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Entradas para la categoría ‘Europa, Europa’

A por el Oscar (III): Amor

Sábado, febrero 23rd, 2013

Me siento ridícula. Tratar de escribir acerca de Amor, la última película de Michael Haneke, me hace sentir ridícula y muy pequeña. Pequeña delante de esta historia de amor maravillosa, tierna, cruel, como debe de ser el amor cuando termina. Ridícula, porque me pregunto qué puedo decir que no se haya dicho ya de esta obra maestra, o cómo puedo explicar en un puñado de líneas las razones por las que creo que es una de las mejores películas que he visto en los últimos años.


Cuando lo más suave que te han dicho de una película es que no se la recomendarían ni a su peor enemigo, cuando cada obra de Haneke te deja vuelta mierda durante días, aparece este Amor y lo primero que piensas es que lo que te va a devolver la pantalla es de todo menos lo que al final encuentro yo. Haneke dice que esta es su película más tierna, y tiene razón. Desasosiega, sí, y duele… pero Anne (Emmanuelle Riva) y Georges (Jean-Louis Trintignant) están tratados con una humanidad, una delicadeza y una honestidad abrumadoras, tanto que hacen soportable todo lo que Haneke cuenta.

Y “todo” es el final de la vida con la precisión de un documental. La degradación física y el dolor de quien es plenamente consciente de que se acaba, y de que acabará mal. Y el dolor de quien cuida y no comprende, pero percibe lo que pierde, y que lo que pierde se le va de las manos sin que pueda hacer nada. Sin más. Haneke se cuela en el apartamento de esta pareja de ancianos, y ya no nos deja salir de allí. Cuatro paredes para asfixiarnos a nosotros y a ellos, encerrados y prácticamente solos, porque quienes vienen de fuera son como un estorbo en su cuesta abajo. Desde la hija (Isabelle Huppert más antipática que nunca) que entra y sale de la casa y de la vida de sus padres con sus quejas, sus lloriqueos y su charla insustancial, al estudiante que lleva algo de luz a una casa en la que la música que antes lo llenó todo ahora solo es un recuerdo o un cedé.

Esta película son Riva y Trintignant. Superados los 80, los dos dan una lección de lo que significa el oficio de actor. No hay nada que pueda decir que explique lo que ambos son capaces de transmitir con sus palabras, pero sobre todo con sus ojos. En cada plano de estos dos monstruos se esconde una mirada capaz de acabar con el espectador.

Y detrás, como siempre, este señor empeñado en martirizarnos. Pero no por retorcido -que también, aunque aquí no- sino por ese afán de enfrentarnos a las cosas que preferimos no ver: la violencia (Funny Games), el rencor y la venganza (Caché), el fascismo (La cinta blanca), y ahora, la muerte. No nos gusta ver lo feo, y menos cuando se supone que el arte tiene una parte de recreo, de hacer más amable la vida. Parece que Haneke no opina lo mismo, o al menos prefiere que nos preguntemos otra cosa: ¿estamos preparados para ver morir a quien queremos? ¿Y es el amor suficiente para sobrevivir a la muerte? La respuesta, como en cada película de este director que respeta profundamente al espectador, solo la tiene uno.

(es impúdico decir esto, pero a cada gesto de Riva recuerdo a quien acabo de perder de la misma manera. Y el recuerdo, tan próximo, se convierte en una especie de escudo que amortigua el dolor. Veo a mi abuela en cada escena, en cada mirada, no puedo evitarlo, y hay algo de consuelo en ello, como si entendiese ahora cosas que no entendí entonces).

El hombre descolocado

Viernes, diciembre 7th, 2012

A ver si os tomáis las cosas en serio y dejáis de hacer el ridículo, le espeta Cayetana Guillén Cuervo (más aburrida que cabreada) a Jordi Mollá. Y esa idea resume buena parte de la filosofía de Una pistola en cada mano. La última película de Cesc Gay es un manual de relaciones humanas, o mejor dicho, de relaciones masculinas. De esos hombres descolocados consigo mismos, con sus mecanismos y con esa entelequia a la que llaman mujeres. Una generación difusa que no sabe muy bien donde está ni a donde va ni, mucho menos, el camino que tiene que coger para llegar a donde sea que pretende ir. Pues sí que estamos buenos.

¿Compasión? Nula. Gay desnuda sin ninguna piedad a esta muestra del género masculino, con sus miserias, sus dudas, permanentemente perplejos ante lo que la vida les ha dado o sustraído. Nadie nos avisó de que esto iba a ser así, dice Leonardo Sbaraglia a Eduard Fernández en el primer retal de este collage. Primer episodio de un fresco pintado a golpe de parejas.  La primera, la de estos dos amigos que tratan de ponerse al día y abren la película marcando lo que nos vamos a encontrar en los noventa y tantos minutos siguientes.

