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Sin maquillaje

Sábado, agosto 4th, 2012

Me pasa con las películas que se meten de lleno en la mierda que esconde el mundo civilizado que me molesta cierta visión beatífica de la pobreza. No creo que nadie que no tiene nada que darle de comer a sus hijos vea nada poético en esto. Así que me chirría el esteticismo vacío de Slumdog Millionare o la supuesta modernidad de Cidade de Deus. No entiendo el objetivo que persiguen Danny Boyle y Fernando Meirelles, no me llega, no me lo creo. Y sin embargo, me creo plano por plano la propuesta de Pablo Trapero en Elefante Blanco: basura pura y dura encerrada en la villa 31 de Buenos Aires, alrededor del Elefante Blanco que da nombre a la película. Me creo la sangre, la culpa, el trabajo, la droga, las dudas, las buenas y las malas intenciones, las goteras, el barro y la uralita. Como me creo esa apabullante secuencia con la que arranca la películas, las lágrimas del padre Nicolás (un estupendo Jérémie Rénier), los ojos del padre Julián (no encuentro un adjetivo que resuma lo que pienso de Ricardo Darín), esa selva que encierra todos los pecados de quien no puede con la culpa de haber sobrevivido.

Elefante blanco no es una película redonda pero sí efectiva. Hay mucho del oficio demostrado ya por Trapero en la descorazonadora Leonera (protagonizada, también, por su mujer Martina Gusman). Una idea de cine social que no por comprometido cuida menos la forma, sino que la pone al servicio de la historia que cuenta. Aunque la película cojee, precisamente, por cierto maniqueísmo en el que los santos son muy santos. Se echa en falta una visión más crítica de las razones que llevan a tomar ciertas decisiones al personaje de Darín y de Gusman, como si plantear todas las facetas de Rénier fuera suficiente. Como si determinados personajes necesitasen más explicaciones y otros menos. A pesar de todo, funciona y es valiente. En un verano de súper héroes, la dosis de realidad lanzada a la cara se agradece.

(La película ha vuelto a poner en todas las portadas, de Argentina a España, esas villas que rodean Buenos Aires. Y me quedo con una frase de uno de sus habitantes: “vinieron, rodaron su película y todo sigue igual”)

Lentejuelas con olor a rancio

Miércoles, marzo 2nd, 2011

En ocasiones, creo que pierdo el criterio. En otras, me da la impresión de que si de diez películas tan solo dos te permiten salir del cine sin ganas de acudir al psiquiatra o de llorar durante una semana, tal vez sea preferible darle premios a la única película (no de dibujos) que te levanta un poco la moral. Que no está el horno para bollos y a ver si tanto drama y tanta locura y tanta familia desestructurada van a ahuyentar (aún más) a la gente de las salas de cine. Que hay que hacer caja.

Digo todo esto porque El discurso del rey (ya os lo había contado aquí) me parece una película estupenda, sobre todo muy bien interpretada, y, como siempre en el cine británico, muy bien ambientada. Fin.
Pero después del maratón (que terminó ayer, con The Fighter. Esto del cine va a ser mi ruina) que me marqué para poder ver antes de los Oscar todas las películas nominadas menos una (luego os cuento cuál), la verdad es que cada vez entiendo menos a los ilustres académicos de Hollywood. La verdad, no me extraña que se hable más de los modelitos de las actrices que de los premios.

Todo me huele a rancio. Desde el Oscar a la mejor película para El Discurso del Rey, compitiendo con una obra maestra, Valor de Ley -será que ya no se lleva el western, otra vez- pero también con dos opciones realmente interesantes, The Fighter, sobre todo, pero también Cisne Negro, y con otra tal vez menos redonda pero buena, de verdad, Winter’s Bone) al de mejor secundario.
Insisto en que me ha encantado The Fighter. ¿Pero es que para que te den un Oscar tienes que interpretar a un tartamudo, una psicótica o un drogadicto? ¿Un simple papel de profesor de logopedia, aunque sustente una película y lo firme Geoffrey Rush, no vale? Parece ser que no. Y que conste que me parece que Christian Bale está estupendo en The Fighter. Y que Colin Firth lo borda. Y que Natalie Portman se merece todos los premios que puedan darle por Cisne Negro. Pero nos hemos olvidado de Jeff Bridges, con permiso de Firth. Y de la cría de Valor de ley, Hailee Steinfeld. Por muy bien que esté Melissa Leo en su papel, otra vez, en The Fighter. Pero es que la niña se come en dos bocados a Jeff Bridges, a Matt Damon (esto no es muy difícil, lo sé) y a James Brolin.

