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Es cosa de hombres…

Miércoles, Marzo 10th, 2010

El miércoles pasado, subiendo las escaleras mecánicas de un cine cualquiera, discutía esa cosa rara que les pasa a algunas películas. Sales del cine sin saber si te han gustado mucho o muchísimo, y dejas pasar unos días y te das cuenta de que te han dejado una huella mucho más profunda de lo que parecía en un principio. Claro que como el tiempo es algo caprichoso, igual que te ayuda a repensar una historia, te deja quedar como una mona. Literalmente. Porque a ver, que levante la mano y deje un comentario el que ahora se crea que En tierra hostil ya me había parecido estupenda… antes de que arrasase en los Oscar. Suena oportunista, ¿eh?

Excusas aparte (para qué contaros que mi vida se ha convertido en una lucha contra todos los relojes y los horarios de los seres humanos), llevo una semana buscando un hueco para explicar aquí que todavía me quedan grabadas en algún rincón del cerebro un par de secuencias de esta cinta sencilla y brutal a partes iguales.

Si algo ha demostrado Kathryn Bigelow a lo largo de su irregular carrera, es que se siente en las películas de acción como en casa. Algo que no llamaría la atención si no existiese ese cliché tan molesto que dice que la acción es cosa de hombres. Como Soberano. En su última película, En tierra hostil (The Hurt Locker, 2008), Bigelow vuelve a explicar por qué los tópicos no son más que tópicos, y por qué el género (como la nacionalidad) significan más bien poco en el cine.

La ex de James Cameron (tiene morbo la cosa, a que sí) se pasea por Irak de manera brutal. Un montaje espectacular, una trama sencilla (pero nada simple), tres actores perfectamente encajados y un montón de bombas dan forma a una de esas películas que no confunden acción con mover la cámara, y que no dejan pasar la oportunidad de atacar al espectador desde la primera secuencia hasta la última.

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Partiendo de una particular cuenta atrás (los días de misión de un grupo de artificieros norteamericanos), En tierra hostil nos adentra, en clave casi documental, en el trabajo diario de un grupo de hombres acostumbrados (o no) a arriesgarse todos los días a perder la vida. Pero más preocupada por las razones íntimas que llevan a cada personaje a esa guerra, la directora parece preferir que sea el espectador el que juzgue, si quiere, el papel del ejército norteamericano en esta guerra. Esa especie de equidistancia puede resultar a veces molesta, incluso un poco cínica, si uno se plantea los métodos utilizados por las tropas norteamericana. Tal vez Bigelow solo cuestiona las razones que llevan a un individuo a ofrecerse voluntario para desactivar bombas en territorio minado, y quizás para una parte de la audiencia (entre la que me incluyo), no sea suficiente mantenerse equidistante. Al menos en determinados temas. Pero sin embargo, hay que reconocer que el análisis más personal de esa adicción a la guerra resulta efectivo. Y que la visión realista (hasta la náusea, a veces) puede resultar igual de eficaz como crítica que un discurso más panfletario.

Pero más allá de las dudas ideológicas, la película deja un par de secuencias extraordinarias. Desde la primera a la última, Bigelow domina el género, rodando con cuatro cámaras y en 16 milímetros, de la alternancia de primeros planos y planos generales, de un inteligente uso de la música y de un completo uso de referentes. Imposible no pensar, en la secuencia de la explosión nocturna, en la llegada al campamento de Kurtz en Apocalypse Now (Coppola, 1979). Imposible, incluso, no acordarse del aire suicida de algún personaje de La cruz de hierro de Peckinpah.

¿No es suficiente para ir a verla? Quedan más razones: desde la capacidad de descolocar al espectador a golpe de grandes estrellas que salpican el metraje, como si simplemente pasasen por allí (Guy Pearce, Ralph Fiennes…), a planos sobrecogedores que no ocurren en nigún campo de batalla. Ojo al supermercado… porque Bigelow no solo es la primera mujer que consigue el Oscar a la mejor dirección. No es solo una mujer capaz de meterse de cabeza en un género históricamente masculino. Bigelow, además (y si queda alguna duda, repasad al Lenny de Días extraños), tiene una capacidad especial para captar la soledad, la incapacidad de comunicarse. Incluso la incapacidad de reconocer lo que se siente. Da igual que sea en un Los Ángeles apocalíptico o en un país en guerra. 

