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Lecciones de cine

Martes, febrero 26th, 2013

Hay días en los que mi trabajo no me gusta: me encanta. Y ayer fue uno de esos días. Por un motivo que a lo mejor a muchos les parece un tanto peregrino, pero que a mí me ha provocado 15 minutos de auténtico placer radiofónico. Verán, hace una eternidad, me pegaba unos notables madrugones para ir a las clases de Ángel Luis Hueso. Me pasé un curso madrugando contra viento, marea y fiestas (compostelanas) de guardar solo por disfrutar de aquellas clases.

Viendo Roma città aperta o La otra América (con una maravillosa y viejísima María Casares) descubriendo El declive del imperio americano (siempre recuerdo estas tres, a saber por qué) y media historia del cine más. Y la que no cabía en las clases, se buscaba. Aquella era la magia: que despertaba ganas de saber, de tragarse todas las películas posibles, de devorar cine. Será por eso que en las últimas mudanzas hay apuntes que se quedaron por el camino, pero los de sus clases siguen bien guardados.

Hay muchas maneras de hablar de cine. A veces se hace desde cierta superioridad, como si conocer muchos nombres,  muchas técnicas, lo alzase a uno por encima del espectador medio. Otros hablan de cine con un cariño y una humildad que quien escucha solo puede  pedir más. Más explicaciones, más películas, más… Da igual lo que uno haya visto, lo que uno sepa. Pide más porque si quien nos habla transmite ese cariño, quien escucha quiere sentir lo mismo. En esta segunda categoría está el profesor Hueso.

Y ayer, una eternidad después, tuve la oportunidad de hablar con él en Radio Voz. Una no puede resumir en las entradas de sus entrevistas todo esto, ni lo cuenta en directo (no hay nada que me dé más vergüenza que un “usted no le recordará, pero nos conocemos”), pero qué placer esos 15 minutos hablando de historia y cine.

La entrevista venía al hilo de los Oscar, claro, y con el sonoro cabreo que me traía desde que a las 5.50 de la mañana de ayer Jennifer Lawrence le arrebató el premio a Emmanuelle Riva y desde que Ang Lee se llevó al premio al mejor director por una película que no me dice nada y que me aburre mucho, y sobre todo por el ninguneo a La noche más oscura, esos 15 minutos me recordaron por qué los premios significan poco y el cine significa mucho.

Hay un enorme anecdotario que se saca de las hemerotecas las semanas previas a la gala. Se recuerdan los premios conseguidos, las películas más galardonadas, el más joven, la más vieja, los récords a batir. Es un enorme espectáculo, y bienvenido sea. Pero cuando se cierran las eternas horas de la gala y se ha repasado toda la alfombra roja, ¿qué nos queda? Un puñado de buenas películas, algunas excelentes, otras no tanto, y unas ganas de ir al cine impagable: se vuelven a estrenar películas, se habla de ellas, y la gente paga una entrada, algo que empieza a ser casi un acto de rebeldía.

                 (Ben Affleck, al frente del equipo de Argo, agradece el Oscar a la mejor película)

Factoría Weistein, SA

Dicho esto, apunten: hay un señor que se llama Harvey Weinstein que tenía entre sus protegidos ocho nominados en categorías de actuación: Jennifer Lawrence, Bradley Cooper, Robert de Niro y Jackie Weaver por El lado bueno de las cosas. Amy Adams, Joaquin Phoenix y Philip Seymour Hoffman por The Master. Y Christoph Waltz por Django. Las tres películas, producidas por la Weinstein Company, la misma que el año pasado consiguió que The Artist arrasase en los Oscar.

No voy a ser yo la que critique películas como The Artist, o Django, o El paciente inglés (producida por Miramax, la anterior compañía de los Weinstein). A lo que voy es a que los Oscar son unos premios muy rentables para los premiados. Y con el reparto de una tarta cada vez más raquítica, todos los esfuerzos son pocos para conseguir las migas más jugosas.  Y Harvey Weinstein es un maestro en la promoción de sus patrocinados. ¿Esto es criticable? Pues no, la publicidad es clave para darse a conocer. Es evidente que los “pequeños” no tienen una capacidad ni parecida para conseguir una campaña a lo Weinstein. Pero nunca el mundo del cine ha sido un espacio de igualdad de oportunidades, y a este señor se le debe el aupar pequeñas (en teoría) producciones a  la categoría de éxitos internacionales. ¿El problema? Que se cuelan cosas como El discurso del rey (¿lo mejor del 2011?) o el número de nominaciones de El lado bueno de las cosas, con el Oscar a Jennifer Lawrence que, con la calidad de las interpretaciones de Jessica Chastain y (sobre todo) Emmanuelle Riva, me parece un chiste. Bastante malo, por cierto.

