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Lecciones de cine

Martes, febrero 26th, 2013

Hay días en los que mi trabajo no me gusta: me encanta. Y ayer fue uno de esos días. Por un motivo que a lo mejor a muchos les parece un tanto peregrino, pero que a mí me ha provocado 15 minutos de auténtico placer radiofónico. Verán, hace una eternidad, me pegaba unos notables madrugones para ir a las clases de Ángel Luis Hueso. Me pasé un curso madrugando contra viento, marea y fiestas (compostelanas) de guardar solo por disfrutar de aquellas clases.

Viendo Roma città aperta o La otra América (con una maravillosa y viejísima María Casares) descubriendo El declive del imperio americano (siempre recuerdo estas tres, a saber por qué) y media historia del cine más. Y la que no cabía en las clases, se buscaba. Aquella era la magia: que despertaba ganas de saber, de tragarse todas las películas posibles, de devorar cine. Será por eso que en las últimas mudanzas hay apuntes que se quedaron por el camino, pero los de sus clases siguen bien guardados.

Hay muchas maneras de hablar de cine. A veces se hace desde cierta superioridad, como si conocer muchos nombres,  muchas técnicas, lo alzase a uno por encima del espectador medio. Otros hablan de cine con un cariño y una humildad que quien escucha solo puede  pedir más. Más explicaciones, más películas, más… Da igual lo que uno haya visto, lo que uno sepa. Pide más porque si quien nos habla transmite ese cariño, quien escucha quiere sentir lo mismo. En esta segunda categoría está el profesor Hueso.

Y ayer, una eternidad después, tuve la oportunidad de hablar con él en Radio Voz. Una no puede resumir en las entradas de sus entrevistas todo esto, ni lo cuenta en directo (no hay nada que me dé más vergüenza que un “usted no le recordará, pero nos conocemos”), pero qué placer esos 15 minutos hablando de historia y cine.

La entrevista venía al hilo de los Oscar, claro, y con el sonoro cabreo que me traía desde que a las 5.50 de la mañana de ayer Jennifer Lawrence le arrebató el premio a Emmanuelle Riva y desde que Ang Lee se llevó al premio al mejor director por una película que no me dice nada y que me aburre mucho, y sobre todo por el ninguneo a La noche más oscura, esos 15 minutos me recordaron por qué los premios significan poco y el cine significa mucho.

Hay un enorme anecdotario que se saca de las hemerotecas las semanas previas a la gala. Se recuerdan los premios conseguidos, las películas más galardonadas, el más joven, la más vieja, los récords a batir. Es un enorme espectáculo, y bienvenido sea. Pero cuando se cierran las eternas horas de la gala y se ha repasado toda la alfombra roja, ¿qué nos queda? Un puñado de buenas películas, algunas excelentes, otras no tanto, y unas ganas de ir al cine impagable: se vuelven a estrenar películas, se habla de ellas, y la gente paga una entrada, algo que empieza a ser casi un acto de rebeldía.

                 (Ben Affleck, al frente del equipo de Argo, agradece el Oscar a la mejor película)

Factoría Weistein, SA

Dicho esto, apunten: hay un señor que se llama Harvey Weinstein que tenía entre sus protegidos ocho nominados en categorías de actuación: Jennifer Lawrence, Bradley Cooper, Robert de Niro y Jackie Weaver por El lado bueno de las cosas. Amy Adams, Joaquin Phoenix y Philip Seymour Hoffman por The Master. Y Christoph Waltz por Django. Las tres películas, producidas por la Weinstein Company, la misma que el año pasado consiguió que The Artist arrasase en los Oscar.