(¿Y del resto de los Oscar? Me quedo con las ganas que tengo de ver a Jeff Bridges, y, por supuesto, con el reconocimiento a la maravilla de Campanella que es El secreto de sus ojos)

Niñas bien educadas

Sábado, Febrero 27th, 2010

Acostumbrada a la mala baba con la que Nick Hornby trata a sus personajes (la misma mala baba, eso sí, que una utilizaría para criticar a un amigo al que quiere de verdad, o para criticarse a una misma), salgo de ver An education (Lone Sherfig, 2009), con cierta sensación de que la ironía marca de la casa se ha quedado por el camino en esta historia. Y que la película que está encumbrando (con razón) a la menos joven de lo que parece Carey Mulligan puede gustar a muchos, muchos públicos, así que la productora y las salas, encantadas. A saber: hay una parte bonita (la redención, la superación, ya saben…) en esta historia que gustará a los que buscan en el cine esos cuentos de hadas con final más o menos feliz. Hay una parte social que recoge esa Inglaterra gris previa a los 60 (aunque después de haber leído Chesil Beach, de Ian McEwan, nada resulte tan impactante), y que gustará a quienes sufrieron una educación similar (sobre todo a las mujeres, evidentemente).

Pero hay una parte cínica, dura, mucho menos reflejada  - o por lo menos más suavizada- en la cinta, aunque probablemente sea la más interesante, que muestra un mundo construido a base de mentiras, relaciones basadas en no ver lo que la otra persona es en realidad, y guapos y ricos jovencitos que esconden una vida sórdida y falsa. Y en una semana en la que Harry Lime me persigue, no dejo de pensar en la sonrisa cínica de Orson Welles en El tercer hombre, mientras un escurridizo Peter Sarsgaard reconoce ante Carey Mulligan lo que es en realidad. Es una lástima que la directora no profundice más en esta parte de la historia, porque es precisamente en esas secuencias más oscuras, técnicamente diferenciadas (cámara en mano, con una iluminación más dura), donde la película crece. Desde las primeras miradas evidentes que cruzan Mulligan y Sarsgaard a la sorprendente reflexión sobre la primera vez de una cría de 17 años, pasando por el enfrentamiento con la realidad de ambos personajes a las puertas de la casa de ella.

Lo mejor, sin duda, Carey Mulligan, cargando de matices a esta Jenny que cree que recibe una educación cuando en realidad ella misma se la está construyendo y la está dando. No es fácil hacer creíble y nada repelente a esta chica, a sus frases en francés, a su pasión por la vida y por Juliette Gréco, y Mulligan lo consigue con cada plano. 

(Ah, y el uso de la música, pero estando detrás Hornby, se da por hecho, ¿verdad?)

En el laberinto de Shutter Island

Viernes, Febrero 26th, 2010

A pesar de que muchos directores tienen fama de locos, a pesar de que muchos actores han perdido la razón, a pesar de esa curiosa relación entre el genio y la locura que atraviesa toda la historia del arte, hay quien dice que no se llevan bien la locura y el cine. Y sin embargo, la visión de las enfermedades mentales nos ha regalado joyas como Recuerda (Hitchcock, 1945), con la que comparte imágenes oníricas Shutter Island, Alguien voló sobre el nido del cuco (más allá del miedo en el cuerpo que provocan las cofias de las enfermeras por culpa de la película de Milos Forman, se abre de nuevo aquí la reflexión sobre la crueldad de determinados tratamientos que hoy nos parecen medievales y que, sin embargo, han estado ahí hasta hace dos días), o De repente el último verano (y de nuevo, el fantasma de la lobotomía, como en la cinta de Mankiewicz). Aunque en Shutter Island (Martin Scorsese, 2009), basada en la novela de Dennis Lehane, la psiquiatría no es una simple anécdota. Es también el ovillo en el que se enreda y se explica la trama de la última película  de Scorsese.

