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Entradas para la categoría ‘Telón’

Harry, Sally…

Miércoles, junio 27th, 2012

Con esta costumbre insana de abrir el twitter a las cinco de la mañana, hoy desayuné con la noticia de la muerte de Nora Ephron. Detesto Algo para recordar. Detesto aún más Tienes un e-mail. Intentar enmendarle la plana a Lubitsch solo puede demostrar dos cosas: que una tiene un ego del tamaño del agujero de Bankia o que es una pobre ignorante. No le presupongo tal cosa a Ephron, así que deduzco que su ego andaba servidito, o que alguien la engañó. Hay pocas películas que me obliguen a apagar la pantalla, y esta es una de ellas.

Pero no se habla mal de los muertos. La carrera de Ephron podría haber empezado y terminado con un solo guión. El de Cuando Harry encontró a Sally. Harry y Sally, Billy Crystal y Meg Ryan (antes de que el botox y de la sobredosis de comedias románticas acabasen con ella), son una de las mejores parejas/no parejas de los últimos 30 años. Y el guión, un homenaje redondo, sencillo, ágil y delicioso a las comedias de toda la vida. Ácida cuando tiene que serlo, dulce cuando tiene que serlo, fresca 23 años después. Aunque cuando una escribe sobre cine, parece que queda más lucido decir que prefiere el cine vietnamita que las comedias románticas, yo paso: confieso que me las pueden. Adoro El bazar de las sorpresas (The shop around the corner, Lubitsch, 1940), adoro La fiera de mi niña (Bringing Up Baby, Howard Hawks, 1938), adoro Historias de Filadelfia (The Philadelphia Story, Cukor, 1940), adoro ¿Qué me pasa doctor? (What’s Up Doc?, Peter Bogdanovich, 1972). ESO es una comedia romántica. Si alguien pensaba que iba a citar a Jennifer Aniston y Sandra Bullock, la lleva clara. Esas cosas probablemente no sean ni películas.

Qué más da. Nora Ephron escribió el guión de su vida cuando firmó Cuando Harry encontró a Sally. En una estupenda entrada en su blog, Luis Pousa se queda hoy con la lección que Sally dio a Harry sentada frente a un sándwich. Ephron tenía esa capacidad: romper cualquier momento aparentemente tópico con un arranque como ese orgasmo improvisado. O el final de la película (supongo que todo el mundo lo habrá visto, pero por si acaso, solo diré que un beso no siempre tiene que ser el mejor final. Afortunadamente).

Aunque Ephron, antes de que le subiese el azúcar, antes incluso de Harry y Sally, había escrito – con Alice Arden- uno de esos ejemplos del cine social norteamericano que coleaba aún en los primeros años 80. Silkwood, con una maravillosa Meryl Streep, es una película dura, cuidadísima (dirige Mike Nichols), basada en hechos reales y repleta de personajes reales. Porque tal vez esa sea la mayor virtud de Nora Ephron: sus personajes no son una línea en el papel. Tienen vida. Como Karen Silkwood. Como Harry. Como Sally.

¿Y si Steve Jobs no hubiese comprado Pixar?

Sábado, octubre 8th, 2011

En menos de 30 años, Pixar consiguió algo que parecía imposible: hacerse un nombre en la industria del cine (y en la cabeza de los espectadores, lo que es aún más difícil) capaz de hacer tambalear al mismísimo Disney. ¿Y por qué una pequeña división de diseño digital se convirtió en esa lamparita que garantiza que la película que viene después va a merecer la pena? Porque a mediados de los 80, un tal Steve Jobs se la compró a George Lucas. Y aquella empresa de diseño por ordenador comenzó a producir cortos que ganaban Oscar (si no lo habéis visto, os recomiendo que veais Tin Toy, una pequeña maravilla dirigida por John Lasseter en cuyos créditos, por cierto, aparecen unas “very, very special thnaks to Steve Jobs” ) y empezó a abrirse un hueco a golpe de la confianza – y el dinero, claro- que Jobs puso sobre la mesa.