No voy a ser yo la que critique películas como The Artist, o Django, o El paciente inglés (producida por Miramax, la anterior compañía de los Weinstein). A lo que voy es a que los Oscar son unos premios muy rentables para los premiados. Y con el reparto de una tarta cada vez más raquítica, todos los esfuerzos son pocos para conseguir las migas más jugosas.  Y Harvey Weinstein es un maestro en la promoción de sus patrocinados. ¿Esto es criticable? Pues no, la publicidad es clave para darse a conocer. Es evidente que los “pequeños” no tienen una capacidad ni parecida para conseguir una campaña a lo Weinstein. Pero nunca el mundo del cine ha sido un espacio de igualdad de oportunidades, y a este señor se le debe el aupar pequeñas (en teoría) producciones a  la categoría de éxitos internacionales. ¿El problema? Que se cuelan cosas como El discurso del rey (¿lo mejor del 2011?) o el número de nominaciones de El lado bueno de las cosas, con el Oscar a Jennifer Lawrence que, con la calidad de las interpretaciones de Jessica Chastain y (sobre todo) Emmanuelle Riva, me parece un chiste. Bastante malo, por cierto.

(Y con la aparición estelar de Michelle Obama -por dios, qué bien se le da a los estadounidenses esto del show business- entregando el premio a la mejor película. Harvey Weinstein, curiosamente, es un conocido demócrata. Oiga, todo queda en casa… a  mayor gloria del cine)

De mayor quiero ser festival de cine

Jueves, abril 26th, 2012

Ya sé que faltan aún cuatro días y medio para que termine abril. Pero mira, me lo voy a saltar porque como siempre, desaparece del calendario con una rapidez pasmosa. Debo de hacerme vieja, o estoy sometida a un atraco permanente de abriles, que todo puede ser. Y aunque en mi calendario, abril es de Ginger y Fred, si paso a mayo sale Cary Grant. Con Deborah Kerr. En Tú y yo. No tengo más que decir.

(Esto es lo que pasa cuando una abandona el blog por razones ajenas a su voluntad durante dos meses. Que luego divaga. Me centro y cierro paréntesis).

A lo que iba: mayo es a Cannes lo que Angela Merkel a la úlcera de Rajoy. Y como el Festival actúa como si fuese el no va más de la modernidad cinematográfica, y Merkel actúa como si le fuesen a dar el próximo Nobel de Economía, deduzco que lo tenemos igual de negro para salir de la crisis que para renovar el panorama del cine actual.

Vamos por partes. Año 2012. Preside el jurado de la Sección Oficial Nanni Moretti. Nada que objetar. Integran el jurado la directora y actriz palestina Hiam Abbas (cuota de cine árabe y además palestina y además mujer. Tres puntos), Andrea Arnold (cuota de cine europeo y además mujer. Dos puntos), Ewan McGregor (cuota de cine europeo que conocen los menores de 30 años. Esto son casi tres puntos), Emmanuelle Devos (actriz francesa. Dos puntos por europea y mujer, diez por ser francesa), Diane Kruger (el equivalente femenino de McGregor, pero con un par de pluses más porque a ella la conocen hasta los menores de 20 y últimamente, cine destacable poco pero alfombras rojas, todas), Alexander Payne (cuota USA, claro, y además era un gran tío hasta que se fue a Hawaii), Raoul Peck (director, guionista y productor haitiano. Este año no hay cine oriental en el jurado. Pero sigue siendo exótico. Quince puntos). Y la guinda. Es que me encanta, y lo digo sin ironía: Jean Paul Gaultier. El diseñador. Lo que me mosquea en todo esto es que el delegado del Festival, Thierry Frémaux, se dedique a justificar por qué Gaultier está legimitado para estar en el jurado… Frémaux daba esta semana como una docena de razones en un programa de la televisión francesa. Yo es que tengo que ser muy rara o como muy simple. A mí me llegaba con un “pues porque sí”. Y además, queda que te mueres en las fotos. Y las camisetas de rayas le pegan a La Croisette más que Brigitte Bardot en biquini de cuadros vichy.