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 Hay demasiadas cosas que no se deben decir de Shutter Island, para evitar descubrir los hilos que Scorsese lanza para escapar del laberinto de la isla donde se ubica este psiquiátrico angustioso al que llega Leonardo Di Caprio para investigar la desaparición de una paciente. Scorsese consigue de nuevo atrapar al espectador en los entresijos de un guión en el que nada es lo que parece, y en el que la locura y la cordura se mezclan para enredarnos, confundirnos y golpearnos. Y es una prueba más de la capacidad de este señor bajito de bucear en lo más oscuro de la naturaleza del ser humano. Cada vez más oscuro, desde hace unos años, en la filmografía de Scorsese.

Shutter Island es también un ejercicio de estilo. Impecable desde la niebla inicial en la que surge la isla, una roca en medio de la nada, hasta la tormenta que encierra a los protagonistas en esa casa de locos (y no me refiero a los pacientes), Scorsese dibuja una atmósfera insana, agobiante, atrapada en las mentes de quienes viven entre los muros de los pabellones del psiquiátrico, lleven el uniforme que lleven. Y el juego, cercano a veces al terror puro y duro, otras más próximo al suspense, encierra un drama, una intriga policíaca, en torno al brillante papel de Di Caprio, que sigue creciendo en cada película que le regala Scorsese. Arropado aquí por un ambiguo Ben Kingsley y el siempre inquietante Max Von Sydow. Y por la maravillosa Patricia Clarkson, que no necesita más que una secuencia para brillar.  

(Mención aparte, de nuevo, la colaboración con Robbie Robertson, culpable de la impecable selección musical de la cinta. De Mahler a Brian Eno, pasando por la maravillosa voz de Dinah Washington que acompaña el desolador final de Shutter Island.)

Viernes de Scorsese y Dylan

Viernes, Febrero 19th, 2010

Manicomio es una palabra que se usa poco. Suena demasiado fuerte para lo políticamente correctos que nos hemos vuelto. Aunque en el cine, los manicomios pueden resultar tan interesantes como en Alguien voló sobre el nido del cuco (Milos Forman, 1975) o 12 monos (Terry Gilliam, 1995). Desde esta tarde, podemos sumar un sanatorio mental más a la lista, con la marca de Martin Scorsese: es el manicomio de Shutter Island.

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La película acaba de ser presentada, fuera de concurso y con cierto retraso, en el Festival de Berlín. Y ha gustado. Leonardo Di Caprio, Ben Kingsley, Mark Ruffalo y Michelle Williams cierran el reparto de una película que promete calentar el final de este frío mes de febrero.

(y sin dejar de bucear en la locura, solo que de otra manera, este fin de semana llega con más retraso todavía, I’m not there, la visión de Bob Dylan que firma Todd Haynes. Ha tardado tres años y resulta muy, muy difícil de clasificar… pero qué bien suenan todos estos Dylan)

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Up in the air

Lunes, Enero 25th, 2010

En la semana de las palmaditas en la espalda porque el cine ha recuperado taquilla gracias a las tres dimensiones, sigo en mis trece de que las historias bien contadas que no necesitan gafas de colores encierran tanto (o más) cine que los fuegos artificiales. O al menos, a los que este fin de semana abarrotábamos la sala para ver Up in the air, no nos hacían falta tres dimensiones para creernos la última pequeña historia de Jason Reitman y pagar religiosamente los 6,40 euros que nos cobraron por entrada.

Bien construida, mejor interpretada, ácida, inteligente y sencilla, Up in the air se acerca a la crisis de la mano de una empresa que se dedica a comunicar a los empleados de otras empresas que están despedidos. En el colmo de la subcontratación extrema, Ryan Bingham (un George Clooney estupendo) viaja de punta a punta de los Estados Unidos con un puñado de frases hechas y vacías de contenido para decirle a la gente que se ha quedado sin empleo. Un personaje desgradable, vacío y feo, más feo todavía porque el atractivo de este señor empieza a ser sospechoso de delito.  A Clooney se le suma Vera Farmiga, más fría, más fea, más directa y más lista que el listo de George. Y un repelente niño Vicente  con tacones, Ana Kendrick, una cría de la hornada de Crepúsculo salvada para el cine no adolescente con un papel que borda como (in) experta en eficacia 2.0.

