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Berlanguiana

Sábado, noviembre 13th, 2010

Que la vida es como una película de Berlanga lo sabemos en este país desde hace más de medio siglo. Y mañanas como las de hoy no hacen más que recordártelo.

11.15 horas. Un café enorme delante del ordenador. El agua caliente, en huelga. Y en Internet, los ojos azules de Berlanga. Y una, que no da crédito. ¿Que se ha muerto Berlanga? Venga hombre, Berlanga no…

11. 30 horas. Suena el timbre. Una pareja de la policía local, y una en pijama, claro (¡es sábado!). Nada, documentos perdidos y aparecidos, carteras pegajosas. ¿Pero por quién dices que preguntaban? ¿Que quién ha perdido qué? ¿Y dónde ha aparecido? Imagínense la escena familiar. Si la pilla Azcona…

 11.40 horas. Al buzón a por la prensa. Y junto con La Voz, la revista, y un titular: Berlanga, en familia. “El dolor me jode, pero morirme me jode más”. Qué oportuno, don Luis. No sabe usted lo que nos jode a nosotros…

Está el día gris hoy como en una película en blanco y negro. Como en la España de Franco que destripó este genio. Un director a la altura de los grandes, de esos que no nos creemos mucho en este país, cómo va a estar un director nacido en Valencia a la altura de un Wilder, qué va. Poco valor le hemos dado siempre a los genios que parimos, tal vez hayan tenido más suerte los Picassos y los Lorcas. En el cine, pocos monstruos ha dado este país, siempre se me olvida, hay que fastidiarse, don Luis, que el cine español es tan malo.

Tiene que morirse Berlanga para que recordemos que tres de las grandes películas de la segunda mitad del siglo pasado se rodaron aquí. Tres, en realidad, de las grandes películas de todos los tiempos.  Bienvenido Mr. MarshallPlácido.  El Verdugo (con los años, creo que esta es mi berlanga preferida. Y una de las que me llevaría a una isla desierta con dvd y un enchufe. Para escuchar una y otra vez las lecciones de garrote de Pepe Isbert).

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 Las tres dirigidas por este fetichista ácido, tímido, relleno de mala baba, capaz de cargar contra los papanatas, la burguesía en la que él mismo había nacido, los mediocres, la Iglesia y quien hiciese falta. Una película de Berlanga es un “no queda títere con cabeza”, una vuelta de tuerca mojada en ironía sobre una sociedad mediocre y gris, la nuestra. Nadie como Berlanga ha rodado el fracaso, los pequeños fracasos cotidianos. Pero Berlanga no es solo un cronista. Es también (con Bardem, con Fernán Gómez, con Ferreri, con Saura un poco después…) uno de los creadores del nuevo cine español nacido de los 50 del siglo pasado. Un cine que regalaba secuencias delirantes. Como esta…

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En medio de los telediarios, se cuelan las valoraciones, desde de dos mítines en Cataluña, del ministro de Interior y del líder del PP. En el rincón de la barra del cielo en el que hoy se han reunido Azcona, Bardem y Berlanga deben estar los tres escribiendo una escena demoledora sobre las condolencias y las campañas electorales.

Pero qué importa. Se ha muerto Berlanga. Esta misma semana volvía a reaparecer, delgadísimo, en su silla de ruedas, regalando su escaso tiempo para una campaña de Médicos sin Fronteras. Recreando el ritual “que prentende hacerme inmortal”, dice. Nos ha dejado, casi sin querer, un testamento maravilloso. Y no se preocupe, don Luis. No le hacían falta pastillas: usted ya era inmortal. Como su cine.

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Un cómico, un servidor, un amigo, un esclavo…

Lunes, noviembre 2nd, 2009

 Un tío bajito, calvo y feo. Una de esas caras que se cruzaría por la calle y saludaría como si lo conociese del portal de enfrente. Un actor capaz de hacer reír a todo un país cuando la risa era, probablemente, de lo poco que quedaba para dar luz a una sociedad en blanco y negro. Cuando en España no había ni ganas, una legión de cómicos (esa palabra mágica) se levantó para enseñarnos a reírnos hasta de la muerte. Y en ese ejército de genios disfrazados de personas normales y corrientes, apareció en los años 50 José Luis López Vázquez. Bajito, calvo, feo. Y uno de los mejores actores que ha parido este invento de los hermanos Lumière.

