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Entradas para la categoría ‘Festivales’

De mayor quiero ser festival de cine

Jueves, abril 26th, 2012

Ya sé que faltan aún cuatro días y medio para que termine abril. Pero mira, me lo voy a saltar porque como siempre, desaparece del calendario con una rapidez pasmosa. Debo de hacerme vieja, o estoy sometida a un atraco permanente de abriles, que todo puede ser. Y aunque en mi calendario, abril es de Ginger y Fred, si paso a mayo sale Cary Grant. Con Deborah Kerr. En Tú y yo. No tengo más que decir.

(Esto es lo que pasa cuando una abandona el blog por razones ajenas a su voluntad durante dos meses. Que luego divaga. Me centro y cierro paréntesis).

A lo que iba: mayo es a Cannes lo que Angela Merkel a la úlcera de Rajoy. Y como el Festival actúa como si fuese el no va más de la modernidad cinematográfica, y Merkel actúa como si le fuesen a dar el próximo Nobel de Economía, deduzco que lo tenemos igual de negro para salir de la crisis que para renovar el panorama del cine actual.

Vamos por partes. Año 2012. Preside el jurado de la Sección Oficial Nanni Moretti. Nada que objetar. Integran el jurado la directora y actriz palestina Hiam Abbas (cuota de cine árabe y además palestina y además mujer. Tres puntos), Andrea Arnold (cuota de cine europeo y además mujer. Dos puntos), Ewan McGregor (cuota de cine europeo que conocen los menores de 30 años. Esto son casi tres puntos), Emmanuelle Devos (actriz francesa. Dos puntos por europea y mujer, diez por ser francesa), Diane Kruger (el equivalente femenino de McGregor, pero con un par de pluses más porque a ella la conocen hasta los menores de 20 y últimamente, cine destacable poco pero alfombras rojas, todas), Alexander Payne (cuota USA, claro, y además era un gran tío hasta que se fue a Hawaii), Raoul Peck (director, guionista y productor haitiano. Este año no hay cine oriental en el jurado. Pero sigue siendo exótico. Quince puntos). Y la guinda. Es que me encanta, y lo digo sin ironía: Jean Paul Gaultier. El diseñador. Lo que me mosquea en todo esto es que el delegado del Festival, Thierry Frémaux, se dedique a justificar por qué Gaultier está legimitado para estar en el jurado… Frémaux daba esta semana como una docena de razones en un programa de la televisión francesa. Yo es que tengo que ser muy rara o como muy simple. A mí me llegaba con un “pues porque sí”. Y además, queda que te mueres en las fotos. Y las camisetas de rayas le pegan a La Croisette más que Brigitte Bardot en biquini de cuadros vichy.

El caso es que aunque la sección oficial sea tan poco sorprendente esta primavera como en las últimas (Haneke, Cronenberg, Ken Loach, Alain Resnais, varios apellidos asiáticos que no veremos en las salas, el hijo de Cronenberg, Fatih Akin, Kiarostami, una pequeña dosis de producciones hispanas, pero sin pasarse -ojo a la coral 7 dias en La Habana y a la doble ración del argentino Pablo Trapero) este año Cannes NO se jubila. ¿Y por qué, si cumple 65 años? Pues porque ya dice el FMI que ahora se nos ha dado por vivir más, que no lo hemos calculado al echar cuentas, y como tenemos la manía de querer cobrar una pensión, el Festival tendrá que ser solidario y currar hasta los 70. O más. Como todos, que hay que apretarse el cinturón. Y Merkel está mirando.

