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Censura (II)

Jueves, octubre 29th, 2009

¿Recordáis  esa estupenda secuencia de Cinema Paradiso (Giuseppe Tornatore, 1988) en la que el cura pasa revista a las películas para ir señalando, a toque de campanita, todos los besos y todas las escenas en las que hay demasiada carne? Las películas se han mutilado a golpe de tijera desde que el cine es cine, provocando versiones alteradas y en muchos casos absurdas. En España, y durante la dictadura franquista, se consiguió una de los sistemas censores más surrealistas de la historia, capaces de convertir adulterios en incestos y joyas del montaje en apaños de andar por casa. Aquella Junta de clasificación y de censura se dedicó a recortar todo aquello que podía atentar contra los códigos morales, religiosos, sociales y políticos del régimen. Y no se libró ni el apuntador: en Mogambo (John Ford, 1953), el matrimonio formado por Donald Sinden y Grace Kelly se convierte, gracias al doblaje, en una pareja de hermanos… ¿Que no quieres mujeres adúlteras? Conviértelas en incestuosas. El absurdo a la enésima potencia, y todo esto sin que a nadie le temblase la mano, y sin que nadie hiciese nada por reparar el caos mental provocado a los pobres espectadores.

 

gilda2 La piel, evidentemente, era un problema. Y en el año 60, la de Janet Leigh se mostraba demasiado, para los sensibles ojos de los censores españoles. La censura destrozó ese ejercicio de montaje que es la secuencia de la ducha en Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960), para evitar que pensásemos que la pobre Leigh se duchaba desnuda… Pero  también habían sido un problema las piernas de Silvana Mangano en Arroz amargo (Giuseppe de Santis, 1949) y los brazos de Rita Hayworth en Gilda (Charles Vidor, 1946).

Pero el sexo y los desnudos no eran, desde luego, los únicos que alteraban el pulso de los censores. Había que mantener el tipo ante los embates del comunismo, los rojos, y toda esa banda de extranjeros impíos que amenazaban a la patria. Y si había que evitar que Humphrey Bogart hubiese luchado por la República, se hacía. Maravillas del doblaje, de nuevo, que evitaron que los españoles supiesen que Rick (en Casablanca, claro. Michael Curtiz, 1942) había combatido el glorioso alzamiento hasta muchos años después. Tampoco pasó el filtro Roma, città aperta (Rosellinni, 1945), condenada durante años a los cine clubs. Como todo lo que oliese a revolución, resistencia o libertad. A nuevo.

 Aunque la censura, claro, se iba adaptando a los tiempos, como el propio régimen, y en pleno bum de las relaciones recuperadas con los Estados Unidos, Luis García Berlanga vio cómo de esa maravilla que es Bienvenido, Mr. Marshall (1953)  se cortaba una inocente banderita americana flotando río abajo. Una década después, le costó un tanto más conseguir adaptar El verdugo a los dudosos gustos de las autoridades. Y aún así, consiguió una de las mejores películas de la historia. A los Berlangas, Azconas, Ferreri y Bardem, habría que levantarles varios monumentos por la inteligencia con la que sortearon la censura, a golpe de humor negro, ironía y mala leche… demasiadas sutilezas, en la mayoría de los casos, para las mentes de brocha gorda de los censores.  

 viridianaAfortunadamente, cuando uno tiene la mente bien cerrada, sus propias armas se le pueden volver en contra. A principios de los 60,  al régimen no se le ocurrió mejor idea para promocionarse en el exterior que pedirle a Buñuel que volviese a España. Y rodó Viridiana. Y cambió el final, demasiado explícito para el régimen… ¡por uno mucho peor! Coló, claro. De nuevo la inteligencia de los funcionarios de Franco. Pero como en este país todo puede convertirse en un circo de tres pistas, al director general de Cinematografía se le ocurrió mandar la película a Cannes. Y ganó la Palma de Oro, pero esta obra maestra blasfema, irónica y brutal no se pudo ver en los cines españoles hasta el 77. Simplemente, dejó de existir durante 16 años. Con la Iglesia hemos topado: L’Osservatore Romano puso el grito en el cielo, la película se prohibió y el director de Cinematografía, claro, tuvo que vaciar su despacho.

 

 

 crimen_cuenca4¿Cambió todo tras la muerte de Franco? Vamos a dejarlo en un más o menos: en plena democracia, dos años después de las primeras elecciones libres tras la dictadura, y con la Constitución apenas caminando, el Gobierno retiró de la circulación una película que aún hoy cuesta ver, por lo dura, explícita y violenta que resulta. El crimen de Cuenca (Pilar Miró, 1979) estuvo secuestrada durante más de un año, y su directora tuvo que someterse a un tribunal militar. Puede que la democracia fuese demasiado joven para asumir esta historia (real) ambientada en la España de principios del siglo XX en la que el verdadero crimen son las salvajes torturas que protagoniza la Guardia Civil. La cinta no se estrenó hasta el 81, y fue un éxito a pesar de la bonita “S” que lucía en su clasificación. Fue el último ataque directo de la censura.