(Y con la aparición estelar de Michelle Obama -por dios, qué bien se le da a los estadounidenses esto del show business- entregando el premio a la mejor película. Harvey Weinstein, curiosamente, es un conocido demócrata. Oiga, todo queda en casa… a  mayor gloria del cine)

A por el Oscar (II): Lincoln

Viernes, febrero 22nd, 2013

En un año de películas largas, Lincoln trata de resumir en 149 minutos los últimos meses de vida del presidente estadounidense que consiguió abolir la esclavitud. Y lo hace con la privilegiada cámara de Steven Spielberg colándose en los espacios más íntimos de la Casa Blanca, de la vida de un hombre con el peso de la Historia sobre su altísima cabeza. El peso de una Historia que encorva la espalda de Daniel Day-Lewis, que regala una interpretación magistral, un trabajo que demuestra la diferencia entre el uso del maquillaje para imitar a un personaje real y el trabajo del actor para convertirse en otra persona. Eso es lo que hace Daniel Day-Lewis: convertirse en Lincoln, hacer olvidar al actor para centrarnos en el presidente. La voz, las miradas, los gestos… cada paso que Day-Lewis da en esta película es un regalo para cualquiera que aprecie el cine, una recreación tan pasmosa que una piensa, cuando el general Ulysses Grant reflexiona “en estos días parece usted diez años más viejo”, que es verdad, que ha sufrido como el presidente, que está más viejo que en las primeras escenas,  para ofrecer la imagen que recoge el fotograma de arriba, en una secuencia dura y maravillosa en la que Lincoln reconoce las consecuencias de la guerra que acaba de terminar.

No es una película fácil y no es perfecta, sobre todo porque no consigue emocionar tanto como podría hacerlo si la apuesta fuese, más evidente aún, por las pequeñas historias. El exceso de datos, de nombres, de una historia que pocos españoles conocerán como para no perderse (yo la primera), lastra sobre todo la primera parte de una película que crece en los pequeños momentos, los que no son Historia con mayúscula sino historia personal y familiar. En las habitaciones de la Casa Blanca, en los despachos, en las escenas que Lincoln comparte con su hijo Tad, late el mejor Spielberg, ese niño perdido de ET, de Encuentros en la Tercera Fase, esa familia que no es perfecta, que entierra a sus muertos pero que los deja salir en reproches que no siempre levantan la voz.

En esta película, en la que se repite demasiado la palabra “historia”, parece que los protagonistas son conscientes a cada minuto de que están entrando en los libros, demasiado conscientes, un afán de trascendencia que es, problabemente, lo más pesado de este Lincoln: con lo personal que es esta película, ¿por qué parece empeñado Spielberg en convertirse también en parte de la Historia? Ya es historia del cine, no necesitamos subrayados.

¿Cómo explicar que llega un momento en que me da igual si se consiguen o no los votos para abolir la esclavitud, que lo único que me importa es lo que pasa por la cabeza de este señor y su mujer? Tal vez recordando que, en la secuencia histórica de la votación de la Décimo Tercera Enmienda, la emoción (a pesar de la banda sonora) no está en la cámara de representantes sino en el despacho donde Lincoln abre la ventana con su hijo. O en la inteligentísima decisión del director de no mostrar el asesinato del presidente, sino de contarlo a través de otros ojos.

(Y la prueba evidente de que lo mejor de  este Lincoln no está en lo que de él ha quedado en los libros de Historia es Sally Field. Si la interpretación de Daniel Day Lewis no es de este mundo, Field es la réplica perfecta. Esta mujer pequeña ante un hombre tan alto que da miedo no se achica ni ante su marido ni ante el actor. Tremenda. No suena en las quinielas de los Oscar… pero qué papel.)

A por el Oscar (I): Argo

Jueves, febrero 21st, 2013

Quedan cuatro días y me he dejado en el tintero las últimas películas oscarizables… Son días de quinielas, como la que me han pedido los compañeros de La Voz, y este año se presenta difícil, muy abierto, tal vez demasiado, después de un 2012 en el que The Artist tenía que llevarse la gala de calle, y arrasó.

Pero este 2013 es complicado, no tanto en la categoría de película (creo que he dejado bien claro que La noche más oscura es mi favorita), como en la de director: fuera de la lista Bigelow, Affleck y Tarantino, podría darse eso tan raro y que tan poco gusta en los Oscar de que el premio a la mejor película no recaiga en la que firme el mejor director. Si esto no pasa, y jugando a Uribarri en Eurovisión, se reduce las posibilidades a cinco películas, las cinco que comparten candidatura al mejor director: Amor (con Haneke), La vida de Pi (con Ang Lee), Lincoln (con Spielberg), Bestias del sur salvajes (con Behn Zeitlin) y El lado bueno de las cosas (con David O. Russell). Dado que Amor está nominada a la mejor película en lengua no inglesa, tal vez podamos sacarla de la lista. Es decir, que nos quedamos con una buena película, excelentemente dirigida y mucho mejor interpretada (Lincoln, y mañana os cuento por qué) pero que me retuerce poco; una espectacular (por fuera) y hueca (por dentro) postal (La vida de Pi), y una ¿comedia? más bien mediocre que sigo sin saber qué hace aquí: El lado bueno de las cosas es a estos Oscar lo que Los descendientes a los del año pasado (No, no me olvido de Bestias… pero aún no la he visto).