Cuatro grandes actores…¿puedo discutir al menos a dos?

Nada que objetar a los premios técnicos que se ha llevado Origen, que son, sin duda, lo mejor de esta estupenda ida de cabeza de Christopher Nolan. Ni a los premios a la creatividad de la Alicia de Tim Burton, porque aunque la idea de la película no acabe de convencerme, el universo visual de Burton se merece premios, de vez en cuando. Como el estilo de su señora.

De La Red Social creo que prefiero no hablar. Resulta que no he visto 127 horas porque, la verdad, Danny Boyle empezó a aburrirme en algún momento entre la brutal Trainspotting y esa bomba sobrevalorada de Slumdog Millionaire. ¿Pero mejor guión adaptado? ¿Para otra bomba sobrevalorada, bien contada, y poco más, que no está ni a la altura del zapato de cualquiera de las anteriores películas de David Fincher? Una lástima… será que ningún académico se había leído True Grit, la novela en la que se basa esa obra maestra rodada por los Coen.

Y ya que hablamos de guiones, vamos con los originales. Yo trato de centrarme y de que no me deslumbren los estupendos diálogos entre Colin Firth y Geoffrey Rush, o ese cruce de frases entre la futura reina madre y el futuro primer ministro Churchill acerca de las dotes adquiridas por la señora Wallis Simpson en ciertos locales de Shanghai… Del resto de candidatas, salvo Another Year, de Mike Leigh, que aún no se ha estrenado en España, y después de ver ayer The Fighter… no sé si me explico. Pase que Los chicos están bien no me parece nada de dar saltos. Y que Origen no es lo mejor de Nolan. Pero nada, puestos a dar premios, pues tal y como en España le dimos el Goya a la mejor película extranjera (¡frente a La cinta blanca! y sé que me repito), le damos el de guión. Y de mejor director a Tom Hooper. Los Coen, total, solo pasaban por allí, y además ya se han llevado alguno. Qué más da que hayan logrado una joya, es que hay que repartir…

Eso sí, todo muy bonito. La gala, como siempre (vista en diferido, estos horarios son una pesadilla), aburrida y larga. Menos mal que existe Kirk Douglas (o la máscara que queda de él… parece que el botox no solo lo usan algunas actrices) y los tuxedos de Lanvin. Que es, prácticamente, lo único que se salva de la pareja de presentadores…. A ver si alguien de la organización entiende que lo de bajar la edad de los chicos no basta para agilizar una retransmisión demasiado larga. Que lo único que sirve es contar con un buen guión. Ya que al presentador de los Globos de Oro lo han vetado por pasarse de sarcástico, ¿qué os parece si les mandamos a la Sardá, para el año que viene, o a los chicos de Animalario? No sé, tal vez algo de ironía, de autocrítica, ¿de ingenio? le vendría bien a la sacrosanta Academia de Hollywood, que solo cambia de modelo a los actores y actrices, que tiene un brillo que no veas, pero que cada vez huele más a naftalina. Cómo se echa de menos, a veces, que alguien arriesgue. Ah, es verdad, qué boba. Yo hablaba de cine… ellos tal vez piensan en dólares.

Cosecha del 2009

Miércoles, diciembre 30th, 2009

Aunque no quiera, me paso la última semana del año en medio de un tsunami mental. En el bombardeo de ideas para tratar de cuadrar mi propio balance, me he ido encontrando con varios pantallazos que me ha dejado este año. De enero a diciembre, podría hacer una especie de crónica del 2009 a golpe de estrenos en el cine, compartidos y a solas, en salas viejas, en otras nuevas, en mi casa y en casa ajena, en pantalla grande y en mi diminuta pantalla propia. A golpe de clásicos revisitados, de películas vistas como si fuese la primera vez, de sorpresas en blanco y negro. Como dicen por ahí que no puedo ser más peliculera, en el fondo (esto es parte del tsunami), no puedo separar cada película que he visto de cada momento en el que la he visto. De por qué la he visto. De con quién la he visto. De quien me la ha regalado. De las que he regalado yo en estos doce meses.

