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Entradas para la categoría ‘Alta Fidelidad’

Mr. D

Jueves, mayo 24th, 2012

Nunca soy imparcial. Pero hoy voy a serlo un poco menos. Porque desde ayer, dos imágenes van y vienen de un lado a otro de mi cabeza, peligrosamente juntas, por sorpresa, atacando a traición como un estribillo pegadizo. Una sabe a sofá y televisión de las que no se medían en pulgadas, la otra a cerveza y gusanitos. Una pareja se despide, sin una palabra, sangre en el vientre, el río. Otra pareja cruza la calle, cogida de la cintura, despreocupados, la melena al viento, el cuello de la chaqueta levantado. No tienen nada en común, salvo los ojos abiertos de la espectadora. Y la banda sonora. Firma Bob Dylan.
Desde ayer, víspera de este 24 de mayo en el que Dylan cumple 71 años, recorro filmografías buscando la huella del genio, más allá de las canciones que pueblan centenares de películas, de series. El rostro aniñado de Dylan, con su boca grande y sus ojos pequeños aparece en documentales que no lo son cuando los rueda la mirada de Martin Scorsese. En The Last Waltz y No Direction Home hay una intención de contar a Dylan, de cantarlo. Scorsese no describe. Interpreta. El final de The Band y la historia de un hombre que se explica ante la cámara, con su música. Todo suena a despedida, it’s all over now (baby blue), y de repente se cruza otra imagen, la lluvia. Ataca con la guardia baja.
No es un buen actor Dylan, ni cuando hace de sí mismo ni cuando hace experimentos a uno u otro lado de la cámara, cinematográficamente absurdos. Y sin embargo, hay imágenes que, como un resplandor, se graban en el disco duro del cerebro, imposibles de apartar. Como si me hiciese falta apartarlas.
Existen sonidos que se guardan como tesoros, discos escuchados hasta el aburrimiento que no aburren nunca, una buena grabación de Miles Davis.O una sinfonía de Mahler. Canciones escuchadas desde viejos elepés con carátulas escritas en castellano, libros con olor a humedad y páginas amarillas y todas las letras traducidas, que valen lo que vale una infancia que fue feliz porque tenía ese color y esos sonidos y esas imágenes. Como hay películas que te regalan de niña, que ves con los ojos sorprendidos de quien descubre a Peckinpah por primera vez.

Primera imagen: Katy Jurado tira el rifle. Y empiezan a sonar los acordes de Knockin’ on Heaven’s Door. No es una secuencia. Es otra cosa. De esas que es mejor no explicar. Porque no hay manera de contar lo que esconden los ojos de Jurado arrodillada a dos pasos de su hombre, junto al río, mientras James Coburn observa a lo lejos. No es una secuencia. Pero si lo fuera, sería de las que valen una película entera, casi una carrera.

Segunda imagen: esta llega sin avisar, húmeda, triste, no esta el tiempo para nostalgias, sí para disfrutar de las palabras de Nick Hornby convertidas en película. Rob, bajo la lluvia, habla de Laura. Y la lluvia suena a Most of the Time. La voz de un Dylan viejo convierte la escena en una lección de cómo usar la música en una película. No es gratuita, no es molesta. Es la mejor manera de explicar lo que siente Rob, y qué significa lo que ha hecho. Así, señores, dice Stephen Frears, es como se hace.

Tercera imagen: tiene los rostros de Heath Ledger y Charlotte Gainsbourg, el sabor de un café, de los primeros besos, los olores del viento que revuelve el pelo, la sensación de frío, el sexo, las calles de la ciudad fotografiadas en la portada de un disco y convertidas en piel y sonido. I Want You (so bad…). Tres minutos en los que Todd Haynes condensa como empieza el amor. Aunque a veces solo dure lo que dura una canción.