Parejas. Amigos que se reencuentran, divorciados que no saben lo que quieren, padres  en busca de sexo rápido, maridos cornudos y amantes pillados, vidas paralelas de matrimonios en los que nada es lo que parece.

En cada capítulo, el denominador común no solo está en el fondo y en una línea que confluye en la última secuencia. También en la forma que toman los personajes encarnados por una docena de actores  que le deben a Cesc Gay el regalo de un puñado de personas  de carne y hueso en las que reconocernos. Sbaraglia, Fernández, Javier Cámara, Clara Segura, Ricardo Darín, Luis Tosar, Eduardo Noriega, Candela Peña, Alberto San Juan, Leonor Watling, Cayetana Guillén Cuervo, Jordi Mollá. Todos correctos, y algunos más que notables (Eduard Fernández, el duelo entre Ricardo Darín y Luis Tosar, Clara Segura, sorprendida estoy con Eduardo Noriega, para nada con Candela Peña), arropados por un guión tan de verdad que asusta un poco, en medio de la risa que provoca alguna de las situaciones ridículas que viven, darse cuenta de que no es tan raro. Que te puede pasar a ti. Que probablemente ya te haya pasado.

Pensaba (al salir de un cine, por cierto, repleto, a pesar de los ministros que se crecen como toros bravos y hacen crecer el IVA) que no siempre la vida cotidiana se convierte en una buena película. Como en esas conversaciones que no tienen los hombres de esta película (¿pero de qué habláis vosotros? le pregunta Leonor Watling a Alberto San Juan), no es lo mismo narrar hechos que comunicarse. Y no es lo mismo plantar una cámara sin intención ni guión ante un grupo de personas que dejar que la cámara se cuele como una extensión del espectador, que se convierte, así, en una parte activa de la historia.

 

 

Crear, morir

Jueves, octubre 4th, 2012

La muerte. La creacion. El cuerpo de la mujer como prueba de la existencia de Dios. Y la clarividente intuición de que se llega al final porque se comprenden las cosas. Así abre y cierra el círculo de El artista y la modelo Fernando Trueba. Personalísima, delicada, intensa visión de la creación artísitica. Y una potente interpretación de Jean Rochefort, a la vez veterano y novato, como si cada obra que se crea fuese la primera y la última.

Es una película de silencio, de palabras no dichas entre el artista y la modelo, una Aida Folch permanentemente desnuda sin exhibicionismos, una mujer real que sale de la tierra, rotunda como La Méditerranée de Aristide Maillol a la que rinde homenaje Trueba en una bellísima secuencia final.
Pocos artificios para una película que recoge la influencia del poderoso blanco y negro de Renoir, de una manera de filmar la naturaleza como un cuadro impresionista. Hay un desayuno sobre la hierba, una luz como solo captaban los cuadros de Renoir padre. Y una descripción emocionante, ante un boceto de Rembrandt, de lo que significa el arte, la explicación que quien crea sabiendo que no sabe nada y los ojos sorprendidos de quien empieza a entender.

Y hay fogonazos de luz en la presencia de Claudia Cardinale, hecha recuerdo y arrugas y carne real, en los ojos siempre sorprendidos de Chus Lampreave. Y hay un fogonazo capaz de tapar calquier sombra del resto del metraje, a pesar de las notas que chirrían, como el encaje de la cadera que no le cuadra, que no encuentra Rochefort en su escultura. Si lo que importa no es el proceso sino el resultado final, Trueba cincela en un solo golpe su propia criatura. Con cuerpo de mujer, sabor a aceite.

(Lástima que la nefasta herencia cultural de este país y la nula intención de respetar una obra artística – del propio sector, ¿cómo se explica esto?- nos traigan una película rodada en francés con un doblaje capaz de rebajar a la mitad su capacidad de emocionar)

De mayor quiero ser festival de cine

Jueves, abril 26th, 2012

Ya sé que faltan aún cuatro días y medio para que termine abril. Pero mira, me lo voy a saltar porque como siempre, desaparece del calendario con una rapidez pasmosa. Debo de hacerme vieja, o estoy sometida a un atraco permanente de abriles, que todo puede ser. Y aunque en mi calendario, abril es de Ginger y Fred, si paso a mayo sale Cary Grant. Con Deborah Kerr. En Tú y yo. No tengo más que decir.

(Esto es lo que pasa cuando una abandona el blog por razones ajenas a su voluntad durante dos meses. Que luego divaga. Me centro y cierro paréntesis).

A lo que iba: mayo es a Cannes lo que Angela Merkel a la úlcera de Rajoy. Y como el Festival actúa como si fuese el no va más de la modernidad cinematográfica, y Merkel actúa como si le fuesen a dar el próximo Nobel de Economía, deduzco que lo tenemos igual de negro para salir de la crisis que para renovar el panorama del cine actual.