Lo que parece haberse jubilado es mi modesta capacidad de entender la selección de películas a concurso. El hecho de que me parezca, un año más, que lo más interesante es la sección de clásicos me genera cierta inquietud. Necesito una dosis de post modernidad o ver más pelis de Terry Gilliam. Es que me iría a Cannes a coger sitio solo para ver la versión restaurada de Érase una vez en América que va a presentar Scorsese. Que me acabo de enchufar la banda sonora de Morricone y se me ha puesto la misma cara que a Elizabeth McGovern cuando Robert de Niro entra en su camerino una eternidad después. Y que además los clásicos estos (habrá quien los llame viejos porque son en blanco y negro) regalan Te querré siempre, de Rossellini, que hoy es mi película preferida y posiblemente mañana también. Y como si una no pudiese ser más feliz ya, La balada de Narayama, que es la película que consiguió que dejase de ver cine japonés sin taparme los ojos por si algún samurai cortaba a alguien en pedazos. Vale, no es un dato muy objetivo y desde luego nada purista. Pero soy una sentimental y si no fuese por la cabezonería proverbial de los Díaz y en concreto de mi padre (que menos mal que no me lee), nunca me habría reído y llorado como con esta maravilla. Y además, ponen Tiburón.

Me estoy haciendo vieja. O clásica. O en blanco y negro. O muda. Pero prometo hacer los deberes y cuando los elefantes (con perdón) vuelen y en España estrenen películas vietnamitas iré a verlas y juraré no haber escrito nunca que me parecen más modernos Ingrid Bergman y George Sanders en blanco y negro bajo la lupa de Rossellini que todos los apellidos impronunciables que acaparan Palmas de Oro.

(Eso sí, el cartel es precioso. Lo de Marilyn con los cumpleaños es digno de estudio)

La realidad era esto

Domingo, febrero 26th, 2012

Después de semanas de cine para soñar, hoy tocaba darse de bruces contra la realidad más dura. La de una pareja en proceso de separación, un padre con Alzheimer, una hija adolescente, una mujer aferrada a la religión y sometida a un hombre desquiciado. Todo esto (y mucho más) es Nader y Simin, una separación. Una joya del realismo, concentrada entre las paredes de dos viviendas y los pasillos de un juzgado. Nadie es transparente, todo el mundo oculta sus razones. El director iraní Asghar Farhadi levanta una cinta poderosa, tan veraz, tan humana y tan dura que se ve de principio a fin con un nudo en la garganta. Con razón se ha llevado premios en todos los festivales y galas anuales por las que ha pasado. Con razón esta noche es la favorita a llevarse el Oscar a la mejor películaextranjera. Con razón la Academia ha tenido la inteligencia de nominar el fantástico guión que firma el propio Farhadi como mejor texto original.

Sendas declaraciones ante el juez abren y cierran el círculo de una película muy bien dirigida, interpretada con una fuerza pasmosa por un puñado de actores asombrosos. Y asombro es lo que produce la vida perra por la que circulan todos los personajes, tan bien escritos que nada falta. Y nada sobra: cada gesto es preciso, medido, tan eficaz que no se nota, solo sirve para construir cada papel con una delicadez y un cariño infinitos. No hay juicios: Farhadi deja abiertas las razones de cada uno de ellos para actuar como lo hacen. Como en la vida de cada uno de nosotros, la realidad tiene múltiples caras, y no por ello deja de ser real. Todos los prismas están filmados con un pulso tan inteligente que al director no le hace falta ser excesivo: no hay un plano que se recree en las miserias de los personajes ni en la sociedad opresiva y gris que los envuelve.

No es una película sobre la sociedad iraní. Es una película sobre seres humanos en una situación desesperada. Sorprende lo parecidos que somos a una realidad que creemos en las antípodas de la nuestra. El amor se rompe, hacen falta servicios sociales que no existen, se necesita dinero para salir adelante, las soluciones rápidas se imponen. Obvio que el peso de la tradición, la religión y el nulo papel de las mujeres en la toma de decisiones (al menos en apariencia) rezuma en toda la película. Pero el chador y el Corán no son los protagonistas de esta maravilla. Lo son el dolor, la vejez, la soledad, la inocencia perdida de los niños que observan el mundo de los adultos desde su propia perspectiva.