Desde que murió el pasado miércoles, se han llenado pantallas y pantallas (de las que él mismo creó) recordando que Jobs era un visionario. También en el cine lo fue. No hace falta ser un creador de lenguaje para ayudar a que el cine evolucione. A veces solo hace falta apoyar a quien crea. A quién, si no, se le habría ocurrido empezar a negociar con el gigante Disney y producir la primera película de animación realizada por ordenador. Y que no solo es una joyita de la tecnología, sino que es una de esas películas que consiguen que nada -ni siquiera la técnica más puntera- se trague una buena historia. Porque eso es Toy Story: una estupenda historia, tecnología punta y una inversión de futuro. Los millones de dólares que recaudó el cuento de Woody y Buzz demostraron que la idea de Jobs funcionaba. Y que los dibujos animados no solo eran cosa de niños.

Y la lamparita de Pixar siguió alumbrando con Bichos, Monstruos SL, Buscando a Nemo, Los increíbles, Cars, Ratatouille, Wall-E, Up!, y la tercera parte de Toy Story, que el año pasado luchaba por el Oscar ya no a la mejor película de animación (que se llevó de calle), sino en la categoría de mayores… Steve Jobs ya no estaba allí, pero su capacidad para ver lo que se escondía detrás de las simples pantallas, y su genio para conseguir que cualquier ciudadano necesitase lo que él tocaba (de un reproductor de música a una película), fueron el empujón definitivo para una empresa que empezó perdiendo dólares y que acabó ayudando a quitar buena parte del olor a rancio que arrastraba Disney (seamos justos, la otra parte se la quitó Dreamworks).

Jobs vendió Pixar a Disney en 2006, pero la lamparita sigue ahí. Porque si algo se le daba bien a este chico era crear imagen. Tal vez los más pequeños no sepan quién era Steve Jobs. Ni sientan aún ese cosquilleo cuando se apaga la pantalla y ese flexo plateado se gira hacia el público. Pero saben quién es Buzz Ligthyear. Y Boo. Y Rayo McQueen. Y Nemo. Estos días, no encuentro mejor manera de recordar por qué Jobs también cambió mi manera de ver las pantallas que girando la ruedita de mi viejo Ipod. Y en la foto y el texto que abre la web de Pixar desde el miércoles.

Adiós a la gata

Miércoles, marzo 23rd, 2011

El sábado, desde el mostrador de una librería, la mirada felina y la cintura de avispa de Elizabeth Taylor me recordaban su brutal relación con Richard Burton… y solo unos días después, esos ojos violeta se han apagado en Los Ángeles, recién cumplidos los 79 años, superados problemas de corazón, tumores cerebrales, problemas respiratorios, ocho maridos…
La gata ha saltado ya del tejado de zinc… y apenas nos quedan ya mitos de la época dorada del cine.

Porque Elizabeth Taylor es una leyenda. Una actriz poderosa, dura, versátil, capaz de esconder debajo de esa belleza insultante una enorme fuerza interpretativa. Una cría que superó el sambenito de niña prodigio para meterse de lleno en papeles difíciles, crueles a veces, capaz de enfrentarse a otras leyendas como Paul Newman, Marlon Brando, el propio Richard Burton… en una época en la que las actrices eran poco más que caras preciosas, ella demostró que podía ser ambas cosas. ¿Cómo, si no, podría pasar alguien de acompañar a Lassie a engañar al propio Brando, o a gritar y humillar a Burton en medio siglo de carrera?

Tal vez por eso trabajó con los grandes (Mankiewiccz, Brooks, Minelli, John Huston, Edward Dmytryk, Mike Nichols…). Tal vez por eso duele pensar que, a veces, su propia leyenda, sus matrimonios, las joyas, sus últimas imágenes, el doblaje blandito de este país (por favor, buscad si podéis su voz…) esa decrepitud de las últimas décadas, hagan que hoy muchos -sobre todo los más jóvenes- se queden con la Liz Taylor de la peluca negra, la silla de ruedas, el maquillaje absurdo, las apariciones con Michael Jackson… para olvidar a la gran actriz que se ha ido a donde quiera que se van todos los fantasmas que deja el cine.