El caso es que aunque la sección oficial sea tan poco sorprendente esta primavera como en las últimas (Haneke, Cronenberg, Ken Loach, Alain Resnais, varios apellidos asiáticos que no veremos en las salas, el hijo de Cronenberg, Fatih Akin, Kiarostami, una pequeña dosis de producciones hispanas, pero sin pasarse -ojo a la coral 7 dias en La Habana y a la doble ración del argentino Pablo Trapero) este año Cannes NO se jubila. ¿Y por qué, si cumple 65 años? Pues porque ya dice el FMI que ahora se nos ha dado por vivir más, que no lo hemos calculado al echar cuentas, y como tenemos la manía de querer cobrar una pensión, el Festival tendrá que ser solidario y currar hasta los 70. O más. Como todos, que hay que apretarse el cinturón. Y Merkel está mirando.

Lo que parece haberse jubilado es mi modesta capacidad de entender la selección de películas a concurso. El hecho de que me parezca, un año más, que lo más interesante es la sección de clásicos me genera cierta inquietud. Necesito una dosis de post modernidad o ver más pelis de Terry Gilliam. Es que me iría a Cannes a coger sitio solo para ver la versión restaurada de Érase una vez en América que va a presentar Scorsese. Que me acabo de enchufar la banda sonora de Morricone y se me ha puesto la misma cara que a Elizabeth McGovern cuando Robert de Niro entra en su camerino una eternidad después. Y que además los clásicos estos (habrá quien los llame viejos porque son en blanco y negro) regalan Te querré siempre, de Rossellini, que hoy es mi película preferida y posiblemente mañana también. Y como si una no pudiese ser más feliz ya, La balada de Narayama, que es la película que consiguió que dejase de ver cine japonés sin taparme los ojos por si algún samurai cortaba a alguien en pedazos. Vale, no es un dato muy objetivo y desde luego nada purista. Pero soy una sentimental y si no fuese por la cabezonería proverbial de los Díaz y en concreto de mi padre (que menos mal que no me lee), nunca me habría reído y llorado como con esta maravilla. Y además, ponen Tiburón.

Me estoy haciendo vieja. O clásica. O en blanco y negro. O muda. Pero prometo hacer los deberes y cuando los elefantes (con perdón) vuelen y en España estrenen películas vietnamitas iré a verlas y juraré no haber escrito nunca que me parecen más modernos Ingrid Bergman y George Sanders en blanco y negro bajo la lupa de Rossellini que todos los apellidos impronunciables que acaparan Palmas de Oro.

(Eso sí, el cartel es precioso. Lo de Marilyn con los cumpleaños es digno de estudio)

Érase una vez…

Viernes, diciembre 5th, 2008

Me anda rondando estos días por la cabeza el sonido de una flauta de pan. No dejo de escuchar la partitura, que vuelve una y otra vez como los recuerdos de Noodles. Es un sonido triste, muy triste. Como los recuerdos de Noodles, con el puente de Brooklyn de fondo, las notas compuestas por Ennio Morricone para Érase una vez en América se cuelan por cualquier rendija. Repaso estos días la última (tal vez la única) gran película de Sergio Leone, y escucho las voces de quienes participaron en el rodaje. Era la última vez que Leone dirigía una película, y estaba tan preparada en la cabeza del italiano, tan pensada,  que la banda sonora estaba casi lista ya durante el rodaje. Y en un set en el que el director, rodeado de norteamericanos, no hablaba inglés, sonaba día tras día la música de Morricone, más universal y ompnipresente que nunca. Tal vez sea este el sonido de los niños perdidos…

 Imagen de previsualización de YouTube

 No sé qué drama es más grande: la huída hacia la nada de Robert De Niro o el crimen contra Sergio Leone. Resulta increíble la escabechina  de la productora en el estreno comercial de la película. Sin la música de Morricone, con la mitad del metraje eliminado, contada cronológicamente… Algo tiene que romperse dentro de un creador cuando dedica diez años a preparar al milímetro la película de su vida y se encuentra con una cinta completamente ajena a la que dirigió. Algo que no sé si se repone, de alguna manera, si tras años de críticas tibias  y lógica incomprensión, la película vuelve al espectador tal y como fue concebida. Con esta música, con la historia avanzando hacia delante y hacia atrás en el tiempo, ambigua, susceptible de múltiples lecturas, con cada escena en su sitio, tal y como provocó una ovación de 15 minutos en Cannes, por la sonrisa opiácea de Noodles y los amigos ausentes.