 

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Ryan (Clooney) y Alex (Farmiga) enseñando a ligar gracias a Hertz y un trocito de plástico…

Y de vuelo en vuelo, de hotel en hotel y de la mano de la colección de tarjetas de plástico de sus criaturas, Reitman disecciona un puñado de personajes superficiales como sus maletas perfectamente organizadas, incapaces de reconocer sus sentimientos, frágiles porque juegan a ser fríos, adultos de doce años aislados de la vida real en medio de una historia que esconde más dimensiones que las que se ven con unas simples gafas de miope.

Y quiero pensar que esa chorrada de final (es que no se puede calificar de otra manera) capaz de cargarse en cinco minutos toda la mala leche del resto del metraje ha sido culpa de algún ejecutivo que, encerrado en su despacho, sigue pensando que el público va al cine a que le cuenten que el amor es un chollo, la crisis tiene su parte buena aunque tu empresa te dé la patada, y por muy mal bicho que seas, al final siempre tienes tu corazoncito.  Y que viva la ciencia ficción…

Solo apto para menores

Lunes, Diciembre 28th, 2009

Palomitas.  Un bocadillo de jamón. Un chicle de Hello Kitty. Tronos para princesas (otra bonita manera de convencer a una niña de 6 años para subirse a esos banquitos que se ponen sobre la butaca). Y en la pantalla, seis ratas con abrigo de piel (la frase no es mía. Pero pagaría por ella) y voz chillona cantando grandes éxitos de hoy (Single Ladies), ayer (I want to know what love is) y siempre (You really got me). Hay que echarle valor para ir a la sesión de seis y media a ver Alvin y las ardillas, 2.  Claro que, si no vas a esa sesión, y con un retaco de melena rubia como única motivación, ¿a qué vas?

La cosa promete desde el momento en que se entra en la sala y aparecen (¡milagro!) las tres cuartas partes de las butacas llenas. Papás, mamás, parientes caritativos como la menda, ojos bien abiertos, palomitas para todo un regimiento, muchos regalos recién abiertos en forma de lacitos, diademas y algún muñeco, y se apagan las luces. Nuestro retaco rubio también promete. Está aprendiendo a leer, y todo lo que aparece en pantalla nos lo recita en voz bien alta. A nosotros y a toda la sala, claro. Nadie protesta… ¿será que los padres están acostumbrados? De repente, aparece el anagrama de la 20 Century Fox, y de la butaca de al lado (sí, mi rubia) sale un ”tantararán, tan tan tan tan tan tantararán..” que nos provoca el primer ataque de risa de la tarde. El segundo,  la niña no lo pilla. Pero es que en pantalla acaba de surgir Jason Lee. O mejor dicho, la versión algo fofa y algo calva de Jason Lee. Jason Lee. El mismo tío de Mallrats, de Persiguiendo a Amy, de Casi Famosos. Ya sé que no es Bogart, pero pasar del Kevin Smith de los años 90 a ser manager de un trío de ardillas… No doy crédito.

Como no doy crédito a la sucesión de tópicos. Desde el insólito argumento al instituto donde transcurre buena parte de la película, ese lugar legendario en el que hay animadoras, abusones, taquillas, cartoncitos de leche, directores desequilibrados y traumas adolescentes. Como dice Alvin (sí, estoy citando a una ardilla), “me encanta el olor a crema anti acné por la mañana”. Risas adultas ante la frase (¿qué pensará el teniente Kilgore?), y nuestra rubia particular protesta, “¡que esto no es de reírse!”. La pobre tiene razón. La castaña de las ardillas rockeras y sus rivales rhytm and blueseras (si es que esto se puede decir) tiene muy poca gracia. Aunque los niños se lo pasan como enanos, los abusones acaban limpiando chicle, triunfa el amor, la amistad y la familia y mucho blablabá insulso y edulcorado. El cine no es que triunfe demasiado… pero la niña pregunta “¿ahora ponen otra?”. Y de eso se trata, ¿o no?

(Lo mejor de la película, por cierto, además de nuestra jovencísima peliculera, es el tráiler de Alicia en el país de las maravillas, el regalo que nos hará Tim Burton en el 2010. Ya falta menos…)

La nuca de Luís Tosar

Sábado, Diciembre 12th, 2009

He tardado una semana en escribir sobre Celda 211 porque, cuanto más la saboreo, más me gusta. La última película de Daniel Monzón es un puñetazo en plena cara, a traición y sin avisar. Un tiro por la espalda a sangre fría, y un ejercicio maravilloso de ritmo, tensión y violencia. De esos capaces de pegarte a la butaca del cine aunque querrías salir de la sala para poder respirar fuera de las cuatro sucias paredes de esa celda que da nombre a la película.