Vamos por partes. Año 2012. Preside el jurado de la Sección Oficial Nanni Moretti. Nada que objetar. Integran el jurado la directora y actriz palestina Hiam Abbas (cuota de cine árabe y además palestina y además mujer. Tres puntos), Andrea Arnold (cuota de cine europeo y además mujer. Dos puntos), Ewan McGregor (cuota de cine europeo que conocen los menores de 30 años. Esto son casi tres puntos), Emmanuelle Devos (actriz francesa. Dos puntos por europea y mujer, diez por ser francesa), Diane Kruger (el equivalente femenino de McGregor, pero con un par de pluses más porque a ella la conocen hasta los menores de 20 y últimamente, cine destacable poco pero alfombras rojas, todas), Alexander Payne (cuota USA, claro, y además era un gran tío hasta que se fue a Hawaii), Raoul Peck (director, guionista y productor haitiano. Este año no hay cine oriental en el jurado. Pero sigue siendo exótico. Quince puntos). Y la guinda. Es que me encanta, y lo digo sin ironía: Jean Paul Gaultier. El diseñador. Lo que me mosquea en todo esto es que el delegado del Festival, Thierry Frémaux, se dedique a justificar por qué Gaultier está legimitado para estar en el jurado… Frémaux daba esta semana como una docena de razones en un programa de la televisión francesa. Yo es que tengo que ser muy rara o como muy simple. A mí me llegaba con un “pues porque sí”. Y además, queda que te mueres en las fotos. Y las camisetas de rayas le pegan a La Croisette más que Brigitte Bardot en biquini de cuadros vichy.

El caso es que aunque la sección oficial sea tan poco sorprendente esta primavera como en las últimas (Haneke, Cronenberg, Ken Loach, Alain Resnais, varios apellidos asiáticos que no veremos en las salas, el hijo de Cronenberg, Fatih Akin, Kiarostami, una pequeña dosis de producciones hispanas, pero sin pasarse -ojo a la coral 7 dias en La Habana y a la doble ración del argentino Pablo Trapero) este año Cannes NO se jubila. ¿Y por qué, si cumple 65 años? Pues porque ya dice el FMI que ahora se nos ha dado por vivir más, que no lo hemos calculado al echar cuentas, y como tenemos la manía de querer cobrar una pensión, el Festival tendrá que ser solidario y currar hasta los 70. O más. Como todos, que hay que apretarse el cinturón. Y Merkel está mirando.

Lo que parece haberse jubilado es mi modesta capacidad de entender la selección de películas a concurso. El hecho de que me parezca, un año más, que lo más interesante es la sección de clásicos me genera cierta inquietud. Necesito una dosis de post modernidad o ver más pelis de Terry Gilliam. Es que me iría a Cannes a coger sitio solo para ver la versión restaurada de Érase una vez en América que va a presentar Scorsese. Que me acabo de enchufar la banda sonora de Morricone y se me ha puesto la misma cara que a Elizabeth McGovern cuando Robert de Niro entra en su camerino una eternidad después. Y que además los clásicos estos (habrá quien los llame viejos porque son en blanco y negro) regalan Te querré siempre, de Rossellini, que hoy es mi película preferida y posiblemente mañana también. Y como si una no pudiese ser más feliz ya, La balada de Narayama, que es la película que consiguió que dejase de ver cine japonés sin taparme los ojos por si algún samurai cortaba a alguien en pedazos. Vale, no es un dato muy objetivo y desde luego nada purista. Pero soy una sentimental y si no fuese por la cabezonería proverbial de los Díaz y en concreto de mi padre (que menos mal que no me lee), nunca me habría reído y llorado como con esta maravilla. Y además, ponen Tiburón.

Me estoy haciendo vieja. O clásica. O en blanco y negro. O muda. Pero prometo hacer los deberes y cuando los elefantes (con perdón) vuelen y en España estrenen películas vietnamitas iré a verlas y juraré no haber escrito nunca que me parecen más modernos Ingrid Bergman y George Sanders en blanco y negro bajo la lupa de Rossellini que todos los apellidos impronunciables que acaparan Palmas de Oro.

(Eso sí, el cartel es precioso. Lo de Marilyn con los cumpleaños es digno de estudio)

El cine español no es un género

Lunes, febrero 20th, 2012

Supongamos (es un decir) que en una entrega de premios están nominadas a mejor película un thriller, una cinta que mezcla la ciencia ficción con el terror, una película histórica y una de vaqueros. Supongamos (es un decir) que no gana ni una película sobre la Guerra Civil ni Pedro Almodóvar. Supongamos (otro decir) que el mejor guión adaptado es el que convierte un cómic en una película de dibujos. Supongamos que este país no se llama España y la gente va a ver películas olvidando el término “españolada” y pensando solo en si una historia está bien hecha, transmite algo y merece la pena los más de 7 euros (ya) que cuesta la entrada.

¿Es mucho suponer que todo esto pase en Madrid, capital del reino, reino este que practica el deporte nacional de poner verde su propia cultura pero luego saca pecho cuando los franceses (qué mala gente) se ríen de nuestros deportistas, angelitos?

