos perdimos la pista. El jueves dos llamadas me confirmaron que había muerto.

Y ahora me pregunto si se hace algo para vendar estas heridas, si se hace algo para frenar una hemorragia que encharca, pero que en realidad permanece invisible… Y encuentro que no dispongo del valor suficiente para ahondar en esta cuestión… Como aseguró un día Edward Whymper, “hay alegrías demasiado grandes para ser descritas con palabras y hay dolores sobre los que no me atrevo a extenderme”.

@antonbruquetas

El beso de dios

Escrito por Antón Bruquetas
6 de marzo de 2012 a las 10:53h

La sentencia del caso Anthony Ruffo devolvió a la actualidad la trágica muerte de Andy Irons. Recobró vigencia como un ejemplo de talento extinto por los excesos. Y con ella, también saltó de nuevo a la primera línea informativa el artículo Last Drop donde Brad Melekian, pocos días después del fallecimiento del tricampeón mundial, iluminaba pasajes de la carrera de Irons hasta entonces no revelados. Entre ellos, la parada cardíaca que sufrió la noche en que cumplía 21 años. Además, Melekian denunciaba los esfuerzos de la industria del surf y de los deportistas para silenciar esta clase de sucesos.

Pero el texto también incluye el que quizás sea el mejor legado de Andy Irons a la historia del surf. Se encuentra hacia el final y si no prestan atención les pasará desapercibido. Lo achica la contundencia del relato. Y no. No se crean que se trata de la narración de uno de sus debastadores giros. Es algo más complejo. Es la definición de un modo de vida a mitad de camino entre el cielo y el mar. «Surfear -reflexiona el hawaiano- es lo más cerca que puedes estar de recibir un beso de Dios».

@antonbruquetas

Anthony Ruffo, el ángel caído

Escrito por Antón Bruquetas
27 de febrero de 2012 a las 12:37h


Foto: Rocky Romano

Cuando todavía era un adolescente descubrió el surf en Santa Cruz (California), el lugar donde nació. Rápidamente se enamoró del dulzor que la adrenalina libera por el cuerpo cuando la tabla se desliza sobre la pared de una ola. Y entonces, como años más tarde explicaría en una entrevista en el New York Times, Anthony Ruffo encontró un camino para vivir.

Arrancaba la década de los 80 y su estilo agresivo y desafiante, con un recorte abrasivo, cautivó a la industria. A los 21 años ganó su primera gran competición, lo que le permitió lograr varios contratos de patrocinio con marcas importantes. Empezaba a encarrilar su carrera, acababa de ingresar en el circuito mundial. Pero aquella victoria, tal vez, fue el primer paso hacia su caída.

«El consumo de drogas era habitual en los campeonatos», explicaba Ruffo a finales del año pasado. «Ir a Brasil y comprar nueve gramos de cocaína era parte del circo… Estaban las fiestas, las chicas…», añadía. A todo trapo, de la misma manera que se construyó un nombre dentro del agua, Ruffo edificó su reputación en la noche.

Durante años estuvo entregado a una vida sin freno. Iluminada por los estupefacientes y el abundante dinero que su talento le reportaba sin apenas esfuerzo. Sin embargo, poco a poco, Anthony Ruffo se fue haciendo mayor. Y si hay algo que las marcas no perdonan es que alguien pierda su juventud, que quede descatalogado. La cuenta corriente comenzó a desplomarse. Tenía 35 años.

Cuando ya intuía el abismo, un amigo le ofreció metaanfetamina. Nunca hasta entonces la había probado. Sintió un alivio instantáneo a sus problemas, similar al que experimentaba cuando giraba sobre el Pacífico. Así inició el sprint que lo llevaría a prisión.

Adicto a esta nueva droga, era incapaz de financiar las cantidades que consumía. Empezó a vender en su ciudad para una banda latina, Los Norteños. En el 2005 lo detuvieron por primera vez. Tuvo que pagar una multa y seguir un programa de rehabilitación que, por supuesto, nunca cumplió.

En el 2010, la policía irrumpió en su vivienda de Santa Cruz y encontró 28 gramos de metaanfetamina pura. Ruffo alegó que no eran suyos, pero no le creyeron. A la espera de juicio, contactó con una asociación de Nueva York que se dedica a la desintoxicación y después de una corta estancia en aquel centro, volvió limpio. «Me sentí otra vez con la mente clara. Una sensación que había olvidado», dijo.