La realidad es esto. El cine no es más que un reflejo de ella. Y menos mal que existen directores empeñados en retratarla sin adornos.

Una película para Pina (y un regalo para mí)

Martes, noviembre 1st, 2011

D de danza. La de Pina Bausch. D de dirección. La de Win Wenders. D de declaración. La de amor, de principios, de tristeza, de los hombres y mujeres que compartieron vida y trabajo con Pina. Hoy, 1 de noviembre de 2011, después de películas que iban a cambiar el curso de la historia del cine, después de haberme puesto media docena de veces esas ridículas gafas, hoy, por fin, he entendido qué significa el cine en tres dimensiones. Significa sumar el talento indiscutible de Wenders para crear un lenguaje propio, con la talla de artista inmensa de Pina Bausch. Y conseguir que la pantalla del cine desaparezca, que se diluya, que el espectador sea parte del escenario (sea un teatro, un bosque, un edificio, una calle de Wuppertal) donde los bailarines rinden a Bausch el mejor de los homenajes posibles. El de sus cuerpos en movimiento. Un movimiento que Wenders filma con una precisión de cirujano, pero con delicadeza de amante, de quien sabe que trabaja con la obra de otro artista al que debe respetar y engrandencer. Wenders necesitaba el espacio para rodar esta pieza, preparada antes de la muerte de Pina, pero que ella ya no pudo ver. Para esto sirven las tres dimensiones. Porque sin creatividad, sin arte, ¿añaden algo las 3D a algo de por sí plano?

Hace apenas unas semanas, José Carlos Martínez, nuevo director artístico de la Compañía Nacional de Danza, me decía que la primera vez que trabajó con Pina tuvo que dejarlo. “No pude, no estaba preparado”.  Los rostros de sus bailarines (los veteranos, los que nacieron y se criaron en la compañía, cada uno en su idioma, a su manera, sin palabras o con ellas), expresan en unos primeros planos asombrosos lo que significaba bailar para Pina. Con ella. El sentimiento, la tristeza, el dolor de haberla perdido antes de tiempo está en cada mirada de esta docena de hombres y mujeres que bailan ante la cámara de Wenders. El director apenas parece entrometerse, parece que deja hacer… apenas incluye ciertas grabaciones antiguas para recordar el rostro de la artista, para explicar de quién habla esta gente. Incluso en su decisión de trasladar al exterior buena parte de las coreografías, de salir del escenario habitual, se trasluce un profundo respeto por la obra de la creadora alemana. En medio de una naturaleza que supera también la barrera de la pantalla, los cuerpos de los bailarines se escapan, en secuencias capaces de emocionar con apenas un gesto, un giro, un brazo que se alza para volver a bajar, recorriendo un cuerpo. Si rodar danza no es nada fácil (bueno, se puede ser simple: se coloca una cámara frente al escenario, y andando), aquí Wenders se sube al más difícil todavía: las cámaras bailan, literalmente, entre los bailarines. ¿Resultado? Una maravilla, sin más. Será por algo que Alemania ha decidido, por primera vez, enviar a Hollywood un documental para luchar por el Oscar a la mejor película extranjera.

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(No hace falta amar la danza para apreciar esta Pina de Wenders. Adoro la danza, pero no soy ninguna experta en el trabajo de Bausch. Y ya sabéis que adoro el cine. Pero tampoco me llevaría a Wenders a una isla desierta. Y sin embargo, esta película va a dejarme más poso del que creo que puedo describir con palabras. Lo dice ella misma, cerrando esta pequeña joya. Bailad, bailad. Si no, estamos perdidos)

De puntillas

Miércoles, septiembre 1st, 2010

No me subo a unas puntas desde hace… bueno, para qué echar cuentas. No veo una buena película ambientada en el mundo del ballet desde hace… bueno, sí, un poco menos, gracias a Robert Altman y la curiosa The Company. Y hace un instante, de la pequeña pantalla han salido estas imágenes de puntas, tutús y cisnes para recordarme que hoy empieza el Festival de Venecia, y que Darren Aronfosky le ha puesto a Natalie Portman un tutú… pelín inquietante, este Black Swan.