El sólido guión (del propio Monzón y Jorge Guerricaechevarría) mete de lleno a los protagonistas en una espiral de la que no se libra el público. A lo que ayuda, además del guión y las interpretaciones, un montaje modélico. Desde el minuto uno. La primera en la frente, Monzón no pierde el tiempo en explicarnos qué nos vamos a encontrar al entrar en la cárcel. El único engañado, tal vez, es ese pobre chico que entra en la prisión por primera vez, Alberto Ammann, actor argentino desconocido, y que aguanta el tipo ante un Luís Tosar que se merece una entrada aparte. Como una fiera enjaulada en ese corredor por el que camina sin rumbo, desde que aparece su nuca tatuada sabes que su Malamadre es de esos personajes que marcan una carrera (si es que le hacía falta), que consagran a un actor (si es que le hacía falta) y, sobre todo, que se quedan pegados en la retina del espectador (y en su cerebro) mucho tiempo después de que se enciendan las luces. Y anda que no era fácil pasarse de rosca, pero claro, estamos hablando de Tosar. Y cuando a un actor de este nivel se le brinda la posibilidad de recrearse en un personaje hecho a medida, pasan estas cosas.

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La elección de Tosar es, probablemente, una de las más inteligentes de una historia en la que brillan Resines, Manuel Morón y Fernando Soto. En tres personajes ni blancos ni negros, y esta es otra de las elecciones más inteligentes de esta película. Puede parecer una obviedad, pero no lo es. No solo ocurre con el funcionario jefe, el negociador, el funcionario amable. También con Apache (Carlos Bardem), Tachuela (Vicente Romero), o el director de la prisión… En una película en la que nos encierran con un puñado de salvajes entre los muros de una cárcel, era más que sencillo caer en maniqueísmos, manipular al espectador y dejar que todo el mundo tuviese clarísimo dónde están los buenos y donde están los malos. Aquí no. Monzón nos lanza entre un puñado de personajes violentos, atrapados en un callejón sin salida, capaces de sacar lo peor de sí mismos para sobrevivir. Estén en el lado que estén. Y las dudas morales que plantea, que las resuelva lo poco que queda del espectador cuando la pantalla se apaga.

(Desde el estreno de Celda 211, he leído docenas de artículos en la que dicen que es lo mejor que ha parido el cine español en años. Quitadle lo de español. En la cosecha de esta década, habría que incluirla como una de las mejores cintas que se han estrenado, da igual su nacionalidad. Si aún no la habéis visto, aprovechad esta tarde de sábado. Si ya la habéis visto, tal vez sea el momento de repetir… si es que os ha dejado el cuerpo como para volver a la cárcel)

Censura (I)

Lunes, Octubre 26th, 2009

Kim Novak corre acantilado abajo. James Stewart la sigue, la abraza, y en el colmo de la antimoralidad de la gris sociedad franquista, ¡la besa! Terrible, ya que la rubia está casada. Tijera. Hoy, en versión restaurada, en las ediciones de Vértigo (Hitchcock, 1958) que se pueden encontrar en España, esa breve escena se puede ver… pero en inglés. Y susurrado, claro, para eso están concentrados los dos en sus cosas,  así que poco se entiende. El tema es tan absurdo que unos minutos después, James Stewart insiste en besar a Novak, que se aparta de sus brazos con un “es demasiado tarde, es demasiado tarde…” también en inglés. El problema desaparece si se ve la película en versión original, pero tiene su gracia el viaje en el tiempo que supone imaginarse al censor de la época haciendo encaje de bolillos para que a las mentes de los españoles de mediados de los 50 no se les ocurriese actuar por imitación. Qué inmoralidad.

