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Entradas para la categoría ‘Más que cine’

Lecciones de cine

Martes, febrero 26th, 2013

Hay días en los que mi trabajo no me gusta: me encanta. Y ayer fue uno de esos días. Por un motivo que a lo mejor a muchos les parece un tanto peregrino, pero que a mí me ha provocado 15 minutos de auténtico placer radiofónico. Verán, hace una eternidad, me pegaba unos notables madrugones para ir a las clases de Ángel Luis Hueso. Me pasé un curso madrugando contra viento, marea y fiestas (compostelanas) de guardar solo por disfrutar de aquellas clases.

Viendo Roma città aperta o La otra América (con una maravillosa y viejísima María Casares) descubriendo El declive del imperio americano (siempre recuerdo estas tres, a saber por qué) y media historia del cine más. Y la que no cabía en las clases, se buscaba. Aquella era la magia: que despertaba ganas de saber, de tragarse todas las películas posibles, de devorar cine. Será por eso que en las últimas mudanzas hay apuntes que se quedaron por el camino, pero los de sus clases siguen bien guardados.

Hay muchas maneras de hablar de cine. A veces se hace desde cierta superioridad, como si conocer muchos nombres,  muchas técnicas, lo alzase a uno por encima del espectador medio. Otros hablan de cine con un cariño y una humildad que quien escucha solo puede  pedir más. Más explicaciones, más películas, más… Da igual lo que uno haya visto, lo que uno sepa. Pide más porque si quien nos habla transmite ese cariño, quien escucha quiere sentir lo mismo. En esta segunda categoría está el profesor Hueso.

Y ayer, una eternidad después, tuve la oportunidad de hablar con él en Radio Voz. Una no puede resumir en las entradas de sus entrevistas todo esto, ni lo cuenta en directo (no hay nada que me dé más vergüenza que un “usted no le recordará, pero nos conocemos”), pero qué placer esos 15 minutos hablando de historia y cine.

La entrevista venía al hilo de los Oscar, claro, y con el sonoro cabreo que me traía desde que a las 5.50 de la mañana de ayer Jennifer Lawrence le arrebató el premio a Emmanuelle Riva y desde que Ang Lee se llevó al premio al mejor director por una película que no me dice nada y que me aburre mucho, y sobre todo por el ninguneo a La noche más oscura, esos 15 minutos me recordaron por qué los premios significan poco y el cine significa mucho.

Hay un enorme anecdotario que se saca de las hemerotecas las semanas previas a la gala. Se recuerdan los premios conseguidos, las películas más galardonadas, el más joven, la más vieja, los récords a batir. Es un enorme espectáculo, y bienvenido sea. Pero cuando se cierran las eternas horas de la gala y se ha repasado toda la alfombra roja, ¿qué nos queda? Un puñado de buenas películas, algunas excelentes, otras no tanto, y unas ganas de ir al cine impagable: se vuelven a estrenar películas, se habla de ellas, y la gente paga una entrada, algo que empieza a ser casi un acto de rebeldía.

                 (Ben Affleck, al frente del equipo de Argo, agradece el Oscar a la mejor película)

Factoría Weistein, SA

Dicho esto, apunten: hay un señor que se llama Harvey Weinstein que tenía entre sus protegidos ocho nominados en categorías de actuación: Jennifer Lawrence, Bradley Cooper, Robert de Niro y Jackie Weaver por El lado bueno de las cosas. Amy Adams, Joaquin Phoenix y Philip Seymour Hoffman por The Master. Y Christoph Waltz por Django. Las tres películas, producidas por la Weinstein Company, la misma que el año pasado consiguió que The Artist arrasase en los Oscar.