La gata se ha ido… ¿cómo olvidar esa combinación blanca ciñendo esas curvas, enfrentándose a un Paul Newman alcohólico y al terrible texto de Tennessee Williams? (es la última que he visto con ella, tal vez por eso la cito hoy tanto. Por los que -lo dudo- no la hayan visto, Richard Brooks, 1958).
Se ha ido también esa Catherine en blanco y negro de la cruel, oscurísima y devastadora joya que es De repente, el último verano (Mankiewicz, 1959). Enfrentada a la mismísima Katharine Hepburn, con su amigo Clift, dura, seria, en uno de sus mejores papeles.
Se ha ido Cleopatra (y no me van las megaproducciones en technicolor), pero todo sea por el escándalo que montó con Richard Burton, divorcios de ambos incluidos, dos matrimonios, cartas de amor en las que el actor británico juraba matarse si ella le dejaba.

Se ha ido la alcohólica Martha de ¿Quién teme a Virginia Woolf?, (Mike Nichols, 1966) enfrentada a su marido en la vida real, enloquecida, humillada, humillante, exagerada, salvaje…
Se ha ido la amoral Leonor casada con el comandante Marlon Brando en Reflejos de un ojo dorado (John Huston, 1967). Reconozco que siento debilidad por este papel, por el guión de Coppola, por la dirección sensacional de Huston, por la durísima imagen que de Taylor ofrece esta historia de represión, engaño, e historias a medio contar.

Se ha ido la inconformista Laura de Castillos en la arena (Vincente Minelli, 1965) ajena a cualquier convencionalismo, pintando en la playa. Se ha ido la hija del padre de la novia…

Porque lo se va con ella es medio siglo de cine. De otra manera (no sé si mejor o peor, pero diferente) de hacer películas. No sé ni cómo empezar un menú de homenaje a esta diva. ¿Con estas tres imágenes que os dejo hoy? Tal ves sea el guión ideal… bellísima, en color, en blanco y negro, borracha, con Burton, con Newman, con Clift. Una no cree más que en Wilder, como Trueba, pero quién pudiera creer que hay algún lugar donde los tres han recibido hoy los mejores ojos violeta de la historia de Hollywood.

Panteras, guateques, travestis, diamantes…

Viernes, diciembre 17th, 2010

“Se ha muerto la pantera rosa!” … aparece en la pantalla de mi móvil. Sí, pienso yo. Y El guateque. Y Víctor. Y Victoria. Apañados andamos en este 2010 que nos racanea ahora hasta las carcajadas, con lo difícil que está reírse en los cines, y ahora va y la palma Blake Edwards. Pues qué bien. Y yo, que no puedo parar de reírme porque llevo toda la tarde acordándome a retazos del inspector Clouseau. De Hrundi Bakshi.  Vamos, de Peter Sellers. Y de Julie Andrews (su señora) y Robert Preston en esmoquin y bata de cola, respectivamente….

Y es que la comedia es una cosa muy seria. Pero las películas de risa, como se llamaron toda la vida en este país, tienen fama de menores. Como si un drama, por eso de que habla de cosas sesudas, tremendas, terribles… tuviese más miga que la historia de un extra hindú que se cuela en una fiesta a la que ha sido invitado por error y en la que algunos camareros se beben hasta el agua de los floreros. Y ahora, que levante la mano quien no se haya reído a carcajadas con El guateque (1968), esas dos pinceladas de argumento para montar una de las películas más divertidas (y corrosivas) que aquí a una servidora le ha regalado el cine. Tan seria es la comedia, tan difícil de lograr el equilibrio entre la risa el ridículo, que no hay más que ver la diferencia entre La pantera rosa, año 1963, y La pantera rosa, año 2006. La diferencia, entre otras cosas, se llama Blake Edwards. Y Peter Sellers, claro… pero esa es otra historia. Esa, y que a ver cómo nos habríamos aburrido si a Edwards no se lo hubiese ocurrido encargar un animalito rosa de dibujos.

