A por el Oscar (III): Amor
Sábado, febrero 23rd, 2013Me siento ridícula. Tratar de escribir acerca de Amor, la última película de Michael Haneke, me hace sentir ridícula y muy pequeña. Pequeña delante de esta historia de amor maravillosa, tierna, cruel, como debe de ser el amor cuando termina. Ridícula, porque me pregunto qué puedo decir que no se haya dicho ya de esta obra maestra, o cómo puedo explicar en un puñado de líneas las razones por las que creo que es una de las mejores películas que he visto en los últimos años.
Cuando lo más suave que te han dicho de una película es que no se la recomendarían ni a su peor enemigo, cuando cada obra de Haneke te deja vuelta mierda durante días, aparece este Amor y lo primero que piensas es que lo que te va a devolver la pantalla es de todo menos lo que al final encuentro yo. Haneke dice que esta es su película más tierna, y tiene razón. Desasosiega, sí, y duele… pero Anne (Emmanuelle Riva) y Georges (Jean-Louis Trintignant) están tratados con una humanidad, una delicadeza y una honestidad abrumadoras, tanto que hacen soportable todo lo que Haneke cuenta.
Y “todo” es el final de la vida con la precisión de un documental. La degradación física y el dolor de quien es plenamente consciente de que se acaba, y de que acabará mal. Y el dolor de quien cuida y no comprende, pero percibe lo que pierde, y que lo que pierde se le va de las manos sin que pueda hacer nada. Sin más. Haneke se cuela en el apartamento de esta pareja de ancianos, y ya no nos deja salir de allí. Cuatro paredes para asfixiarnos a nosotros y a ellos, encerrados y prácticamente solos, porque quienes vienen de fuera son como un estorbo en su cuesta abajo. Desde la hija (Isabelle Huppert más antipática que nunca) que entra y sale de la casa y de la vida de sus padres con sus quejas, sus lloriqueos y su charla insustancial, al estudiante que lleva algo de luz a una casa en la que la música que antes lo llenó todo ahora solo es un recuerdo o un cedé.
Esta película son Riva y Trintignant. Superados los 80, los dos dan una lección de lo que significa el oficio de actor. No hay nada que pueda decir que explique lo que ambos son capaces de transmitir con sus palabras, pero sobre todo con sus ojos. En cada plano de estos dos monstruos se esconde una mirada capaz de acabar con el espectador.
Y detrás, como siempre, este señor empeñado en martirizarnos. Pero no por retorcido -que también, aunque aquí no- sino por ese afán de enfrentarnos a las cosas que preferimos no ver: la violencia (Funny Games), el rencor y la venganza (Caché), el fascismo (La cinta blanca), y ahora, la muerte. No nos gusta ver lo feo, y menos cuando se supone que el arte tiene una parte de recreo, de hacer más amable la vida. Parece que Haneke no opina lo mismo, o al menos prefiere que nos preguntemos otra cosa: ¿estamos preparados para ver morir a quien queremos? ¿Y es el amor suficiente para sobrevivir a la muerte? La respuesta, como en cada película de este director que respeta profundamente al espectador, solo la tiene uno.
(es impúdico decir esto, pero a cada gesto de Riva recuerdo a quien acabo de perder de la misma manera. Y el recuerdo, tan próximo, se convierte en una especie de escudo que amortigua el dolor. Veo a mi abuela en cada escena, en cada mirada, no puedo evitarlo, y hay algo de consuelo en ello, como si entendiese ahora cosas que no entendí entonces).















