El 4 de mayo de 1959 también era lunes. Y en Cannes, una película dura, viva, oscura y fascinante, se estrenaba en el Palacio de Festivales. Lo hacía con una ovación para François Truffaut, un joven director de apenas 27 años. Y con su protagonista, un crío de 14 años, Jean-Pierre Leaud, saliendo de la proyección a hombros de Jean Cocteau.
Hoy se cumplen 50 años de la primera ovación para Los cuatrocientos golpes… que es casi como decir que la Nouvelle Vague cumple medio siglo. Y no porque esta maravilla dirigida por François Truffaut fuese la primera película de aquella generación, sino por lo que supuso su éxito: el respaldo de la crítica, el apoyo del público (y no solo en Francia), provocaron un bum de nuevos directores: durante los tres años siguientes, cerca de 170 cineastas franceses estrenaron su primera película, cuenta Cyril Neyrat, de Cahiers du Cinéma. Y la culpa de aquella nueva ola la tuvo la vida de Antoine Doinel… que hoy estaría próximo a la edad de la jubilación (mañana, precisamente, Jean-Pierre Leaud cumple 65 años). Hace medio siglo, nos invitaban así a ir a verla al cine:
No sé cuántas páginas habrá llenado esta película. Ni cuántas otras, después, se inspiraron en ella. Pero hay en Los cuatrocientos golpes tanto cine y tanta vida, que los 50 años no le pesan nada. Tal vez al contrario. En un artículo que revolvió a todo el cine francés, Truffaut había expuesto tres ideas básicas acerca de lo que las películas deberían ofrecer: salir a la calle, captar la vida, filmar con modestia y rapidez. (¿Os suena a las ideas de algún movimiento más moderno?… Resulta que ya estaba inventado)
Todo esto está en la hora y media que dura la película. La vida de Antoine Doinel, la calle, la escuela, la casa, la madre, los amigos, el cine, París… la adolescencia del propio Truffaut trasladada a la pantalla, aquellas mismas salas donde, siendo un crío, se enamoró del cine americano, de Hitchcok y de Welles, pero también de Renoir y su mimo por los actores, o de Rossellini y su agilidad (y de quien hay tantas huellas en Los cuatrocientos golpes).
Pasando del colegio para ir al cine, Truffaut descubrió que “la vida auténtica era la pantalla”. Cincuenta años después, nada resume mejor esa manera de vivir, esa ética del cine, esa mirada única, que los ojos de Jean-Pierre Leaud a la orilla del mar.