Vamos, que a lo tonto hemos descartado La noche más oscura, Argo, Django y Los miserables (en el tintero también…). Así que con los dedos cruzados no para que gane mi quiniela (me dicen que no hay premio), me pregunto qué se premia en los Oscar y cuál de todas estas películas se recordará dentro de diez años. Porque de eso se trata, ¿no? De premiar la excelencia y no la corrección, y de apostar por quien arriesga y no por quien juega a caballo ganador.  Aunque vistos los Globos, los Bafta y el largo etc que lleva Argo, se confirma que no soy buena haciendo quinielas y que no voy a hacerme rica jamás con la lotería.

Es una buena película, Argo (Ben Affleck, 2012). Ágil, bien dirigida, inteligente en buena parte de su desarrollo, y aunque previsible en su planteamiento, correctísima. Y mucho más entretenida que la media. No es muy fácil esto de aunar entretenimiento con fondo, y Affleck lo hace. Entre otras cosas, porque lo absurdo de la historia (la realidad a veces es de un inconcebible que tumba), ese Hollywood maravillosamente plasmado por John Goodman y Alan Arkin, es el contrapunto perfecto para el drama de los rehenes encerrados en la embajada de Teherán y, sobre todo, de los escondidos en la casa del embajador canadiense. La apuesta es clara, si es que es intencionada: esa primera parte, la organización de la farsa, esa película de naves especiales, es sin duda lo mejor de una película que pierde la oportunidad de subir un par de puntos porque no es capaz, o no quiere, ir más allá. Así que a medida que avanza la película, una decide que se lo pasaría mucho mejor con ese par de jetas de Los Ángeles que sufriendo en Irán.



¿Riesgos? Nulos. Un guión muy descriptivo, que pierde la oportunidad de profundizar, sobre todo, en el ánimo de quienes sufren semanas de incertidumbre y miedo. Hay en la casa del embajador de Canadá una tensión que Affleck explota poco, y es una lástima. Tal vez una mayor aproximación a la parte personal habría convertido una buena película en una muy buena película. Porque a pesar de las limitaciones como actor de Affleck (reconozcamos que es sosito), sube la media de sus últimas interpretaciones con este espía real que parece que lo pasa mal, aunque no queda muy claro cuánto.

Decir “no está mal” cuando sales del cine es bárbaro. Pero cuando una película se pelea por el premio más mediático (y rentable) del mundo del cine, ¿es suficiente?

(por cierto, también viene bien Argo para recuperar la primera película de Ben Affleck como director:  Adiós, pequeña, adiós)

 

La noche más oscura

Sábado, enero 12th, 2013

A veces, una sola escena resume la filosofía de toda una película. Es lo que ocurre en la última maravilla que firma Katrhyn Bigelow. Al final de La noche más oscura (Zero Dark Thirty, 2012), es en los primeros planos de Jessica Chastain donde Bigelow parece decir qué quería contar. Esto. La historia de una obsesión, la teima de una mujer sola.

 

La última película de la única mujer que ha ganado un Óscar a la mejor dirección (si es que esto significa algo) no es solo una ejemplar cinta bélica, una peli de acción, un ejercicio de periodismo cinematográfico -aunque es discutible que el género exista. Es todo eso, pero además es un retrato muy personal, muy íntimo, de un personaje, Maya (Chastain, soportando el peso de la película y elevándola), de diez años de su vida y su trabajo, una década en la que su vida gira en torno a una única obsesión: llegar a Bin Laden. Y matarlo. Y para conseguir este fin, todos los medios están justificados. Bigelow y su guionista, Mark Boal, no se plantean un dilema moral sobre estos medios. La tortura en los interrogatorios, como fórmula generalizada, el concepto de “cárcel secreta de la CIA” no se cuestionan, aparentemente. Porque la película la cuentan los agentes de la CIA. Y como dice uno de ellos, “yo dirigí el programa y lo defenderé”. Y éste es uno de los grandes aciertos de La noche más oscura, por muy polémico que resulte: es de una honestidad brutal contar una historia como ésta ( una operación ilegal, unas prácticas abominables) explicándola desde los ojos de unos personajes que no cuestionan la legalidad o la bestialidad de lo que hacen. Es su trabajo y lo hacen. Boal y Bigelow lo dejan encima de la mesa de cada espectador: esto es lo que hay, lo que hubo. Y usted, y yo, y cada espectador, que juzgue. Que juzgue, también, si son la directora y el guionista los que defienden la tortura como método para conseguir información, o si son sus personajes los que lo hacen.