No voy a ser yo la que critique películas como The Artist, o Django, o El paciente inglés (producida por Miramax, la anterior compañía de los Weinstein). A lo que voy es a que los Oscar son unos premios muy rentables para los premiados. Y con el reparto de una tarta cada vez más raquítica, todos los esfuerzos son pocos para conseguir las migas más jugosas.  Y Harvey Weinstein es un maestro en la promoción de sus patrocinados. ¿Esto es criticable? Pues no, la publicidad es clave para darse a conocer. Es evidente que los “pequeños” no tienen una capacidad ni parecida para conseguir una campaña a lo Weinstein. Pero nunca el mundo del cine ha sido un espacio de igualdad de oportunidades, y a este señor se le debe el aupar pequeñas (en teoría) producciones a  la categoría de éxitos internacionales. ¿El problema? Que se cuelan cosas como El discurso del rey (¿lo mejor del 2011?) o el número de nominaciones de El lado bueno de las cosas, con el Oscar a Jennifer Lawrence que, con la calidad de las interpretaciones de Jessica Chastain y (sobre todo) Emmanuelle Riva, me parece un chiste. Bastante malo, por cierto.

(Y con la aparición estelar de Michelle Obama -por dios, qué bien se le da a los estadounidenses esto del show business- entregando el premio a la mejor película. Harvey Weinstein, curiosamente, es un conocido demócrata. Oiga, todo queda en casa… a  mayor gloria del cine)

Ni pan, ni techo

Jueves, julio 19th, 2012

En el viernes 13, día de autos, día de estreno también, pago por la entrada para ver Elefante Blanco 7,50 euros. IVA incluido. Mientras espero a que empiece la película, me ayudan a echar la cuenta (una, que es de letras) de lo que pagaré en septiembre: 8,41 euros. Esa misma mañana, una compañera me cuenta que se ha dejado en llevar a sus hijos al cine unos 25 euros. Prefiero no pensar en cuántas familias dejarán de hacerlo a partir de ahora. Ya no son muchas. Y seguro que alguno me dice que están las cosas como para pensar en ir al cine, cuando hay quien no puede ni soñar con gastarse ese dinero, cuando llegar a fin de mes ya no es una frase hecha sino un calvario.

Para buena parte de los españoles, el cine es un artículo de lujo. Los datos oficiales dicen que el precio medio de una entrada en España es de 6,46 euros. No pago 6 euros por el cine desde hace años. Es lo que tienen las estadísticas. Y eso que vivo en provincias. En Madrid o Barcelona, las entradas están en otra dimensión. Esta semana de locos, le han preguntado al presidente de los productores de España si le parece caro el cine. Dice Pedro Pérez que no. Pero reconoce (le han hecho la entrevista en Europa Press) que tal vez no sea positiva una política de precios demasiado rígida. Porque si en otros sectores los precios son diferentes para cada producto, en el cine podría hacerse algo parecido. A él no le parece caro, pero entiende que si el espectador piensa que sí lo es, habrá que mirarlo. Y si ahora hay que mirarlo, ¿qué hay que hacer en septiembre? ¿Enterrarlo?

Las comparaciones son odiosas. Pero en la Alemania de Merkel, donde el tipo general del IVA está en un 19%, el cine se queda en el 7%. En Grecia, el general en un 23% y el cine en un 9%. En Irlanda, el general en un 21% y el cine en un 9%. En Portugal, el general en el 23% y el cine en el 13%. Ni siquiera los tres países rescatados por la UE han sacado los pies del tiesto de esta manera. Aquí, sí. Y por sorpresa. Si nada lo remedia, desde el 1 de septiembre podremos estar orgullosos de ser el único país de la zona euro que no aplica un IVA reducido al cine. Así que una de dos. O queremos ser el ojito derecho de la maestra (aunque ni la maestra suba el impuesto de golpe en 13 puntos), o aquí alguien se columpia, improvisa, y a ver si cuela. Unos héroes. Vamos a recaudar tanto dinero con el IVA de los espectáculos culturales que nos van a dar una medalla. O dos.