A lo largo del siguiente año, abrió una pequeña sucursal de la asociación en su propia casa, donde organizaba charlas para ayudar a los adictos a la metaanfetamina a dejar la sustancia. Para muchos, era solo un lavado de cara ante la posible condena a la que se enfrentaba; otros, por el contrario, querían creer que había cambiado.

Infatigable, Ruffo trató de persuadir a los escépticos, no se cansó de anunciar que, como en el pasado le había ocurrido con el surf, ahora había encontrado un rumbo hacia el que caminar el resto de sus días. Sin embargo, sus recientes obras en favor de la comunidad no convencieron al juez Paul Marigonda. La semana pasada dictó para él cinco años de cárcel, de los que probablemente solo cumpla uno. Quien un día fue un leyenda en el océano recibió el veredicto con el rostro desencajado y 48 años sobre la espalda. En aquel momento, el nuevo ángel supo que su travesía había terminado entre rejas.

@antonbruquetas

Aquellos ojos tristes

Escrito por Antón Bruquetas
9 de febrero de 2012 a las 14:34h

Sí, es cierto. Ha pasado demasiado tiempo desde la última vez que escribí. Y tú me dirás, al igual que ya lo han hecho Raúl, Ton o Miguel, que no es de recibo, que voy a perder los pocos seguidores que me quedan. Y sabes qué, que tienes toda la razón. Pero, en ocasiones, las cosas no salen como uno quiere. Otras ocupaciones, demasiados tableros de ajedrez en los que estudiar el próximo movimiento, el ritmo de la vida que ahora vuela a lomos de un pájaro al que no se le puede perder la pista ni para ir al baño,… Y, en realidad, poco alimento para trazar un relato que merezca la pena ser contado. Pero, afortunadamente, cuando tú no encuentras una historia, la historia te encuentra a ti.

Los charcos poco profundos anunciaban la fina lluvia que había caído durante la noche. Sin embargo, la mañana lucía despejada. El viento del norte enfriaba el aire sobre el que se derramaba el azul del cielo. El Atlántico rompía pequeño y ordenado. Peinado ligeramente desde tierra. Un baño tranquilo con caras conocidas, los pocos que quedamos cuando se marcha el calor. Y al salir, ya sin el traje de neopreno, mientras me abrochaba el último botón de la camisa y los pies trataban de recuperar el aliento, aparecieron los dos.

Se acercaron con esos pequeños saltitos que dan los perros cuando se desplazan agitados desde un punto a otro. Todavía conservaban el pelo húmedo, pero el primero aún lo mantenía cuidado, como si fuese el primer día que se le alborotaba. De hecho, me recibió como un excursionista perdido a su rescatador. El que caminaba a su lado ya estaba curtido. Cruzamos un par de miradas y entendió al instante que yo tampoco los iba a salvar. Y entonces le murmuró algo a su compañero para que me dejase tranquilo, pero no le quiso escuchar. Y me vi obligado a cerrar la puerta del coche para terminar de vestirme.

Con toda la ropa encima estuve a punto de salir. Quería despedirme. Desearles suerte. Sin embargo, me pareció casi más cruel que lo que hice. Lo único que, por otra parte, podía hacer. Di marcha atrás, salí del aparcamiento, puse primera y aceleré al máximo. A los pocos segundos levanté la vista hacia el espejo retrovisor y allí estaban los dos corriendo detrás del coche. Al primero lo recuerdo aún con aquellos ojos rotos, los de quien se siente abandonado por primera vez. Unos ojos tan tristes que se me clavaron en el corazón.

@antonbruquetas

El camarote de las ideas perdidas

Escrito por Antón Bruquetas
25 de diciembre de 2011 a las 14:23h

No me apasiona la Navidad. Y no se crean que es por esa molesta moda de oponerse a cualquier celebración establecida, ese movimiento moderno de atacar el calendario sin motivo aparente. No me gusta la Navidad por algo más natural, por lo que, intuyo, a muchos de quienes están leyendo estas líneas tampoco les hace demasiada gracia alcanzar esta hoja del almanaque. 

Son días que invitan a ejercitar la memoria, a echar la vista atrás, y en esa clase de ejercicios, conforme van pasando los años, casi nunca me salen las cuentas. Sillas en las que ya no se sienta nadie, ladridos de los que solo queda el eco, esos mensajes que ella ya no manda… También es cierto que hay sonrisas nuevas en la mesa y que los mensajes que mandaba ella ahora los envías tú. Y reconforta. Y alegra ver cara a cara a un ser querido con el que solo puedes conversar por teléfono el resto del año. Claro que sí.

