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Entradas para la categoría ‘Actores, actrices y otros mitos’

Golpes en blanco y negro

Martes, junio 7th, 2011

No se me ocurre mejor plan para cerrar este martes, y creo que decir esta frase me convierte en una friki. Pero encontrarme hoy en el periódico con la mirada de Antoine Doinel me ha provocado un pequeño escalofrío… como siempre que aparece Truffaut y sus 400 golpes (ya os lo conté cuando cumplió 50 años, aquí).

El CGAI inicia hoy en A Coruña un maratón de cine de Truffaut y este niño, Antoine, de Los 400 golpes a a Domicilio Conyugal, pasando  por Besos Robados y Antoine y Colette.  De aquí al jueves, cita doble, a las 18 y a las 20.45, en versión original subtitulada. Los que, como yo, hayan descubierto una parte del mundo gracias a los ojos de Doinel ante una playa, sabrán de lo que hablo…

Adiós a la gata

Miércoles, marzo 23rd, 2011

El sábado, desde el mostrador de una librería, la mirada felina y la cintura de avispa de Elizabeth Taylor me recordaban su brutal relación con Richard Burton… y solo unos días después, esos ojos violeta se han apagado en Los Ángeles, recién cumplidos los 79 años, superados problemas de corazón, tumores cerebrales, problemas respiratorios, ocho maridos…
La gata ha saltado ya del tejado de zinc… y apenas nos quedan ya mitos de la época dorada del cine.

Porque Elizabeth Taylor es una leyenda. Una actriz poderosa, dura, versátil, capaz de esconder debajo de esa belleza insultante una enorme fuerza interpretativa. Una cría que superó el sambenito de niña prodigio para meterse de lleno en papeles difíciles, crueles a veces, capaz de enfrentarse a otras leyendas como Paul Newman, Marlon Brando, el propio Richard Burton… en una época en la que las actrices eran poco más que caras preciosas, ella demostró que podía ser ambas cosas. ¿Cómo, si no, podría pasar alguien de acompañar a Lassie a engañar al propio Brando, o a gritar y humillar a Burton en medio siglo de carrera?

Tal vez por eso trabajó con los grandes (Mankiewiccz, Brooks, Minelli, John Huston, Edward Dmytryk, Mike Nichols…). Tal vez por eso duele pensar que, a veces, su propia leyenda, sus matrimonios, las joyas, sus últimas imágenes, el doblaje blandito de este país (por favor, buscad si podéis su voz…) esa decrepitud de las últimas décadas, hagan que hoy muchos -sobre todo los más jóvenes- se queden con la Liz Taylor de la peluca negra, la silla de ruedas, el maquillaje absurdo, las apariciones con Michael Jackson… para olvidar a la gran actriz que se ha ido a donde quiera que se van todos los fantasmas que deja el cine.

La gata se ha ido… ¿cómo olvidar esa combinación blanca ciñendo esas curvas, enfrentándose a un Paul Newman alcohólico y al terrible texto de Tennessee Williams? (es la última que he visto con ella, tal vez por eso la cito hoy tanto. Por los que -lo dudo- no la hayan visto, Richard Brooks, 1958).
Se ha ido también esa Catherine en blanco y negro de la cruel, oscurísima y devastadora joya que es De repente, el último verano (Mankiewicz, 1959). Enfrentada a la mismísima Katharine Hepburn, con su amigo Clift, dura, seria, en uno de sus mejores papeles.
Se ha ido Cleopatra (y no me van las megaproducciones en technicolor), pero todo sea por el escándalo que montó con Richard Burton, divorcios de ambos incluidos, dos matrimonios, cartas de amor en las que el actor británico juraba matarse si ella le dejaba.

Se ha ido la alcohólica Martha de ¿Quién teme a Virginia Woolf?, (Mike Nichols, 1966) enfrentada a su marido en la vida real, enloquecida, humillada, humillante, exagerada, salvaje…
Se ha ido la amoral Leonor casada con el comandante Marlon Brando en Reflejos de un ojo dorado (John Huston, 1967). Reconozco que siento debilidad por este papel, por el guión de Coppola, por la dirección sensacional de Huston, por la durísima imagen que de Taylor ofrece esta historia de represión, engaño, e historias a medio contar.