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…y es que la mezcla de tules, puntas de raso y música de Tchaikovsky, agitada por Aronofsky, no podía ser muy suave. Que al director de las estupendas Requiem por un sueño y El luchador le gusta darle bien al espectador, así de cara.

Aquí, bien lejos de Venecia, donde hoy ha comenzado la edición número 67 del viejo festival, a una le entran unas tremendas ganas de películas de esas que suman dos de las cosas que más le gustan del mundo. Al Lido ya no llego esta noche, y a Black Swan no llegaremos en España hasta el año próximo. Así que me propongo un minimaratón de pasos a dos, buenos actores, enormes bailarines y algunos protagonistas tan preocupantes como la Nina de este cisne estrenado hoy en Venecia. Ahí van mis tres recomendaciones, hoy por este orden… mañana tal vez no.

1. Las zapatillas rojas (The Red Shoes, Michael Powell y Emeric Pressburger, 1948). Un monumento al technicolor, al ballet, al cine como creación. Hace dos años, Scorsese presentó la versión restaurada en Cannes y recordó que la había visto cuando era un niño, alucinado, claro. Hoy he encontrado algo de esos primeros planos de Moira Shearer en las imágenes de Black Swan. Espero que quede también algo de la magia que desprende esta fábula, porque como el resto de las maravillas de Powell y Pressburger, esto es lo que es esta joyita. Por cierto, si alguien que no la haya visto se acuerda de  Tetro (Coppola, 2009), os sonorá el estilo de estos dos por el homenaje que le brinda a Los cuentos de Hoffmann.

2. Paso decisivo (The Turning Point, Herbert Ross, 1977). Qué difícil de encontrar… y de resumir. Shirley McLaine, Anne Bancroft y Baryshnikov, así, en tres patadas. Una declaración de amor a la danza, y a dos actrices que de verdad  no sé cómo definir en esta película. Subidas a un escenario, tirándose del pelo, sirviendo un té, con una frase, una mirada… se montan entre las dos un recital (las nominaron a las dos al Oscar por la película, que no se llevó nada pero tiene ocho nominaciones en total) que no entiendo por qué no aparece en ningún lado, por mucho que busque una copia decente.  La mía está gastada, con eso os digo todo. Da igual que uno no sepa de ballet más que lo que yo sé de fútbol. A Herbert Ross habría que darle una calle solo por la secuencia de Bancroft y MacLaine en la barra… del bar, quiero decir.

3. Billy Elliot (Stephen Daldry, 2000). Vale, nada que ver con las dos anteriores. Mucho menos ballet, sí, pero idéntica pasión por el baile. Y ese algo innato que tienen los ingleses para conseguir que el peor drama se convierta en la mejor comedia. Para fanáticos de la danza, la coreografía de la última escena es otro Lago de los cisnes… bastante curioso, con un montón de tíos con plumas y sin tutús, y en vez de princesas, príncipes, claro. Lo firma Matthew Bourne. Pero esta es otra historia…

Periferias

Jueves, junio 3rd, 2010

Periferia es un concepto chusco. Y en el cine, las periferias siempre han dado mucho juego. Si el centro de la industria está en Hollywood (con el permiso de Bollywood, claro), los extremos del planeta siempre han sido el caldo de cultivo de visiones en ocasiones mucho más interesantes, aunque sea simplemente por lo novedoso, lo fresco, lo que no sabe a producto prefabricado salido de un gran estudio.