Bigelow lleva meses insistiendo en que no había intenciones políticas en su historia. Habría que cuestionarse, sin embargo, si esa pretendida neutralidad lo es.  Mark Boal (que ya escribió el guión de En tierra hostil) es periodista. Y a los periodistas nos piden que seamos objetivos (“desinteresado, desapasionado, dice la RAE), neutrales (“que no participa de ninguna de las opciones en conflicto”). Aunque escoger una historia, arrancar con ella, suponen ya escoger un camino, tomar una decisión sobre cómo queremos contar lo que ha pasado. Lo mismo ocurre aquí, y no creo que su punto de vista a la hora de escribir La noche más oscura sea neutral. Ni objetivo. La película es honesta y coherente. No aséptica.



Aunque pueda ser un lastre la imposibilidad de separar la película del documento histórico, la pasmosa capacidad de Bigelow para el cine de acción consigue que 157 minutos de metraje avancen con una fluidez y una agilidad que crecen como la historia. No es solo una película larga: es que cuenta diez años de investigación. Y lo que en otras manos y con otro guión podría ser un soberano aburrimiento cargado de datos, fechas y los típicos “dos años más tarde”, aquí se convierte en un preciso ejercicio de ritmo. Que se intensifica en un tramo final ejemplar. Y eso que podría ser un problema aún mayor en el ritmo de la película el hecho de que todos sepamos cómo acaba la historia. Pero Bigelow consigue dar la vuelta a la tortilla, con esa cuenta atrás en los pasillos de la Agencia, en los despachos, paralela a la cuenta atrás en Jalalabad, la de quienes van a matar a Bin Laden (“por mí”, dice Maya). Y convertir más de media hora, la secuencia del asalto, en un ejercicio de cine implacable, duro y espectacular…

(… para volver, de nuevo, al rostro de Jessica Chastain. El rostro que resume la historia)

 

 

¿Son unos premios previsibles menos merecidos?

Lunes, febrero 27th, 2012

Pase que detrás de la tremenda campaña de promoción de The Artist esté la todopoderosa mano de Harvey Wenstein. Pase que, aunque sea francesa, hable de una tierra que se llamaba Hollywooland. Pase que detrás de la maquinaria de las grandes empresas se hayan quedado una docena de excelentes películas. Las que no han llegado ni a estar nominadas. O las que han sido nominadas por rellenar la papeleta. Como El árbol de la vida. Pase que sea incomprensible que La gran ilusión no ganase el Oscar en los años 30 y que esta haya sido la primera cinta francesa que lo hace. Vale. Pero las injusticias cometidas por este club de amables millonarios, dinosaurios del cine, ¿es suficiente para criticar ahora a la misma película que durante los últimos diez meses ha estado en boca de todo el mundo? ¿La que consiguió colarse en salas de medio planeta a pesar del “¡pero si es es muda!”?

 (todo el equipo de The Artist… incluido el chucho, empeñado en que George Valentine le haga caso)

Es cierto. La gala estaba cantada. Desde el Oscar para Christopher Plummer al de Meryl Streep. Como los premios al preciosismo técnico de La invención de Hugo. Pero vamos… ¿no es arriesgado que una película muda se haga con un Oscar en el 2012? Es clásica, en blanco y negro, recupera la banda sonora de Vértigo, ¿y? Las grandes historias no necesitan ser la innovación al cuadrado para ser mejores. Que se lo digan a Kathryn Bigelow y su “sencilla” cinta bélica frente a la virguería vacía de su ex marido…

La Academia de Hollywood NO es transgresora. Dar un premio a una película muda a estas alturas debe ser un subidón de adrenalina para alguno de sus socios, que hoy estarán con el oxígeno puesto después del exceso. Claro que lo valiente habría sido darle el premio a Michael Fassbender por hacer de adicto al sexo en Shame (la semana pasada leí una crítica que literalmente decía: “excelente, no creo que pueda volver a verla”…). Que lo osado sería nominar a mejor cinta a la iraní Nader y Simin. Que es una obra maestra. Pero seamos serios: no lo permiten las normas. Y además, que Hollywood le dé el premio mayor a una película iraní es tan absurdo como pensar que Barack Obama se va a reunir pasado mañana con Ahmadineyad para hablar del tiempo.

Sigo sin entender por qué Meryl Streep se ha llevado su tercer Oscar por imitar a Margaret Tatcher. Pero dado que algún productor pensó que era mejor dejar a Jessica Chastain en la categoría de mejor secundaria en vez de en la de mejor actriz por su sutil, inteliegente y preciosa interpretación en El árbol de la vida, ¿a quién le sorprende el premio para Streep? Por cierto, si alguien quiere hacer un capítulo de injusticias oscarizables, que eche la cuenta de cuántas actrices han conseguido más Oscar que ella. Solo una. Y se llamaba Katharine Hepburn. Bette Davis ganó dos… en fin. Que la gala es muy bonita, muy lucida, muy larga y muy aburrida. Que la alfombra roja es como un teatrillo de espaldas a una crisis que afecta al cine como a todo lo demás, aunque los brillantes de Natalie Portman y la sonrisa de Billy Cristal (¿qué le pasa en la boca?) parezcan negarlo. Pero la Industria (así, con mayúscula) sabe cómo montar un espectáculo. Aunque no lo demuestre en el escenario, claro… Pero nos tiene a todos hablando una semana de películas, de modelitos, para quejarnos, para aplaudir… y con algo de suerte, devuelve a alguna de las “tapadas” a las salas.