Se ha ido la inconformista Laura de Castillos en la arena (Vincente Minelli, 1965) ajena a cualquier convencionalismo, pintando en la playa. Se ha ido la hija del padre de la novia…

Porque lo se va con ella es medio siglo de cine. De otra manera (no sé si mejor o peor, pero diferente) de hacer películas. No sé ni cómo empezar un menú de homenaje a esta diva. ¿Con estas tres imágenes que os dejo hoy? Tal ves sea el guión ideal… bellísima, en color, en blanco y negro, borracha, con Burton, con Newman, con Clift. Una no cree más que en Wilder, como Trueba, pero quién pudiera creer que hay algún lugar donde los tres han recibido hoy los mejores ojos violeta de la historia de Hollywood.

Panteras, guateques, travestis, diamantes…

Viernes, diciembre 17th, 2010

“Se ha muerto la pantera rosa!” … aparece en la pantalla de mi móvil. Sí, pienso yo. Y El guateque. Y Víctor. Y Victoria. Apañados andamos en este 2010 que nos racanea ahora hasta las carcajadas, con lo difícil que está reírse en los cines, y ahora va y la palma Blake Edwards. Pues qué bien. Y yo, que no puedo parar de reírme porque llevo toda la tarde acordándome a retazos del inspector Clouseau. De Hrundi Bakshi.  Vamos, de Peter Sellers. Y de Julie Andrews (su señora) y Robert Preston en esmoquin y bata de cola, respectivamente….

Y es que la comedia es una cosa muy seria. Pero las películas de risa, como se llamaron toda la vida en este país, tienen fama de menores. Como si un drama, por eso de que habla de cosas sesudas, tremendas, terribles… tuviese más miga que la historia de un extra hindú que se cuela en una fiesta a la que ha sido invitado por error y en la que algunos camareros se beben hasta el agua de los floreros. Y ahora, que levante la mano quien no se haya reído a carcajadas con El guateque (1968), esas dos pinceladas de argumento para montar una de las películas más divertidas (y corrosivas) que aquí a una servidora le ha regalado el cine. Tan seria es la comedia, tan difícil de lograr el equilibrio entre la risa el ridículo, que no hay más que ver la diferencia entre La pantera rosa, año 1963, y La pantera rosa, año 2006. La diferencia, entre otras cosas, se llama Blake Edwards. Y Peter Sellers, claro… pero esa es otra historia. Esa, y que a ver cómo nos habríamos aburrido si a Edwards no se lo hubiese ocurrido encargar un animalito rosa de dibujos.

 Si hablamos de Edwards, tal vez la palabra necesaria sea clase. Que mira que hace falta para rellenar la pantalla con toda la mala baba del mundo y conseguir quitarle a la fraulein María de Sonrisas y Lágrimas toda la ñoñería y volverla del revés en la estupenda ¿Víctor o Victoria? (1982)… a su mujer, por cierto, también le había sacudido pero bien las tonterías en ese ataque feroz y nada serio a la crisis de los 40 llamado 10, unos años antes. Aunque me encanta cómo se ríe hasta de Mary Poppins, creo que me quedo con esa road movie acelerada en la que junta de nuevo a Tony Curtis y Jack Lemmon, en una de sus películas más divertidas, La carrera del siglo (1965) ¡y ese Peter Falk!

blake

Aunque no todo son risas: Edwards es, además, el culpable de que Lee Remick se marcase dos de sus mejores papeles en sendos blancos y negros memorables, nada cómicos. La terrible Días de vino y rosas (y ese final durísimo, qué estupendo Jack Lemmon) y Chantaje contra una mujer, con Glenn Ford. Y como lleva en el fondo más ácido que supuesto glamour, por mucho que se empeñen los que inundan de merchandising horterilla las tiendas de decoración, no puedo incluir Desayuno con diamantes en la lista del Edwards para llorar de risa. Hay que tener mucha clase para adaptar una novela corta de Truman Capote y convertir una historia sofisticada y cruel en una leyenda para todas las niñas con ínfulas de Audrey Hepburn que sueñan con comer cruasanes ante el escaparate de Tiffany’s en Desayuno con diamantes. Todo regado con las oportunas dosis de su amigo Henry Mancini. Doble ración de clase. De la que va quedando poquita…

Berlanguiana

Sábado, noviembre 13th, 2010

Que la vida es como una película de Berlanga lo sabemos en este país desde hace más de medio siglo. Y mañanas como las de hoy no hacen más que recordártelo.