 

(Y de la “S”, ya hablaremos…)

El mejor cínico

Miércoles, enero 14th, 2009

 Érase una vez una niña a la que le gustaban las pelis de gánsters. Debía de ser muy pequeña, porque solo recuerda, de esa etapa, que había un personaje que siempre la palmaba. Mucho más tarde descubrió que a veces sobrevivía. Que fumaba mejor que nadie. Que de ese gesto indescriptible y de ese deje al hablar tenía la culpa un accidente durante la Gran Guerra, según la leyenda. Que nadie más que él lucía el esmoquin blanco sin parecer ridículo. Que todo el mundo conoce a Rick. Que se casó con una chica espectacular cuando ya era un señor y un icono. Que bebió alcohol en cantidades industriales con Huston en algún lugar de África. Que enseñó a jugar al póquer a la hermosa Ingrid, entre toma y toma. Que se atrevió a dar la cara frente a McCarthy. Que no solo fue gánster, sino también ladrón, detective, propietario de un café americain en el norte de África, periodista deportivo, capitán de la marina, educado caballero, canalla, ligón… Y que en este 2009 se celebran los 110 años de su nacimiento. Y que hoy mismo se cumplen 52 años desde otro 14 de enero. Uno en el que un cáncer se llevaba por delante a Humphrey Bogart.

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               De todos los Bogarts de todas las películas, voy yo y me quedo con este

  … menos mal que una todavía puede ver Casablanca por enésima vez sin dejar de emocionarse jamás ante un Bogart derrotado frente a un vaso de whisky. Menos mal que existe un barco llamado la Reina de África. Menos mal que Billy Wilder le escogió para rodar Sabrina. Menos mal que alguien le puso su rostro a Sam Spade. Y a Philip Marlowe. Y que Leslie Howard se lo llevó a rodar El bosque petrificado. Menos mal que Lauren Bacall le preguntó “sabes silbar, ¿verdad?”. Que existen las tormentas en los cayos. Menos mal que Bogart, como el Halcón Maltés, es del material del que están hechos los sueños…

Feliz cumpleaños, Señor Chandler

Miércoles, julio 23rd, 2008

 

¿Qué habría pasado si el 23 de julio de 1888 no hubiese venido al mundo Raymond Chandler? Entre otras cosas, no habría nacido el detective Philip Marlowe, Humphrey Bogart no habría conocido a Lauren Bacall en El sueño eterno, Barbara Stanwyck no habría destrozado la vida de Fred MacMurray, y Robert Walker no habría abordado en un vagón de tren al incauto Farley Granger para proponerle macabros intercambios de crímenes.

Otros habrían ayudado a Wilder y Hitchcok a adaptar los guiones para Perdición y Extraños en un tren, ¿pero sería lo mismo? Y sí, es posible que el cine negro sobreviviese sin el detective Marlowe, pero sería mucho más triste.

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 (Como no se ha inventado aún nada que nos haga resistir 120 años en pie, hoy habrá que celebrarlo a golpe de novelas y películas. Además de las tres mencionadas, me quedó con El largo adiós, de Robert Altman, y ese Marlowe desgarbado que regala Elliot Gould)

Cine para leer

Lunes, julio 14th, 2008

Encuentro en la  sección de cine de mi librería una biografía de Katharine Hepburn que no es exactamente una biografía, sino un libro de recuerdos. Los del autor del libro, Scott Berg, que comenzó preparando una entrevista y acabó cultivando una amistad de 20 años con una de las mejores actrices que ha parido Hollywood. No es mal plan para esta tarde de sol: una playa y Recordando a Kate (edita Lumen, en tapa dura, y también Debolsillo). El libro acaba encima de mi mesa, claro, como todo lo que suena a esta mujer complicada, diferente y libre.   

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 (No puedo evitar sentirme atraída por la mejor Jo March del cine, por la loca que canta “Todo te lo puedo dar menos el amor, baby”, por la niña mimada que rompe los palos de golf a Cary Grant, por la mujer del año, por la costilla de Adán, por la solterona remontando el río con Bogart, por la mujer de carne y hueso viendo apagarse a su hombre, por la reina Leonor de Aquitania, por la terrible Violet Venable destrozando a Elizabeth Taylor, por la anciana que abraza a Henry Fonda frente al estanque dorado… )

¿Y si….?

Sábado, abril 19th, 2008

Cuando Grace Kelly ya se había convertido en Gracia de Mónaco, desde Hollywood le ofrecieron protagonizar Paso decisivo (Herbert Ross, 1977). Podía escoger entre el papel que finalmente haría Anne Bancroft o el que se quedó Shirley MacLaine. Pero declinó la oferta, cosa que nunca agradeceré bastante al Principado. Porque no me imagino la película con otras actrices que no sean estas dos. Y le debo una entrada (o dos).

Pensar en la rubia actriz protagonizando Paso decisivo me trae a la cabeza otros repartos improbables. Por ejemplo, esa leyenda que cuenta que antes de que Bogart se convirtiese en Rick Blaine en Casablanca, (Michael Curtiz, 1942)  se barajó la posibilidad de que fuese Ronald Reagan (cielos) quien diese vida al cínico dueño del bar. Y me pregunto qué habría pasado si Robert Redfod hubiese pasado las pruebas para protagonizar El Graduado (Mike Nichols, 1967). O si Bette Davis se llega a hacer con la suya y se convierte en Escarlata O’Hara de Lo que el viento se llevó (Victor Fleming, 1933). O si hubiesen aceptado el papel Katharine Hepburn o Barbara Stanwyck… ¿Les habría dicho “Francamente, querida, me importa un bledo” Gary Cooper y no Clark Gable?

Con un casting casi tan legendario como la propia película, las cosas podrían haber cambiado mucho en El Padrino (Francis Ford Coppola, 1972)  si Warren Beatty, Dustin Hoffman, Jack Nicholson o Martin Sheen hubiesen conseguido el papel de Michael Corleone. O si Laurence Olivier fuese Don Vito. Aunque la palma se la lleva Robert de Niro, que quiso ser Michael, lo intentó con Sonny, y afortunadamente no fue ni lo uno ni lo otro. ¿Y es que quién habría sido entonces el joven Vito en la segunda parte?

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