La realidad era esto

Domingo, febrero 26th, 2012

Después de semanas de cine para soñar, hoy tocaba darse de bruces contra la realidad más dura. La de una pareja en proceso de separación, un padre con Alzheimer, una hija adolescente, una mujer aferrada a la religión y sometida a un hombre desquiciado. Todo esto (y mucho más) es Nader y Simin, una separación. Una joya del realismo, concentrada entre las paredes de dos viviendas y los pasillos de un juzgado. Nadie es transparente, todo el mundo oculta sus razones. El director iraní Asghar Farhadi levanta una cinta poderosa, tan veraz, tan humana y tan dura que se ve de principio a fin con un nudo en la garganta. Con razón se ha llevado premios en todos los festivales y galas anuales por las que ha pasado. Con razón esta noche es la favorita a llevarse el Oscar a la mejor películaextranjera. Con razón la Academia ha tenido la inteligencia de nominar el fantástico guión que firma el propio Farhadi como mejor texto original.

Sendas declaraciones ante el juez abren y cierran el círculo de una película muy bien dirigida, interpretada con una fuerza pasmosa por un puñado de actores asombrosos. Y asombro es lo que produce la vida perra por la que circulan todos los personajes, tan bien escritos que nada falta. Y nada sobra: cada gesto es preciso, medido, tan eficaz que no se nota, solo sirve para construir cada papel con una delicadez y un cariño infinitos. No hay juicios: Farhadi deja abiertas las razones de cada uno de ellos para actuar como lo hacen. Como en la vida de cada uno de nosotros, la realidad tiene múltiples caras, y no por ello deja de ser real. Todos los prismas están filmados con un pulso tan inteligente que al director no le hace falta ser excesivo: no hay un plano que se recree en las miserias de los personajes ni en la sociedad opresiva y gris que los envuelve.

No es una película sobre la sociedad iraní. Es una película sobre seres humanos en una situación desesperada. Sorprende lo parecidos que somos a una realidad que creemos en las antípodas de la nuestra. El amor se rompe, hacen falta servicios sociales que no existen, se necesita dinero para salir adelante, las soluciones rápidas se imponen. Obvio que el peso de la tradición, la religión y el nulo papel de las mujeres en la toma de decisiones (al menos en apariencia) rezuma en toda la película. Pero el chador y el Corán no son los protagonistas de esta maravilla. Lo son el dolor, la vejez, la soledad, la inocencia perdida de los niños que observan el mundo de los adultos desde su propia perspectiva.

La realidad es esto. El cine no es más que un reflejo de ella. Y menos mal que existen directores empeñados en retratarla sin adornos.

El cine español no es un género

Lunes, febrero 20th, 2012

Supongamos (es un decir) que en una entrega de premios están nominadas a mejor película un thriller, una cinta que mezcla la ciencia ficción con el terror, una película histórica y una de vaqueros. Supongamos (es un decir) que no gana ni una película sobre la Guerra Civil ni Pedro Almodóvar. Supongamos (otro decir) que el mejor guión adaptado es el que convierte un cómic en una película de dibujos. Supongamos que este país no se llama España y la gente va a ver películas olvidando el término “españolada” y pensando solo en si una historia está bien hecha, transmite algo y merece la pena los más de 7 euros (ya) que cuesta la entrada.

¿Es mucho suponer que todo esto pase en Madrid, capital del reino, reino este que practica el deporte nacional de poner verde su propia cultura pero luego saca pecho cuando los franceses (qué mala gente) se ríen de nuestros deportistas, angelitos?

Anoche, cuatro películas cada una de su padre y de su madre optaban a un Goya. La historia de un científico que trama la más cruel de las venganzas. Firma Almodóvar. Una decepcionante adaptación de la maravillosa novela de Dulce Chacón iluminada tan solo por los ojos de una chiqueta que se lleva, claro, un premio de calle. Un thriller oscuro, castizo, milimétrico, duro. Y un western rodado en Bolivia que se atreve a recuperar el mito de Butch Cassidy. Tres muy buenas películas, una mediocre.

Pero nosotros a lo nuestro. Que es, por cierto, conseguir colar en una sola gala a varios espontáneos (la seguridad se nos da de miedo), y tener que escuchar, de nuevo, el mil veces repetido discurso sobre el cine e Internet. Un discurso tan manido, tan interesado (por todas partes), tan vacío en el fondo, que con lo que me quedo de las palabras de Enrique González Macho, presidente de la Academia, flanqueado por sus dos vices, es con una sola frase, y la pongo en mayúsculas porque creo que debería enseñarse en los colegios: EL CINE ESPAÑOL NO ES UN GÉNERO.

