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Manual de autoayuda en tres dimensiones

Lunes, diciembre 31st, 2012

Al final de La vida de Pi (Ang Lee, 2012), un hindú católico, musulmán y residente en Canadá pregunta a un escritor “¿qué historia prefieres?”. “La del tigre”, le responde. Pi, reflexivo, sentencia “también Dios”. Al parecer, esa frase encierra el meollo de estas dos horas de peñazo digital que firma Ang Lee, y que una, que a estas alturas de año debe de estar atorada, no alcanza a comprender. O tengo muy abandonada la religión, que puede ser, o es que paso poco por la sección de autoayuda de la librería. Que también puede ser. El caso es que, tras una interminable travesía oceánica, me quedo igual que cuando el pobre chico se queda solo en su balsa. Ni frío ni calor.

Frente a quienes proclaman que la modernidad, en el cine del siglo XXI, es utilizar las nuevas tecnologías y todas las variables del 3D para que el espectador haga “oh” y “ah” cada vez que un pez volador sale disparado de la pantalla, empiezo a pensar que ser vanguardista en el cine del siglo XXI pasa por contar historias pequeñas o extraordinarias, cotidianas o alejadas de nuestro mundo, realistaso de ciencia ficción, dramáticas o divertidas. Pero contar historias. Si una historia es buena (y por buena entiendo lo mismo un relato de Quim Monzó, por poner un ejemplo, que una buena crónica en el periódico, una novela que engancha y que utiliza el lenguaje como parte de la historia), un 3D inteligente la hará crecer, le dará una vida diferente.

Empecé este 2012 con el primer experimento en tres dimensiones de Martin Scorsese. Y lo cierro con la primera incursión de Ang Lee. Y si en La invención de Hugo los fuegos artificiales brillaban (afortunadamente) por su ausencia, para contar una buena historia apoyada en la forma, en La vida de Pi la historia no sé donde está, si es que está en algún lado. Y la forma, vacía, como simple ejercicio de tecnología punta, me parecen un experimento estupendo para explicar en un aula, para que los futuros directores-montadores-editores de imagen estudien y aprendan. Son un bonito marco para el cuadro, una moldura reluciente y dorada. Pero el lienzo es una desoladora lámina. Vacía, hueca.

Técnicamente espectacular, cada secuencia es un bonito paisaje, un más difícil todavía, un mar explotando, una noche fosforescente, un cielo anaranjado reflejado sobre la lámina pulida del Pacífico. Preciosas postales (muy hermosas, de verdad) que Ang Lee compone con un lirismo que, si en cualquiera de sus películas me parece la muestra de una sensibilidad admirable, aquí me dejan como una especie de documental de National Geographic demasiado largo.

Es probable que me esté perdiendo algo. Que haya un mensaje que no capto en La vida de Pi (y como no he leído el best seller en el que está basada, no puedo decir si el problema está en la película o si el libro es igual de confuso). O tal vez es que me he quedado en una idea que, al parecer, es ridícula. Esa que decía que el arte avanza con la técnica, pero que la creatividad y la mecánica deben ir de la mano. Si la técnica va sola, ¿qué tenemos?
En una escena memorable del Tercer Hombre, Orson Welles le recuerda a Joseph Cotten que “en Italia, en treinta años de dominación de los Borgia, hubo guerras matanzas, asesinatos… Pero también Miguel Ángel, Leonardo y el Renacimiento. En Suiza, por el contrario, tuvieron quinientos años de amor, democracia y paz. ¿Y cuál fue el resultado? ¡El reloj de cuco!”. (A mí, qué se le va a hacer, me parece mucho más emocionante el experimento fallido pero genial de Leonardo en La última cena que los relojes perfectos, precisos, y nada fallidos de Vacheron Constantin).

¿Desapasionando a las Brönte?

Viernes, diciembre 16th, 2011

Hay Jane Eyres acartonadas (la de Joan Fontaine y Orson Welles, dirigida por Robert Stevenson), extrañamente modernas (la de Susannah York y George C. Scott, filmada para televisión por Delbert Mann), poco valoradas (la de Zeffirelli, con Charlotte Gainsbourg y William Hurt), y sencillamente perfectas, aunque televisivas también (la de Ruth Wilson y Toby Stephens, dirigida por Susanna White).

Y en medio de una época en la que parece que la “nueva generación” (la frase no es mía, firma la Rolling Stone) necesita de nuevas historias de amor (será para huir de las horteradas vampíricas), aparece Cary Fukunaga y decide volver a adaptar la maravillosa novela de Charlotte Brönte.