 Si hablamos de Edwards, tal vez la palabra necesaria sea clase. Que mira que hace falta para rellenar la pantalla con toda la mala baba del mundo y conseguir quitarle a la fraulein María de Sonrisas y Lágrimas toda la ñoñería y volverla del revés en la estupenda ¿Víctor o Victoria? (1982)… a su mujer, por cierto, también le había sacudido pero bien las tonterías en ese ataque feroz y nada serio a la crisis de los 40 llamado 10, unos años antes. Aunque me encanta cómo se ríe hasta de Mary Poppins, creo que me quedo con esa road movie acelerada en la que junta de nuevo a Tony Curtis y Jack Lemmon, en una de sus películas más divertidas, La carrera del siglo (1965) ¡y ese Peter Falk!

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Aunque no todo son risas: Edwards es, además, el culpable de que Lee Remick se marcase dos de sus mejores papeles en sendos blancos y negros memorables, nada cómicos. La terrible Días de vino y rosas (y ese final durísimo, qué estupendo Jack Lemmon) y Chantaje contra una mujer, con Glenn Ford. Y como lleva en el fondo más ácido que supuesto glamour, por mucho que se empeñen los que inundan de merchandising horterilla las tiendas de decoración, no puedo incluir Desayuno con diamantes en la lista del Edwards para llorar de risa. Hay que tener mucha clase para adaptar una novela corta de Truman Capote y convertir una historia sofisticada y cruel en una leyenda para todas las niñas con ínfulas de Audrey Hepburn que sueñan con comer cruasanes ante el escaparate de Tiffany’s en Desayuno con diamantes. Todo regado con las oportunas dosis de su amigo Henry Mancini. Doble ración de clase. De la que va quedando poquita…

Berlanguiana

Sábado, noviembre 13th, 2010

Que la vida es como una película de Berlanga lo sabemos en este país desde hace más de medio siglo. Y mañanas como las de hoy no hacen más que recordártelo.

11.15 horas. Un café enorme delante del ordenador. El agua caliente, en huelga. Y en Internet, los ojos azules de Berlanga. Y una, que no da crédito. ¿Que se ha muerto Berlanga? Venga hombre, Berlanga no…

11. 30 horas. Suena el timbre. Una pareja de la policía local, y una en pijama, claro (¡es sábado!). Nada, documentos perdidos y aparecidos, carteras pegajosas. ¿Pero por quién dices que preguntaban? ¿Que quién ha perdido qué? ¿Y dónde ha aparecido? Imagínense la escena familiar. Si la pilla Azcona…

 11.40 horas. Al buzón a por la prensa. Y junto con La Voz, la revista, y un titular: Berlanga, en familia. “El dolor me jode, pero morirme me jode más”. Qué oportuno, don Luis. No sabe usted lo que nos jode a nosotros…

Está el día gris hoy como en una película en blanco y negro. Como en la España de Franco que destripó este genio. Un director a la altura de los grandes, de esos que no nos creemos mucho en este país, cómo va a estar un director nacido en Valencia a la altura de un Wilder, qué va. Poco valor le hemos dado siempre a los genios que parimos, tal vez hayan tenido más suerte los Picassos y los Lorcas. En el cine, pocos monstruos ha dado este país, siempre se me olvida, hay que fastidiarse, don Luis, que el cine español es tan malo.

Tiene que morirse Berlanga para que recordemos que tres de las grandes películas de la segunda mitad del siglo pasado se rodaron aquí. Tres, en realidad, de las grandes películas de todos los tiempos.  Bienvenido Mr. MarshallPlácido.  El Verdugo (con los años, creo que esta es mi berlanga preferida. Y una de las que me llevaría a una isla desierta con dvd y un enchufe. Para escuchar una y otra vez las lecciones de garrote de Pepe Isbert).