El cine no es pan, ni es techo. Pero alimenta las neuronas, despierta conciencias y entretiene. Y da trabajo y genera riqueza, por si alguien insiste en que lo anterior es secundario. Los datos de la recién creada Unión de asociaciones empresariales de la industria cultural hablan de 4.000 empresas y 150.000 empleos.¿Para ellos tampoco es pan ni techo? La Academia do Audiovisual Galego calcula que el paro del sector (entre técnicos y artistas) ronda el 50%. Me lo contaba esta semana su presidente, Antonio Mourelos en RadioVoz. Se quejaba, con razón, porque “siempre da la sensación de que determinados gobiernos no entienden en qué consiste la cultura y la industria cultural, los puestos de trabajo que genera y lo que mueve el cine, la televisión, el teatro, la música…”. Reconocía, claro, que si el cine muere no será solo por esta subida del IVA, “pero le va a dar la puntilla”.

Y más paro que va a haber. La Federación de Cines de España se llegó a plantear un cierre patronal. No lo habrá porque entienden que “lo único que conseguría será agravar aún más la situación y perjudicar alos espectadores”. No hay huelga, pero vaticinan que habrá cierres. Y que se perderán puestos de trabajo. Gran noticia en un país con más de 5 millones de parados.

El cine no es pan, ni es techo. Y todos tenemos que apretarnos el cinturón, porque como dice el Ministro que se dedica a jalear a la prima de riesgo, no hay dinero. Pero parece que todos no somos todos, en realidad. Como Hacienda (nunca mejor dicho). No pasa nada. Enterremos el cine, que total qué importa. Y el teatro, y la música y la danza. Qué importa. La cultura no es pan, ni es techo, pero sí lo es para miles de personas que viven de ella y no cobran una pasta.

No es pan, ni es techo, y nada que no lo sea parece hoy importante. Y cuesta levantar la voz para recordar que existe. Pero existe. Y es pan y es techo también. Miedo me da preguntarme en qué se convierte un país que desprotege su cultura hasta enterrarla. Y más miedo me da la respuesta.

Mr. D

Jueves, mayo 24th, 2012

Nunca soy imparcial. Pero hoy voy a serlo un poco menos. Porque desde ayer, dos imágenes van y vienen de un lado a otro de mi cabeza, peligrosamente juntas, por sorpresa, atacando a traición como un estribillo pegadizo. Una sabe a sofá y televisión de las que no se medían en pulgadas, la otra a cerveza y gusanitos. Una pareja se despide, sin una palabra, sangre en el vientre, el río. Otra pareja cruza la calle, cogida de la cintura, despreocupados, la melena al viento, el cuello de la chaqueta levantado. No tienen nada en común, salvo los ojos abiertos de la espectadora. Y la banda sonora. Firma Bob Dylan.
Desde ayer, víspera de este 24 de mayo en el que Dylan cumple 71 años, recorro filmografías buscando la huella del genio, más allá de las canciones que pueblan centenares de películas, de series. El rostro aniñado de Dylan, con su boca grande y sus ojos pequeños aparece en documentales que no lo son cuando los rueda la mirada de Martin Scorsese. En The Last Waltz y No Direction Home hay una intención de contar a Dylan, de cantarlo. Scorsese no describe. Interpreta. El final de The Band y la historia de un hombre que se explica ante la cámara, con su música. Todo suena a despedida, it’s all over now (baby blue), y de repente se cruza otra imagen, la lluvia. Ataca con la guardia baja.
No es un buen actor Dylan, ni cuando hace de sí mismo ni cuando hace experimentos a uno u otro lado de la cámara, cinematográficamente absurdos. Y sin embargo, hay imágenes que, como un resplandor, se graban en el disco duro del cerebro, imposibles de apartar. Como si me hiciese falta apartarlas.
Existen sonidos que se guardan como tesoros, discos escuchados hasta el aburrimiento que no aburren nunca, una buena grabación de Miles Davis.O una sinfonía de Mahler. Canciones escuchadas desde viejos elepés con carátulas escritas en castellano, libros con olor a humedad y páginas amarillas y todas las letras traducidas, que valen lo que vale una infancia que fue feliz porque tenía ese color y esos sonidos y esas imágenes. Como hay películas que te regalan de niña, que ves con los ojos sorprendidos de quien descubre a Peckinpah por primera vez.

