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Una película para Pina (y un regalo para mí)

Martes, noviembre 1st, 2011

D de danza. La de Pina Bausch. D de dirección. La de Win Wenders. D de declaración. La de amor, de principios, de tristeza, de los hombres y mujeres que compartieron vida y trabajo con Pina. Hoy, 1 de noviembre de 2011, después de películas que iban a cambiar el curso de la historia del cine, después de haberme puesto media docena de veces esas ridículas gafas, hoy, por fin, he entendido qué significa el cine en tres dimensiones. Significa sumar el talento indiscutible de Wenders para crear un lenguaje propio, con la talla de artista inmensa de Pina Bausch. Y conseguir que la pantalla del cine desaparezca, que se diluya, que el espectador sea parte del escenario (sea un teatro, un bosque, un edificio, una calle de Wuppertal) donde los bailarines rinden a Bausch el mejor de los homenajes posibles. El de sus cuerpos en movimiento. Un movimiento que Wenders filma con una precisión de cirujano, pero con delicadeza de amante, de quien sabe que trabaja con la obra de otro artista al que debe respetar y engrandencer. Wenders necesitaba el espacio para rodar esta pieza, preparada antes de la muerte de Pina, pero que ella ya no pudo ver. Para esto sirven las tres dimensiones. Porque sin creatividad, sin arte, ¿añaden algo las 3D a algo de por sí plano?

Hace apenas unas semanas, José Carlos Martínez, nuevo director artístico de la Compañía Nacional de Danza, me decía que la primera vez que trabajó con Pina tuvo que dejarlo. “No pude, no estaba preparado”.  Los rostros de sus bailarines (los veteranos, los que nacieron y se criaron en la compañía, cada uno en su idioma, a su manera, sin palabras o con ellas), expresan en unos primeros planos asombrosos lo que significaba bailar para Pina. Con ella. El sentimiento, la tristeza, el dolor de haberla perdido antes de tiempo está en cada mirada de esta docena de hombres y mujeres que bailan ante la cámara de Wenders. El director apenas parece entrometerse, parece que deja hacer… apenas incluye ciertas grabaciones antiguas para recordar el rostro de la artista, para explicar de quién habla esta gente. Incluso en su decisión de trasladar al exterior buena parte de las coreografías, de salir del escenario habitual, se trasluce un profundo respeto por la obra de la creadora alemana. En medio de una naturaleza que supera también la barrera de la pantalla, los cuerpos de los bailarines se escapan, en secuencias capaces de emocionar con apenas un gesto, un giro, un brazo que se alza para volver a bajar, recorriendo un cuerpo. Si rodar danza no es nada fácil (bueno, se puede ser simple: se coloca una cámara frente al escenario, y andando), aquí Wenders se sube al más difícil todavía: las cámaras bailan, literalmente, entre los bailarines. ¿Resultado? Una maravilla, sin más. Será por algo que Alemania ha decidido, por primera vez, enviar a Hollywood un documental para luchar por el Oscar a la mejor película extranjera.

Imagen de previsualización de YouTube

(No hace falta amar la danza para apreciar esta Pina de Wenders. Adoro la danza, pero no soy ninguna experta en el trabajo de Bausch. Y ya sabéis que adoro el cine. Pero tampoco me llevaría a Wenders a una isla desierta. Y sin embargo, esta película va a dejarme más poso del que creo que puedo describir con palabras. Lo dice ella misma, cerrando esta pequeña joya. Bailad, bailad. Si no, estamos perdidos)

ojd