11.15 horas. Un café enorme delante del ordenador. El agua caliente, en huelga. Y en Internet, los ojos azules de Berlanga. Y una, que no da crédito. ¿Que se ha muerto Berlanga? Venga hombre, Berlanga no…

11. 30 horas. Suena el timbre. Una pareja de la policía local, y una en pijama, claro (¡es sábado!). Nada, documentos perdidos y aparecidos, carteras pegajosas. ¿Pero por quién dices que preguntaban? ¿Que quién ha perdido qué? ¿Y dónde ha aparecido? Imagínense la escena familiar. Si la pilla Azcona…

 11.40 horas. Al buzón a por la prensa. Y junto con La Voz, la revista, y un titular: Berlanga, en familia. “El dolor me jode, pero morirme me jode más”. Qué oportuno, don Luis. No sabe usted lo que nos jode a nosotros…

Está el día gris hoy como en una película en blanco y negro. Como en la España de Franco que destripó este genio. Un director a la altura de los grandes, de esos que no nos creemos mucho en este país, cómo va a estar un director nacido en Valencia a la altura de un Wilder, qué va. Poco valor le hemos dado siempre a los genios que parimos, tal vez hayan tenido más suerte los Picassos y los Lorcas. En el cine, pocos monstruos ha dado este país, siempre se me olvida, hay que fastidiarse, don Luis, que el cine español es tan malo.

Tiene que morirse Berlanga para que recordemos que tres de las grandes películas de la segunda mitad del siglo pasado se rodaron aquí. Tres, en realidad, de las grandes películas de todos los tiempos.  Bienvenido Mr. MarshallPlácido.  El Verdugo (con los años, creo que esta es mi berlanga preferida. Y una de las que me llevaría a una isla desierta con dvd y un enchufe. Para escuchar una y otra vez las lecciones de garrote de Pepe Isbert).

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 Las tres dirigidas por este fetichista ácido, tímido, relleno de mala baba, capaz de cargar contra los papanatas, la burguesía en la que él mismo había nacido, los mediocres, la Iglesia y quien hiciese falta. Una película de Berlanga es un “no queda títere con cabeza”, una vuelta de tuerca mojada en ironía sobre una sociedad mediocre y gris, la nuestra. Nadie como Berlanga ha rodado el fracaso, los pequeños fracasos cotidianos. Pero Berlanga no es solo un cronista. Es también (con Bardem, con Fernán Gómez, con Ferreri, con Saura un poco después…) uno de los creadores del nuevo cine español nacido de los 50 del siglo pasado. Un cine que regalaba secuencias delirantes. Como esta…

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En medio de los telediarios, se cuelan las valoraciones, desde de dos mítines en Cataluña, del ministro de Interior y del líder del PP. En el rincón de la barra del cielo en el que hoy se han reunido Azcona, Bardem y Berlanga deben estar los tres escribiendo una escena demoledora sobre las condolencias y las campañas electorales.

Pero qué importa. Se ha muerto Berlanga. Esta misma semana volvía a reaparecer, delgadísimo, en su silla de ruedas, regalando su escaso tiempo para una campaña de Médicos sin Fronteras. Recreando el ritual “que prentende hacerme inmortal”, dice. Nos ha dejado, casi sin querer, un testamento maravilloso. Y no se preocupe, don Luis. No le hacían falta pastillas: usted ya era inmortal. Como su cine.

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Los secundarios primero

Martes, octubre 12th, 2010

La palabra secundario tiene un matiz despectivo que no comparto. Ahora se dice más “actor de reparto”. Cuando en el cine, en el teatro, en la vida, los secundarios son algo así como cemento. Quita un pedacito, y a ver en qué se te quedan las paredes de la película, de la obra, de tu vida… ¿Qué pasaría en Muerte de un ciclista sin el ciclista que provoca el accidente? ¿Y sin el secretario en Bienvenido Mr. Marshall? ¿Y sin Mauro en Los jueves, milagro? ¿Habría Atraco a las 3 sin Benítez? ¿Tendría tantos problemas El Verdugo sin reo al que ajusticiar? ¿Que sería Amanece, que no es poco, sin el padre? 