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 Las tres dirigidas por este fetichista ácido, tímido, relleno de mala baba, capaz de cargar contra los papanatas, la burguesía en la que él mismo había nacido, los mediocres, la Iglesia y quien hiciese falta. Una película de Berlanga es un “no queda títere con cabeza”, una vuelta de tuerca mojada en ironía sobre una sociedad mediocre y gris, la nuestra. Nadie como Berlanga ha rodado el fracaso, los pequeños fracasos cotidianos. Pero Berlanga no es solo un cronista. Es también (con Bardem, con Fernán Gómez, con Ferreri, con Saura un poco después…) uno de los creadores del nuevo cine español nacido de los 50 del siglo pasado. Un cine que regalaba secuencias delirantes. Como esta…

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En medio de los telediarios, se cuelan las valoraciones, desde de dos mítines en Cataluña, del ministro de Interior y del líder del PP. En el rincón de la barra del cielo en el que hoy se han reunido Azcona, Bardem y Berlanga deben estar los tres escribiendo una escena demoledora sobre las condolencias y las campañas electorales.

Pero qué importa. Se ha muerto Berlanga. Esta misma semana volvía a reaparecer, delgadísimo, en su silla de ruedas, regalando su escaso tiempo para una campaña de Médicos sin Fronteras. Recreando el ritual “que prentende hacerme inmortal”, dice. Nos ha dejado, casi sin querer, un testamento maravilloso. Y no se preocupe, don Luis. No le hacían falta pastillas: usted ya era inmortal. Como su cine.

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Los secundarios primero

Martes, octubre 12th, 2010

La palabra secundario tiene un matiz despectivo que no comparto. Ahora se dice más “actor de reparto”. Cuando en el cine, en el teatro, en la vida, los secundarios son algo así como cemento. Quita un pedacito, y a ver en qué se te quedan las paredes de la película, de la obra, de tu vida… ¿Qué pasaría en Muerte de un ciclista sin el ciclista que provoca el accidente? ¿Y sin el secretario en Bienvenido Mr. Marshall? ¿Y sin Mauro en Los jueves, milagro? ¿Habría Atraco a las 3 sin Benítez? ¿Tendría tantos problemas El Verdugo sin reo al que ajusticiar? ¿Que sería Amanece, que no es poco, sin el padre? 

Todas estas películas (hasta sumar 312) existirían, sí, ¿pero serían lo mismo sin Manuel Alexandre? Setenta años de carrera en las tablas, en pantalla grande, también en la pequeña (en Fortunata y Jacinta, en Los ladrones van a la oficina, en El Quijote….). 92 años que se han apagado esta mañana, muy temprano. Demasiado, a pesar de los 93 que estaba a punto de cumplir. Alexandre no solo era un experto en robar planos con una frase o un gesto… era también la prueba de se pueden haber cumplido los 90 y seguir currando, convertido en protagonista en algunos de sus últimos trabajos. Como Elsa y Fred. O ¿Y tú quién eres? O Los últimos días de Franco, su último gran trabajo para la televisión.  Berlanga y Cuerda se quedan un poco huérfanos de uno de sus habituales.

Se definía como hombre de teatro, y será en el Español, en Madrid, donde mañana se le rendirá homenaje. Y mientras, Alexandre estará sentado en alguna barra, sabe dios dónde, con su amigo Fernando Fernán Gómez. Con Agustín González. Con Pepe Isbert. Con José Luis López Vázquez. Con Luis Ciges. Con Cassen. Con toda esa generación de cómicos (cómo me gusta esta palabra…) que se pasaron una de las etapas más grises de este país enseñando a los españolitos que no tenían nada de lo que reírse que hasta de los más cutres de nuestros instintos se puede sacar punta.

(Y nosotros aquí, más solos que la una. Se nos ha puesto hoy la cara en blanco y negro, de repente…)

Recordando a Arthur Penn y Tony Curtis

Martes, octubre 5th, 2010

Ya os dije que iba con retraso… y no, cómo se me iba a olvidar la muerte de Arthur Penn y Tony Curtis. Lo contamos el domingo pasado en Radio Voz, ahí os queda el enlace:

http://www.ivoox.com/blog-mrs-robinson-audio-3_md_383685_1.mp3

Adiós al último salvaje

Sábado, mayo 29th, 2010

No era el último testigo de una generación a punto de apagarse, pero casi.  Dennis Hopper ha muerto hoy en California, y con él, la carretera se ha quedado vacía. Por si a alguien le queda alguna duda de cómo se arranca una película, ahí van 3 minutos y pico de leyenda…