Algo tan obvio como decir que, aunque el cine lo parieron los franceses, es en Estados Unidos donde alcanza sus cotas más altas. Vale. Fantástico. Que me lo digan a mí que creo que John Ford, Billy Wilder y Orson Welles son la santísima trinidad. Como también creo que una industria como el gigante norteamericano tiene que parir mucha basura anual, por cuestión de probabilidades, y que entre toda esa basura, brillan cada año un número elevado de buenas películas. Puestos a decir perogrulladas, recuerdo, como ayer lo hacía la vice Marta Etura, que este año en los Oscars hay dos películas españolas y que otro español, el compositor Alberto Iglesias, opta a premio.

Pero nosotros a lo nuestro. Que es lanzar un mensaje victimista (el público no nos entiende, a veces es injusto, hay muchos prejucios…) o un discurso homicida (todas las películas españolas son sobre la Guerra Civil -claro, ¿alguien cuestiona la filmografía americana sobre la Segunda Guerra Mundial?- todos los actores españoles son malos, los cineastas españoles son unos jetas que viven de subvenciones, van de progres).

Nosotros a lo nuestro. O sea, a jugar a ver quién suelta el tópico más obvio, quién critica más a los Bardem, a Almodóvar o a la estupenda cantera de actores salida de la tele. O al revés: quien se pone más talibán con Internet, quién decide echar la culpa de todos nuestros males a los yanquis, otra mala gente, y quien reclama más ayudas en general para una industria que, señores, es cultural. Y la crisis es económica, claro. Pero también de contenidos. De aquí a Hollywood.

Y así nos va, claro. Nosotros a lo nuestro, o sea, a sumarnos a una de las dos Españas que ha de helarte el corazón (y no lo digo en clave política, me guarde Dios. Es que culturalmente se nos da de miedo. O estás conmigo, o contra mí. Y además, eres tonto). Los cines cierran, mientras tanto, las buenas ideas no encuentran quién las financie, sea pública la cosa o el ministro (¿por qué tenía cara de póker ayer el señor Wert? ¿pensaba que los de la ceja, más mala gente, lo iba a abuchear?) proponga la vuelta de los mecenas, y las malas y las buenas ideas, convertidas en películas, encuentran pocas salas para llegar al público. Y vuelve a empezar la rueda: si el público no llega a las películas (no ya porque compre pocas entradas: es que no las encuentra en las salas), si no sabe qué se hace en este país nuestro tan pintoresco, será mucho más fácil manipular la cabeza del respetable para que se sume a uno u otro de los bandos. Porque en eso hemos convertido el cine español. No es un género: es una batalla.

Menos mal que La piel que habito, Blackthorn, No habrá paz para los malvados, Midnight in Paris (sí, es una coproducción española), Arrugas pasan de guerras estériles y nos hacen poner los pies en el suelo. O soñar, que para eso sirve el cine.

                                   Coronado, Urbizu y dos de los goyas para el cine negro

(Por cierto, de los premios qué os voy a decir. Los que seguís el blog ya sabéis que tengo debilidad por la película de Enrique Urbizu. Que los premios para Blackthorn son una especie de justicia divina para una de las cintas más sorprendentes del año, regalo de Mateo Gil. A pesar de la injusticia de no nominar a Sam Shepard. Y que La piel que habito me parece un estupendo ejercicio de riesgo. Vamos, es que hasta The Artist se lleva premio. De La voz dormida creo que prefiero no hablar. Si esto es lo que Benito Zambrano entiende por rendir homenaje a Dulce Chacón… menos mal que contaba con la mirada luminosa de María León para darle un poco de sentido).

Maratón, joyas y descensos

Sábado, febrero 11th, 2012

1. A una semana de los Goya y dos de los Oscar, y en plena Berlinale, y después de casi dos meses de imperdonable inactividad bloguera, este mes de febrero vuelvo a calzarme las zapatillas para correr la maratón de cine con la que empiezo cada año. Tengo pendientes una decena de películas y los estrenos no paran, aunque me he prometido a mí misma pasar, al menos, de War Horse, última película de Spielberg, porque el tama animalitos en el cine me da un poco alergia. Una versión épica y equina de Lassie es más de lo que puedo soportar. O sea, que me quedan Hugo, Moneyball, Criadas y señoras y Extremely Loud & Incredible Close. Y La dama de hierro, El topo, Albert Nobbs, para saber qué puede hacer Gary Oldman contra Jean Dujardin (creo que ya he dejado bastante claro que si no le dan el Oscar al mejor actor por The Artist, una vez visto el Clooney de la decepcionante Los descendientes, yo me bajo), y el duelo entre Meryl Streep y Glenn Close… que podría desempatar Viola Davis por Criadas y señoras. Esto, en la parte estadounidense de los premios.

