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30 años en el hotel Overlook

Sábado, mayo 22nd, 2010

Un triciclo. Las ruedas de plástico resonando en la madera del suelo. El sonido amortiguado al pasar por una alfombra. Un niño que recorre un hotel desierto. Una giro a la derecha. Un pasillo largo y enmoquetado. Una puerta. Y un número: 237. Cuatro ingredientes, un buen cámara, el genio de un director asombroso, y el resultado: una obra maestra del cine….

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Con este sol, resulta complicado imaginarse el hotel Overlook en pleno invierno, rodeado de nieve, aislado del mundo exterior, convertido en la prisión mortal en la que Stanley Kubrick retuerce cada vez más la mente enferma de Jack Torrance (Jack Nicholson). Pero El resplandor está de aniversario: se estrenó en Estados Unidos un 23 de mayo de 1980. La única incursión del director británico en el género de terror está considerada hoy una obra maestra… a pesar de que, hace tres décadas, fue un fiasco en la taquilla y su director y su actriz principal, Shelley Duvall, estuvieron nominados a los Razzies, esos anti-Oscar que premian lo peor de la temporada. Una anécdota más a sumar a la larga lista de datos que forman la leyenda de esta joya del género, una película que Kubrick, fiel a su carácter, jamás quiso explicar (¿quién quiere entender el final?), y que, tengo que confesarlo, me tuve que tragar en pequeñas dosis antes de conseguir ver entera y con los dos ojos abiertos. Y a pleno sol, como una especie de red de protección ante el miedo absoluto que aún hoy, vista mil veces, me produce. Vamos, que nada me inquieta más que el pasillo enmoquetado de un hotel después de haber visto al pequeño Danny recorrer los del Overlook con su triciclo.

Con su desarrollo en capítulos, un uso de la música ejemplar, y un Jack Nicholson para enmarcar, Kubrick da una vuelta de tuerca al género para construir mucho más que una historia de fantasmas: un estudio sobre la deformación de la mente y el camino a la locura, la degradación de la familia, el poder del entorno y de la soledad sobre las personas. Y, como siempre que hablamos de Kubrick, un manual de cómo la técnica, al servicio de un buen guión (basado en la novela de Stephen King, a quien nunca le convenció la adaptación), puede convertirse en parte esencial de una película sin dejarse ver. Da igual que uno no sepa qué es una steadycam, o quién es Garrett Brown, o cómo se consigue seguir un triciclo a la altura de un niño pequeño, pasillo adelante sin destrozarse la espalda. Como da igual que en Barry Lyndon rodase a la luz de las velas: al final, lo que queda es la suma de las partes, no una sucesión de partes apenas hilvanadas. Tal vez sea eso lo que distingue una buena película de un pastiche, o un hallazgo técnico de una película de verdad (aunque, en este caso, no deje de llamar la atención lo que hay detrás de la cámara, ¡sobre todo si es Kubrick corriendo en la nieve!)

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Porque cuando una película consigue provocar escalofríos cada vez que se ve ese coche recorriendo una carretera entre montañas. Cuando en la cabeza de espectadores de todo el mundo se ha quedado grabado el dedito de Danny. Cuando dices “Redrum” y alguien reconoce lo que dices. Cuando escuchas “¡Aquí está Jack!” y puedes ver la cara de Nicholson a través de una puerta. Cuando un solo plano en contrapicado te muestra el terror absoluto de Wendy ante una máquina de escribir… cuando escribes cuatro párrafos sobre El resplandor (a pesar del calor, del sol de mediodía, a pesar de que, como te dicen cuando eres pequeña “si es solo una película…”) y tienes que apartar la mirada de la pantalla de vez en cuando porque algo se ha movido detrás de ti… entonces es que has dejado de hablar de una película para hablar de otra cosa. Es lo que tienen los genios…

(por cierto, de este genio y del aniversario de El resplandor en concreto hablaré mañana, en el programa Los domingos de La Voz, que presenta mi compañero Fernando Molezún. Podéis escucharlo desde las 10 de la mañana, sintonizando Radio Voz en cualquier punto de Galicia, o a través de nuestra página web)

Una campaña de cine

Martes, noviembre 4th, 2008

Si algo tienen los estadounidenses, es un marcado sentido del espectáculo. Como lo llevan en la sangre, les salen las campañas electorales así de bonitas. Aparte de la ligera vergüenza ajena que provocan algunas de los tinglados que este año han montado los candidatos, y sin analizar los mensajes, si es que existen, hay que reconocer que nos han regalado una de las promociones más vistosas y cinematográficas del poco vistoso y cinematográfico mundo de la política internacional.