Busquemos tres películas de aquella época que cualquiera debería ver tres veces al año, como quien reza una novena. El pisito (Marco Ferreri, 1959). El verdugo (Luis García Berlanga, 1963). Plácido (más Berlanga, 1961). Ahí estaba él. En las tres. Midiendo cabezas de niños, conspirando para conseguir casa, repartiendo pobres en mesas ajenas.  Berlanga y su ojo clínico lo habían fichado en Esa pareja feliz, y el director lo aprovechó, de una manera u otra, a lo largo de toda su carrera. Pero no solo fue uno de los fetiches de Berlanga.  Su vis cómica explotó en los 60 a golpe de películas que hoy metemos en el saco de españoladas y que en su día fueron un filón para la taquilla. Se pasó la década rodando con Gracita Morales, descubriendo qué gran invento era el turismo, dirigido por Pedro Lazaga, Mariano Ozores o José María Forqué. (Con este, por cierto, dejó dicho eso de “un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo”. Fernando Galindo, para servirles. En Atraco a las 3, claro…).

Y de repente llega Carlos Saura con Peppermint Frappé (1967). Y descubre al José Luis López Vázquez dramático. Saura permitió que otros viesen las capacidades que llevaba dentro. Y en los años siguientes, abre el abanico para seguir rodando comedias, pero también películas que de risa, más bien poco. Como la preciosa historia de Mi querida señorita (Jaime de Armiñán, 1972), una de sus interpretaciones más arriesgadas. O el terrible Benito Freire de El bosque del lobo (Pedro Olea, 1970). Sin dejar la comedia, claro, porque ya se sabe que, muchas veces, lo de hacer reír parece tan fácil que a un actor se le toma poco en serio hasta que se pone intenso… como si anduviésemos sobrados de cómicos. Y el talento de López Vázquez aún tenía mucho que decir en más cintas de Berlanga, como la estupenda La escopeta nacional (1978).

Ha sido casi 300 personajes. Y no me caben. Y no querría que se me olvidase  ni uno solo de sus rostros, ni siquiera los menos memorables. Porque nos quedan tan pocos cómicos… y los pocos que quedan, los hemos reducidos a pequeños cameos en los últimos años. A algún papel en la televisión. Al aplauso emocionado (menos mal) en los Goya de Honor. A las reposiciones. Sin pensar que una sola imagen de uno de estos genios encierra más cine que hora y media de metraje. Y dejo un ejemplo que quizás os parezca frívolo, pero olvidaos de la publicidad y quedaos con su cara. Sus manos. Sus gestos sin palabras.  Apenas un minuto para homenajear a  La cabina (Antonio Mercero, 1972). Apenas un minuto para imaginar que, tal vez, este mediodía a José Luis López Vázquez le han abierto la puerta de la cabina los Rafael Azcona, los José María Forque, los Pepe Isbert que ya no quedan. Los viejos amigos. Los cómicos…

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Censura (II)

Jueves, octubre 29th, 2009

¿Recordáis  esa estupenda secuencia de Cinema Paradiso (Giuseppe Tornatore, 1988) en la que el cura pasa revista a las películas para ir señalando, a toque de campanita, todos los besos y todas las escenas en las que hay demasiada carne? Las películas se han mutilado a golpe de tijera desde que el cine es cine, provocando versiones alteradas y en muchos casos absurdas. En España, y durante la dictadura franquista, se consiguió una de los sistemas censores más surrealistas de la historia, capaces de convertir adulterios en incestos y joyas del montaje en apaños de andar por casa. Aquella Junta de clasificación y de censura se dedicó a recortar todo aquello que podía atentar contra los códigos morales, religiosos, sociales y políticos del régimen. Y no se libró ni el apuntador: en Mogambo (John Ford, 1953), el matrimonio formado por Donald Sinden y Grace Kelly se convierte, gracias al doblaje, en una pareja de hermanos… ¿Que no quieres mujeres adúlteras? Conviértelas en incestuosas. El absurdo a la enésima potencia, y todo esto sin que a nadie le temblase la mano, y sin que nadie hiciese nada por reparar el caos mental provocado a los pobres espectadores.

 

gilda2 La piel, evidentemente, era un problema. Y en el año 60, la de Janet Leigh se mostraba demasiado, para los sensibles ojos de los censores españoles. La censura destrozó ese ejercicio de montaje que es la secuencia de la ducha en Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960), para evitar que pensásemos que la pobre Leigh se duchaba desnuda… Pero  también habían sido un problema las piernas de Silvana Mangano en Arroz amargo (Giuseppe de Santis, 1949) y los brazos de Rita Hayworth en Gilda (Charles Vidor, 1946).