Meirelles abrirá Cannes

Viernes, mayo 2nd, 2008

Se ha resuelto la incógnita: Blindness, la versión cinematográfica del Ensayo sobre la ceguera de Saramago, será la película que abrirá el Festival de Cannes. La cinta, dirigida por el brasileño Fernando Meirelles (Ciudad de Dios, El jardinero fiel), se había quedado sin presencia en la sección oficial, y ahora no sólo entrará en competición por la Palma de Oro, sino que además lo hará con el lujo añadido de estrenar, el día 14, la edición número 61 del festival. Dando vida a los principales personajes, Julianne Moore, Mark Ruffalo, Danny Glover y Gael García Bernal. Por cierto, si se lleva la Palma de Oro, el encargado de entregársela será el actor Robert de Niro.

 Hay más novedades en La Croisette: han entrado a concurso dos películas más. La primera, la francesa Entre les murs, de Laurent Cantet (en el anterior post os hablaba de sus Recursos Humanos). La segunda, la estadounidense Two Lovers, dirigida por James Gray, con Joaquin Phoenix y Gwyneth Paltrow.

 Además, al jurado se añaden la actriz francesa Jeanne Balibar y la dibujante, escritora y directora iraní Marjane Satrapi.

 (Por cierto, en medio de anuncios de divorcio, marcha atrás en la demanda de separación y dudas acerca de su futuro como pareja, el presidente del jurado, Sean Penn, tendrá que verse a sí mismo en pantalla junto a su ¿ex? mujer Robin Wright, en la película que clausurará el festival, What Just Happened, de Barry Levinson).

¿Y si….?

Sábado, abril 19th, 2008

Cuando Grace Kelly ya se había convertido en Gracia de Mónaco, desde Hollywood le ofrecieron protagonizar Paso decisivo (Herbert Ross, 1977). Podía escoger entre el papel que finalmente haría Anne Bancroft o el que se quedó Shirley MacLaine. Pero declinó la oferta, cosa que nunca agradeceré bastante al Principado. Porque no me imagino la película con otras actrices que no sean estas dos. Y le debo una entrada (o dos).

Pensar en la rubia actriz protagonizando Paso decisivo me trae a la cabeza otros repartos improbables. Por ejemplo, esa leyenda que cuenta que antes de que Bogart se convirtiese en Rick Blaine en Casablanca, (Michael Curtiz, 1942)  se barajó la posibilidad de que fuese Ronald Reagan (cielos) quien diese vida al cínico dueño del bar. Y me pregunto qué habría pasado si Robert Redfod hubiese pasado las pruebas para protagonizar El Graduado (Mike Nichols, 1967). O si Bette Davis se llega a hacer con la suya y se convierte en Escarlata O’Hara de Lo que el viento se llevó (Victor Fleming, 1933). O si hubiesen aceptado el papel Katharine Hepburn o Barbara Stanwyck… ¿Les habría dicho “Francamente, querida, me importa un bledo” Gary Cooper y no Clark Gable?

Con un casting casi tan legendario como la propia película, las cosas podrían haber cambiado mucho en El Padrino (Francis Ford Coppola, 1972)  si Warren Beatty, Dustin Hoffman, Jack Nicholson o Martin Sheen hubiesen conseguido el papel de Michael Corleone. O si Laurence Olivier fuese Don Vito. Aunque la palma se la lleva Robert de Niro, que quiso ser Michael, lo intentó con Sonny, y afortunadamente no fue ni lo uno ni lo otro. ¿Y es que quién habría sido entonces el joven Vito en la segunda parte?

ojd