Decir “Brönte” es como subirse a una ola de pasión arrolladora. Y sí, me podéis llamar cursi por decirlo. Pero la pasión es lo que tiene. Que es cursi. Y que arrolla. La historia de esta jovencísima institutriz maltratada por su tía, en el ¿colegio?, que va a parar a un caserón en el que el muy oscuro señor Rochester guarda otros oscuros secretos, escrita por una mujer joven con una familia, cuando menos, peculiar, y con una mente extrañamente apasionada, no puede ser otra cosa que arrolladora. Como las Cumbres Borrascosas de su hermana Emily no, pero casi…

Será que ya no formo parte de la “nueva generación”. Será que me he tragado la novela como tres veces, y que de las 11 versiones en pantalla pequeña y grande (casi me da vergüenza decirlo) me faltan solo dos por ver. Será eso, pero aún me estoy preguntando cómo se puede desapasionar lo desapasionable. Porque tiene mucho mérito lo que ha conseguido Fukunaga en esta Jane Eyre del 2011. Mia Wasikowska está fantástica, precisamente por su juventud, por su inexperiencia, y dota a esta Jane de una fuerza de la que carecen algunas de sus predecesoras. Michael Fassbender (¿hay algún sitio donde no esté últimamente?) consigue que el muy desagradable señor Rochester tenga una piel, un erotismo, algo que oculta bajo esos ojos azules, que tal vez solo había conseguido Toby Stephens. Lo borda, en definitiva.

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¿Y por qué, si los dos papeles principales están tan logrados, si la ambientación es de esas que huelen a Oscar, si entre los secundarios está esa maravillosa actriz llamada Judi Dench, la película no acaba de cuajar? Porque de alguna manera, el guión de Moira Buffini y la dirección de Fukunaga consiguen enfriar eso que se llama pasión y que hace que las Brönte sean las Brönte y probablemente no sirva para nada, es cierto, pero te ayuda a entender, si alguna vez has querido, por qué Jane llora casi sin lágrimas sobre las rocas de un páramo.
No dejo de preguntarme si tanta frialdad se debe a la intención de no pasarse de rosca, o si simplemente, alguien de repente ha leído una Jane Eyre distinta a la que las “viejas generaciones” leímos.

(Hoy me preguntaban si era necesaria una nueva Eyre. Tal vez no. Como tampoco hacía falta un nuevo Orgullo y prejuicio, y sin embargo la última versión -del 2005, firmada por Joe Wright y con Emma Thompson nunca acreditada tras el guión-, le da mil vueltas a las versiones anteriores.)

25 años sin Welles

Domingo, octubre 10th, 2010

Aunque en realidad, Welles sigue en todas partes… es lo que tienen los genios. Así lo hemos recordado esta mañana en Radio Voz.

http://www.ivoox.com/blog-mrs-robinson-audio-4-audios-mp3_rf_389042_1.html

Niñas bien educadas

Sábado, febrero 27th, 2010

Acostumbrada a la mala baba con la que Nick Hornby trata a sus personajes (la misma mala baba, eso sí, que una utilizaría para criticar a un amigo al que quiere de verdad, o para criticarse a una misma), salgo de ver An education (Lone Sherfig, 2009), con cierta sensación de que la ironía marca de la casa se ha quedado por el camino en esta historia. Y que la película que está encumbrando (con razón) a la menos joven de lo que parece Carey Mulligan puede gustar a muchos, muchos públicos, así que la productora y las salas, encantadas. A saber: hay una parte bonita (la redención, la superación, ya saben…) en esta historia que gustará a los que buscan en el cine esos cuentos de hadas con final más o menos feliz. Hay una parte social que recoge esa Inglaterra gris previa a los 60 (aunque después de haber leído Chesil Beach, de Ian McEwan, nada resulte tan impactante), y que gustará a quienes sufrieron una educación similar (sobre todo a las mujeres, evidentemente).

Pero hay una parte cínica, dura, mucho menos reflejada  – o por lo menos más suavizada- en la cinta, aunque probablemente sea la más interesante, que muestra un mundo construido a base de mentiras, relaciones basadas en no ver lo que la otra persona es en realidad, y guapos y ricos jovencitos que esconden una vida sórdida y falsa. Y en una semana en la que Harry Lime me persigue, no dejo de pensar en la sonrisa cínica de Orson Welles en El tercer hombre, mientras un escurridizo Peter Sarsgaard reconoce ante Carey Mulligan lo que es en realidad. Es una lástima que la directora no profundice más en esta parte de la historia, porque es precisamente en esas secuencias más oscuras, técnicamente diferenciadas (cámara en mano, con una iluminación más dura), donde la película crece. Desde las primeras miradas evidentes que cruzan Mulligan y Sarsgaard a la sorprendente reflexión sobre la primera vez de una cría de 17 años, pasando por el enfrentamiento con la realidad de ambos personajes a las puertas de la casa de ella.