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Complicado, violento, alcohólico, cocainómano, un excelente fotógrafo (echad un vistazo a su trabajo de los 60, publicado por Taschen), actor maldito por vocación, Hopper se convirtió en el padre de un icono cuando se puso detrás (y delante) de la cámara en el 69 para rodar Easy Rider. Una leyenda que cada día que pasa envejece peor, pero que sigue provocando el mismo escalofrío cuando arrancan las motos y entra la batería de Steppenwolf. Y que puso algo más que un grano de arena para darle la vuelta, antes de que arrancasen los 70, al nuevo cine que aquella generación de Moteros tranquilos, toros salvajes (este libro de Peter Biskind- en Anagrama- es una joya para entender a Hopper y a todos los que lo rodeaban en aquella época… y lo que pasó después con ellos) nos regaló. Hace apenas dos meses, con un aspecto demacrado y débil por el cáncer que hoy ha podido con él, volvió a Hollywood para inaugurar la estrella del Paseo de la Fama que luce ahora su nombre. Bien merecida la tenía, a pesar de su aversión a la gran industria. Hopper forma parte de una época del cine en la que compartió cartel con su amigo James Dean (en Rebelde sin causa, de Nicholas Ray, 1955 y Gigante, George Stevens, 1956), con Paul Newman (en La leyenda del indomable, Stuart Rosenberg, 1967), de cuatro décadas dedicadas al cine en las que bordó personajes torturados con directores de culto como Coppola (Apocalypse Now, 1979, y ese fotógrafo colocado en el infierno de Kurtz), David Lynch (Terciopelo Azul, 1986) o Win Wenders (El amigo americano, 1977).

Hasta el día de su muerte, ha ido detrás de él ese sambenito de “icono de la contracultura”, sea lo que sea la contracultura… Tal vez le gustase. Tal vez si crees que hay un lugar donde descansan los mitos, hoy te tomes algo a la salud de Hopper. Estará en alguna carretera, o sentado en alguna barra con su amigo James Dean. Tal vez se les una  Cool Hand Luke. Y quizás más tarde pase por allí Kurtz… Y en el bar sonará Born to be wild, claro. Porque se ha ido uno de los pocos salvajes, tal vez el último, que quedaban aquí.

Milana bonita…

Viernes, marzo 12th, 2010

A las siete de la mañana se apagaba, definitivamente, la luz de Miguel Delibes. Quedan, me decía alguien un par de horas después, sus palabras, sus libros, las cinco horas pasadas con Mario, los caminos, los herejes, los santos inocentes… y -pensaba yo- los ojos empañados de Paco Rabal, fijos en un campanario. Porque la potente narrativa de Delibes ha dado frutos no tan potentes en el cine. Desde El camino, de Ana Mariscal (1962),  a Retrato de familia (1976), El disputado voto del señor Cayo (1986) y Las ratas(1996), las tres firmadas por Antonio Giménez Rico. También Antonio Mercero adaptó dos de sus obras, en La guerra de Papá (1977), y El tesoro (1988).

Pero desde luego, si una de las muchas versiones de sus obras tiene que guardarse en un rinconcito de la cabeza de cualquier peliculero es esa maravilla firmada por Mario Camus en el 84. Los santos inocentes no solo es una excelente adaptación de la sencilla, dura y potente novela de Delibes. Es, además, una película inteligente que sigue obligando a mantener la respiración, a apretar los puños. Y sigue sonando hoy con la misma fuerza que hace un cuarto de siglo. Terele Pávez, Agustín González, Juan Diego y, sobre todo, dos inmensos Alfredo Landa y Paco Rabal poniendo cuerpo a los personajes creados por Delibes, y aquel pájaro…

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La ejemplar interpretación de Landa y Rabal sirvió para que en Cannes, aquel 84, ambos se llevasen el premio a los mejores actores. Hace 26 años, los premiados no podían hablar al recoger el premio en la ciudad francesa. Pero Paco Rabal lo hizo. Y solo dijo una cosa… “milana bonita”.