(Nota a pie de página para los que quieran buscar las canciones y las películas:
Pat Garret & Billy The Kid, Sam Peckinpah, 1973. Knockin’On Heaven’s Door, en la banda sonora que compuso Dylan -la primera, presentado a Peckinpah por Kris Kristofferson- para la película.
Alta Fidelidad, Stephen Frears, 2000. Most of the time es una de las canciones de Oh Mercy, de 1989. La banda sonora de Alta Fidelidad merecería un capítulo aparte. Como la película, una delicia.
I’m Not There, Todd Haynes, 2007. Todas las visiones de todos los Dylan, sorprendente, pretenciosa, extraña, pero con algún capítulo fantástico. Como el de Ledger y Gainsbourg, o el de Cate Blanchett. I Want You, en el legendario Blonde On Blonde de 1966. No creo que pueda decir más del disco y de la canción que en cualquier momento se romperá, de tanto usarlo).

Septiembre, Gershwin

Jueves, septiembre 1st, 2011

Cambió la hoja del calendario para dar la bienvenida a un mes que no podía empezar de manera más extraña. Leslie Caron se inclinaba hacia Gene Kelly, los brazos a la espalda, un (falso) puente sobre el Sena como telón de fondo.

1 de septiembre. La foto del calendario era en blanco y negro, aunque recordaba la película en color. El plano, las sombras, los 30 días de septiembre bajo la foto, y esa niebla que subía del río y que, tan lejos de París y de cualquier musical de Minnelli, parecían cubrirlo todo aquellos días extraños. Cinco filas de cifras, negro sobre blanco, cuatro fechas marcadas en rojo, 30 días por delante.

Lo más extraño, pensó, era el sonido. Al girar la página del calendario, como si diese la vuelta a un disco, había empezado a sonar aquella vieja canción de los Gershwin. En automático. No conocía la letra. Pero sabía que no se le iría de la cabeza en las próximas 720 horas. Pensó en las conexiones, células, circunvoluciones, circuitos eléctricos, neuronas, lóbulos, impulsos, energía… que habían permitido que al girar el calendario sonase la canción en un escenario que nadie más conocía. Y aunque utilizase esas 720 horas, segundo a segundo, no podría explicarlo, ni entenderlo.

En el laberinto de Shutter Island

Viernes, febrero 26th, 2010

A pesar de que muchos directores tienen fama de locos, a pesar de que muchos actores han perdido la razón, a pesar de esa curiosa relación entre el genio y la locura que atraviesa toda la historia del arte, hay quien dice que no se llevan bien la locura y el cine. Y sin embargo, la visión de las enfermedades mentales nos ha regalado joyas como Recuerda (Hitchcock, 1945), con la que comparte imágenes oníricas Shutter Island, Alguien voló sobre el nido del cuco (más allá del miedo en el cuerpo que provocan las cofias de las enfermeras por culpa de la película de Milos Forman, se abre de nuevo aquí la reflexión sobre la crueldad de determinados tratamientos que hoy nos parecen medievales y que, sin embargo, han estado ahí hasta hace dos días), o De repente el último verano (y de nuevo, el fantasma de la lobotomía, como en la cinta de Mankiewicz). Aunque en Shutter Island (Martin Scorsese, 2009), basada en la novela de Dennis Lehane, la psiquiatría no es una simple anécdota. Es también el ovillo en el que se enreda y se explica la trama de la última película  de Scorsese.

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 Hay demasiadas cosas que no se deben decir de Shutter Island, para evitar descubrir los hilos que Scorsese lanza para escapar del laberinto de la isla donde se ubica este psiquiátrico angustioso al que llega Leonardo Di Caprio para investigar la desaparición de una paciente. Scorsese consigue de nuevo atrapar al espectador en los entresijos de un guión en el que nada es lo que parece, y en el que la locura y la cordura se mezclan para enredarnos, confundirnos y golpearnos. Y es una prueba más de la capacidad de este señor bajito de bucear en lo más oscuro de la naturaleza del ser humano. Cada vez más oscuro, desde hace unos años, en la filmografía de Scorsese.

Shutter Island es también un ejercicio de estilo. Impecable desde la niebla inicial en la que surge la isla, una roca en medio de la nada, hasta la tormenta que encierra a los protagonistas en esa casa de locos (y no me refiero a los pacientes), Scorsese dibuja una atmósfera insana, agobiante, atrapada en las mentes de quienes viven entre los muros de los pabellones del psiquiátrico, lleven el uniforme que lleven. Y el juego, cercano a veces al terror puro y duro, otras más próximo al suspense, encierra un drama, una intriga policíaca, en torno al brillante papel de Di Caprio, que sigue creciendo en cada película que le regala Scorsese. Arropado aquí por un ambiguo Ben Kingsley y el siempre inquietante Max Von Sydow. Y por la maravillosa Patricia Clarkson, que no necesita más que una secuencia para brillar.  