Pero, qué quieren que les diga, me sigue lastimando contemplar cómo el oleaje, cuando barre la cubierta de este barco, se lleva por delante a alguno de mis marineros e incluso me duele más cuando son ellos quienes saltan por la borda para sortear el temporal con otro rumbo. Solo espero que el día en que esta nave, con velas zurcidas y cuadernas remendadas, zozobre, nos encontremos todos en una isla desierta, el lugar donde cualquier náufrago debe terminar su historia.

Mientras tanto lo que me apetecería es calarme un gorro de lana hasta las orejas y hacer sonar sin parar una armónica por algún rincón perdido de Manhattan durante las gélidas noches de invierno. Pero no sé tocar la armónica y tampoco vivo en Nueva York. Así que, pensándolo mejor, quizás sería más agradable una Navidad en Nueva Zelanda. Hace poco conocí a una chica de allí y me contó que lo que más le gusta de estas fechas en su país es que empieza el calor y que mata los días haciendo barbacoas en la playa con sus amigos. 

Y ahora me entran ganas de abrir una cerveza bien fría en un templado atardecer. Tirado en la arena, con una suave brisa de tierra acariciándome la cara, mientras el sol se refugia en el horizonte. Creo que empiezo a recordar el motivo de que este camarote de las ideas perdidas se llame El verano interminable… 

Ahhh, casi se me olvida, feliz Navidad a todos.

@antonbruquetas

El placer de descubrir

Escrito por Antón Bruquetas
22 de diciembre de 2011 a las 20:22h

La boca se inunda de un ligero escozor y los pulmones sufren un ataque repentino de claustrofobia. Es una sensación especial. No la he experimentado en otra circunstancia de la vida. Solo surge cuando delante de mí rompe una ola nueva y solitaria. Una ondulación que conserva la magia de lo exclusivo, de lo diferente. Estimula, emociona y, a la vez, tranquiliza. Sabes que acabas de lograr lo que habías perseguido. 

Por eso, el verano pasado me lancé a descubrir. Galicia todavía lo permite. Hay rincones de la costa en los que seguro que no fui el primero en entrar al agua, pero que sí permanecen lo suficientemente alejados como para que continúen vacíos. Vistos a través de mis ojos aún encerraban el atractivo de un territorio sin explorar. Las primeras veces son maravillosas. Incluso desfiguras la realidad. De pronto, el mar no para de brillar. Te apetece contárselo a todo el mundo, quieres compartir la ilusión y que los demás se ilusionen contigo. Aunque también eres consciente de que, tarde o temprano, se terminará y volverá la anestesia de la rutina. 

Y ahora pienso que quizás el final no sea lo importante, quizás lo realmente trascendente sea plagar el camino de instantes que guarden el placer de descubrir. Ese, al menos, es mi consuelo.

@antonbruquetas

La luz del día

Escrito por Antón Bruquetas
29 de noviembre de 2011 a las 18:14h

A Lupe, porque me hace creer en las almas gemelas

Fragmentos distintos que componen una misma realidad; piezas que juntas aprehenden la luz de un día, menos de doce horas que agitan un mar de recuerdos.

@antonbruquetas

Cuando el cielo abriga

Escrito por Antón Bruquetas
23 de noviembre de 2011 a las 19:30h

“Soy de los que nunca se ocupan de fortunas principescas y estoy bien contento si el mundo está dispuesto a alojarme…” Herman Melville, Moby Dick.

Fuerteventura. El mar picado por el viento que sopla desde fuera. Una brisa sostenida del noroeste revuelve la superficie. El Atlántico parece la colcha de una cama antes del amanecer. Se hace tarde. El día vive su otoño. No hay demasiado tiempo para decidir. En nuestra espalda solo quedan horas perdidas. 

Comienza el ritual. El traje corto por la cintura, la parafina en la mano derecha y la tabla apretada entre los muslos. Jaime, Fofi y Peter siguen mis pasos sobre la roca volcánica. Cada movimiento castiga la fragilidad de los pies. La sensación es diferente dentro del agua templada. Allí bailamos alocados. Pero las olas escasean y a pesar de que el sol todavía suspira entre las nubes, el viento enfría el cuerpo.