Anoche, cuatro películas cada una de su padre y de su madre optaban a un Goya. La historia de un científico que trama la más cruel de las venganzas. Firma Almodóvar. Una decepcionante adaptación de la maravillosa novela de Dulce Chacón iluminada tan solo por los ojos de una chiqueta que se lleva, claro, un premio de calle. Un thriller oscuro, castizo, milimétrico, duro. Y un western rodado en Bolivia que se atreve a recuperar el mito de Butch Cassidy. Tres muy buenas películas, una mediocre.

Pero nosotros a lo nuestro. Que es, por cierto, conseguir colar en una sola gala a varios espontáneos (la seguridad se nos da de miedo), y tener que escuchar, de nuevo, el mil veces repetido discurso sobre el cine e Internet. Un discurso tan manido, tan interesado (por todas partes), tan vacío en el fondo, que con lo que me quedo de las palabras de Enrique González Macho, presidente de la Academia, flanqueado por sus dos vices, es con una sola frase, y la pongo en mayúsculas porque creo que debería enseñarse en los colegios: EL CINE ESPAÑOL NO ES UN GÉNERO.

Algo tan obvio como decir que, aunque el cine lo parieron los franceses, es en Estados Unidos donde alcanza sus cotas más altas. Vale. Fantástico. Que me lo digan a mí que creo que John Ford, Billy Wilder y Orson Welles son la santísima trinidad. Como también creo que una industria como el gigante norteamericano tiene que parir mucha basura anual, por cuestión de probabilidades, y que entre toda esa basura, brillan cada año un número elevado de buenas películas. Puestos a decir perogrulladas, recuerdo, como ayer lo hacía la vice Marta Etura, que este año en los Oscars hay dos películas españolas y que otro español, el compositor Alberto Iglesias, opta a premio.

Pero nosotros a lo nuestro. Que es lanzar un mensaje victimista (el público no nos entiende, a veces es injusto, hay muchos prejucios…) o un discurso homicida (todas las películas españolas son sobre la Guerra Civil -claro, ¿alguien cuestiona la filmografía americana sobre la Segunda Guerra Mundial?- todos los actores españoles son malos, los cineastas españoles son unos jetas que viven de subvenciones, van de progres).

Nosotros a lo nuestro. O sea, a jugar a ver quién suelta el tópico más obvio, quién critica más a los Bardem, a Almodóvar o a la estupenda cantera de actores salida de la tele. O al revés: quien se pone más talibán con Internet, quién decide echar la culpa de todos nuestros males a los yanquis, otra mala gente, y quien reclama más ayudas en general para una industria que, señores, es cultural. Y la crisis es económica, claro. Pero también de contenidos. De aquí a Hollywood.

Y así nos va, claro. Nosotros a lo nuestro, o sea, a sumarnos a una de las dos Españas que ha de helarte el corazón (y no lo digo en clave política, me guarde Dios. Es que culturalmente se nos da de miedo. O estás conmigo, o contra mí. Y además, eres tonto). Los cines cierran, mientras tanto, las buenas ideas no encuentran quién las financie, sea pública la cosa o el ministro (¿por qué tenía cara de póker ayer el señor Wert? ¿pensaba que los de la ceja, más mala gente, lo iba a abuchear?) proponga la vuelta de los mecenas, y las malas y las buenas ideas, convertidas en películas, encuentran pocas salas para llegar al público. Y vuelve a empezar la rueda: si el público no llega a las películas (no ya porque compre pocas entradas: es que no las encuentra en las salas), si no sabe qué se hace en este país nuestro tan pintoresco, será mucho más fácil manipular la cabeza del respetable para que se sume a uno u otro de los bandos. Porque en eso hemos convertido el cine español. No es un género: es una batalla.

Menos mal que La piel que habito, Blackthorn, No habrá paz para los malvados, Midnight in Paris (sí, es una coproducción española), Arrugas pasan de guerras estériles y nos hacen poner los pies en el suelo. O soñar, que para eso sirve el cine.

                                   Coronado, Urbizu y dos de los goyas para el cine negro

(Por cierto, de los premios qué os voy a decir. Los que seguís el blog ya sabéis que tengo debilidad por la película de Enrique Urbizu. Que los premios para Blackthorn son una especie de justicia divina para una de las cintas más sorprendentes del año, regalo de Mateo Gil. A pesar de la injusticia de no nominar a Sam Shepard. Y que La piel que habito me parece un estupendo ejercicio de riesgo. Vamos, es que hasta The Artist se lleva premio. De La voz dormida creo que prefiero no hablar. Si esto es lo que Benito Zambrano entiende por rendir homenaje a Dulce Chacón… menos mal que contaba con la mirada luminosa de María León para darle un poco de sentido).

¿Desapasionando a las Brönte?