Primera imagen: Katy Jurado tira el rifle. Y empiezan a sonar los acordes de Knockin’ on Heaven’s Door. No es una secuencia. Es otra cosa. De esas que es mejor no explicar. Porque no hay manera de contar lo que esconden los ojos de Jurado arrodillada a dos pasos de su hombre, junto al río, mientras James Coburn observa a lo lejos. No es una secuencia. Pero si lo fuera, sería de las que valen una película entera, casi una carrera.

Segunda imagen: esta llega sin avisar, húmeda, triste, no esta el tiempo para nostalgias, sí para disfrutar de las palabras de Nick Hornby convertidas en película. Rob, bajo la lluvia, habla de Laura. Y la lluvia suena a Most of the Time. La voz de un Dylan viejo convierte la escena en una lección de cómo usar la música en una película. No es gratuita, no es molesta. Es la mejor manera de explicar lo que siente Rob, y qué significa lo que ha hecho. Así, señores, dice Stephen Frears, es como se hace.

Tercera imagen: tiene los rostros de Heath Ledger y Charlotte Gainsbourg, el sabor de un café, de los primeros besos, los olores del viento que revuelve el pelo, la sensación de frío, el sexo, las calles de la ciudad fotografiadas en la portada de un disco y convertidas en piel y sonido. I Want You (so bad…). Tres minutos en los que Todd Haynes condensa como empieza el amor. Aunque a veces solo dure lo que dura una canción.

(Nota a pie de página para los que quieran buscar las canciones y las películas:
Pat Garret & Billy The Kid, Sam Peckinpah, 1973. Knockin’On Heaven’s Door, en la banda sonora que compuso Dylan -la primera, presentado a Peckinpah por Kris Kristofferson- para la película.
Alta Fidelidad, Stephen Frears, 2000. Most of the time es una de las canciones de Oh Mercy, de 1989. La banda sonora de Alta Fidelidad merecería un capítulo aparte. Como la película, una delicia.
I’m Not There, Todd Haynes, 2007. Todas las visiones de todos los Dylan, sorprendente, pretenciosa, extraña, pero con algún capítulo fantástico. Como el de Ledger y Gainsbourg, o el de Cate Blanchett. I Want You, en el legendario Blonde On Blonde de 1966. No creo que pueda decir más del disco y de la canción que en cualquier momento se romperá, de tanto usarlo).

Los 40 en sesión continua

Domingo, mayo 6th, 2012

Porque hay cine que no sabe lo que es la crisis de los 40, esto es lo que cuento hoy en el Extra de La Voz de Galicia…

UNA COSECHA DE OBRAS MAESTRAS QUE NO ENVEJECEN

El 72 fue el año en el que Bob Fosse arrebató el Oscar al mejor director a Coppola. El año en el que “El Padrino” se convirtió en leyenda. A la cosecha cinematrográfica se suman los nuevos valores que vinieron al mundo y cumplen ya los 40.

¿Qué tienen en común El Padrino, Cabaret, El discreto encanto de la burguesía, La huella, La huida, La cabina, Jude Law, Alejandro Amenábar o Gwyneth Paltrow? Unos envejecen mejor que otros, pero todos son de la quinta del 72. ¿Era inevitable que se dedicasen al cine quienes vinieron al mundo año en el que Coppola dio el pistoletazo de salida a la madre de todas las trilogías? Tal vez no, pero la cosecha de aquel año dejó directores como Alejandro Amenábar,  actores como Law, Paltrow, Cameron Diaz, Vanessa Paradis, Adrià Collado o el matrimonio Ben Affleck-Jennifer Garner.