Alguna cadena temática nos regala hoy jornada completa dedicada a la política (estadounidense) en el cine (estadounidense). Con la diferencia horaria, no es mala opción darse un maratón de cine para esperar los resultados. No siempre se han llevado bien el cine y la política, ni los políticos. Pero cuando se llevan bien, consiguen algunas pequeñas maravillas. Ahí va mi lista particular:

- Caballero sin espada (me gusta más el original Mr. Smith Goes To Washington). Sí, es un tanto ingenuo este Capra del 39, pero todos hemos querido, alguna vez, que nos represente un político como este James Stewart dispuesto a luchar contra todo corrupto que se le ponga por delante.

- Ciudadano Kane (Orson Welles, 1941). Es que vale para todo. Para dar una clase teórica de cine. O de prensa amarilla. O de cómo llegar al poder… Por no hablar de la iconografía del mitin que se marca Welles.

- El político (All The King’s Men, Robert Rossen, 1949).  O la antítesis de nuestro caballero sin espada, es decir, un maravilloso Broderick Crawford caminito a la perdición política. Hace un par de años, un tal Steven Zaillian dirigió una nueva versión, con Sean Penn como protagonista. No hay color.

- El mensajero del miedo (The Manchurian Candidate, John Frankenheimer, 1962). La guerra, la política, la manipulación, el miedo… Para todos los que piensen que Angela Lansbury no puede dar miedo, esta es su película.

- Todos los hombres del presidente (All The President’s Men, Alan J. Pakula, 1976) . Cine político de los setenta en estado puro – y una de las mejores cintas de periodistas-, Robert Redford y Dustin Hoffman creando dos iconos, ¡y Jason Robards!. Es que ni sobra ni falta nada. La biblioteca del Congreso. El aparcamiento. El cigarro de Garganta Profunda. El sonido de las teclas mientras conocemos el final de la era Nixon…

- Buenas noches, y buena suerte (George Clooney, 2005), estupendo reflejo de la era MacCarthy en clave (casi) documental, y homenaje particular a la generación de periodistas (y en general, a la de cineastas) que lucharon por seguir abriendo la boca a pesar de las fobias anticomunistas de uno de los elementos que más daño han hecho al cine.

Y las que se quedan en el tintero. Al margen de biopics, que suelen quedarse en las ganas, me quedo con dos para reírse de la política. Que a veces es de lo más graciosa. Sobre todo si Billy Wilder se ríe de la Guerra Fría en Uno, dos, tres. ¿Puede uno reírse a carcajadas de la política de bloques, el Muro de Berlín, la coca cola y James Cagney? Puede, puede… ¿Más risas? Las de ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú. Que si Stanley Kubrick se burla de la bomba atómica y Peter Sellers se dedica a triplicarse, la cosa no puede ser mala.

(¿Se puede incluir en una lista de películas El ala oeste de la Casa Blanca?)

¿Para qué sirve el cine?

Martes, septiembre 23rd, 2008

Se ha abierto un pequeño debate en los comentarios de la anterior entrada acerca de la utilidad de hablar del cine. Y qué os voy a decir, no puedo evitar pensar que el cine “sirve” para algo (vaya por delante que no me gusta nada hablar en términos de utilidad, como si cualquier cosa de las que hacemos o dejamos de hacer tuviese que ser rentable y funcional), con lo que hablar de cine debería ser útil, también.

Pero el cine sirve: sirve para hacernos pensar, para acercarnos a otros mundos, para darnos a conocer los puntos de vista de los demás, nos hace reír, nos emociona…  ¿Para evadirse? Probablemente haya quien vaya al cine para olvidarse de la vida real, y la verdad, no creo que sea censurable.