Viernes, diciembre 16th, 2011

Hay Jane Eyres acartonadas (la de Joan Fontaine y Orson Welles, dirigida por Robert Stevenson), extrañamente modernas (la de Susannah York y George C. Scott, filmada para televisión por Delbert Mann), poco valoradas (la de Zeffirelli, con Charlotte Gainsbourg y William Hurt), y sencillamente perfectas, aunque televisivas también (la de Ruth Wilson y Toby Stephens, dirigida por Susanna White).

Y en medio de una época en la que parece que la “nueva generación” (la frase no es mía, firma la Rolling Stone) necesita de nuevas historias de amor (será para huir de las horteradas vampíricas), aparece Cary Fukunaga y decide volver a adaptar la maravillosa novela de Charlotte Brönte.

Decir “Brönte” es como subirse a una ola de pasión arrolladora. Y sí, me podéis llamar cursi por decirlo. Pero la pasión es lo que tiene. Que es cursi. Y que arrolla. La historia de esta jovencísima institutriz maltratada por su tía, en el ¿colegio?, que va a parar a un caserón en el que el muy oscuro señor Rochester guarda otros oscuros secretos, escrita por una mujer joven con una familia, cuando menos, peculiar, y con una mente extrañamente apasionada, no puede ser otra cosa que arrolladora. Como las Cumbres Borrascosas de su hermana Emily no, pero casi…

Será que ya no formo parte de la “nueva generación”. Será que me he tragado la novela como tres veces, y que de las 11 versiones en pantalla pequeña y grande (casi me da vergüenza decirlo) me faltan solo dos por ver. Será eso, pero aún me estoy preguntando cómo se puede desapasionar lo desapasionable. Porque tiene mucho mérito lo que ha conseguido Fukunaga en esta Jane Eyre del 2011. Mia Wasikowska está fantástica, precisamente por su juventud, por su inexperiencia, y dota a esta Jane de una fuerza de la que carecen algunas de sus predecesoras. Michael Fassbender (¿hay algún sitio donde no esté últimamente?) consigue que el muy desagradable señor Rochester tenga una piel, un erotismo, algo que oculta bajo esos ojos azules, que tal vez solo había conseguido Toby Stephens. Lo borda, en definitiva.

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¿Y por qué, si los dos papeles principales están tan logrados, si la ambientación es de esas que huelen a Oscar, si entre los secundarios está esa maravillosa actriz llamada Judi Dench, la película no acaba de cuajar? Porque de alguna manera, el guión de Moira Buffini y la dirección de Fukunaga consiguen enfriar eso que se llama pasión y que hace que las Brönte sean las Brönte y probablemente no sirva para nada, es cierto, pero te ayuda a entender, si alguna vez has querido, por qué Jane llora casi sin lágrimas sobre las rocas de un páramo.
No dejo de preguntarme si tanta frialdad se debe a la intención de no pasarse de rosca, o si simplemente, alguien de repente ha leído una Jane Eyre distinta a la que las “viejas generaciones” leímos.

(Hoy me preguntaban si era necesaria una nueva Eyre. Tal vez no. Como tampoco hacía falta un nuevo Orgullo y prejuicio, y sin embargo la última versión -del 2005, firmada por Joe Wright y con Emma Thompson nunca acreditada tras el guión-, le da mil vueltas a las versiones anteriores.)

Cotidianas matanzas

Miércoles, diciembre 7th, 2011
Me gusta más el título original de la obra de Yasmina Reza, God of Carnage (El dios de la matanza, o algo parecido) e incluso el reducido Carnage con el que se ha quedado Polanski que el de Un dios salvaje con el que aquí en España se ha traducido tanto la fantástica obra de teatro como la estupenda película del veterano polaco. Carnage o Un dios salvaje, como más os guste (Roman Polanski,  2011) es un perfecto ejemplo de lo bien que le sientan los espacios cerrados al director. No solo para rodar, sino incluso para pensar (esta pequeña maravilla la desarrolló en su último encierro en Suiza. Claustrofobia por todas partes, vamos).
Cuatro personajes, un salón, una casa de la que parece que nadie puede salir por mucho que quiera, y un punto de partida muy simple: una discusión entre dos pre-adolescentes reúne a sus cuatro progenitores para, civilizada y poco adolescentemente, dar una solución al problemita de sus retoños. Claro que la pluma de Reza puede presumir de ser como un bisturí muy, muy afilado, que, en manos de un genio en la creación de ambientes inquietantes (precisamente por su cotidianeidad), convierte la pantalla en cualquier cosa menos en algo civilizado. Un duelo de humillación, crueldad, infantilismo y salvaje carnicería -muy propia del título- entre cuatro adultos que son de todo menos eso. ¿O tal vez sí lo son, y precisamente por eso nos asustan más? 
Vómitos verbales, reales, náuseas físicas y figuradas, actores que interpretan a personas que fingen ser otras… o sea, actores haciendo de actores. Y todo esto, en menos de hora y media de tiempo real en el que Kate Winslet, Christoph Waltz, Jodie Foster y John C. Reilly se marcan un duelo para tratar de demostrar:
a) a quién le ha tocado el personaje más odioso
b) quién es mejor actor/actriz
Y no es fácil decidirse… el guión firmado mano a mano por Polanski y Reza regala algunas frases gloriosas a los cuatro, soltadas con precisión milimétrica por esas dos mujeres capaces de lo que les pongan por delante (Winslet es una superdotada, Foster se prodiga menos, es cierto, pero aquí parece querer recordar que cuando tiene un buen guión, nadie puede aún robarle la silla) y por dos eternos secundarios que aquí también parecen (sólo parecen) secundarios de sus mujeres. No hay espacio para secundarios en esta película. Tal vez solo una BlackBerry y esos preciosos tulipanes. Pero ni siquiera las flores son secundarias aquí…
Ágil, dura, de esas que puedes discutir durante horas una vez encendidas las luces, maldita la gracia que tiene cuando te provoca una sonrisa casi permanente que en ocasiones puede acabar en carcajada, Polanski vuelve a demostrar quién es: uno de los mejores creadores de personajes cotidianos en situaciones que parecen cotidianas pero en las que siempre hay un cuarto oscuro, un quimérico inquilino, una pared oculta, una parte de sombra.

