El mundo gira (todavía)
Viernes, octubre 16th, 2009Supongamos que tenemos un buen producto… ni siquiera eso. Supongamos que tenemos un producto cualquiera. Y que queremos colocarlo en el mercado. Existen dos posibilidades: dejar que se venda solo, confiando en las bondades de nuestro producto. O bien lanzar una campaña de promoción que nos garantice, al menos, que el producto en cuestión va a estar hasta en la sopa.
En España, hasta el momento, buena parte de los productores apuestan porque las películas se vendan solas. Y así nos va. Es más, cuando una película cuenta con el presupuesto suficiente para realizar una macro campaña de promoción, hay incluso quien la mira mal. Como si tratar de convencer a la gente de que tiene que verla fuese una mala práctica…
Así que Alejandro Amenábar, que no solo tiene ojo para la cámara, sino también para los negocios, se ha pasado meses convenciéndonos de que teníamos que ver Ágora. El taquillazo que ha pegado en su primer fin de semana en salas no es solo producto de las ganas que tenía el público de ver lo último de Amenábar, que llevaba desde el 2004, con Mar adentro, sin rodar una nueva película. Una campaña al más puro estilo Hollywood ha conseguido que esa supuesta manía persecutoria que los españolitos tenemos contra las películas nacionales se haya quedado en casa. En ese artificial examen de conciencia que hace el sector cada vez que salen las cifras de espectadores del cine español, tal vez deberían empezar a dejar a un lado esa (también supuesta) crisis de ideas y guiones y plantearse que si un cine tan poco imaginativo como el que llega del otro lado del charco vende lo que vende, quizás no hace falta solo contratar buenos guionistas, sino también publicistas…

Y esta vuelta en círculos, tan liosa como las que traza Hipatia de Alejandría, se puede aplicar a la última película de Amenábar. Porque no es una cinta fácil, desde luego, ni que ponga nada fácil al espectador el entrar en la historia de esta científica que cree en la Filosofía por encima de todo lo demás, incluso de sí misma. Rachel Weisz intenta durante dos horas que nos emocionemos como ella mirando las estrellas, dudando de las teorías que le han legado sus mayores, dudando de una vida dedicada a la ciencia. Pero solo lo consigue a medias, en parte por las carencias del propio guión (da la impresión de que sobran demasiadas ideas que no por repetir más veces se acercan más al público, pero también parece que falta algo por el camino, y puede que sean los 20 minutos del metraje original que no llegarán a las salas), y en parte porque está bastante sola en medio de un reparto en el que brilla un fantástico Michael Lonsdale, pero en el que ni Max Minghella ni, sobre todo, Oscar Isaac acaban de cuajar. Quizás porque el propio guión no explica del todo a estos dos hombres en torno a los que gira la vida de Hipatia.
Hay pequeños destellos, escenas muy concretas en las que todo encaja (sobre todo la última y dolorosa secuencia), y entonces te reconoces dentro de la historia, descubres un poco sorprendida que te has emocionado. Pero le falta algo, ese algo que hace que todas y cada una de las películas de este tío se distingan de la media, se reconozcan como hijas de un estilo propio que se adapta a todos los géneros, del terror al biopic pasando por la ciencia ficción. No tengo la sensación de estar viendo “una de Amenábar”, y resulta que esto es un problema.
Bien rodada, aunque esto se dé por hecho, cuidada en la ambientación (un poco más lejos de la estética aséptica de las películas ambientadas en el Imperio Romano, afortunadamente: hay moscas, y vísceras y sadismo), me quedo sobre todo con la denuncia fundamental de esta Hipatia pasada por la óptica de Amenábar, pesimista y dura en su lectura de los fundamentalismos, cualquiera que sea su color y su signo. Al final, crea en lo que crea, el ser humano lo soluciona todo a golpe de quemar libros, y de apedrear al que piensa de otra manera. De quemar brujas y llamar putas a las mujeres que piensan. De mercadear con la fe. De apelar a los dioses para no perder su parcela de poder. De aprovecharse del que no tiene nada para forjar un nuevo imperio. Y el mundo sigue girando, en la misma elipse, una y otra vez.