Pero el sexo y los desnudos no eran, desde luego, los únicos que alteraban el pulso de los censores. Había que mantener el tipo ante los embates del comunismo, los rojos, y toda esa banda de extranjeros impíos que amenazaban a la patria. Y si había que evitar que Humphrey Bogart hubiese luchado por la República, se hacía. Maravillas del doblaje, de nuevo, que evitaron que los españoles supiesen que Rick (en Casablanca, claro. Michael Curtiz, 1942) había combatido el glorioso alzamiento hasta muchos años después. Tampoco pasó el filtro Roma, città aperta (Rosellinni, 1945), condenada durante años a los cine clubs. Como todo lo que oliese a revolución, resistencia o libertad. A nuevo.

 Aunque la censura, claro, se iba adaptando a los tiempos, como el propio régimen, y en pleno bum de las relaciones recuperadas con los Estados Unidos, Luis García Berlanga vio cómo de esa maravilla que es Bienvenido, Mr. Marshall (1953)  se cortaba una inocente banderita americana flotando río abajo. Una década después, le costó un tanto más conseguir adaptar El verdugo a los dudosos gustos de las autoridades. Y aún así, consiguió una de las mejores películas de la historia. A los Berlangas, Azconas, Ferreri y Bardem, habría que levantarles varios monumentos por la inteligencia con la que sortearon la censura, a golpe de humor negro, ironía y mala leche… demasiadas sutilezas, en la mayoría de los casos, para las mentes de brocha gorda de los censores.  

 viridianaAfortunadamente, cuando uno tiene la mente bien cerrada, sus propias armas se le pueden volver en contra. A principios de los 60,  al régimen no se le ocurrió mejor idea para promocionarse en el exterior que pedirle a Buñuel que volviese a España. Y rodó Viridiana. Y cambió el final, demasiado explícito para el régimen… ¡por uno mucho peor! Coló, claro. De nuevo la inteligencia de los funcionarios de Franco. Pero como en este país todo puede convertirse en un circo de tres pistas, al director general de Cinematografía se le ocurrió mandar la película a Cannes. Y ganó la Palma de Oro, pero esta obra maestra blasfema, irónica y brutal no se pudo ver en los cines españoles hasta el 77. Simplemente, dejó de existir durante 16 años. Con la Iglesia hemos topado: L’Osservatore Romano puso el grito en el cielo, la película se prohibió y el director de Cinematografía, claro, tuvo que vaciar su despacho.

 

 

 crimen_cuenca4¿Cambió todo tras la muerte de Franco? Vamos a dejarlo en un más o menos: en plena democracia, dos años después de las primeras elecciones libres tras la dictadura, y con la Constitución apenas caminando, el Gobierno retiró de la circulación una película que aún hoy cuesta ver, por lo dura, explícita y violenta que resulta. El crimen de Cuenca (Pilar Miró, 1979) estuvo secuestrada durante más de un año, y su directora tuvo que someterse a un tribunal militar. Puede que la democracia fuese demasiado joven para asumir esta historia (real) ambientada en la España de principios del siglo XX en la que el verdadero crimen son las salvajes torturas que protagoniza la Guardia Civil. La cinta no se estrenó hasta el 81, y fue un éxito a pesar de la bonita “S” que lucía en su clasificación. Fue el último ataque directo de la censura.

 

(Y de la “S”, ya hablaremos…)

Demasiadas ausencias, demasiada crisis

Lunes, febrero 2nd, 2009

Alguien me preguntaba hace un par de semanas qué me parecían las nominaciones de los Goya de este año. Y qué quieren que les diga… De todo hay, como en los premios, y como no he visto todas las películas nominadas y premiadas (¿se han fijado en esa pregunta que dice “por qué quedarse con una sola película cuando puedes verlas todas”?, pues no, no se pueden ver todas…), no voy a entrar a valorarlos. Ya sé que la gala de los premios de la Academia suele generar, cada año, una baldía discusión acerca de la calidad del cine que se hace en España. Y como no creo que sea ni mejor ni peor que el que se hace en otras partes del mundo (en todas partes se hacen maravillas y auténticos bodrios, y en todas partes hay quien vende mejor o peor, quien valora más o menos el arte que generan sus paisanos), no entro en ese debate… aunque no deja de resultar muy gracioso que no se cuestione ni la mitad los premios que entregan otras Academias por otras latitudes.

No quería hablar de premios, sino de cine. Porque la gala de los Goya deja cada año un regustillo amargo. El de las ausencias. Ayer hubo una que provocó muchas lágrimas y muchos aplausos. No porque fuese un habitual de este tipo de ceremonias – como recordó Cuerda, no fue nunca a recibir sus premios-, sino porque ha dejado al cine (en general)  huérfano de padre y madre. Rafael Azcona es algo más que una imagen en la lista de pérdidas de este último año. Y no me extraña que Maribel Verdú rompiese a llorar al ver su foto. Ni que le hayan dado el Goya a título póstumo, junto con José Luis Cuerda. No porque la adaptación de Los girasoles ciegos sea su mejor trabajo, sino porque quiero pensar que, de alguna manera, los miembros de la Academia querían reconocer de nuevo que ha sido una figura imprescindible en el último medio siglo.