“Si comprendemos el pasado, entendemos el presente” (de parte de Tavernier)

Domingo, noviembre 6th, 2011

Mis compañeros de La Voz de Galicia me dejaron este sábado una de sus estupendas páginas de Cultura para contar a los lectores las reflexiones del director francés Bertrand Tavernier, a su paso por Compostela. Pero este lionés del 41, autor de una trayectoria tan interesante como irregular, preocupado por la Historia y las historias, por los problemas de personajes siempre complicados, ambiguos, que viven situaciones complicadas (y en muchos casos, muy duras), compartió conmigo muchas más cosas que no caben, en ocasiones en el papel. Así que os dejo aquí la entrevista completa con Tavernier (y aprovecho para agradecerle al profesor Luis Hueso, de la USC, que nos prestase el teléfono de su despacho para charlar con calma)

¿Qué papel juega la Historia en las películas?

La Historia siempre ha jugado un papel importante en mi vida, en mis lecturas, en mis películas, creo que los temas históricos tiene algo apasionante, es un medio de ejercer la imaginación, y las películas históricas son formidables para ejercitar tu imaginación, con emociones muy fuertes, con pasiones muy fuertes, y pienso que la historia no es algo muerto, sino algo muy vivo, muy actual. Mi última película, La princesa de Montpensier, es una película histórica, pero el espectador lo ve como una película muy actual, sobre sentimientos muy modernos, de amor, de revolución, de lucha contra el fanatismo. Y la que hice antes, En el centro de la tormenta, es una película policíaca, y en una película “noir”, el personaje, el detective se encuentra un fantasma de la Guerra de la Secesión, que le ayuda a comprender la Luisiana actual. Si comprendemos el pasado, entendemos el presente.

Ha filmado sobre el siglo XVI, sobre la I Guerra Mundial, sobre la Ocupación, la actualidad… ¿qué época le interesa más?  

Es que yo no pienso en épocas, pienso en emociones: si hago una película sobre el siglo XVI, pienso en una historia sobre una mujer muy joven, muy cariñosa, que ama a un hombre, y cuando la obligan a casarse con otro hombre, voilá, esto es lo que me interesa. ¿Qué pasa en la cabeza de una joven obligada a casarse, cómo va a hacer el amor con un hombre al que no ama? Y después pienso en la época en la que ella vivía… nunca he dicho “voy a hacer una película sobre el Renacimiento”, digo “voy a hacer una historia de amor”.

Algunas de sus películas han causado mucha polémica, como Salvoconducto o La carnaza. ¿Busca provocar?

No, no, creo que la polémica la causaron los que no entendieron nada de la película. En Salvoconducto, lo único que hubo fue un grupo de gente que hizo una lectura totalmente estúpida de la película, como si atacase a la Nouvelle Vague, que es algo totalmente falso, ¡esto pasa en 1942!

Pero usted también ha resultado polémico con películas sobre temas más actuales. La carnaza fue un escándalo, ¿así veía a la juventud francesa?

Tampoco fue tan escandalosa en Francia, sí era una muestra de cómo estaba la educación en Francia. Yo creo que si la película era realista, que sí lo era, era la prueba de que la educación no iba bien. La película no es un ataque a la juventud francesa, sino a unos jóvenes que están totalmente dentro de un fenómeno virtual, que son incapaces de afrontar la realidad, y cuando la afrontan, causan un desastre.

Una vez dijo usted que su oficio consiste en inventar, hacer soñar y a partir de ahí, producir cualquier cosa que cambie el mundo. ¿Pueden las películas cambiar el mundo?