Un 2009 en el que habría querido ver más películas, en el que me habría gustado que nombres consagrados me regalasen alguna joya que se quedó en baratillo, en el que sigo preguntándome en qué cementerio de cabinas descansa López Vázquez… En el año de la polémica de la Ley del cine, de la enésima revolución que cambiará este mundo (aún no he visto Avatar, ya os contaré), yo me he pasado horas muerta de risa, llorando a mares, aburrida, asustada y alucinada a partes iguales delante de una pantalla. Y esto es con lo que me quedo, de toda la cosecha, no necesariamente por este orden:

. La clase, de Laurent Cantet

. Revolutionary Road, de Sam Mendes

. El lector, de Stephen Daldry

.Up, de Peter Docter y Bob Peterson

. La ola, de Dennis Gansel

Y sobre todo, como tres inmensos regalos, tres películas para volver a ver una y otra vez… en cuanto las deje reposar y asimile la revolución que las tres me provocaron: Gran Torino, de Clint Eastwood, El secreto de sus ojos, de Juan José Campanella, y Celda 211, de Daniel Monzón.

Pero también ha habido platos agridulces, pequeñas o grandes decepciones, los “sí pero no” que fueron Los abrazos rotos de Almodóvar, Mapa de los sonidos de Tokyo de Coixet, Ágora de Amenábar, Tetro de Coppola, Slumdog Millionaire de Danny Boyle, el Che de Soderbergh… De las que no me queda ni una escena, ni una palabra en la memoria, mejor ni hablamos.

¿Y con qué os quedáis vosotros? ¿Cuál ha sido vuestra mejor película del año?

Dickens visita Bombay

Martes, marzo 17th, 2009

 

Ayer llegué corriendo al cine. Literalmente. Apagando el móvil con una mano, poniéndome las gafas con la otra, y esquivando por los pelos al chico que recogía las entradas. Hacía mucho tiempo que no llegaba tan tarde a algún sitio (benditos tráileres), y un poco menos que no entraba con tantas ganas en una sala. Y no, la culpa no la tienen los Oscar ni el resto de premios que se ha llevado Slumdog Millionaire, sino un par de voces que llevaban semanas jurando que hacía tiempo que no se lo pasaban tan bien con una película.

Este cuento de Dickens versión Bollywood que se marca Danny Boyle (junto con la hindú Loveleen Tandan, a la que nadie cita), tiene muchos, muchos ganchos, para que el público se cuele de lleno en la historia de estos tres mosqueteros de Bombay, a los que retrata desde ese horror de infancia pintada de colorines a la que viajamos desde una cámara de tortura. Un caso claro de “era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos”, por seguir con el inglés…

No deja de ser chocante la facilidad con la que Boyle, a ritmo de música local y con esa estética de vídeo musical que tanto le gusta, nos mete en esta durísima historia y consigue no solo que el espectador respire, sino que incluso disfrute… si es que se puede disfrutar asistiendo a la dolorosa experiencia de un crío de 18 años que no ha tenido vida, sino una pura tragedia, y que a pesar de ello sigue mirando el mundo con unos ojos cargados de ganas. De amar, de sobrevivir, de entender, de encontrar respuestas. Y no las que le pueden dar millones de rupias.

Slumdog es ágil, es tierna, es difícil, y a veces incongruente… pero existen pocas emociones parecidas a las que provoca una pantalla de cine. De repente, en un instante, se produce una especie de momento mágico que va más allá de los límites de la sala, y consigue atrapar al público, lo convierte en parte de la historia. En ese instante, el tiempo se detiene. No importa nada de lo que ocurre fuera de las vidas de los protagonistas, que son también nuestras vidas. Y no resulta sencillo de explicar, pero un instante como este puede justificar (casi) toda una película. A veces es una escena especialmente dura. Un momento que marca para siempre al protagonista. Otras, una secuencia que, no por previsible, deja de disparar al espectador. Algo de esto último ocurre con la última secuencia de Slumdog Millionaire. Antes de los bollywoodienses títulos de crédito, al público se le ha pegado una enorme sonrisa en la cara. Y lo demás,  ¿qué importa?

(Y sin embargo, durante toda la película, incluso al salir del cine, sobre la sonrisa que deja Slumdog planea un sonidito molesto… Hay algo desagradable en esa visión idílica de la pobreza. Me pregunto hasta dónde llega el afán de denuncia de Boyle, y hasta dónde su intención de hacer cine bonito…) 

ojd