Algo tendría que haber en el aire hace cuatro décadas para que el Oscar a la mejor película extranjera se lo llevase El discreto encanto de la burguqesía, de Luis Buñuel para… Francia, claro. Para que Bertolucci escandalizar a medio planeta con El último tango en París. Para que Mankiewicz se marcase su última, macabra y genial vuelta de tuerca encerrando en una mansión a Michael Caine y Laurence Olivier en La huella. O para que Antonio Mercero y ese señor bajito con bigote revolucionasen desde España y desde una pequeña pantalla el panorama del cine fantástico con esa joya que es La cabina.

Clásicos como Buñuel y Makiewicz convivían en las carteleras con los moteros tranquilos y los toros salvajes, aquella generación que llevaba casi media década dándole la vuelta al calcetín del cine para crear, partiendo del viejo lenguaje, una manera completamente distinta de contar las cosas. Más salvaje, más seca, con el sello de directores como Peckinpah, que lanzaban a Steve McQueen y Ali MacGraw en carreras hacia ninguna parte.

Pero hasta los mayores de la clase seguían demostrando oficio. En 1972, ese señor gordo y macabro llamado Hitchcock estrenó Frenesí. Guardaba los mismos modos que 40 años antes… pero su penúltima película, como los tiempos, habían cambiado. Todas tienen 40 años. Pero apenas una arruga.

Y cuatro recomendaciones:

CABARET: Bienvenidos al KitKat Club

Más que un musical, más que una historia de amor, más que una cinta histórica… Bob Fosse borda en Cabaret la historia de Sally Bowles, convierte a Liza Minnelli en un mito y revoluciona la manera de rodar y montar los musicales. Sórdida, atípica, divertida y crítica, o cómo róbar a Coppola el Oscar al mejor director en el Berlín de entreguerras.

EL PADRINO: El apellido que marcó el cine

No es solo una de las mejores películas de la historia. Es una leyenda. Guión milimetrado, Marlon Brando fuera de catálogo, música de Nino Rota, el descenso al lado oscuro de Michael. La familia, la muerte, las ofertas que no se pueden rechazar. Nada sobra, nada falta. Y (casi) lo mejor: es el prólogo perfecto a una segunda parte antológica.

EL ÚLTIMO TANGO EN PARÍS: Sexo, mantequilla y Brando

Hay películas que merecen ser vistas solo por una secuencia. Marlon Brando gritando bajo un puente es una razón más que suficiente para dejarse envolver de nuevo por una cinta que es más que eso. Un escándalo firmado por Bertolucci que envejece mal pero que marcó a una generación que nunca volvió a ver la mantequilla de la misma manera.

LA CABINA: Angustia en 37 minutos

La puerta de una cabina que no se abre. Un guión firmado por Garci y Mercero para TVE. Y encerrado entre los cuatro cristales, el impagable José Luis López Vázquez convertido en la imagen del terror: el que nace del absurdo de las cosas cotidianas. Un icono de la televisión de otra época premiada con un Emmy al mejor programa de ficción.

 

 

Pantallas, señales, letras

Domingo, mayo 8th, 2011

(Nota a pie de página para una misma)

