Baño de sangre y ego para Tarantino
Jueves, enero 24th, 2013El universo Tarantino tiene una poderosa capacidad de atracción. En torno al eje gravitatorio de este autoproclamado enfant terrible, gira una legión de seguidores acérrimos que esperan cada nueva pelÃcula como una especie de fiesta cinematográfica. Y algunas de ellas lo son, lo son. Aunque tengo que decir que la personalidad tan consciente y pagada de sà misma de Tarantino me genera cierta pereza. Como la presunción de inocencia, vaya por delante que, aunque no me encuentre entre la legión de incondicionales, Reservoir Dogs, Pulp Fiction y Malditos bastardos (no necesariamente por este orden) me parecen estupendas. Pero vamos con Django desencadenado.

El primer spaghetti western de Tarantino (por decir algo, en realidad lleva bebiendo de los códigos del spaghetti desde hace tiempo, aunque sin caballos) es un exceso. De referencias (por tener, tiene a Morricone), de metraje, de violencia, de sangre… Una orgÃa pura y dura, un baño de ego y de estilo propio que se da el director. Y de todos los excesos, el de metraje podrÃa ser el más peligroso. Para contar esta historia, Tarantino podrÃa haberse puesto sutil, hacer uso de la elipsis y dejar los 167 minutos para otro momento. Claro que la sutileza no es una de sus virtudes. Asà que larga casi tres horas de pelÃcula caminando sobre el filo de la navaja. Y con ese sentido del ritmo que dios le ha dado, consigue una cinta muy ágil. No es que tenga mérito, es que es realmente prodigioso que antes de la traca final el ritmo no decaiga, que no dé tregua.
En esta historia de venganza y amor eterno, el doctor Schultz compra un esclavo (Django, Jamie Foxx) para que le ayude en su muy noble labor de cazarrecompensas. Con la promesa de liberarlo al finalizar su trabajo, Schultz (un impagable Christoph Waltz, lo mejor de la pelÃcula sin lugar a dudas, sobre el papel y en pantalla) decide asociarse con su liberado esclavo y echarle una mano como buen romántico alemán. Arranca asà el tortuoso camino para liberar a la esposa de Django, atrapada en las garras de un desaforado Leonardo DiCaprio, pasado de rosca, pintado con trazo demasiado grueso por el actor y, probablemente, por el propio Tarantino. Y no es un mal menor, como no lo es un personaje, el de Samuel L.Jackson, que por repugnante que resulte en su papel de esclavo esclavista, no está explicado, apenas lanzado al espectador, intuyo sus razones pero me las creo. Es en esta plantación infernal con nombre de Disneylandia donde Tarantino parece perder la perspectiva, donde confluyen todos los excesos. Los de estos dos personajes tan evidentemente malos, como el dragón de la leyenda de Brunilda que Schultz cuenta a Django. Los de la orgÃa de sangre y vÃsceras que una decidió no ver, pero que escuchó nÃtida y lÃquidamente. Los de un final que no desvelo y que no cuestiono (es su historia, asà que la escribe como quiere) pero que no me gusta.
Si esto del cine fuese una ecuación, Christoph Waltz, el humor negrÃsimo y maquiavélico de Tarantino, el camino de aprendizaje para convertirse en un profesional de matar blancos a cambio de dinero, y la relación entre Waltz y Foxx (para mÃ, lo más interesante e inteligente de la pelÃcula) y la muela del carromato del doctor serÃan suficientes para convertir la pelÃcula en una fiesta de verdad. Claro que como en el ránking de fiestas también hay niveles, tal vez Django no llegue a la categorÃa de noche legendaria, pero no deja de ser una buena noche.
(Me pregunto si parte del problema -el mÃo, quiero decir- está en que veo la pelÃcula con la óptica de los westerns, y no me refiero a los puros. En menos de tres dÃas, y por pura casualidad, he visto Los vividores, Pat Garret & Billy The Kid, un tercio de Sin Perdón, y El hombre que mató a Liberty Valance. Y voy al cine a ver algo que me dice el director que es un spaghetti y me desconcierta, tal vez no tengo el ingente equipaje de serie B del que se nutre Tarantino, por lo que no me provoca demasiado el atracón de referencias, ni siquiera el cameo de Franco Nero. Me pasa, como con muchas de sus pelÃculas, que me pregunto qué pasarÃa si, en vez de hacer guiños a pelÃculas que han visto una docena de seres vivos, los hiciese a un clásico).

(bueno, vale, este guiño tiene su chispa. Inconfundibles ojos, estos)


