Sesión doble (o triple) de cine de aniversario
Domingo, junio 20th, 2010¿Que pasarÃa la segunda quincena de junio de 1960 para que en los cines estadounidenses coincidiesen Billy Wilder y Alfred Hitchcok con dos de sus mejores pelÃculas? No suelo pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero esta semana, 50 años después, me van a permitir que me muera un poco de envidia porque la cartelera de mi ciudad no hay (casi) por dónde cogerla.
15 de junio de 1960: Billy Wilder estrena El apartamento. La idea nace de otra maravilla, el Breve encuentro (1945) de David Lean. Y de una pregunta que se hace el director, ¿qué hace el amigo del protagonista mientras le presta el piso a la pareja? Wilder y su muy retorcida cabeza no piensa en simplezas. Nunca lo hace. E idea a un CC Baxter como cualquiera de los millones de CC Baxter que hay en el mundo. Un náufrago entre ocho millones de personas, buen tÃo, un currante, con esa cara de vecino de al lado que solo podÃa regalar Jack Lemmon. Un hombre atado a un horario de 8 a 5.20, de traje gris y piso junto a Central Park, que quiere ascender… de piso y de puesto. Y para esto (con Wilder, lo polÃticamente correcto no existe), nada mejor que prestar una llave. Al jefe, claro, para que use el piso como mejor le convenga con la telefonista, la secretaria o quien se tercie. Dignidad, la justa. Que hay que comer, oiga, y a ver quién es el listo que puede demostrar un carné inmaculado de dignidad a prueba de manchas.
Y en el ascensor, la chica. Una Shirley MacLaine con cara de ángel, jovencÃsima, con ese pelo corto que parece una protesta, esa sonrisa de medio lado, esos ojos tristes. Buenos dÃas, Miss Kubelik. Buenos dÃas, Mr. Baxter. Asà dÃa tras dÃa. Y un par de pisos más arriba, Fred MacMurray saliéndose de su registro habitual, el desgraciado de Perdición (Double Indemnity, Wilder otra vez, claro), más desgraciado que nunca, protegido por su casa en las afueras, su labia, su despacho con vistas.
Tres ingredientes, un piso, unos vecinos demoledores, y Wilder sirve en bandeja de plata una de las mejores pelÃculas que he visto nunca. Asà de simple. De esas que no te cansan. Que te aprendes de memoria porque cada frase es como un puñal (El espejo está roto. Lo sé, dice Miss Kubelik. Me gusta, me veo como me siento. Ella sabe mejor que nadie que el rÃmmel y los hombres casados son incompatibles). Y que nunca deja de sorprenderte, porque cada vez que la cámara entra en esa oficina (la culpa es de Alexander Trauner, otro genio), vulves a entender a CC Baxter. Y cada vez que ves correr a Miss Kubelik, de nuevo aparece ese nudo en la garganta. Calla y reparte. O como dice el tráiler, “cómo hacer una pelÃcula” . Sin más.
16 de junio de 1960. Alfred Hitchcok estrena Psicosis. La santÃsima trinidad de las tres cuartas partes del cine de terror que se ha rodado desde entonces. Un monumento a todas las obsesiones del genio: el sexo, la locura, todo lo que oculta la sociedad en la trastienda (o el sótano, el maletero, la maleta…). Y a esa manÃa (bendita sea) de despistar al espectador, descolocarlo, y hacer que te duela una escena como esta, que por razones obvias, se ha convertido en una de las más famosas de la historia del cine…
Más allá de la ducha, Psicosis es un manual de montaje, de construcción de personajes, de dirección artÃstica y de cómo escoger a los mejores actores para el mejor papel. Si no, cómo se explica la cara angelical de Anthony Perkins para dar vida a Norman Bates. O la elección de Janet Leigh, más peligrosa, triste y eficaz que nunca. Pero además, todo -de la música a las localizaciones, pasando por los secundarios- como es habitual en el cine de Hitchcock, se encadena perfectamente para conseguir que lo que podrÃa ser el anticlÃmax (vamos, cargarse a la protagonista en el primer tiempo) se convierta en el punto de partida perfecto para volver a enredar al público en una intriga capaz de poner los pelos de punta, y que sirve uno de los finales más duros del cine de terror… La mente y sus rincones oscuros, al fin y al cabo, asustan más que cualquier fantasma.
Dos joyas que abren una década anunciando ya la que se venÃa encima. Dos maneras de saltarse lo polÃticamente correcto: del humor ácido de Wilder al suspense macabro de Hitchcock, El apartamento y Psicosis se dedican a romper los esquemas establecidos en la sociedad de las décadas anteriores. Y si Wilder es capaz de mostrar el adulterio, los trepas y la falta de dignidad, Hitchcock, muy en su lÃnea, boicotea las relaciones familiares y se dedica a golpear de frente en la cara de la censura. Si no, cómo se explica tanta piel en la ducha y un par de planos tan aparentemente inofensivos hoy, pero que en su dÃa fueron un problema: ¿se acuerdan de esos papelitos tirados en el váter por Janet Leigh? Un escándalo. Las mujeres, vamos, que son cuerpo santo.
(por cierto, estos dÃas se cumplen otros cincuenta años: los de la publicación de la novela Matar un ruiseñor, de Harper Lee. Aún faltan dos para que se cumpla el medio siglo de su adaptación al cine, otra joya firmada por Robert Mulligan. Lo que yo digo… menuda quincena)