Con el café del desayuno de este domingo llega la primera. Es lo que tiene levantarse tarde, y el olor de las tostadas, y las páginas de la revista que te devuelven el rostro de Robert Redford y las palabras de uno de sus papeles. Bob Woodward ataca de nuevo, esta vez respondiendo a preguntas, en vez de hacerlas. Y te deja un par de dudas entre los dedos.
Mientras la mañana avanza, perezosa, sin saber si ganará la lluvia, aparece la segunda. En forma de lista de películas que debería haber visto cualquiera o que a cualquiera podrían interesarle. Atacas por orden cronológico, pero del revés, para que no se te olvide que un chaval de 14 años puede que no haya visto Cuenta conmigo o Adiós, muchachos. O Requiem por un sueño. Decides, sobre la marcha, como siempre, empezar por el principio. Y llegas a La fiera de mi niña con dos planas enteras de blanco y negro.
Entonces te das cuenta de que la tercera estaba allí casi por sorpresa. Es un sonido tan familiar que se te olvida. Un chasquido de la pluma contra el folio, tantas veces ha dado contra el suelo que supones que ninguna otra pluma hará el mismo ruido cuando ataca el papel.
Ese ras-ras inconfundible te lleva a la cuarta. Saltas de la hoja en blanco a otra revista, donde alguien te recuerda ciertos lazos. (Y que Roberto Rosellini está hoy de cumpleaños) Y dos páginas más allá, alguien más lejano responde a las preguntas que te haces estos días.
Hojas de papel que te llevan a otro tipo de folios. El ordenador te devuelve a un amigo que no imagina cómo entiendes sus palabras. Y de esa pantalla pasas a otra más pequeña, que te permite recibir una sonrisa de vuelta.

Entonces, de golpe, te das cuenta de que en las once horas de sueño de este domingo también había pantallas. Pantallas que no recordabas y que el agua de la ducha te devuelve. Bajo el vapor, una frase. “No creo en las casualidades, solo en los encuentros”. La repite una actriz francesa citando a Claudel. Y esto, claro, trae la quinta.  Ese cuaderno negro olvidado sobre la mesa, como otra pantalla. Y te preguntas por qué protestas por el exceso de pantallas que te rodean, cuando en realidad son las cuerdas que te van atando a lo que de verdad importa. Pantallas de cine, grandes, pequeñas, táctiles, de ordenador, con forma de periódico, en blanco, como una ventana abierta.

(y sabes, como la actriz, como Claudel, que no existen las casualidades. Que las señales son solo formas de leer los mensajes. Como los que te llegan, delante de un café, a través del correo, en otra frase de alguien que ya no está, pero que habla a través de un cuadro y de una voz que te recuerda cada día lo que tienes que hacer. Lo que quieres hacer. Tu historia)

35 películas

Miércoles, mayo 4th, 2011

Dice un compañero que cuando te pasas dos semanas sin actualizar un blog, se le da por muerto… No sé cuántos días llevo yo, pero aún sigo aquí, aunque no lo parezca, así que os mando por delante mis disculpas por la escapada. Para compensar, os propongo un juego: como andamos cerca del fin de semana, en vez de proponeros una peli, os paso 35 sugerencias. ¡Pero tenéis que adivinarlas! A mí me faltan unas cuantas… ¿os animáis?

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(no vale hacer trampa…¡que en algún comentario está la respuesta!)

Historias de la radio

Miércoles, septiembre 8th, 2010

Estaba escribiendo el título de esta entrada, pensando en esa estupenda película de José Luis Sáenz de Heredia (no es que me vaya mucho el costumbrismo, pero qué le voy a hacer, me va la radio), y de repente me he acordado de otra película de esas que a veces se llaman “menores”. Hablar de cine menor y de Woody Allen es un poco contrasentido, pero vale, Días de radio no es su mejor película… aunque a mí me encanta. Será, de nuevo, que me gusta la radio lo mismo que a un tonto un lápiz. No sé qué tiene el micro, ni las carreras, ni los pitos de las señales horarias, ni las voces de los oyentes que levantan el teléfono y se suman a lo que estás contando. No sé qué cosa rara se cuela por las ondas para que sepas, sin saberlo en realidad, que al otro lado hay alguien que te escucha. Y para que ese alguien, al otro lado, sepa también que a este lado hay alguien que solo habla para él. O para ella.

