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God save British people (así, en general)

Viernes, febrero 18th, 2011

Dice mi madre que soy una malhablada. Yo se lo discuto permanentemente. Pero en este caso, solo me queda decir esto así de claro: los actores británicos son la leche. Lo podría decir con mucha más elegancia, con esa clase que ellos mismos destilan por cada poro, ¿pero a que así queda bien claro? Y esperad que empiezo con la lista, y no por orden de aparación, sino de adoración:

.Geoffrey Rush (vale, es australiano. Y de hecho, hace de australiano. Pero está fuera de moldes)

. Derek Jacobi

. Colin Firth

. Michael Gambon (vale, es irlandés…)

. Timothy Spall (vale, sale poco… ¡pero qué Churchill!)

. Helena Bonham Carter

Bien, visto el plus de nacionalidades, y para no herir sensibilidades, lo dejamos en un Dios bendiga a la escuela británica de interpretación. Porque así, en plan indigestión de lo que es un actor y lo tiene que hacer cuando le ponen un guión (bueno, por otra parte) delante, estos señores se marcan un recital de interpretación a la enésima potencia en El discurso del rey (Tom Hooper, 2010). Vaya por delante que no es la mejor película que he visto en los últimos meses, y que si tuviese que hacer una quiniela para los Oscar, de lo que he visto hasta ahora, el premio se lo llevaría Valor de Ley. ¿Pero que valen la pena los 7,50 euros pagados? (y no lo digo con retintín, me encanta que estéis ahí para criticarme, en serio) Los vale, los vale. Aunque a veces parezca más un preciosista ejercicio de forma, es precisamente el trabajo de sus estupendos actores lo que eleva la película por encima de la media y provoca una especie de sonrisa de confianza en el género humano y su afán de superación. Vamos, que sales del cine con un subidón. Eso que se llama a veces, con mala baba, “cine bonito”, pero además, bien interpretado. Un cine que, en esta ocasion, se queda más en el retrato de personajes que en el análisis de una época histórica y que, es una pena, desaprovecha la jugosísima relación entre el príncipe de Gales y Wallis Simpson. Nadie es perfecto… Incluso la a veces pelín cargante Helena Bonham Carter consigue que nos olvidemos de su papel de excéntrica habitual para que nos creamos perfectamente que la reina madre de Inglaterra una vez fue joven… y estirada.

Las películas basadas en hechos reales y en superaciones personales (esto de estar destinado a reinar y ser tartamudo es un marrón, la verdad) son carne de premio. Se ha llevado siete Baftas, incluida mejor película, el Goya a la mejor película europea (que podría discutir durante horas, teniendo en cuenta que competía con La cinta blanca. En fin), el Globo de Oro para Firth… que ha pasado de ser un chico pelín soso a estar en todas las galas y a llevarse todas las papeletas para ganar un Oscar por su estupendo papel como Bertie, el príncipe segundón y tartamudo a quien una divorciada norteamericana y su disperso hermano (qué gusto recuperar a Guy Pearce, de vez en cuando), suben al trono sin saber pronunciar ni la letra “p”.

Claro que Firth borda el papel. Pero la película perdería enteros si no fuese por ese fenómeno llamado Geoffrey Rush que es, de verdad, el alma de este Discurso del Rey. Desde sus Shakespeares con sus hijos, al enternecedor miedo a su mujer, hay en cada gesto, cada mirada de Rush una lección de interpretación: no lo ves a él, ves a ese Lionel Logue que enseñó a hablar ante un micrófono a aquel proyecto de rey.

(Y no saben, para alquien que se sienta cada día delante de un micrófono, qué bien sienta tragarse dos horitas de homenaje, en realidad, a los pioneros que empezaron, justo antes de la II Guerra Mundial, a aprovechar el poder de la radio para colarse en las casas de cada ciudadano, para hablarles al oído, ante aquellos enormes y antiguos micros).

ojd