En la parte nacional, menos deberes: solo me queda La voz dormida, de Benito Zambrano. Y entre las otras tres candidatas, ando como los niños pequeños cuando les preguntas “¿a quién quieres más?”. Entre No habrá para los malvados y Blackthorn, ese thriller demoledor y ese western crepuscular que me despierta emociones que creía sepultadas, como esas que encierra Sam Shepard en su maravillosa interpretación. Como cuando una tiene que escoger entre lo que le conviene y lo que siente… el cine, como casi todo en la vida, no se compone solo de planos o de dirección de actores. Lo que una película, una historia, es capaz de regalarte, vale más que una secuencia perfecta. Tal vez este año crea más que nunca en el valor de las imperfecciones, propias y ajenas. Como si fuese una especie de reconciliación personal que Blackthorn se lleve el Goya a la mejor película y que Christoper Plummer recoja el Oscar al mejor secundario por Begginers, esa maravilla oculta entre la jungla de estrenos de 2011.

2. A la caza de películas pendientes, busco Nader y Simin, una separación. Sí, cine iraní. Es una de las revelaciones del pasado año, casi con toda seguridad el Oscar a la mejor película extranjera, y aún no la he visto, claro, porque las cintas iraníes y la taquilla, en este país que alerta en los carteles de que las películas “no tienen diálogos” (¿por qué no avisan de que otras son un insulto al respetable?), no es que se lleven muy bien. Pero afortunadamente, también en este país que se queja porque en Internet no hay una web que ofrezca un buen catálogo de cine, existe Filmin.  Antes de que alguien diga “es que son pelis iraníes”, os cuento que entre lo más visto estos días esta Midnight in Paris y Four Lions, y que están en pleno ciclo John Cassavetes. Y que se pueden recuperar películas del Neorrealismo italiano. O la propia Blackthorn. Vamos, que hasta quien prefiera las series puede engancharse a The Office o La víbora negra. Y 2,95 euros por ver una peli (tienes 72 horas desde que la compras), no parece mucho, ¿verdad? No, no voy a comisión… pero me parece una respuesta fantástica para los que creen que Internet se ha quedado vacío desde que detuvieron a Kim Dotcom.

3. Que yo sepa, no he perdido el sentido del humor. Así que me paso dos horas preguntándome dónde está la supuesta gracia de esa tragicomedia firmada por Alexander Payne, Los descendientes, en la que George Clooney descubre que la vida se puede ir a la mierda en dos segundos, entre camisas de flores, mai tais, y una fauna de personajes alucinante. Sigo dándole vueltas a lo que Payne pretendía contar, a lo que pretendía transmitir… y no me cuadra nada. Como si el punto de partida prometiese mucho, pero en el camino se hubiese quedado cualquier posibilidad de construir algo coherente. Descenso en picado, a pesar de Clooney, lo único, junto con algún ramalazo de gracia, que quedará de esta película. Los que esperen la versión hawaiana de Entre copas, que vayan preparados.

Una película para Pina (y un regalo para mí)

Martes, noviembre 1st, 2011

D de danza. La de Pina Bausch. D de dirección. La de Win Wenders. D de declaración. La de amor, de principios, de tristeza, de los hombres y mujeres que compartieron vida y trabajo con Pina. Hoy, 1 de noviembre de 2011, después de películas que iban a cambiar el curso de la historia del cine, después de haberme puesto media docena de veces esas ridículas gafas, hoy, por fin, he entendido qué significa el cine en tres dimensiones. Significa sumar el talento indiscutible de Wenders para crear un lenguaje propio, con la talla de artista inmensa de Pina Bausch. Y conseguir que la pantalla del cine desaparezca, que se diluya, que el espectador sea parte del escenario (sea un teatro, un bosque, un edificio, una calle de Wuppertal) donde los bailarines rinden a Bausch el mejor de los homenajes posibles. El de sus cuerpos en movimiento. Un movimiento que Wenders filma con una precisión de cirujano, pero con delicadeza de amante, de quien sabe que trabaja con la obra de otro artista al que debe respetar y engrandencer. Wenders necesitaba el espacio para rodar esta pieza, preparada antes de la muerte de Pina, pero que ella ya no pudo ver. Para esto sirven las tres dimensiones. Porque sin creatividad, sin arte, ¿añaden algo las 3D a algo de por sí plano?