Así que en esta esquinita del mundo, una periferia de la periferia, en realidad (y que nadie se pique, lo de periferia va en el sentido más positivo de la palabra, no se me ha pegado ningún deje de Rosa Díez), hoy se ha puesto en marcha la Primeira Mostra de Cinema Periferico. S8 llena de cine diferente un lugar diferente: la antigua cárcel de A Coruña. Es la sede principal de esta muestra, que también salpicará de cine espacios como el Centro Galego de Artes da Imaxe (CGAI) y la Fundación Caixa Galicia. Hasta el domingo 6 de junio, en esta cita organizada por la asociación eSe8 (con el patrocinio de la Xunta, el Xacobeo, el Concello y la Diputación) se podrán ver películas gallegas recuperadas de los archivos de la Filmoteca Española y del CGAI, cortos de jóvenes creadores, documentales de Mark Rappaport, o curiosidades como los primeros trabajos de autores de culto como Ricardo Franco o Iván Zulueta. La musa es esta señora con aire de Coco Chanel octogenaria, armada con una cámara Súper 8…

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¿Más razones para ir a la cárcel este fin de semana? La entrada es gratis, el transporte oficial, un tranvía, y para los que aún tengan dudas, os dejo aquí toda la información.

Otro cine es posible (otra cosa es que podamos verlo)

Lunes, mayo 24th, 2010

A estas horas, la imagen de Javier Bardem lanzándole besos a su emocionada chica, agradeciendo el premio a mejor actor en Cannes, ha dado ya varias vueltas al mundo.
A estas horas, somos muchos aún los que intentamos pronunciar con cierta dignidad el nombre de Apichatpong Weerasethakul, el director tailandés que se ha hecho con la Palma de Oro en el festival con su película El tío Boonme revive sus vidas pasadas.

A estas horas, el nombre de la maravillosa Juliette Binoche sigue siendo el menos contestado del palmarés de este año, por su interpretación en Copie Conforme, del iraní Abbas Kiarostami.

Y a estas horas, en Radio Voz acabo de tener la oportunidad de hablar con Oliver Laxe. 28 años, nacido en París, hijo de inmigrantes gallegos, único español con una cinta a concurso, y ganador del premio de la Fipresci (la Federación Internacional de Crítica de Cine) en la Quincena de los realizadores. La culpa la tiene su primera película, Todos vós sodes capitáns, rodada en el norte de África, cine dentro del cine alrededor de unos niños en medio de un rodaje y que se revuelven contra su director… porque no les gusta la película que hace.

Sorprende lo tranquilo de su tono (nos cuenta que un premio así le deja a uno cierta paz) y lo claras que tiene sus ideas acerca del cine. Del que él hace y de lo que es (o debería ser) este arte. El respaldo de la crítica logrado el sábado en Cannes, afirmaba Laxe esta mañana, es una confirmación de que “a túa mirada sobre esta linguaxe tan fermosa que é o cine, as túas hipóteses, son certas, ou polo menos van na boa dirección”.

La Quincena de los realizadores es un espacio propio en Cannes. Un hueco en el que tienen cabida visiones un tanto diferentes. Y sin embargo, Oliver Laxe nos cuenta que “o meu cine non é diferente, eu estou adscrito á contemporaneidade”. El problema, explica, es que no estamos acostumbrados a este tipo de películas porque “non saen nos cinemas”. Y sin salir de Cannes, pone como ejemplo al director tailandés que ayer se alzaba con la Palma de Oro. Aunque para el espectador de a pie (al que no le queda más remedio que ver lo que dan en los cines de los centros comerciales, que es lo mismo en todas partes) sea un completo desconocido, asegura que “todos os cineastas o coñecemos, é un referente e o director máis importante deste século”.

De nuevo, Cannes (como otros festivales) vuelve a dejar de manifiesto la enorme brecha que separa el cine como espectáculo y como negocio de esas otras miradas que tal vez no buscan un público masivo, que no esperan grandes cifras (el propio Laxe lo comenta en la entrevista: “o concepto de carteleira, de recadación semanal, me parecen perigosas para a miña película. Non xogo nesa liga”).