(Mención aparte, de nuevo, la colaboración con Robbie Robertson, culpable de la impecable selección musical de la cinta. De Mahler a Brian Eno, pasando por la maravillosa voz de Dinah Washington que acompaña el desolador final de Shutter Island.)

Viernes de Scorsese y Dylan

Viernes, febrero 19th, 2010

Manicomio es una palabra que se usa poco. Suena demasiado fuerte para lo políticamente correctos que nos hemos vuelto. Aunque en el cine, los manicomios pueden resultar tan interesantes como en Alguien voló sobre el nido del cuco (Milos Forman, 1975) o 12 monos (Terry Gilliam, 1995). Desde esta tarde, podemos sumar un sanatorio mental más a la lista, con la marca de Martin Scorsese: es el manicomio de Shutter Island.

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La película acaba de ser presentada, fuera de concurso y con cierto retraso, en el Festival de Berlín. Y ha gustado. Leonardo Di Caprio, Ben Kingsley, Mark Ruffalo y Michelle Williams cierran el reparto de una película que promete calentar el final de este frío mes de febrero.

(y sin dejar de bucear en la locura, solo que de otra manera, este fin de semana llega con más retraso todavía, I’m not there, la visión de Bob Dylan que firma Todd Haynes. Ha tardado tres años y resulta muy, muy difícil de clasificar… pero qué bien suenan todos estos Dylan)

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Donde viven los monstruos

Jueves, octubre 15th, 2009

Los libros para niños provocan efectos curiosos, a veces. Los críos disfrutan como enanos de historias que a los adultos no les llegan. Ni les convencen. Incluso les escandalizan, como si hubiesen olvidado que hace no tanto tiempo, ellos también se reían, se emocionaban o se asustaban con las mismas historias. Algo parecido sucede con el increíble Donde viven los monstruos, una joya creada por Maurice Sendak a principios de los 60, un pequeño escándalo por la manera de tratar las travesuras del pequeño Max, el protagonista vestido de lobo de esta maravilla que se ha pasado más de cuarenta años recreando los mundos paralelos de niños de todas las edades. De los que se acuerdan de sus noches sin cenar y de los que no…

Este mundo de miedos, enfados, monstruos, niños traviesos, castigos y aventuras está a punto de llegar a la gran pantalla. Primero en los Estados Unidos (se estrena mañana viernes) y dentro de dos meses aquí, en España, a donde llegará para animar la cartelera navideña. Nada de ñoñerías para tener a los niños atontados durante una hora y media en vacaciones. Más bien 100 minutos de un universo visual capaz de dar vida a las imágenes creadas por Sendak. ¿La culpa? De Spike Jonze. Aquí os dejo un aperitivo…

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Aunque decir que la culpa es de Spike Jonze es bastante injusto: fue el propio Sendak el que propuso al director de la irritante Cómo ser John Malkovich (Being John Malkovich, 1999) y El ladrón de orquídeas (Adaptation, 2002) la puesta en marcha de un proyecto que comenzó a rodarse hace ya cuatro años. Junto al niño protagonista, Max Records, completan el reparto la estupenda Catherine Keener y las voces (que aquí nos perderemos) de James Gandolfini o Forest Whitaker.

Para esta película, la Jim Henson Company ha creado toda la fauna de monstruos que habitan en la habitación de Max… nada raro, si tenemos en cuenta que las ilustraciones de Sendak inspiraron algunas de las imágenes y las criaturas de otra película en la que los muñecos de Henson crearon escuela, Dentro del laberinto (Labyrinth, 1986, dirigida por el propio Jim Henson). El director, que se ha pasado media vida creando vídeos musicales, ha confiado todas las canciones de la película a Karen O., la cantante de The Yeah Yeah Yeahs…su ex, por cierto. Cuatro años de producción dan hasta para romper una pareja. Aunque a los niños esto les importará más bien poco. O tal vez no… quién sabe lo que habita en los mundos que los críos inventan entre sus cuatro paredes.