Hace apenas unas semanas, José Carlos Martínez, nuevo director artístico de la Compañía Nacional de Danza, me decía que la primera vez que trabajó con Pina tuvo que dejarlo. “No pude, no estaba preparado”.  Los rostros de sus bailarines (los veteranos, los que nacieron y se criaron en la compañía, cada uno en su idioma, a su manera, sin palabras o con ellas), expresan en unos primeros planos asombrosos lo que significaba bailar para Pina. Con ella. El sentimiento, la tristeza, el dolor de haberla perdido antes de tiempo está en cada mirada de esta docena de hombres y mujeres que bailan ante la cámara de Wenders. El director apenas parece entrometerse, parece que deja hacer… apenas incluye ciertas grabaciones antiguas para recordar el rostro de la artista, para explicar de quién habla esta gente. Incluso en su decisión de trasladar al exterior buena parte de las coreografías, de salir del escenario habitual, se trasluce un profundo respeto por la obra de la creadora alemana. En medio de una naturaleza que supera también la barrera de la pantalla, los cuerpos de los bailarines se escapan, en secuencias capaces de emocionar con apenas un gesto, un giro, un brazo que se alza para volver a bajar, recorriendo un cuerpo. Si rodar danza no es nada fácil (bueno, se puede ser simple: se coloca una cámara frente al escenario, y andando), aquí Wenders se sube al más difícil todavía: las cámaras bailan, literalmente, entre los bailarines. ¿Resultado? Una maravilla, sin más. Será por algo que Alemania ha decidido, por primera vez, enviar a Hollywood un documental para luchar por el Oscar a la mejor película extranjera.

Imagen de previsualización de YouTube

(No hace falta amar la danza para apreciar esta Pina de Wenders. Adoro la danza, pero no soy ninguna experta en el trabajo de Bausch. Y ya sabéis que adoro el cine. Pero tampoco me llevaría a Wenders a una isla desierta. Y sin embargo, esta película va a dejarme más poso del que creo que puedo describir con palabras. Lo dice ella misma, cerrando esta pequeña joya. Bailad, bailad. Si no, estamos perdidos)

¿Y si Steve Jobs no hubiese comprado Pixar?

Sábado, octubre 8th, 2011

En menos de 30 años, Pixar consiguió algo que parecía imposible: hacerse un nombre en la industria del cine (y en la cabeza de los espectadores, lo que es aún más difícil) capaz de hacer tambalear al mismísimo Disney. ¿Y por qué una pequeña división de diseño digital se convirtió en esa lamparita que garantiza que la película que viene después va a merecer la pena? Porque a mediados de los 80, un tal Steve Jobs se la compró a George Lucas. Y aquella empresa de diseño por ordenador comenzó a producir cortos que ganaban Oscar (si no lo habéis visto, os recomiendo que veais Tin Toy, una pequeña maravilla dirigida por John Lasseter en cuyos créditos, por cierto, aparecen unas “very, very special thnaks to Steve Jobs” ) y empezó a abrirse un hueco a golpe de la confianza – y el dinero, claro- que Jobs puso sobre la mesa.

Desde que murió el pasado miércoles, se han llenado pantallas y pantallas (de las que él mismo creó) recordando que Jobs era un visionario. También en el cine lo fue. No hace falta ser un creador de lenguaje para ayudar a que el cine evolucione. A veces solo hace falta apoyar a quien crea. A quién, si no, se le habría ocurrido empezar a negociar con el gigante Disney y producir la primera película de animación realizada por ordenador. Y que no solo es una joyita de la tecnología, sino que es una de esas películas que consiguen que nada -ni siquiera la técnica más puntera- se trague una buena historia. Porque eso es Toy Story: una estupenda historia, tecnología punta y una inversión de futuro. Los millones de dólares que recaudó el cuento de Woody y Buzz demostraron que la idea de Jobs funcionaba. Y que los dibujos animados no solo eran cosa de niños.

Y la lamparita de Pixar siguió alumbrando con Bichos, Monstruos SL, Buscando a Nemo, Los increíbles, Cars, Ratatouille, Wall-E, Up!, y la tercera parte de Toy Story, que el año pasado luchaba por el Oscar ya no a la mejor película de animación (que se llevó de calle), sino en la categoría de mayores… Steve Jobs ya no estaba allí, pero su capacidad para ver lo que se escondía detrás de las simples pantallas, y su genio para conseguir que cualquier ciudadano necesitase lo que él tocaba (de un reproductor de música a una película), fueron el empujón definitivo para una empresa que empezó perdiendo dólares y que acabó ayudando a quitar buena parte del olor a rancio que arrastraba Disney (seamos justos, la otra parte se la quitó Dreamworks).

Jobs vendió Pixar a Disney en 2006, pero la lamparita sigue ahí. Porque si algo se le daba bien a este chico era crear imagen. Tal vez los más pequeños no sepan quién era Steve Jobs. Ni sientan aún ese cosquilleo cuando se apaga la pantalla y ese flexo plateado se gira hacia el público. Pero saben quién es Buzz Ligthyear. Y Boo. Y Rayo McQueen. Y Nemo. Estos días, no encuentro mejor manera de recordar por qué Jobs también cambió mi manera de ver las pantallas que girando la ruedita de mi viejo Ipod. Y en la foto y el texto que abre la web de Pixar desde el miércoles.

ojd