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Sangre, sudor y neurosis

Lunes, febrero 21st, 2011

Ingredientes: dos tazas de Las Zapatillas Rojas (Powell y Pressburger, 1948); una taza de Paso decisivo (Herbert Ross, 1977); otra de The Company (Robert Altman, 2003) media taza de Eva al desnudo (Mankiewicz), y tres cuartos de kilo de la tendencia de Darren Aronofsky de bucear en lo más complejo y enfermizo de la mente humana (desde Pi a El luchador pasando por la delirante y estupenda Requiem por un sueño, la verdad es que las cintas de este señor deberían ser analizadas por psiquiatras). Mezclar bien, añadir unos vistosos tutús diseñados por las chicas de Rodarte, incorporar a una actriz con ganas de sacarse el sambenito de niña mona y frágil, y ahí está Black Swan. Lo último de Aronofsky no es apto para todos los estómagos, y no porque sea especialmente dura visualmente (que también) sino, y sobre todo, porque no resulta nada sencillo dejarse llevar en el viaje a su propio infierno que se marca Natalie Portman (en una interpretación brutal que debería valerle algo así como tres Oscar, uno por cada una de los personajes que consigue transmitir su papel).

La historia no es nueva (sobre todo para quien conozca ese subgénero que son las películas de ballet): una prometedora bailarina (Portman) obsesionada con su primer papel protagonista, otra que ve cómo su carrera se acaba (Wynona Ryder), un director duro hasta la crueldad (Vincent Cassel), una madre-vampiro (estupenda Barbara Hershey), y una rival (Mila Kunis) que no se sabe muy bien si te va a lanzar escaleras abajo o solo disfruta de la vida. Y un Lago de los cisnes que cualquiera que conozca algo de ballet se sabrá de memoria y que, la verdad, no es que los guionistas hayan sido muy sutiles al trasladarlo a la vida real (por llamarlo de alguna manera…). Aparte del lado sexual del tema, que claro, sobre la escena y en tutú resulta mucho menos obvio que en el salvaje camino para dejar atrás la auto represesión de la protagonista.

blackswan

Pero encaja. Desde la visión (criticadísima, por cierto, en Estados Unidos), del funcionamiento interno de una compañía de danza y la dureza de un trabajo que destroza literalmente el cuerpo de los bailarines, a la transformación – incluso física, aunque a mí, qué queréis, esta parte con plumitas me sobra- de una mujer aparentemente normal en un ser obsesionado con un personaje, el del cisne negro que da nombre a la película, que la devora en una espiral de autodestrucción en la que nada es lo que parece. Ni en la cabeza de Nina ni en lo que el espectador percibe. ¿Qué hay de real, qué hay de imaginario? La cámara  neurótica de Aronofsky le va al pelo a esa transformación, volviendo las imágenes en algo cada vez más rápido, más abrumador, filtrado en rojo como los ojos de la nueva Nina, capaz de estresar al espectador como a quienes rodean a la bailarina en su camino hacia el dolor, el sacrificio, o, como ella dice, la perfección. Aunque la perfección te destruya.

(por cierto, para pillados con el tema del ballet, a ver a qué final de cine os recuerda la última escena de la película… ¡Juro que la respuesta no es difícil!)

De puntillas

Miércoles, septiembre 1st, 2010

No me subo a unas puntas desde hace… bueno, para qué echar cuentas. No veo una buena película ambientada en el mundo del ballet desde hace… bueno, sí, un poco menos, gracias a Robert Altman y la curiosa The Company. Y hace un instante, de la pequeña pantalla han salido estas imágenes de puntas, tutús y cisnes para recordarme que hoy empieza el Festival de Venecia, y que Darren Aronfosky le ha puesto a Natalie Portman un tutú… pelín inquietante, este Black Swan.

Imagen de previsualización de YouTube

…y es que la mezcla de tules, puntas de raso y música de Tchaikovsky, agitada por Aronofsky, no podía ser muy suave. Que al director de las estupendas Requiem por un sueño y El luchador le gusta darle bien al espectador, así de cara.

Aquí, bien lejos de Venecia, donde hoy ha comenzado la edición número 67 del viejo festival, a una le entran unas tremendas ganas de películas de esas que suman dos de las cosas que más le gustan del mundo. Al Lido ya no llego esta noche, y a Black Swan no llegaremos en España hasta el año próximo. Así que me propongo un minimaratón de pasos a dos, buenos actores, enormes bailarines y algunos protagonistas tan preocupantes como la Nina de este cisne estrenado hoy en Venecia. Ahí van mis tres recomendaciones, hoy por este orden… mañana tal vez no.

1. Las zapatillas rojas (The Red Shoes, Michael Powell y Emeric Pressburger, 1948). Un monumento al technicolor, al ballet, al cine como creación. Hace dos años, Scorsese presentó la versión restaurada en Cannes y recordó que la había visto cuando era un niño, alucinado, claro. Hoy he encontrado algo de esos primeros planos de Moira Shearer en las imágenes de Black Swan. Espero que quede también algo de la magia que desprende esta fábula, porque como el resto de las maravillas de Powell y Pressburger, esto es lo que es esta joyita. Por cierto, si alguien que no la haya visto se acuerda de  Tetro (Coppola, 2009), os sonorá el estilo de estos dos por el homenaje que le brinda a Los cuentos de Hoffmann.

2. Paso decisivo (The Turning Point, Herbert Ross, 1977). Qué difícil de encontrar… y de resumir. Shirley McLaine, Anne Bancroft y Baryshnikov, así, en tres patadas. Una declaración de amor a la danza, y a dos actrices que de verdad  no sé cómo definir en esta película. Subidas a un escenario, tirándose del pelo, sirviendo un té, con una frase, una mirada… se montan entre las dos un recital (las nominaron a las dos al Oscar por la película, que no se llevó nada pero tiene ocho nominaciones en total) que no entiendo por qué no aparece en ningún lado, por mucho que busque una copia decente.  La mía está gastada, con eso os digo todo. Da igual que uno no sepa de ballet más que lo que yo sé de fútbol. A Herbert Ross habría que darle una calle solo por la secuencia de Bancroft y MacLaine en la barra… del bar, quiero decir.

3. Billy Elliot (Stephen Daldry, 2000). Vale, nada que ver con las dos anteriores. Mucho menos ballet, sí, pero idéntica pasión por el baile. Y ese algo innato que tienen los ingleses para conseguir que el peor drama se convierta en la mejor comedia. Para fanáticos de la danza, la coreografía de la última escena es otro Lago de los cisnes… bastante curioso, con un montón de tíos con plumas y sin tutús, y en vez de princesas, príncipes, claro. Lo firma Matthew Bourne. Pero esta es otra historia…

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