(El libro está editado por Alfaguara. Por si alguien quiere abrir boca, tenga la edad que tenga)

Veinte años esperando por Chet Baker

Jueves, septiembre 17th, 2009

Él pregunta si prefiere a Chet cuando canta o solo cuando toca. Ella se aparta el pelo antes de responder. Le contesta con otra pregunta.”¿Y por qué tengo que escoger?”. Él sonríe, se acerca un poco más y le pasa un cedé que ella aún no ha escuchado. Como de la nada, aparece una chica y se aferra al brazo del hombre… Le da un beso rápido, tira de él y le echa una mirada bastante elocuente a la otra. Él aparta la mirada. Se van.  Ella se queda con el disco en la mano. Se ríe sola. Va a resultar que la sección de jazz es peligrosa. (El disco, por cierto, también lo es. Nadie ha podido tratar la adicción que provoca).

Esta es solo una de tantas historias. Porque todo el mundo tiene una historia con Chet. Bruce Weber, también. La contó a finales de los 80, cuando Baker ya no tenía dientes, apenas fuerzas, y se había convertido en un espectro demacrado, una especie de retrato andante de Dorian Gray. Un yonky de la música, las drogas, y las mujeres, un blanco en un mundo de negros. La mejor foto. La estrella. La mejor versión de Let’s Get Lost. Mucho más que My Funny Valentine.  

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Los meses que Weber pasó con el músico se convirtieron en un documental extraño, triste, y legendario. Let’s Get Lost (Bruce Weber, 1988), nunca se estrenó en cines en España. Este año, aterrizará solo en dos salas. Desde mañana mismo, se podrá ver (por fin) en Madrid y Barcelona. Versión restaurada, la misma que el año pasado volvió a llenar el Festival de Cannes con la historia del viaje hacia la nada de un Chet Baker en las últimas. Nunca vio la película. Antes del estreno, lo último que vio fue la ventana del hotel de Amsterdam por la que se cayó o se tiró o lo tiraron o lo que sea que acabó con él estampado en el suelo. Nada está demasiado claro en la vida de uno de los mejores trompetistas de jazz de la segunda mitad del siglo XX. Tampoco su muerte.

Nominado a los Oscar, premio en Venecia, pero, sobre todo, un testamento improvisado que recoge prácticamente el último año en la vida de Baker, en Let’s Get Lost Bruce Weber consigue no escatimar mimos con su personaje (como en la preciosa secuencia en la que William Claxton recuerda las sesiones de fotos con un jovencísimo Chet Baker, en los 50), pero tampoco esconde las cicatrices. Weber va desgranando el pasado del músico, desde la costa de California y los locales de Nueva York, el hombre del que Marilyn decía que era tan guapo que dolía, a través de los testimonios de quienes lo conocieron y lo amaron: compañeros, músicos, productores, antiguas amantes, sus hijos… Y a esas imágenes de los 50 y 60 se contraponen los durísimos y silenciosos primeros planos de Baker en sus últimos meses,  en Europa, una especie de fantasma de sí mismo, en el que la voz se ha convertido en un soplo y solo queda la magia de la música.

La misma magia que recoge Weber en los sombras de este blanco y negro que por fin se puede conseguir en deuvedé… para los que  no vivan en Madrid y Barcelona y puedan disfrutar de la pantalla grande. El 7 de octubre saldrá a la venta una edición especial (cuesta 24,95 euros) muy completa: con tres discos, incluye el largometraje en versión restaurada, cuatro cortos de Weber, y un cedé de audio con grabaciones inéditas remasterizadas, así como un libreto de 45 páginas con numerosas fotografías. Nadie podrá negar, ahora, que puede tener su propia historia con Chet…

(Y no deja de ser un buen momento para preguntarse qué ha pasado con ese proyecto de rodar la vida de Baker… ¿será finalmente Josh Hartnett quien dé vida al trompetista?)