Hay películas que dan resultados: hubo 18 personas que decidieron hacerse profesores a causa de Hoy empieza todo. Conseguí 18 puestos de trabajo en la enseñanza, ¡no está mal, es una victoria! (se ríe al otro lado del teléfono). Y mi documental Histoires de vies brisés lo vio Sarkozy cuando era ministro del Interior y me dijo: «Antes de ver su película yo estaba a favor de la doble pena, pero ahora estoy en contra y la voy a abolir». Y la abolió.

(La doble pena, por cierto, es una medida que antes se aplicaba en Francia y que consiste en que, para una persona no francesa -aunque lleve décadas viviendo en el país o incluso haya nacido allí-, que cometa un delito, una vez cumplida la pena princioal, se le puede aplicar una expulsión de Francia a un país de origen… aunque no sea el suyo. A finales de los años 90, afectaba a más de 20.000 personas)

(foto: Sandra Alonso)

 Hoy empieza todo cuenta la historia de un colegio en la Francia rural, una historia realmente dura… Hace unos años, también de su país llegó La clase, una película sobre el tema. ¿Por qué les preocupa tanto a los cineastas franceses el tema de la educación pública?

Porque la educación es un tema formidable. Porque en la actualidad, la educación pública en Francia está sufriendo mucho, por culpa de los ministros de Educación, con programas imbéciles, la enseñanza de la Historia en Francia es un escándalo. Los últimos dos o tres ministros han suprimido puestos de trabajo, han realizado recortes económicos, suprimido la enseñanza artística en la escuela… El protagonista de Hoy empieza todo fue nombrado después director de un colegio, y me ha dicho que hace poco le han eliminado el presupuesto para la biblioteca. Francia tenía una escuela estupenda, democrática, y ahora está a punto de desaparecer.

Usted ha rodado películas de ficción, pero también documentales. ¿Qué le ofrece un género frente al otro?

Hay temas que no puedes tratar como ficción, y al contrario: si quieres hacer la crónica de un grupo de policías, no puedes hacer un documental porque nunca podrás grabar a policías que se quedan con la droga. Lo dicen las encuestas, pero lo niega el Ministerio del Interior, es de lo que habla L.627 (su película de 1992), y en un docuemental no lo puedes tratar, pero sí en un film de ficción. Así que si tratas temas que se hablan sobre una institución, la ficción es mejor. Si hablas de la vida en un barrio, por ejemplo, o de la memoria de la guerra de Argelia, el documental es más interesante. (Sobre estos dos temas, Tavernier ha rodado los documentales Del otro lado de la periferia y La guerra sin nombre).

Tengo una duda sobre su pasión por el Sur de los Estados Unidos, a la que se ha acercado en el documental Mississippi Blues y en En el centro de la tormenta

Por un lado, esta zona fue francesa durante mucho tiempo. Pero además, la Historia de Luisiana también juega un papel importante, porque mientras hace doscientos o trescientos años en California o en Texas no había nada, en Luisiana ya había una Historia, el pasado es importante.Y también me interesa por los grandes escritores del Sur, como Faulkner… pero es verdad que ejerce una fascinació pero no solo para mí, sino para muchos, muchos franceses.

¿Y el jazz? Para muchos amantes de este estilo, Alrededor de la medianoche es una de las mejores películas sobre este género… y sobre la amistad.

Hay muchos músicos de jazz que me han dicho eso. Es una película que nace de la pasión por esta música, de darles las gracias a esos músicos que me han aportado tantas cosas.

¿Cómo fue trabajar con un genio como Dexter Gordon?

Fue un trabajo al mismo tiempo extraordinario y a veces difícil. No con la cámara, porque se reveló como un magnífico actor, pero en algunos momentos parecía que se podía destruir como el personaje, a veces hubo que luchar un poco con él. Pero aportó tantas cosas maravillosas a la película, que fue impagable. Hubo que trabajar mucho, pero el resultado fue extraordinario.

¿Y cómo ve hoy el cine europeo? ¿Y el cine francés en particular?

Creo que hay películas tremendamente interesantes, en el último mes he visto películas francesas muy buenas, formidables. Así que soy optimista, también porque en Francia películas como la última de Almodóvar ha tenido un gran éxito de público. Y hay muchas películas americanas que son remakes de películas europeas. Pero lo mejor es que en Francia hay un número muy importante de buenas películas.

Este viernes terminó en Cannes la cumbre del G20. Tal y como está la Unión Europea, a usted que le preocupa tanto la realidad, ¿qué les pediría a nuestros dirigentes?

¡Que le den más peso a la cultura! Que la Unión Europea tomen decisiones económicas, por ejemplo una política fiscal común, que luchen contra los paraísos fiscales,que luchen contra el caso, por ejemplo de que Google se vaya a localizar en Irlanda para evitar los impuestos… que los dirigentes se preocupen por el pueblo y no por el mercado. ¿Sabe? Le recomiendo que revise una película con Jean Gabin, Le président, y en un momento Jean Gabin hace un discurso en el que dice que él está solo está por Europa… pero por la Europa de los trabajadores y no por la Europa de los accionistas.