Lo mejor, sin duda, Carey Mulligan, cargando de matices a esta Jenny que cree que recibe una educación cuando en realidad ella misma se la está construyendo y la está dando. No es fácil hacer creíble y nada repelente a esta chica, a sus frases en francés, a su pasión por la vida y por Juliette Gréco, y Mulligan lo consigue con cada plano. 

(Ah, y el uso de la música, pero estando detrás Hornby, se da por hecho, ¿verdad?)

Cine dentro del cine

Lunes, octubre 5th, 2009

Un director de cine espera en un pasillo de un teatro a las afueras de Nueva York. En la pantalla estrenan, en el primer pase ante el público, su última película. A los cinco minutos de proyección, una mujer sale al pasillo y, al pasar por su lado, sin saber con quién habla, le suelta: “¿No le parece la mayor mierda que ha visto jamas”. “Sí, señora”, contesta. Era Billy Wilder. Y estrenaba El crepúsculo de los dioses.

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 59 años después, esta historia de cine dentro de cine pertenece por derecho propio a la categoría de clásico. Menos mal que las cosas, en general, nunca son como empiezan…

Aunque en este caso, el ciclo Outono de Cine que arranca este miércoles en Ferrol, no puede empezar mejor. Durante todo el mes de octubre, cada miércoles habrá una oportunidad de acercarse a los Cines Dúplex (los únicos que quedan en el centro de la ciudad) para disfrutar sin soltar un céntimo de una película dedicada al cine dentro del cine. Y en versión original. Esta semana será esta dosis de mala uva servida por Wilder, en la que Gloria Swanson continúa preparada para su primer plano y William Holden sigue flotando en  la piscina. Un guión insuperable, interpretaciones al límite (sobre todo la de la Swanson, el mito del cine mudo haciendo de sí misma… o casi), rostros recuperados del pasado (como Buster Keaton), Cecil B. DeMille en pleno set, el gesto de Erich Von Stroheim… Todo cuadra en esta pieza de museo que, como las obras de arte de verdad, está más viva que nunca. Será que la ironía, como Wilder, nunca pasa de moda.

(En este Outono de cine que organizan el Concello de Ferrol con la Universidade de A Coruña, y la coordinación de Axente Cultural, octubre seguirá con Fellini y 8 1/2, Tim Burton y Ed Wood y Orson Welles y Fake. Y como en cada temporada del ciclo, antes de la película se proyectará un corto gallego. Este miércoles, a las ocho y media de la tarde, el turno es para Perla, de Carlos Alberto Alonso Iglesias, un pequeño homenaje a todos los cines de barrio, a partir de la sala Perla de Fene. Que ya no existe, claro… Pero esta, como diría Wilder, es otra historia.)

El medio siglo de Los cuatrocientos golpes

Lunes, mayo 4th, 2009

El 4 de mayo de 1959 también era lunes. Y en Cannes, una película dura, viva, oscura y fascinante, se estrenaba en el Palacio de Festivales. Lo hacía con una ovación para François Truffaut, un joven director de apenas 27 años. Y con su protagonista, un crío de 14 años, Jean-Pierre Leaud, saliendo de la proyección a hombros de Jean Cocteau.

 Hoy se cumplen 50 años de la primera ovación para Los cuatrocientos golpes… que es casi como decir que la Nouvelle Vague cumple medio siglo. Y no porque esta maravilla dirigida por François Truffaut fuese la primera película de aquella generación, sino por lo que supuso su éxito: el respaldo de la crítica, el apoyo del público (y no solo en Francia), provocaron un bum de nuevos directores: durante los tres años siguientes, cerca de 170 cineastas franceses estrenaron su primera película, cuenta Cyril Neyrat, de Cahiers du Cinéma. Y la culpa de aquella nueva ola la tuvo la vida de Antoine Doinel… que hoy estaría próximo a la edad de la jubilación (mañana, precisamente, Jean-Pierre Leaud cumple 65 años). Hace medio siglo, nos invitaban así a ir a verla al cine:

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No sé cuántas páginas habrá llenado esta película. Ni cuántas otras, después, se inspiraron en ella. Pero hay en Los cuatrocientos golpes tanto cine y tanta vida, que los 50 años no le pesan nada. Tal vez al contrario. En un artículo que revolvió a todo el cine francés, Truffaut había expuesto tres ideas básicas acerca de lo que las películas deberían ofrecer: salir a la calle, captar la vida, filmar con modestia y rapidez. (¿Os suena a las ideas de algún movimiento más moderno?… Resulta que ya estaba inventado)

Todo esto está en la hora y media que dura la película. La vida de Antoine Doinel, la calle,  la escuela, la casa, la madre, los amigos, el cine, París… la adolescencia del propio Truffaut trasladada a la pantalla, aquellas mismas salas donde, siendo un crío, se enamoró del cine americano, de Hitchcok y de Welles, pero también de Renoir y su mimo por los actores, o de Rossellini y su agilidad (y de quien hay tantas huellas en Los cuatrocientos golpes).