Todo este rollo viene a que a partir del domingo 12 de septiembre, o sea, dentro de tres días, El Blog de Mrs. Robinson será también un espacio que poder escuchar. En Radio Voz, claro, dentro del nuevo programa Con Voz de Domingo, que presentará mi compañera Eva Millán. Me va a dejar que le robe cinco minutillos cada semana para contar a los oyentes los estrenos, las últimas películas que haya revisado, las cosas que pasan cuando se apaga la luz y se enciende la pantalla. Lo que os cuento aquí, vamos, pero delante de un micro.

Así que si queréis escuchar la voz de Mrs. Robinson, la cita es los domingos, en la sintonía de Radio Voz (también en Internet, claro, en la web de la emisora), a eso de las 12.20.

(y si la tecnología se deja, colgaré por aquí los audios)

De puntillas

Miércoles, septiembre 1st, 2010

No me subo a unas puntas desde hace… bueno, para qué echar cuentas. No veo una buena película ambientada en el mundo del ballet desde hace… bueno, sí, un poco menos, gracias a Robert Altman y la curiosa The Company. Y hace un instante, de la pequeña pantalla han salido estas imágenes de puntas, tutús y cisnes para recordarme que hoy empieza el Festival de Venecia, y que Darren Aronfosky le ha puesto a Natalie Portman un tutú… pelín inquietante, este Black Swan.

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…y es que la mezcla de tules, puntas de raso y música de Tchaikovsky, agitada por Aronofsky, no podía ser muy suave. Que al director de las estupendas Requiem por un sueño y El luchador le gusta darle bien al espectador, así de cara.

Aquí, bien lejos de Venecia, donde hoy ha comenzado la edición número 67 del viejo festival, a una le entran unas tremendas ganas de películas de esas que suman dos de las cosas que más le gustan del mundo. Al Lido ya no llego esta noche, y a Black Swan no llegaremos en España hasta el año próximo. Así que me propongo un minimaratón de pasos a dos, buenos actores, enormes bailarines y algunos protagonistas tan preocupantes como la Nina de este cisne estrenado hoy en Venecia. Ahí van mis tres recomendaciones, hoy por este orden… mañana tal vez no.

1. Las zapatillas rojas (The Red Shoes, Michael Powell y Emeric Pressburger, 1948). Un monumento al technicolor, al ballet, al cine como creación. Hace dos años, Scorsese presentó la versión restaurada en Cannes y recordó que la había visto cuando era un niño, alucinado, claro. Hoy he encontrado algo de esos primeros planos de Moira Shearer en las imágenes de Black Swan. Espero que quede también algo de la magia que desprende esta fábula, porque como el resto de las maravillas de Powell y Pressburger, esto es lo que es esta joyita. Por cierto, si alguien que no la haya visto se acuerda de  Tetro (Coppola, 2009), os sonorá el estilo de estos dos por el homenaje que le brinda a Los cuentos de Hoffmann.

2. Paso decisivo (The Turning Point, Herbert Ross, 1977). Qué difícil de encontrar… y de resumir. Shirley McLaine, Anne Bancroft y Baryshnikov, así, en tres patadas. Una declaración de amor a la danza, y a dos actrices que de verdad  no sé cómo definir en esta película. Subidas a un escenario, tirándose del pelo, sirviendo un té, con una frase, una mirada… se montan entre las dos un recital (las nominaron a las dos al Oscar por la película, que no se llevó nada pero tiene ocho nominaciones en total) que no entiendo por qué no aparece en ningún lado, por mucho que busque una copia decente.  La mía está gastada, con eso os digo todo. Da igual que uno no sepa de ballet más que lo que yo sé de fútbol. A Herbert Ross habría que darle una calle solo por la secuencia de Bancroft y MacLaine en la barra… del bar, quiero decir.