Y a pesar de no esperar convertirse en un filón para las distribuidoras, las productoras y los vendedores de palomitas, el hecho de que una pequeña película gallega triunfe en Cannes (o donde sea) y de repente nos haga preguntarnos por qué nos va a costar un mundo poder disfrutarla en una sala de cine convencional, le da al premio un valor que va más allá de lo que valga (qué poco me gusta usar términos de mercado) la película. Hoy, en Facebook había ya algún grupo que pedía que podamos ver Todos vós sodes capitáns en las salas gallegas. Y Laxe aseguraba que “a xente acaba de darse conta de que nos 90 desapareceron as salas privadas de Galicia”…

No hay apenas salas en las que se puedan encontrar películas ajenas al taquillazo y a las normas que marcan las multinacionales. Y a este paso, los Apichatpong Weerasethakul y los Oliver Laxe que aún ruedan en el mundo quedarán reducidos a nombres en las páginas de Cultura de los periódicos. Nadie sabrá si sus películas son interesantes o no, porque solo podrán verlas los críticos que viajan a los festivales. A los demás, nos interesen o no, solo nos quedarán las palomitas

 Escucha aquí la entrevista completa

A pleno sol (en Cannes, porque aquí…)

Miércoles, mayo 12th, 2010

cannes

 

A pesar de que hace años que Cannes dejó de ser un foco para los amantes del cine un tanto diferente, para convertir la Costa Azul en una enorme alfombra roja en la que sobre todo las grandes empresas norteamericanas desembarcan para presentar a bombo y platillo sus grandes productos y empezar a hacer caja, no hay mes de mayo en el que no prefiera cambiar esta primavera lluviosa y fría por el calorcito peliculero de La Croisette.

Prueba de ese desembarco de colorines, hoy abre Cannes la última versión de Robin Hood, que firma el británico Ridley Scott. Una súper producción que ha costado más de 100 millones de dólares, y que convierte a Russell Crowe en el héroe medieval, y que mucho me temo (y ojalá me equivoque, con lo que me gusta Robin Hood y lo que me gustaba Scott), en una especie de Gladiator medieval con mucha sangre, mucha batallita y el poco fondo al que Scott nos tiene acostumbrados últimamente.

Aunque afortunadamente, y a pesar del predominio de los todopoderosos, Cannnes nos seguirá regalando la posibilidad de escuchar lo que tienen que contarnos voces algo menos poderosas en la industria del cine. Como la de Ken Loach, que se ha subido a la sección oficial por los pelos con su último trabajo, Route Irish (por cierto, al mismo tiempo que anunciaba que sus películas van a empezar a colgarse gratuitamente, de momento, en la red. Si no puedes con el enemigo, dice su productora, únete a él… o al menos controla la publicidad. Os dejo aquí el enlace para su canal en Youtube). En la sección oficial estará también la esperada Biutiful, de Alejandro González Iñárritu, lo último de Takeshi Kitano, Outrage, de Mike Leigh, Another YearAbbas Kiarostami con Certified Copy. Y una curiosidad: la segunda parte de Quemados por el sol, de Nikita Mikhalkov.

Aunque, como siempre, hay que irse a esa “cierta mirada” para seguir encontrando más opciones interesantes. Como la de dos pesos pesados (y no va con segundas): la de un centenario ya, el portugués Manoel de Oliveira, con O estranho caso de Angélica, y la de un clásico de la Nouvelle Vague, Jean Luc Godard, con Film Socialisme.

Y fuera de competición, más pesos pesados: Woody Allen presentará You will meet a tall dark stranger, y Oliver Stone, la secuela de Wall Street (a la que ha puesto, de coletilla, “El dinero nunca duerme”. Muy apropiado, con la que está cayendo).

Más razones para pasar por Cannes, aunque sea de manera virtual: este año, en el que Tristana cumple 40 años, esta joya de Buñuel con Fernando Rey y Catherine Deneuve estará en la sección de clásicos de Cannes. En una presentación que correrá a cargo de Pedro Almodóvar, se podrá ver la copia que, como un tesoro, guarda la Filmoteca Española. Y siguiendo en esa sección de clásicos, anotamos otras dos maravillas restauradas: Psicosis, de Alfred Hitchcock, y La reina de África, de John Huston.