Sirve el cine, como cualquier otra expresión artística, para enfrentarnos con nuestra propia visión del mundo. Experimenta, crece, busca nuevos lenguajes, se enriquece con las propuestas que llegan de otras culturas distintas a la nuestra, se renueva, reinventa lo ya escrito…

Existe eso que llaman cine social, y será porque existen directores empeñados en que las películas no solo sirvan para evadirnos, sino para mandarnos de bruces contra la realidad. Contra la de todos los días, la del maltrato (Te doy mis ojos, de Iciar Bollaín), la de las drogas y el alcohol (como Heroína, de Gerardo Herrero, o Requiem por un sueño, de Darren Aranofsky), la de la guerra (y me quedo en el blanco y negro porque no encuentro mejor ejemplo que Senderos de Gloria, de Kubrick), la de la marginación y el paro (Solas, de Benito Zambrano, Los lunes al sol, de Fernando León de Aranoa), el aborto (y muchas más cosas, en realidad, en Cuatro meses, tres semanas, dos días, de Cristian Mungiu)…

Veo películas como voy al teatro, como leo libros, como escucho música, como disfruto de un buen cuadro: con los ojos bien abiertos. A mí me resulta útil. Simplemente, porque me hace más feliz. Y supongo que no soy la única…

¡Feliz día de San Kubrick!

Viernes, julio 25th, 2008

Hoy es fiesta, y, aunque muchos no lo sepan, mañana también. Porque si los católicos celebran su propio santoral, quienes creemos en la gran pantalla también tenemos nuestro pequeño Paraíso, plagado de santos laicos a los que rendir homenaje. Puede que muchos no sean ejemplo de vida a seguir, pero nos han dejado películas que nos hacen más felices, que nos despiertan las neuronas y que nos llevan a otros mundos.  Así que feliz día de Santiago para todo el mundo, pero lanzo un aviso a peliculeros de toda especie: mañana, 26 de julio, se celebra la festividad de San Stanley Kubrick.

Porque mañana, Kubrick cumpliría 80 años. Y como él no puede soplar velas, nos toca a nosotros recordarlo. A golpe de deuvedés, cintas de vídeo (que seguro que muchos aún guardáis en casa), canales temáticos (programación especial este fin de semana en TCM Clásico, bendito sea también Ted Turner) y algún libro (por variar y salir un poco de las clásicas biografías, me quedo con una maravilla editada por Phaidon, Drama & Shadows: Photographs 1945-1950, que recoge el trabajo de Kubrick para la revista Look, antes de meterse de lleno en el mundo del cine).

¿Qué tiene un creador- Kubrick va más allá de la dirección- para conseguir subir a los altares del arte con sólo 12 películas? (y digo 12 porque la primera apenas se conoce: él mismo se encargó de eliminar copias, para que nadie viese ese Fear and Desire). Estilo. Algo de lo que carecen muchos y muy competentes directores, y de lo que presume algún que otro listillo que confunde estilo con mover mucho la cámara…

Hay estilo en cada una de las películas de Kubrick. Desde esa obra maestra que es Atraco Perfecto (The Killing, 1956) al testamento irregular de Eyes Wide Shut (1999), da igual que ruede una de ladrones, alegatos antibelicistas (Senderos de Gloria, 1957, y La chaqueta metálica, treinta años después), una de romanos (Espartaco, 1960), historias de amor escandalosas (Lolita, 1962), parodias nucleares (¿Teléfonono rojo? Volamos hacia Moscú, o sea, Dr. Strangelove, 1964), ciencia ficción (2001, una odisea del espacio, 1968), violentas adaptaciones (La naranja mecánica, 1971), historias de otro siglo a la luz de las velas (Barry Lindon, 1975), o cuentos de terror que han creado escuela (El resplandor, 1980).

Y a pesar de que la lista es corta, sigo sin saber por dónde empezar a rezarle al santo del día. ¿Abro la novena con mi adorada Lolita, luz de mis ojos, empiezo mejor por la preciosa música de los Chieftains en Barry Lindon, intento ver de nuevo con los dos ojos abiertos El resplandor…?

