Es cosa de hombres…
Miércoles, Marzo 10th, 2010El miércoles pasado, subiendo las escaleras mecánicas de un cine cualquiera, discutía esa cosa rara que les pasa a algunas películas. Sales del cine sin saber si te han gustado mucho o muchísimo, y dejas pasar unos días y te das cuenta de que te han dejado una huella mucho más profunda de lo que parecía en un principio. Claro que como el tiempo es algo caprichoso, igual que te ayuda a repensar una historia, te deja quedar como una mona. Literalmente. Porque a ver, que levante la mano y deje un comentario el que ahora se crea que En tierra hostil ya me había parecido estupenda… antes de que arrasase en los Oscar. Suena oportunista, ¿eh?
Excusas aparte (para qué contaros que mi vida se ha convertido en una lucha contra todos los relojes y los horarios de los seres humanos), llevo una semana buscando un hueco para explicar aquí que todavía me quedan grabadas en algún rincón del cerebro un par de secuencias de esta cinta sencilla y brutal a partes iguales.
Si algo ha demostrado Kathryn Bigelow a lo largo de su irregular carrera, es que se siente en las películas de acción como en casa. Algo que no llamaría la atención si no existiese ese cliché tan molesto que dice que la acción es cosa de hombres. Como Soberano. En su última película, En tierra hostil (The Hurt Locker, 2008), Bigelow vuelve a explicar por qué los tópicos no son más que tópicos, y por qué el género (como la nacionalidad) significan más bien poco en el cine.
La ex de James Cameron (tiene morbo la cosa, a que sí) se pasea por Irak de manera brutal. Un montaje espectacular, una trama sencilla (pero nada simple), tres actores perfectamente encajados y un montón de bombas dan forma a una de esas películas que no confunden acción con mover la cámara, y que no dejan pasar la oportunidad de atacar al espectador desde la primera secuencia hasta la última.

Partiendo de una particular cuenta atrás (los días de misión de un grupo de artificieros norteamericanos), En tierra hostil nos adentra, en clave casi documental, en el trabajo diario de un grupo de hombres acostumbrados (o no) a arriesgarse todos los días a perder la vida. Pero más preocupada por las razones íntimas que llevan a cada personaje a esa guerra, la directora parece preferir que sea el espectador el que juzgue, si quiere, el papel del ejército norteamericano en esta guerra. Esa especie de equidistancia puede resultar a veces molesta, incluso un poco cínica, si uno se plantea los métodos utilizados por las tropas norteamericana. Tal vez Bigelow solo cuestiona las razones que llevan a un individuo a ofrecerse voluntario para desactivar bombas en territorio minado, y quizás para una parte de la audiencia (entre la que me incluyo), no sea suficiente mantenerse equidistante. Al menos en determinados temas. Pero sin embargo, hay que reconocer que el análisis más personal de esa adicción a la guerra resulta efectivo. Y que la visión realista (hasta la náusea, a veces) puede resultar igual de eficaz como crítica que un discurso más panfletario.
Pero más allá de las dudas ideológicas, la película deja un par de secuencias extraordinarias. Desde la primera a la última, Bigelow domina el género, rodando con cuatro cámaras y en 16 milímetros, de la alternancia de primeros planos y planos generales, de un inteligente uso de la música y de un completo uso de referentes. Imposible no pensar, en la secuencia de la explosión nocturna, en la llegada al campamento de Kurtz en Apocalypse Now (Coppola, 1979). Imposible, incluso, no acordarse del aire suicida de algún personaje de La cruz de hierro de Peckinpah.
¿No es suficiente para ir a verla? Quedan más razones: desde la capacidad de descolocar al espectador a golpe de grandes estrellas que salpican el metraje, como si simplemente pasasen por allí (Guy Pearce, Ralph Fiennes…), a planos sobrecogedores que no ocurren en nigún campo de batalla. Ojo al supermercado… porque Bigelow no solo es la primera mujer que consigue el Oscar a la mejor dirección. No es solo una mujer capaz de meterse de cabeza en un género históricamente masculino. Bigelow, además (y si queda alguna duda, repasad al Lenny de Días extraños), tiene una capacidad especial para captar la soledad, la incapacidad de comunicarse. Incluso la incapacidad de reconocer lo que se siente. Da igual que sea en un Los Ángeles apocalíptico o en un país en guerra.
(¿Y del resto de los Oscar? Me quedo con las ganas que tengo de ver a Jeff Bridges, y, por supuesto, con el reconocimiento a la maravilla de Campanella que es El secreto de sus ojos)