Mientras camino hacia el coche noto cómo el cielo me abriga. Rebeca que acaba de abrir los ojos también se da cuenta y baja ligeramente la ventanilla para palpar ese instante especial. Por la rendija entre el cristal y la carrocería se desliza una melodía que de golpe nos sumerge en un bucle. Entonces comprendo que algo del surf que tanto me apasiona también se encuentra en aquellas nubes. Y reconozco en el momento el resplandor decadente de una historia de amor cuando está a punto de terminar.     

@antonbruquetas

El ruido no cura las heridas

Escrito por Antón Bruquetas
21 de noviembre de 2011 a las 0:31h

En el último post hablaba, entre otras cosas, de los complejos significados que se encriptan en algunas fotos. Describí todos los que pude percibir en aquella ya histórica instantánea donde Slater recibe su undécimo titulo. Sin embargo, con el paso de las horas me di cuenta de que se me había deslizado al menos uno. Camuflada en un apretón de manos se encontraba la solemnidad de una despedida. La imagen ocultaba el adiós de una de las personas más importantes del surf mundial durante los últimos años, de la figura más trascendente de la ASP: Brodie Carr, el director general de la organización. Oficialmente su dimisión en el cargo se produce por el grave error de la prematura proclamación de Kelly Slater como campeón del mundo. Pero a casi nadie se le escapa que en su renuncia existen otros factores quizás más decisivos que esa terrible equivocación.

Desde la implantación del nuevo sistema de ascensos a mitad de temporada y el ranking unificado, las críticas no han parado de llover a la cúpula de la asociación. De hecho, destacados profesionales de este deporte, encabezados por Bobby Martínez o Jamie O’Brien, expresaron públicamente un rechazo atroz a este formato. Un enfrentamiento que los llevó a alejarse de la competición. Hasta Dane Reynolds, llamado a pelear por el número uno, también se ha desconectado de los campeonatos. Una pérdida irreparable para el circuito. Y lo más preocupante es que la epidemia por ahora no tiene fin.

Además, durante esta temporada algunas decisiones incomprensibles de los jueces provocaron un profundo malestar entre los surfistas y, en ocasiones, entre los aficionados. Fue el caso de la eliminación de Owen Wright en la manga contra Adriano de Souza durante la prueba de Brasil. A partir de entonces la sospecha de que la ASP trataba de favorecer a los brasileños (que representan a un mercado emergente) se ha ido consolidando.

Demasiados tropiezos para un solo año. La única forma de digerirlos parecía que era con una gran celebración. Slater agranda su leyenda. Once títulos mundiales. Sin embargo hasta en eso salieron mal las cuentas. De todos modos, aunque hubiesen acertado con los cálculos, pienso que se equivocaban si creían que el ruido cura las heridas.

P.D. Rumores desde Hawai: El año que viene se elimina el formato que contempla ascensos y descensos de surfistas a mitad de temporada.

@antonbruquetas

La esencia del campeón

Escrito por Antón Bruquetas
9 de noviembre de 2011 a las 2:27h

Hay fotografías que solo sirven para manchar. Este, por mucho que en ocasiones lo parezca, no es un oficio menor. De rellenar con acierto, de embellecer el continente, vive el arte. Pero existe, para mi gusto, otra clase de imágenes superior. Son las que un día el mejor retratista que conozco definió como contenedores de palabras. Son las que explican en un ordenado despliegue de píxeles más de lo que una página desbordada de letras es capaz.

En esta última categoría se encuentra, por ejemplo, la que un poco más arriba acompaña a este texto. Simple, pero demoledora. Está tomada poco después de que Kelly Slater asegurase de forma oficial su undécimo título mundial. Sentado, en la soledad de un vestuario casi vacío, recibe el trofeo que le habían arrebatado mientras todavía se recuperaba de la primera celebración. Lo recepciona con el mismo gesto que exhibe en cada triunfo. No hay rastro de reproches por la equivocación. Aunque, como dije antes, permanece sentado. Igual que lo haría un rey cuando ofrece audiencia a quienes le rinden pleitesía.

Se lo entregan los dos máximos responsables de la ASP. No pueden ocultar que le están eternamente agradecidos por haber solventado el marrón con diligencia. Sus caras dicen que acaban de superar el trago más agrío de sus vidas. Horas donde imaginaron que todavía había espacio para una debacle mayor. Inundaron las cabezas de frases condicionales. Y si…., y si… Se torturaron pensando en que todo podría ocurrir.

Pero eso es lo que distingue a Slater de los demás. Él rebuscó en el futuro y solo encontró la victoria. Porque lleva la determinación grabada en las entrañas. Es el oxígeno del ganador, la esencia del campeón.

@antonbruquetas