Contadme cómo empezaríais vosotros. ¡Y feliz día de San Kubrick para todos!

Diez de diez

Viernes, junio 27th, 2008

Como no participé en la encuesta del AFI, no me ha tocado ni un céntimo del premio al más listo haciendo listas (en El tocino y la velocidad os cuento de qué va todo esto). Aunque dudo que hubiese ganado ni medio penique, porque me resulta complicadísimo decidir qué película es el mejor ejemplo de nada. En su género y en general, no me van las clasificaciones.

Con esto por delante, reconozco que la lista de las diez mejores películas de diez (surrealistas) géneros que han decidido en el American Film Institute no es tan descabellada. Más que nada, porque cada una de las diez cintas escogidas me parecen más que recomendables, incluso para tardes de verano como la de hoy… Ahí va la lista:

. La mejor película de animación: Blancanieves y los siete enanitos (factoría Disney, 1938)

. Comedia romántica: Luces de la ciudad (Charles Chaplin, 1931)

. La mejor película del oeste: Centauros del desierto (John Ford, 1956)

. La mejor historia deportiva: Toro salvaje (Martin Scorsese, 1980)

. Misterio: Vértigo (Alfred Hitchcock, 1958)

. Fantasía: El mago de Oz  (Víctor Fleming y King Vidor, 1939)

. Ciencia-ficción: 2001, una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968)

. La mejor película de gangsters: El padrino (Francis Ford Coppola, 1972)

. El mejor drama judicial: Matar a un ruiseñor (Robert Mulligan, 1963)

. La mejor película épica: Lawrence de Arabia (David Lean, 1962)

(¿A que no suena mal? Los “peros” aparecen cuando profundizamos en cada serie y nos encontramos con que Rocky es mejor, en su género -si es que las historias deportivas son un género- que El buscavidas. O que Algo para recordar figura en la misma lista que Historias de Filadelfia. ¿Y por qué- siento insistir- se empeñan en incluir Big entre las diez mejores películas fantásticas? Aunque debería dejar de tomarme en serio una lista que sitúa Algunos hombres buenos por delante de Testigo de cargo y Anatomía de un asesinato…)

Sin dar portazos

Martes, mayo 27th, 2008

Enciendo la radio muy temprano, esta mañana lluviosa de martes. En medio de las sintonías del informativo, las notas familiares de una partitura que, como siempre, me provocan un escalofrío en la columna. Hoy, más que nunca, porque anuncian que ha muerto Sidney Pollack. 

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 Hay directores que llevan puesto el sello de autor en cada plano que ruedan. Otros, simplemente, se limitan a contar buenas historias sin rubricar cada escena. Pollack es uno de estos. De los que, sin eso que llaman vocación de estilo, son capaces de llevar adelante películas tan dispares como Memorias de África, Tootsie o Danzad, danzad, malditos. Con la suficiente inteligencia como para sacar partido al guión, exprimir a los actores y conseguir el respaldo del público y de la crítica (casi) a partes iguales.

Me quedo con esas tres y no necesariamente por ese orden, y le sumo las estupendas Los tres días del cóndor y Las aventuras de Jeremiah Johnson. Y Tal como éramos, porque el corazón tiene razones que la razón no entiende. No me explico que haya intentado hacer Sabrina otra vez (¿para qué? En serio, ¿para qué?), pero queda redimido por producir Sentido y sensibilidad (Ang Lee) y El americano impasible (Phillip Noyce), y por prestar su físico familiar a Woody Allen en Maridos y mujeres, y a Kubrick en Eyes Wide Shut.

Pollack hizo carrera en silencio, con poco ruido, con muchas luces y alguna sombra, rodeado de adjetivos como “competente” o “solvente”, sin más alardes. Y se ha ido de la misma manera, cerrando la puerta en silencio, porque de nada sirven los portazos.

(Sigue sonando en la radio la música de Memorias de África, y de repente me doy cuenta de que muchos peliculeros -sobre todo los más jóvenes- sacarán este fin de semana entradas para el estreno de la última película del nuevo guapo oficial, Patrick Dempsey. ¿Sabrán que el que interpreta al padre del sosímo guapo es el director de Tootsie?)

ojd