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Cosecha del 2009

Miércoles, Diciembre 30th, 2009

Aunque no quiera, me paso la última semana del año en medio de un tsunami mental. En el bombardeo de ideas para tratar de cuadrar mi propio balance, me he ido encontrando con varios pantallazos que me ha dejado este año. De enero a diciembre, podría hacer una especie de crónica del 2009 a golpe de estrenos en el cine, compartidos y a solas, en salas viejas, en otras nuevas, en mi casa y en casa ajena, en pantalla grande y en mi diminuta pantalla propia. A golpe de clásicos revisitados, de películas vistas como si fuese la primera vez, de sorpresas en blanco y negro. Como dicen por ahí que no puedo ser más peliculera, en el fondo (esto es parte del tsunami), no puedo separar cada película que he visto de cada momento en el que la he visto. De por qué la he visto. De con quién la he visto. De quien me la ha regalado. De las que he regalado yo en estos doce meses.

Un 2009 en el que habría querido ver más películas, en el que me habría gustado que nombres consagrados me regalasen alguna joya que se quedó en baratillo, en el que sigo preguntándome en qué cementerio de cabinas descansa López Vázquez… En el año de la polémica de la Ley del cine, de la enésima revolución que cambiará este mundo (aún no he visto Avatar, ya os contaré), yo me he pasado horas muerta de risa, llorando a mares, aburrida, asustada y alucinada a partes iguales delante de una pantalla. Y esto es con lo que me quedo, de toda la cosecha, no necesariamente por este orden:

. La clase, de Laurent Cantet

. Revolutionary Road, de Sam Mendes

. El lector, de Stephen Daldry

.Up, de Peter Docter y Bob Peterson

. La ola, de Dennis Gansel

Y sobre todo, como tres inmensos regalos, tres películas para volver a ver una y otra vez… en cuanto las deje reposar y asimile la revolución que las tres me provocaron: Gran Torino, de Clint Eastwood, El secreto de sus ojos, de Juan José Campanella, y Celda 211, de Daniel Monzón.

Pero también ha habido platos agridulces, pequeñas o grandes decepciones, los “sí pero no” que fueron Los abrazos rotos de Almodóvar, Mapa de los sonidos de Tokyo de Coixet, Ágora de Amenábar, Tetro de Coppola, Slumdog Millionaire de Danny Boyle, el Che de Soderbergh… De las que no me queda ni una escena, ni una palabra en la memoria, mejor ni hablamos.

¿Y con qué os quedáis vosotros? ¿Cuál ha sido vuestra mejor película del año?

Dickens visita Bombay

Martes, Marzo 17th, 2009

 

Ayer llegué corriendo al cine. Literalmente. Apagando el móvil con una mano, poniéndome las gafas con la otra, y esquivando por los pelos al chico que recogía las entradas. Hacía mucho tiempo que no llegaba tan tarde a algún sitio (benditos tráileres), y un poco menos que no entraba con tantas ganas en una sala. Y no, la culpa no la tienen los Oscar ni el resto de premios que se ha llevado Slumdog Millionaire, sino un par de voces que llevaban semanas jurando que hacía tiempo que no se lo pasaban tan bien con una película.

Este cuento de Dickens versión Bollywood que se marca Danny Boyle (junto con la hindú Loveleen Tandan, a la que nadie cita), tiene muchos, muchos ganchos, para que el público se cuele de lleno en la historia de estos tres mosqueteros de Bombay, a los que retrata desde ese horror de infancia pintada de colorines a la que viajamos desde una cámara de tortura. Un caso claro de “era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”, por seguir con el inglés…

No deja de ser chocante la facilidad con la que Boyle, a ritmo de música local y con esa estética de vídeo musical que tanto le gusta, nos mete en esta durísima historia y consigue no solo que el espectador respire, sino que incluso disfrute… si es que se puede disfrutar asistiendo a la dolorosa experiencia de un crío de 18 años que no ha tenido vida, sino una pura tragedia, y que a pesar de ello sigue mirando el mundo con unos ojos cargados de ganas. De amar, de sobrevivir, de entender, de encontrar respuestas. Y no las que le pueden dar millones de rupias.

Slumdog es ágil, es tierna, es difícil, y a veces incongruente… pero existen pocas emociones parecidas a las que provoca una pantalla de cine. De repente, en un instante, se produce una especie de momento mágico que va más allá de los límites de la sala, y consigue atrapar al público, lo convierte en parte de la historia. En ese instante, el tiempo se detiene. No importa nada de lo que ocurre fuera de las vidas de los protagonistas, que son también nuestras vidas. Y no resulta sencillo de explicar, pero un instante como este puede justificar (casi) toda una película. A veces es una escena especialmente dura. Un momento que marca para siempre al protagonista. Otras, una secuencia que, no por previsible, deja de disparar al espectador. Algo de esto último ocurre con la última secuencia de Slumdog Millionaire. Antes de los bollywoodienses títulos de crédito, al público se le ha pegado una enorme sonrisa en la cara. Y lo demás,  ¿qué importa?

(Y sin embargo, durante toda la película, incluso al salir del cine, sobre la sonrisa que deja Slumdog planea un sonidito molesto… Hay algo desagradable en esa visión idílica de la pobreza. Me pregunto hasta dónde llega el afán de denuncia de Boyle, y hasta dónde su intención de hacer cine bonito…) 

ojd