(PD. No podía dejar de colgar el cartel de este año… Juliette Binoche, por cierto, además de en los carteles, está en la última de Kiarostami)

Debe ser primavera…

Viernes, marzo 26th, 2010

…y no tenía intención de citar a Sabina. Pero es salir el sol, y de repente aparecen en mi buzón dos noticias con gracia. Llegan de la Costa Azul, y anuncian que el Robin Hood de Ridley Scott abrirá la próxima edición del Festival de Cannes, el 12 de mayo. ¿Que por qué tiene gracia? Por algunas maldades que ahora os cuento, y por la expectación evidente que ha despertado la visión que Scott tendrá del mítico ladrón de los bosques, en este caso en la más que interesante piel de Russell Crowe. Así nos lo venden:

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Y sin salir del tráiler, las cosas graciosas y primaverales siguen adelante. Vayamos por orden. Ojo a la promoción: “Del director de Gladiator“. Pues sí. Que Scott dirigió hace unos años Gladiator nos ha quedado bastante claro a todos. Pero no puedo dejar de preguntarme dos cosas:

1). ¿Este Robin Hood se dirige a aquellos espectadores que de Ridley Scott solo conocen Gladiator?

2.) ¿Este Robin Hood es una versión medieval de Gladiator?

Y en ambos casos, me respondo a mí misma, ya que es primavera y una puede hablar sola sin que la llamen loca.

1). Resulta que antes de Gladiator, este inglés había dirigido, por seguir un orden, Los duelistas, Alien, Blade Runner o Thelma y Louise. Por citar cuatro películas que a mí, que resulta que Gladiator me debió de pillar un poco mayor, qué queréis que os diga… me parece que venden un poco más que Gladiator. A ver. Imaginaos que U2 saca disco y en la publicidad nos dicen “del grupo que grabó No Line on the Horizon, en vez de… ¿The Joshua Tree, por ejemplo?

2). Si este Robin Hood es como Gladiator pero en el bosque de Sherwood, unos cuantos siglos después, pero con la misma estética, el mismo rescate de mitos vivientes del cine (Max Von Sydow aquí, frente al Richard Harris de la otra), el mismo tratamiento de la violencia (nada de mallas verdes en technicolor), el ritmo trepidante y el gesto intenso de Crowe que nos resume el tráiler, es posible que solo nos quede agarrarnos a la presencia siempre inquietante de Cate Blanchett… A eso, y a que el guión lo firma el mismo señor que dio forma a L.A. Confidential y Mystic River, Brian Helgeland. Que no es poco.

(y antes de que me digáis cuánto os gusta Gladiator,  prometo que no lo digo con ánimo de llevar la contraria, y que reconozco que debo ser de las pocas personas a las que no les ha parecido una película, por lo menos, entretenida… qué más querría que no haberme aburrido como una seta durante las más de dos larguísimas horas que dura).

Pero vamos con el resto de las noticias no ya graciosas, sino fantásticas, que llegan de Cannes. Esto no es nuevo, lo sé… pero con la que está cayendo a estas horas (la primavera es lo que tiene: empiezas a escribir y sale el sol, y terminas un párrafo, y caen rayos y truenos), me ha provocado una nueva sonrisa que el jurado de este serio, prestigioso, chic y cada vez menos francés festival esté presidido, este año, por el poco serio, muy prestigioso, estrafalario y nada francés Tim Burton.