3. Billy Elliot (Stephen Daldry, 2000). Vale, nada que ver con las dos anteriores. Mucho menos ballet, sí, pero idéntica pasión por el baile. Y ese algo innato que tienen los ingleses para conseguir que el peor drama se convierta en la mejor comedia. Para fanáticos de la danza, la coreografía de la última escena es otro Lago de los cisnes… bastante curioso, con un montón de tíos con plumas y sin tutús, y en vez de princesas, príncipes, claro. Lo firma Matthew Bourne. Pero esta es otra historia…

Del calor al circo Fellini

Sábado, agosto 14th, 2010

Madrid en agosto es lo que tiene. Que no hay quien respire. Hasta el asfalto parece protestar, y los que tenemos adn del norte nos desmadejadamos. Así que lo único que puedo hacer es escapar de los dos millones de grados a golpe de aire acondicionado. Y esta vez, el más apetecible es el que enfría el interior del CaixaForum. No solo porque rebaja en diez grados la temperatura exterior, sino, sobre todo, porque descubre una visión de Fellini, a través de imágenes, capaz de hacerte pensar en la larga lista de películas del italiano que pueden servir para refrescar las noches de agosto. Aunque una no suela incluir a Fellini en sus altares.

Comisariada por Sam Stourdezé, Fellini, el circo de las ilusiones, recoge el trabajo del director italiano desde sus inicios como caricaturista  -con las mismas obsesiones visuales que en muchas de sus películas-, hasta su relación con Mastroianni, la sex symbol Anita Ekberg, su mujer, Giuletta Masina, los guiones (algo que, cuenta, le da miedo), los sueños, los cientos de rostros anónimos que se ofrecieron para sus películas y se quedaron en un cajón, los freaks, la Iglesia… Universo Fellini concentrado en un laberinto de paredes blancas en el que una voz (Marcello, come here…, ¿os suena?) repite su estribillo como el conejo blanco de Alicia, acompañado de cualquier sonido creado por su amigo Nino Rota, esa música que huele, que sabe a cine.

Escándalos en la prensa, caricaturas, anuncios inventados para la maravillosa Ginger y Fred, la sombra de Berlusconi escondida ya en alguna esquina, imágenes de proyectos nunca realizados (ese alucinante viaje de G. Mastorna convertido en cómic por Milo Manara). Da igual el formato. Ese algo abstracto que muy pocos cineastas consiguen (universo creativo, imaginario, mundo visual, llámale x…) se esconde en cada cosa que firma Fellini. Un director que prioriza imagen sobre palabra (¿cómo se explica, si no, que prefiera que los actores cuenten en vez de hablar, para después introducir los diálogos?) y que se resume en 400 disparos. Carteles, documentales, portadas, revistas, fragmentos, imágenes absurdas como esta, Fellini en pleno casting. No sé por qué no me sorprende…

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(La exposición estará en Madrid hasta el 26 de diciembre. No hará calor, pero el cine también abriga en invierno)

Feliz Navidad (todavía)

Domingo, diciembre 27th, 2009

Lo sé, llego con retraso. A estas alturas, casi debería felicitaros el año nuevo, y no las Navidades. Pero desde esta esquinita del cine, no quería dejar de mandaros la que, para mí, es una de las mejores maneras de felicitar las fiestas. Supongo que en el ránking de películas navideñas, los más clásicos se quedarán con visiones algo más optimistas, como la de Frank Capra en ¡Qué bello es vivir!. Otros, renegando del espíritu navideño (echadle un vistazo a lo que cuentan mis compañeros Luis Pousa y Javier Becerra, con los que estoy hoy más que de acuerdo), echarán mano de la mala baba de Henry Selick y su maravillosa Pesadilla antes de Navidad, o de gamberradas más o menos afortunadas como Bad Santa, de Terry Zwigoff.

Pero para mí, y en pantalla grande, la Navidad sigue sonando como esta pequeña joya de Vincente Minelli, la voz de Judy Garland, y las lágrimas de Margaret O’Brien. ¡Felices (y pequeñas) fiestas para todos!

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 (De Cita en San Luis, 1944)

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