Puro negro

Domingo, octubre 16th, 2011

Un arranque brutal. De esos que no dan tregua desde el primer plano mientras una asiste atónita a un sucesos inesperado y duro. Un personaje repulsivo desde su primera línea de guión. Un actor bordando su papel. Y una trama complicada, negra, fea, y lo que es peor, con un olor a realidad de esos que se pegan al cuerpo y te recuerdan que esta sociedad nuestra tiene una trastienda que preferimos no conocer demasiado, no vaya a ser que esté más cerca de lo que parece.

Todo eso es No habrá paz para los malvados. Detrás de la cita bíblica, el tándem Enrique Urbizu-José Coronado vuelve a dar sus mejores frutos (como en la terrible La vida mancha, o en la furiosa Caja 507). A Coronado le regala Urbizu uno de sus mejores -si no el mejor- papel de su carrera. Santos Trinidad es uno de esos personajes con los que es imposible empatizar, un mal bicho regado en ron, desagradable, de esos malos de cine negro que de vez en cuando alumbra la pantalla y en el que Coronado se convierte con una interpretación sobria, medida al milímetro, sin un pero. Perfecta.

Toda la oscuridad del personaje de Coronado choca (incluso en la luz: Santos Trinidad vive en gris, de noche) con el trabajo de investigación que abre una jueza cuya vida una presupone pulcra como su imagen, limpia, una mujer que desconoce el olor de los suburbios de la sociedad, pero que sin aspavientos se va adentrando en esa otra realidad  que no comprende, pero en el que Helena Miquel (sí, la cantante de Delafé y las Flores Azules) consigue entrar con sutileza. Nada que ver su primer plano con su última mirada en esta pequeña joya de cine negro que se nos ha colado en este otoño atípico.

No revelo nada más. Existe todo un patrio trasero que habla el idioma de la droga, del terrorismo islámico, de las investigaciones policiales sobre ambas y de las contradicciones de quienes las llevan a cabo. Y Urbizu esboza, pero sin detalles (cada cual que piense lo que quiera, parece decir), un pasado más turbio todavía para este Santos Trinidad que se nos queda pegado a la retina en su último plano. Y creo que va a hacerlo por mucho tiempo… Eso, en mi opinión, es el cine. Así de simple.

El mal nuestro de cada día

Viernes, octubre 14th, 2011

La primera vez que vi Tesis, dormí con la puerta de la habitación cerrada con llave. Ayer, dormí a pierna suelta. Y sin mirar debajo de la cama. ¿Es esto una declaración de principios sobre lo que me provoca Mientras duermes (Jaume Balagueró, 2011)? En parte, pero solo en parte. Cuestión de expectativas, supongo. Y de la manía de vender una película de Balagueró como si todas fuesen REC. Y no. Pase que no me gusten las etiquetas. Pero el terror es una cosa y el suspense, otra.

¿Una más de Filmax que sigue encantada aterrando al personal? Tal vez. ¿Jaume Balagueró empeñado en demostrar que si haces bien una cosa, por qué vas a arriesgarte a cambiar? Es posible. ¿Luis Tosar que se luce sin esfuerzos? Pues sí.

Pero hay algo más inquietante en Mientras duermes. Y ese algo es una de las mejores aportaciones de Balagueró al género: atmósfera. Un ambiente cargado, gris, desasosegante, angustioso. Estupendamente rodado. Propio. Y tremendamente familiar. Más allá de los litros de sangre de REC, de los sustos y de los golpes de efecto, lo que provoca esa especie de malestar generalizado en el cuerpo del respetable es esa sensación de que César (Luis Tosar), el portero que protagoniza la película, es un tío como otro cualquiera. Que puede ser el portero de tu casa. El que te vende el pan. El que te ingresa el dinero en el banco. O tu tía, vamos. La encarnación del mal en el prójimo, cualquier persona que te cruzas cada día y que simplemente le da por destrozar vidas ajenas porque es un desgraciado. Un tío que, además, ni siquiera te cae mal. No está loco, no tiene razones, a veces parece hasta majo. Mete a un fulano así en un precioso edificio con un espectacular ascensor, añádele una vecina sonriente y bonita (Marta Etura) con un luminoso piso, y ahí está. La maldad escondida en el armarito del baño.

 
(en el armarito del baño, en el buzón, en la nevera...cuidado con lo que guardas)

Imposible no pensar en un Polanski descafeinado… porque no todos los terrores cotidianos son iguales, ni todo el mundo, por muy bien que se le dé el suspense, es capaz de generar la repulsión necesaria. Y a este Balagueró le falta garra. Aunque le sobra oficio para enganchar, aunque con cierto retraso, al espectador.

(Por cierto. El malo de la película, y no desvelo nada, no es el portero. Ojo a la vecina de enfrente. El Mal con mayúsculas se puede esconder en un cuerpo muy, muy pequeño…)

ojd