Hoy han quedado en Cannes Almodóvar, Coixet, Tarantino, Lee, Resnais, Von Trier, Loach…

Miércoles, mayo 13th, 2009

Un viejito con gafas de pasta, animado por Disney-Pixar, abrirá esta noche la edición número 62 del Festival de Cannes.  Una edición en la que el cine español tiene, por primera vez en años, presencia de peso: luchan por la Palma de Oro Los abrazos rotos, de Almodóvar, y Mapa de los sonidos de Tokio, de Isabel Coixet. Fuera de concurso, además, se podrá ver por primera vez la esperadísima Ágora de Amenábar.

Representaciones nacionales a un lado, esta edición está cargada de expectativas, y algún reencuentro. Con lo que queda de la Nouvelle Vague, por ejemplo:  Alan Resnais acaba de celebrar que hace 50 años que Hiroshima, mon amour se presentó en este mismo festival, y ahora, a punto de cumplir él mismo los 87, presenta a concurso Les herbes folles.

Pero hay más: se esperan los últimos trabajos de Tarantino, que se pone bélico y se marca un remake, (Inglourious Basterds), Von Trier, que se pasa al terror (Antichrist), y Haneke (Das Weisse Band). Volverá el fútbol, con Ken Loach y su Looking for Eric (Cantona, claro) y Ang Lee nos llevará al verano del 69 en Taking Woodstock.  

(Para los que os gusten los clásicos, echad un vistazo aquí  a la lista de películas viejas que se podrán ver estos días en Cannes. No os la presentará en el salón de casa Martin Scorsese, pero volver a ver Las zapatillas rojas sigue siendo un lujo).

El medio siglo de Los cuatrocientos golpes

Lunes, mayo 4th, 2009

El 4 de mayo de 1959 también era lunes. Y en Cannes, una película dura, viva, oscura y fascinante, se estrenaba en el Palacio de Festivales. Lo hacía con una ovación para François Truffaut, un joven director de apenas 27 años. Y con su protagonista, un crío de 14 años, Jean-Pierre Leaud, saliendo de la proyección a hombros de Jean Cocteau.

 Hoy se cumplen 50 años de la primera ovación para Los cuatrocientos golpes… que es casi como decir que la Nouvelle Vague cumple medio siglo. Y no porque esta maravilla dirigida por François Truffaut fuese la primera película de aquella generación, sino por lo que supuso su éxito: el respaldo de la crítica, el apoyo del público (y no solo en Francia), provocaron un bum de nuevos directores: durante los tres años siguientes, cerca de 170 cineastas franceses estrenaron su primera película, cuenta Cyril Neyrat, de Cahiers du Cinéma. Y la culpa de aquella nueva ola la tuvo la vida de Antoine Doinel… que hoy estaría próximo a la edad de la jubilación (mañana, precisamente, Jean-Pierre Leaud cumple 65 años). Hace medio siglo, nos invitaban así a ir a verla al cine:

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No sé cuántas páginas habrá llenado esta película. Ni cuántas otras, después, se inspiraron en ella. Pero hay en Los cuatrocientos golpes tanto cine y tanta vida, que los 50 años no le pesan nada. Tal vez al contrario. En un artículo que revolvió a todo el cine francés, Truffaut había expuesto tres ideas básicas acerca de lo que las películas deberían ofrecer: salir a la calle, captar la vida, filmar con modestia y rapidez. (¿Os suena a las ideas de algún movimiento más moderno?… Resulta que ya estaba inventado)

Todo esto está en la hora y media que dura la película. La vida de Antoine Doinel, la calle,  la escuela, la casa, la madre, los amigos, el cine, París… la adolescencia del propio Truffaut trasladada a la pantalla, aquellas mismas salas donde, siendo un crío, se enamoró del cine americano, de Hitchcok y de Welles, pero también de Renoir y su mimo por los actores, o de Rossellini y su agilidad (y de quien hay tantas huellas en Los cuatrocientos golpes).

Pasando del colegio para ir al cine, Truffaut descubrió que “la vida auténtica era la pantalla”. Cincuenta años después, nada resume mejor esa manera de vivir, esa ética del cine, esa mirada única, que los ojos de Jean-Pierre Leaud a la orilla del mar.

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