Hoy lo de meter tijera al fotograma ya no se estila. Y sin embargo, desde el pasado jueves la palabra “censura” sobrevuela otra vez el Ministerio de Cultura, los blogs de los seguidores del cine de terror y las salas de cine. Porque existe una letra, la X, que limita la exhibición de determinadas películas a la escasa decena de salas para mayores de 18 que existen en España (el porno en sala grande, parece, también está de capa caída). Y la semana pasada, Cultura decidió poner una enorme X al lado de Saw VI (Kevin Greutert, Estados Unidos, 2009) ¿La razón? Puesto que no es pornografía, la segunda de las que obligan a prohibir una película a los menores de 18: la apología de la violencia.  Resultado: Buena Vista (o sea, la Disney, tiene gracia) ha decidido que o le quitan la X, o la sexta parte de Saw no se verá en España más que en deuvedé.

Los seguidores de la saga (que yo no he visto, ni la primera: el gore, lo siento, me provoca arcadas) están que trinan. Así que han iniciado una campaña de recogida de firmas para que se retire la X y la película pase a ser, simplemente “no recomendada a menores de 18 años”. De momento, todo sigue igual. Pero si nos fiamos de los precedentes, la película no tardará en volver a los cines normales. Hace unos años, Cultura también calificó como X a la francesa Fóllame (Baise-moi, Virginie Despentes y Coralie Trihn Thi, 2000). La distribuidora protestó, y la película finalmente se estrenó en salas convencionales.

¿Y vosotros qué decís? ¿Es esto censura? ¿Protege el Ministerio la sensibilidad del espectador? ¿O el público, incluidos los menores, es mayorcito para saber lo que va a ver y lo que no? ¿Y por qué no nos planteamos que el cine porno no se estrene en salas convencionales? ¿O es que acaso a los menores de 18 años que pueden entrar en cualquier cine, el sexo explícito les hace daño y la violencia salvaje no?

El mundo gira (todavía)

Viernes, Octubre 16th, 2009

Supongamos que tenemos un buen producto… ni siquiera eso. Supongamos que tenemos un producto cualquiera. Y que queremos colocarlo en el mercado. Existen dos posibilidades: dejar que se venda solo, confiando en las bondades de nuestro producto. O bien lanzar una campaña de promoción que nos garantice, al menos, que el producto en cuestión va a estar hasta en la sopa.

En España, hasta el momento, buena parte de los productores apuestan porque las películas se vendan solas. Y así nos va. Es más, cuando una película cuenta con el presupuesto suficiente para realizar una macro campaña de promoción, hay incluso quien la mira mal. Como si tratar de convencer a la gente de que tiene que verla fuese una mala práctica…

Así que Alejandro Amenábar, que no solo tiene ojo para la cámara, sino también para los negocios, se ha pasado meses convenciéndonos de que teníamos que ver Ágora. El taquillazo que ha pegado en su primer fin de semana en salas no es solo producto de las ganas que tenía el público de ver lo último de Amenábar, que llevaba desde el 2004, con Mar adentro, sin rodar una nueva película. Una campaña al más puro estilo Hollywood ha conseguido que esa supuesta manía persecutoria que los españolitos tenemos contra las películas nacionales se haya quedado en casa. En ese artificial examen de conciencia que hace el sector cada vez que salen las cifras de espectadores del cine español, tal vez deberían empezar a dejar a un lado esa (también supuesta) crisis de ideas y guiones y plantearse que si un cine tan poco imaginativo como el que llega del otro lado del charco vende lo que vende, quizás no hace falta solo contratar buenos guionistas, sino también publicistas…

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Y esta vuelta en círculos, tan liosa como las que traza Hipatia de Alejandría, se puede aplicar a la última película de Amenábar. Porque no es una cinta fácil, desde luego, ni que ponga nada fácil al espectador el entrar en la historia de esta científica que cree en la Filosofía por encima de todo lo demás, incluso de sí misma. Rachel Weisz intenta durante dos horas que nos emocionemos como ella mirando las estrellas, dudando de las teorías que le han legado sus mayores, dudando de una vida dedicada a la ciencia. Pero solo lo consigue a medias, en parte por las carencias del propio guión (da la impresión de que sobran demasiadas ideas que no por repetir más veces se acercan más al público, pero también parece que falta algo por el camino, y puede que sean los 20 minutos del metraje original que no llegarán a las salas), y en parte porque está bastante sola en medio de un reparto en el que brilla un fantástico Michael Lonsdale, pero en el que ni Max Minghella ni, sobre todo, Oscar Isaac acaban de cuajar.  Quizás porque el propio guión no explica del todo a estos dos hombres en torno a los que gira la vida de Hipatia.