Gimme Shelter

Sábado, junio 20th, 2009

Hoy se celebra el Día del Refugiado. Este corto, dirigido por el actor Ben Affleck,  forma parte de la campaña de Naciones Unidas para recaudar fondos para asistir a los millones de personas que, en todo el mundo, han tenido que huir de sus casas por culpa de la guerra o los conflictos políticos. Solo en la República Democrática del Congo, como recuerda Affleck, hay más de un millón de desplazados. Gente real que necesita un refugio. Lo dice la canción que da título al vídeo. Los Rolling Stones, por cierto, han cedido los derechos de su increíble Gimme Shelter para la campaña, que lleva el mismo nombre. La Agencia de la ONU para los refugiados (ACNUR) espera recaudar 23 millones de euros con esta iniciativa.

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(Tenéis más información en la web de ACNUR, y en el teléfono 902 218 218)

Niño rico se encapricha de vieja loca

Jueves, junio 11th, 2009

Setentera hasta la médula, friki a conciencia, divertida, macabra y rarita, rarita. No es lo más ortodoxo para describir una película, pero todo esto es Harold and Maude (Hal Ashby, 1971) . Y es que ¿cómo explicas que resulte creíble la historia de un crío forrado que ensaya suicidios delante de su madre, y de una ancianita de todo menos desvalida que vive en un vagón de tren con los marcos de las fotos vacíos?

 Los peros a la película (a veces da la impresión de que uno ve una sucesión de gags poco hilados. O los papeles secundarios,  que no pasan de la caricatura y que, sin embargo, son de antología. La madre y sus pelucas. El cura y el papa. El psiquiatra y Freud. El tío militar y Nixon) se caen a medida que, como Harold, uno se va enamorando de Maude, que roba coches y planta árboles. Que canta (fatal) y se burla de la autoridad. Que adora a las gaviotas y no habla de los números tatuados en su brazo. (Al verla, una no puede ni acordarse de la vecina de la pobre Rosemary en La semilla del diablo. Aunque no sea nada raro pensar que ella escribió La costilla de Adán. Qué mujer más polifacética…).

Y a medida que una se cree que Maude puede querer a un sujeto como Harold, con esa cara de muerto en vida, capaz de ahorcarse, rebanarse el cuello, ahogarse en la piscina, quemarse a lo bonzo, hacerse el harakiri y convertir un Jaguar en un coche fúnebre.

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(Y todo esto, a ritmo de Cat Stevens… que fue por lo que llegué  a Harold and Maude. En realidad, por Cameron Crowe y sus mejores momentos musicales. Aunque el cine de Crowe y yo dejamos de llevarnos bien por culpa de Jerry McGuire, Vanilla Sky y sobre todo Elizabethtown, sigo teniendo mucha fe en su buen criterio musical. ¿Que dice que el mejor momento musical  de la historia es el Don’t be shy de Cat Stevens en el arranque de Harold and Maude? Pues buscamos la película… y como esto es tan pequeño que todo el mundo parece leerte el pensamiento, aparece la película como un regalo en una sala más pequeña todavía.)

Por los amigos ausentes

Sábado, mayo 23rd, 2009

(… en realidad, también por los presentes). Se me viene a la cabeza la cita de no sé qué película, soy incapaz de encajarla en una escena, pero sé que ha salido de un cine. Y la culpa, en este caso, la tiene Alrededor de la medianoche. No, la cita no es de esta maravilla de Bertrand Tavernier. Pero esta semana he vuelto a verla, y me pregunto si existe otra cinta que recoja de una manera más sencilla y al mismo tiempo más compleja, lo que significa la palabra amigo. Existen listas con las mejores historias de amor del cine, las mejores parejas, las mejores batallas, las mejores persecuciones, los malos más malos, los guapos más guapos… y debemos andar sobrados de amistades, porque nunca nos acordamos de aquellas películas en las que esa cosa indefinible que son los amigos, y de la que nos es imposible prescindir (ni que tuviésemos que hacerlo, vamos) es lo más importante.