Todas estas películas (hasta sumar 312) existirían, sí, ¿pero serían lo mismo sin Manuel Alexandre? Setenta años de carrera en las tablas, en pantalla grande, también en la pequeña (en Fortunata y Jacinta, en Los ladrones van a la oficina, en El Quijote….). 92 años que se han apagado esta mañana, muy temprano. Demasiado, a pesar de los 93 que estaba a punto de cumplir. Alexandre no solo era un experto en robar planos con una frase o un gesto… era también la prueba de se pueden haber cumplido los 90 y seguir currando, convertido en protagonista en algunos de sus últimos trabajos. Como Elsa y Fred. O ¿Y tú quién eres? O Los últimos días de Franco, su último gran trabajo para la televisión.  Berlanga y Cuerda se quedan un poco huérfanos de uno de sus habituales.

Se definía como hombre de teatro, y será en el Español, en Madrid, donde mañana se le rendirá homenaje. Y mientras, Alexandre estará sentado en alguna barra, sabe dios dónde, con su amigo Fernando Fernán Gómez. Con Agustín González. Con Pepe Isbert. Con José Luis López Vázquez. Con Luis Ciges. Con Cassen. Con toda esa generación de cómicos (cómo me gusta esta palabra…) que se pasaron una de las etapas más grises de este país enseñando a los españolitos que no tenían nada de lo que reírse que hasta de los más cutres de nuestros instintos se puede sacar punta.

(Y nosotros aquí, más solos que la una. Se nos ha puesto hoy la cara en blanco y negro, de repente…)

25 años sin Welles

Domingo, octubre 10th, 2010

Aunque en realidad, Welles sigue en todas partes… es lo que tienen los genios. Así lo hemos recordado esta mañana en Radio Voz.

http://www.ivoox.com/blog-mrs-robinson-audio-4-audios-mp3_rf_389042_1.html

Recordando a Arthur Penn y Tony Curtis

Martes, octubre 5th, 2010

Ya os dije que iba con retraso… y no, cómo se me iba a olvidar la muerte de Arthur Penn y Tony Curtis. Lo contamos el domingo pasado en Radio Voz, ahí os queda el enlace:

http://www.ivoox.com/blog-mrs-robinson-audio-3_md_383685_1.mp3

Sesión doble (o triple) de cine de aniversario

Domingo, junio 20th, 2010

¿Que pasaría la segunda quincena de junio de 1960 para que en los cines estadounidenses coincidiesen Billy Wilder y Alfred Hitchcok con dos de sus mejores películas? No suelo pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor, pero esta semana, 50 años después, me van a permitir que me muera un poco de envidia porque la cartelera de mi ciudad no hay (casi) por dónde cogerla.

15 de junio de 1960: Billy Wilder estrena El apartamento. La idea nace de otra maravilla, el Breve encuentro (1945) de David Lean. Y de una pregunta que se hace el director, ¿qué hace el amigo del protagonista mientras le presta el piso a la pareja? Wilder y su muy retorcida cabeza no piensa en simplezas. Nunca lo hace. E idea a un CC Baxter como cualquiera de los millones de CC Baxter que hay en el mundo. Un náufrago entre ocho millones de personas, buen tío, un currante, con esa cara de vecino de al lado que solo podía regalar Jack Lemmon. Un hombre atado a un horario de 8 a 5.20, de traje gris y piso junto a Central Park, que quiere ascender… de piso y de puesto. Y para esto (con Wilder, lo políticamente correcto no existe), nada mejor que prestar una llave. Al jefe, claro, para que use el piso como mejor le convenga con la telefonista, la secretaria o quien se tercie. Dignidad, la justa. Que hay que comer, oiga, y a ver quién es el listo que puede demostrar un carné inmaculado de dignidad a prueba de manchas.