Pasando del colegio para ir al cine, Truffaut descubrió que “la vida auténtica era la pantalla”. Cincuenta años después, nada resume mejor esa manera de vivir, esa ética del cine, esa mirada única, que los ojos de Jean-Pierre Leaud a la orilla del mar.

Espías, mentiras y cintas de vídeo

Lunes, diciembre 8th, 2008

En la entrada del cine hay un enorme cartel con las imágenes de Leonardo Di Caprio y Russell Crowe. En el cartel anuncian que la película es “Del director de American Gangster y Gladiator“. Antes de ver la película, me pregunto por qué no echan mano de otras cintas un tanto más interesantes del británico Ridley Scott. Después de ver la película, entiendo perfectamente que Red de mentiras la ha hecho el director de American Gangster y Gladiator. Al director de Blade Runner se le reconoce poco…

Es posible que sea una especie de maldición bíblica haber rodado una cinta de culto en tus primeros años de trabajo. Porque a ver quién es el listo que supera Blade Runner. O Alien. Si empiezas tu carrera con Los duelistas, y en los años posteriores ruedas La teniente O’Neill, es un poco lógico que te lluevan las críticas. Cuestión de expectativas, supongo. Que no todo el mundo puede ser Orson Welles (aunque muchos se lo crean).

No se le puede negar, de todas formas, un sentido del ritmo envidiable. Que hace que se sostengan dos horas de película sin perder interés (como en Gladiator y American Gangster, por citar las dos que publicitan esta Red de mentiras), a pesar de los elementos que van chirriando por Oriente Próximo adelante, en este caso. Y volvemos al origen del problema: a la persona que sacó adelante Blade Runner (o Thelma y Louise, que no quiero dejarla en el tintero), se le pide un poco más que sentido del ritmo. Se le pide que nos sorprenda.

PD. …que si el objetivo es que temamos al Hombre del Saco (o sea, la CIA), a mí, qué quieren, me da mucho más miedo la CIA de los hermanos Coen en Quemar después de leer: entre temer que desde el aire controlen a todos sus agentes, aliados, enemigos, infiltrados, etc, y temer que la todopoderosa agencia norteamericana no se entere de nada, me quedo con el efecto que causa la chirigota gamberra de los hermanos Coen y no con la sesuda (y tal vez carente de contenido, además de un tanto inverosímil) reflexión de Scott.

Una campaña de cine

Martes, noviembre 4th, 2008

Si algo tienen los estadounidenses, es un marcado sentido del espectáculo. Como lo llevan en la sangre, les salen las campañas electorales así de bonitas. Aparte de la ligera vergüenza ajena que provocan algunas de los tinglados que este año han montado los candidatos, y sin analizar los mensajes, si es que existen, hay que reconocer que nos han regalado una de las promociones más vistosas y cinematográficas del poco vistoso y cinematográfico mundo de la política internacional.

Alguna cadena temática nos regala hoy jornada completa dedicada a la política (estadounidense) en el cine (estadounidense). Con la diferencia horaria, no es mala opción darse un maratón de cine para esperar los resultados. No siempre se han llevado bien el cine y la política, ni los políticos. Pero cuando se llevan bien, consiguen algunas pequeñas maravillas. Ahí va mi lista particular:

- Caballero sin espada (me gusta más el original Mr. Smith Goes To Washington). Sí, es un tanto ingenuo este Capra del 39, pero todos hemos querido, alguna vez, que nos represente un político como este James Stewart dispuesto a luchar contra todo corrupto que se le ponga por delante.

- Ciudadano Kane (Orson Welles, 1941). Es que vale para todo. Para dar una clase teórica de cine. O de prensa amarilla. O de cómo llegar al poder… Por no hablar de la iconografía del mitin que se marca Welles.

- El político (All The King’s Men, Robert Rossen, 1949).  O la antítesis de nuestro caballero sin espada, es decir, un maravilloso Broderick Crawford caminito a la perdición política. Hace un par de años, un tal Steven Zaillian dirigió una nueva versión, con Sean Penn como protagonista. No hay color.