Hay palabras y escenas y actores y escritores que no necesitan adjetivos, ni trucos. Tan solo la fuerza de la verdad que encierran. Como aquel pájaro. Los señoritos. La niña chica. La foto de familia. Paco Rabal. Y Miguel Delibes…

Un cómico, un servidor, un amigo, un esclavo…

Lunes, noviembre 2nd, 2009

 Un tío bajito, calvo y feo. Una de esas caras que se cruzaría por la calle y saludaría como si lo conociese del portal de enfrente. Un actor capaz de hacer reír a todo un país cuando la risa era, probablemente, de lo poco que quedaba para dar luz a una sociedad en blanco y negro. Cuando en España no había ni ganas, una legión de cómicos (esa palabra mágica) se levantó para enseñarnos a reírnos hasta de la muerte. Y en ese ejército de genios disfrazados de personas normales y corrientes, apareció en los años 50 José Luis López Vázquez. Bajito, calvo, feo. Y uno de los mejores actores que ha parido este invento de los hermanos Lumière.

Busquemos tres películas de aquella época que cualquiera debería ver tres veces al año, como quien reza una novena. El pisito (Marco Ferreri, 1959). El verdugo (Luis García Berlanga, 1963). Plácido (más Berlanga, 1961). Ahí estaba él. En las tres. Midiendo cabezas de niños, conspirando para conseguir casa, repartiendo pobres en mesas ajenas.  Berlanga y su ojo clínico lo habían fichado en Esa pareja feliz, y el director lo aprovechó, de una manera u otra, a lo largo de toda su carrera. Pero no solo fue uno de los fetiches de Berlanga.  Su vis cómica explotó en los 60 a golpe de películas que hoy metemos en el saco de españoladas y que en su día fueron un filón para la taquilla. Se pasó la década rodando con Gracita Morales, descubriendo qué gran invento era el turismo, dirigido por Pedro Lazaga, Mariano Ozores o José María Forqué. (Con este, por cierto, dejó dicho eso de “un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo”. Fernando Galindo, para servirles. En Atraco a las 3, claro…).

Y de repente llega Carlos Saura con Peppermint Frappé (1967). Y descubre al José Luis López Vázquez dramático. Saura permitió que otros viesen las capacidades que llevaba dentro. Y en los años siguientes, abre el abanico para seguir rodando comedias, pero también películas que de risa, más bien poco. Como la preciosa historia de Mi querida señorita (Jaime de Armiñán, 1972), una de sus interpretaciones más arriesgadas. O el terrible Benito Freire de El bosque del lobo (Pedro Olea, 1970). Sin dejar la comedia, claro, porque ya se sabe que, muchas veces, lo de hacer reír parece tan fácil que a un actor se le toma poco en serio hasta que se pone intenso… como si anduviésemos sobrados de cómicos. Y el talento de López Vázquez aún tenía mucho que decir en más cintas de Berlanga, como la estupenda La escopeta nacional (1978).

Ha sido casi 300 personajes. Y no me caben. Y no querría que se me olvidase  ni uno solo de sus rostros, ni siquiera los menos memorables. Porque nos quedan tan pocos cómicos… y los pocos que quedan, los hemos reducidos a pequeños cameos en los últimos años. A algún papel en la televisión. Al aplauso emocionado (menos mal) en los Goya de Honor. A las reposiciones. Sin pensar que una sola imagen de uno de estos genios encierra más cine que hora y media de metraje. Y dejo un ejemplo que quizás os parezca frívolo, pero olvidaos de la publicidad y quedaos con su cara. Sus manos. Sus gestos sin palabras.  Apenas un minuto para homenajear a  La cabina (Antonio Mercero, 1972). Apenas un minuto para imaginar que, tal vez, este mediodía a José Luis López Vázquez le han abierto la puerta de la cabina los Rafael Azcona, los José María Forque, los Pepe Isbert que ya no quedan. Los viejos amigos. Los cómicos…

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