Hay pequeños destellos, escenas muy concretas en las que todo encaja (sobre todo la última y dolorosa secuencia), y entonces te reconoces dentro de la historia, descubres un poco sorprendida que te has emocionado. Pero le falta algo, ese algo que hace que todas y cada una de las películas de este tío se distingan de la media, se reconozcan como hijas de un estilo propio que se adapta a todos los géneros, del terror al biopic pasando por la ciencia ficción. No tengo la sensación de estar viendo “una de Amenábar”, y resulta que esto es un problema.

Bien rodada, aunque esto se dé por hecho, cuidada en la ambientación (un poco más lejos de la estética aséptica de las películas ambientadas en el Imperio Romano, afortunadamente: hay moscas, y vísceras y sadismo), me quedo sobre todo con la denuncia fundamental de esta Hipatia pasada por la óptica de Amenábar, pesimista y dura en su lectura de los fundamentalismos, cualquiera que sea su color y su signo. Al final, crea en lo que crea,  el ser humano lo soluciona todo a golpe de quemar libros, y de apedrear al que piensa de otra manera. De quemar brujas y llamar putas a las mujeres que piensan. De mercadear con la fe. De apelar a los dioses para no perder su parcela de poder. De aprovecharse del que no tiene nada para forjar un nuevo imperio. Y el mundo sigue girando, en la misma elipse, una y otra vez.

Donde viven los monstruos

Jueves, Octubre 15th, 2009

Los libros para niños provocan efectos curiosos, a veces. Los críos disfrutan como enanos de historias que a los adultos no les llegan. Ni les convencen. Incluso les escandalizan, como si hubiesen olvidado que hace no tanto tiempo, ellos también se reían, se emocionaban o se asustaban con las mismas historias. Algo parecido sucede con el increíble Donde viven los monstruos, una joya creada por Maurice Sendak a principios de los 60, un pequeño escándalo por la manera de tratar las travesuras del pequeño Max, el protagonista vestido de lobo de esta maravilla que se ha pasado más de cuarenta años recreando los mundos paralelos de niños de todas las edades. De los que se acuerdan de sus noches sin cenar y de los que no…

Este mundo de miedos, enfados, monstruos, niños traviesos, castigos y aventuras está a punto de llegar a la gran pantalla. Primero en los Estados Unidos (se estrena mañana viernes) y dentro de dos meses aquí, en España, a donde llegará para animar la cartelera navideña. Nada de ñoñerías para tener a los niños atontados durante una hora y media en vacaciones. Más bien 100 minutos de un universo visual capaz de dar vida a las imágenes creadas por Sendak. ¿La culpa? De Spike Jonze. Aquí os dejo un aperitivo…

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Aunque decir que la culpa es de Spike Jonze es bastante injusto: fue el propio Sendak el que propuso al director de la irritante Cómo ser John Malkovich (Being John Malkovich, 1999) y El ladrón de orquídeas (Adaptation, 2002) la puesta en marcha de un proyecto que comenzó a rodarse hace ya cuatro años. Junto al niño protagonista, Max Records, completan el reparto la estupenda Catherine Keener y las voces (que aquí nos perderemos) de James Gandolfini o Forest Whitaker.

Para esta película, la Jim Henson Company ha creado toda la fauna de monstruos que habitan en la habitación de Max… nada raro, si tenemos en cuenta que las ilustraciones de Sendak inspiraron algunas de las imágenes y las criaturas de otra película en la que los muñecos de Henson crearon escuela, Dentro del laberinto (Labyrinth, 1986, dirigida por el propio Jim Henson). El director, que se ha pasado media vida creando vídeos musicales, ha confiado todas las canciones de la película a Karen O., la cantante de The Yeah Yeah Yeahs…su ex, por cierto. Cuatro años de producción dan hasta para romper una pareja. Aunque a los niños esto les importará más bien poco. O tal vez no… quién sabe lo que habita en los mundos que los críos inventan entre sus cuatro paredes.

(El libro está editado por Alfaguara. Por si alguien quiere abrir boca, tenga la edad que tenga)

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