Es posible que Azcona sacase punta a esta crisis con la misma inteligencia con que lo hizo de El Pisito en adelante. Ayer se habló de paro, de piratería, de las películas que se quedan en el tintero porque no hay plata… Ángeles González-Sinde recordó que de otras así hemos salido con Plácido como bandera. Pero Azcona ya no está. Y resulta inquietante pensar en los relevos. No porque no haya talento, sino porque sospecho que no hay demasiado interés en arriesgarse. Y no nos sirve de nada tener un buen puñado de escritores con ideas frescas, buenos actores, directores con ganas de contar nuevas historias, si nadie apuesta después por ellos y todo se queda guardado en un cajón.

El silencioso adiós de Mulligan

Martes, diciembre 23rd, 2008

Suena morboso, pero a estas alturas de año, todo el mundo repasa la lista de los grandes del cine que se nos han quedado por el camino. Solo faltan ocho días para que acabe el 2008, y nos acordamos de Heath Ledger, Charlton Heston, Cyd Charisse, la novia búlgara de Casablanca, Mel Ferrer, Sidney Pollack, Rafael Azcona, Paul Newman… y pensamos que, afortunadamente, este año negro para el cine (aún no sé qué vamos a hacer los peliculeros sin Newman), no nos va a robar a nadie más… Y de repente, ha muerto Robert Mulligan. Y Atticus Finch se queda un poco más solo. Y con él, Matar un ruiseñor.

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Esta semana de películas de colores fríos, me cuentan que muchos de 20 pasan de ver películas en blanco y negro, solo porque son en blanco y negro. Como si la ausencia de color fuese un defecto. Y me juego una mano a que esos muchos no habrán visto Matar un ruiseñor (1962). Y en un día como hoy, en el que pensar en Mulligan es pensar en esta película, resulta aún más triste prescindir de una de las mejores historias sobre lo que de verdad significa la palabra tolerancia. No sé si hay un Gregory Peck mejor que en esta cinta, ni sé si Robert Duvall podía haber entrado mejor en el mundo del cine. No sé si hay un mejor ejemplo de cómo contar una historia desde la mirada de un niño sin caer en simplezas ni sensiblerías.

(Curtido en la televisión, autor de Verano del 42 (1971) o La noche de los gigantes (1968), de nuevo con Peck, y también de la inquietante El otro (1972), cerró su carrera en el 91, con El verano en Luisiana y una jovencísima Reese Whiterspoon)

De profesión, guionista

Miércoles, abril 9th, 2008

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Que levante la mano quien sufra mal de vivienda. Los que quieren irse de casa de papá y mamá pero no les llega el sueldo. Los inquilinos permanentes (y sin ayudas) que querrían comprar y no pueden. ¿Qué estarían dispuestos a hacer por un piso? Os doy una idea: ¿y si os casáis con el casero o la casera, para heredar? La idea no es mía, claro, es de Rafael Azcona, que lo escribió para El Pisito con Marco Ferreri en 1959. Ayer en Málaga, en pleno festival, se dedicaba toda la jornada al guionista, padre de algunas de las mejores películas que se han hecho en este país. Pisitos, plácidos, verdugos, escopetas, vaquillas… historias para reírse de cosas que maldita la gracia que tienen. Y que siguen sacando punta a temas que todavía hoy ocupan las primeras planas de los periódicos. Ayer hablaron de todas ellas sus amigos, los que trabajaron con él en algún momento de su vida. Porque hay cincuenta años de cine (no pongo español porque las buenas películas son de todos) resumidos en la carrera de Azcona, que murió hace dos semanas, sin dar tregua: estamos pendientes de que se estrene Los girasoles ciegos, la adaptación del libro de Alberto Méndez, que el propio Azcona trasladó al cine junto con el director de la cinta, José Luis Cuerda. Con Cuerda, por cierto, ya trabajó en La lengua de las mariposas (1999) y El bosque animado (1987).

Sin Azcona no habríamos visto Plácido (Luis García Berlanga, 1961), ni El verdugo (otra vez Berlanga, 1963), ni  ¡Ay, Carmela! (Carlos Saura, 1990), ni Belle Epoque (Fernando Trueba, 1992)… o las habríamos visto, pero no serían iguales. ¿No merece, solo por eso, algo más que un homenaje que pasa casi desapercibido? ¿Un ciclo completo, reposiciones en cines? ¿Un pisito en el séptimo cielo?

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