- El mensajero del miedo (The Manchurian Candidate, John Frankenheimer, 1962). La guerra, la política, la manipulación, el miedo… Para todos los que piensen que Angela Lansbury no puede dar miedo, esta es su película.

- Todos los hombres del presidente (All The President’s Men, Alan J. Pakula, 1976) . Cine político de los setenta en estado puro – y una de las mejores cintas de periodistas-, Robert Redford y Dustin Hoffman creando dos iconos, ¡y Jason Robards!. Es que ni sobra ni falta nada. La biblioteca del Congreso. El aparcamiento. El cigarro de Garganta Profunda. El sonido de las teclas mientras conocemos el final de la era Nixon…

- Buenas noches, y buena suerte (George Clooney, 2005), estupendo reflejo de la era MacCarthy en clave (casi) documental, y homenaje particular a la generación de periodistas (y en general, a la de cineastas) que lucharon por seguir abriendo la boca a pesar de las fobias anticomunistas de uno de los elementos que más daño han hecho al cine.

Y las que se quedan en el tintero. Al margen de biopics, que suelen quedarse en las ganas, me quedo con dos para reírse de la política. Que a veces es de lo más graciosa. Sobre todo si Billy Wilder se ríe de la Guerra Fría en Uno, dos, tres. ¿Puede uno reírse a carcajadas de la política de bloques, el Muro de Berlín, la coca cola y James Cagney? Puede, puede… ¿Más risas? Las de ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú. Que si Stanley Kubrick se burla de la bomba atómica y Peter Sellers se dedica a triplicarse, la cosa no puede ser mala.

(¿Se puede incluir en una lista de películas El ala oeste de la Casa Blanca?)

Telón

Domingo, abril 6th, 2008

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 Es una cuestión de generaciones: a muchos les recordará, irremediablemente, a Rodrigo Díaz de Vivar (El Cid, Anthony Mann, 1961) o a Moisés (Los Diez Mandamientos, Cecil B. Mille, 1956). A casi todos, a Ben-Hur (William Wyler, 1959). A otros, a un tío antipático pegado a una escopeta, defendiendo la posesión de armas. A mí, que a veces me gusta llevar la contraria, me llaman más el detective cabreado de Sed de mal (Orson Welles, 1958) y el Mayor Dundee (Sam Peckinpah, 1964). John Charles Carter, más conocido como Charlton Heston, ha muerto en Los Ángeles, a los 84 años, después de pasarse los últimos cada vez más deteriorado a causa de una enfermedad degenerativa.

De sí mismo decía que tenía un físico de otro siglo, lo cual explicaría por qué durante años se dedicó a dar vida a leyendas como El Cid, Miguel Ángel (La agonía y éxtasis, Carol Reed, 1965), el patriarca Moisés o el cardenal Richelieu (Los tres mosqueteros, Richard Lester, 1973). Con esa cara de duro, se convirtió en uno de los iconos más claros de lo que la virilidad debe ser, según el cine.  Por ejemplo, en El mayor espectáculo del mundo (Cecil B. DeMille, 1952) como ese director de circo poco dado a la ternura, Brad Braden. A pesar de la edad, de las enfermedades y de que Hollywood nunca ha tenido mucha piedad con los viejos, todavía era posible, hace unos años, encontrarse a Heston en la pantalla, en pequeños papeles como en el Hamlet de Kenneth Branagh (1996) o El planeta de los simios… no en la “suya”, sino en el remake de Tim Burton (2001), escucharlo en voces de personajes animados, o en reposiciones de Dinastía y Los Colby.

Pero su figura está unida a su polémica defensa del derecho a poseer armas. Presidente durante años de la Asociación Nacional del Rifle, Michael Moore dejó bien clara su postura en el documental Bowling For Columbine (2002). No deja de ser curioso que para muchos Heston no sea más que un republicano extremista, cuando en su juventud apoyó la campaña de John Fitzgerald Kennedy y acompañó a Martin Luther King en su lucha por los derechos civiles… para terminar apoyando a Reagan y a los dos Bush, padre e hijo, en su camino a la Casa Blanca.

A veces resulta complicado separar al actor de la persona, pero Charlton Heston ha dejado unas cuantas interpretaciones increíbles, más allá de películas larguísimas con las que nos bombardean en televisón en Navidad y Semana Santa. Antipatías políticas y superproducciones épicas aparte, esta noche volveré a ver Sed de Mal. Porque papeles como el de Miguel “Mike” Vargas en esta joya asfixiante y siempre sorprendente pueden llegar a justificar una leyenda.

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