 

round_midnight1En mi lista particular (y poco ortodoxa) de películas de amigos, sobre amigos, para ver con amigos…, Alrededor de la medianoche (‘Round Midnight, 1986) sería la primera. En realidad, sería la primera en muchas cosas, empezando por la música y terminando en París. Pero hay algo especial en esa relación entre Dale Turner (Dexter Gordon haciendo de sí mismo) y Francis Borler (François Cluzet ), basada en la amistad de Bud Powell y Francis Paudras. Algo que se mueve, como toda la película, con el ritmo del mejor jazz, a veces incoherente, ajeno a cualquier melodía, otras siguiendo la pauta de un viejo standard, un ritmo, en realidad, que cualquiera que tenga un amigo puede reconocer. Para los amigos que siempre te ayudan a levantarte. Para los amigos a los que hace falta levantar.

 

 

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La sesión podría seguir con Akira Kurosawa. Y El cazador (Dersu Uzala, 1975). La primera vez que vi El cazador, fue en un aula. Y quien estaba al frente de aquella clase nos contó que aquella película había sido escogida como la que mejor contaba lo que era un amigo… por los alumnos de los colegios e institutos de Santiago. Los niños, probablemente, entienden mejor que nadie lo que significa hacerte amigo de alguien completamente diferente a ti, sin apenas palabras. Como les ocurre al oficial ruso y al cazador nómada en medio de la nada siberiana. Para los amigos que aparecen de repente. Para los que no necesitan decir nada ni escuchar nada para entenderlo todo.

 

 

chasing_amy                El tercer capítulo nos lo regala Kevin Smith en Persiguiendo a Amy (Chasing Amy, 1997). Dejando un poco (no del todo) su máscara de gamberro, Smith se pone serio y se pregunta si uno puede ser amigo de alguien por quien siente… otras cosas. ¿Dónde están los límites de la amistad y dónde hay que empezar a llamarla de otra manera? Pero más allá de lo que influye la cama en estas cosas, hay en esta película ejemplos de algunos de los mejores amigos que uno puede tener. Incluido un Silencioso que habla… Para cualquiera que haya dudado un segundo si un amigo era solo un amigo.

(El maratón de cine se empieza a hacer un poco largo… Tendremos que sumar nuevos capítulos)

Tres apuntes

Martes, marzo 31st, 2009

1. A veces, una película se puede medir por la cantidad de vueltas que das en la butaca. No paro en Los abrazos rotos, no consigo engancharme a esta historia en la que Almodóvar quiere contar tantas cosas y en la que concreta tan poco.  No me emociona esta tragedia, ni sus intérpretes, ni siquiera sus  múltiples referencias a otras películas (que al final, me despistan aún más del hilo de la historia). Echo de menos la sinceridad de Volver, y tan solo dos secuencias consiguen que me pegue a la pantalla: en una, Penélope Cruz se dobla a sí misma, ante los alucinados ojos de José Luis Gómez. La otra secuencia la dirige Roberto Rossellini… así que no sé si vale de prueba, pero me compensa las dos horas de película,  y de nuevo, como cada vez que veo Te querré siempre (Viaggio in Italia, 1954), me emociono ante los rostros de George Sanders e Ingrid Bergman.  

2. Me paso la mañana con The Who en la cabeza… Quadrophenia me persigue hoy, y también la sensación de que determinadas películas envejecen mal. Menos mal que no pasa lo mismo con las canciones, y que el traje gris de Sting pasaba por allí.

3. Hoy mi compañera Bea Antón -otra peliculera- y yo andamos celebrando que a nuestro vecino  Javier Gutiérrez le han dado el Max al mejor actor, por Argelino, servidor de dos amos,  de Animalario.  Sí, ya sé que es un premio de teatro. Pero un buen actor es un buen actor actúe donde actúe, ¿no? Y Animalario ha conseguido, entre otras muchas cosas (por ejemplo, arrasar ayer, de nuevo, en la gala de los Max), que se acerque a los teatros un público algo menos habitual, más acostumbrado a ver los rostros de los protagonistas en pantalla grande (o pequeña). O que muchos otros se tomen en serio el trabajo de actores tan versátiles como el propio Gutiérrez, Alberto San Juan, Guillermo Toledo o Nathalie Poza, entre otros muchos que han encontrado en los proyectos siempre arriesgados de la compañía un espacio de aire fresco que no solo es un regalo para ellos, sino también para los que nos sentamos en el patio de butacas.

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