Y en el ascensor, la chica. Una Shirley MacLaine con cara de ángel, jovencísima, con ese pelo corto que parece una protesta, esa sonrisa de medio lado, esos ojos tristes. Buenos días, Miss Kubelik. Buenos días, Mr. Baxter. Así día tras día. Y un par de pisos más arriba, Fred MacMurray saliéndose de su registro habitual, el desgraciado de Perdición (Double Indemnity, Wilder otra vez, claro), más desgraciado que nunca, protegido por su casa en las afueras, su labia, su despacho con vistas.

Tres ingredientes, un piso, unos vecinos demoledores, y Wilder sirve en bandeja de plata una de las mejores películas que he visto nunca. Así de simple. De esas que no te cansan. Que te aprendes de memoria porque cada frase es como un puñal (El espejo está roto. Lo sé, dice Miss Kubelik. Me gusta, me veo como me siento. Ella sabe mejor que nadie que el rímmel y los hombres casados son incompatibles). Y que nunca deja de sorprenderte, porque cada vez que la cámara entra en esa oficina (la culpa es de Alexander Trauner, otro genio), vulves a entender a CC Baxter. Y cada vez que ves correr a Miss Kubelik, de nuevo aparece ese nudo en la garganta. Calla y reparte. O como dice el tráiler, “cómo hacer una película” . Sin más.

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16 de junio de 1960. Alfred Hitchcok estrena Psicosis. La santísima trinidad de las tres cuartas partes del cine de terror que se ha rodado desde entonces. Un monumento a todas las obsesiones del genio: el sexo, la locura, todo lo que oculta la sociedad en la trastienda (o el sótano, el maletero, la maleta…). Y a esa manía (bendita sea) de despistar al espectador, descolocarlo, y hacer que te duela una escena como esta, que por razones obvias, se ha convertido en una de las más famosas de la historia del cine…

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Más allá de la ducha, Psicosis es un manual de montaje, de construcción de personajes, de dirección artística y de cómo escoger a los mejores actores para el mejor papel. Si no, cómo se explica la cara angelical de Anthony Perkins para dar vida a Norman Bates. O la elección de Janet Leigh, más peligrosa, triste y eficaz que nunca. Pero además, todo -de la música a las localizaciones, pasando por los secundarios- como es habitual en el cine de Hitchcock, se encadena perfectamente para conseguir que lo que podría ser el anticlímax (vamos, cargarse a la protagonista en el primer tiempo) se convierta en el punto de partida perfecto para volver a enredar al público en una intriga capaz de poner los pelos de punta, y que sirve uno de los finales más duros del cine de terror… La mente y sus rincones oscuros, al fin y al cabo, asustan más que cualquier fantasma.

Dos joyas que abren una década anunciando ya la que se venía encima. Dos maneras de saltarse lo políticamente correcto: del humor ácido de Wilder al suspense macabro de Hitchcock, El apartamento y Psicosis se dedican a romper los esquemas establecidos en la sociedad de las décadas anteriores. Y si Wilder es capaz de mostrar el adulterio, los trepas y la falta de dignidad, Hitchcock, muy en su línea, boicotea las relaciones familiares y se dedica a golpear de frente en la cara de la censura. Si no, cómo se explica tanta piel en la ducha y un par de planos tan aparentemente inofensivos hoy, pero que en su día fueron un problema: ¿se acuerdan de esos papelitos tirados en el váter por Janet Leigh? Un escándalo. Las mujeres, vamos, que son cuerpo santo.

(por cierto, estos días se cumplen otros cincuenta años: los de la publicación de la novela Matar un ruiseñor, de Harper Lee. Aún faltan dos para que se cumpla el medio siglo de su adaptación al cine, otra joya firmada por Robert Mulligan. Lo que yo digo… menuda quincena)

30 años en el hotel Overlook

Sábado, mayo 22nd, 2010

Un triciclo. Las ruedas de plástico resonando en la madera del suelo. El sonido amortiguado al pasar por una alfombra. Un niño que recorre un hotel desierto. Una giro a la derecha. Un pasillo largo y enmoquetado. Una puerta. Y un número: 237. Cuatro ingredientes, un buen cámara, el genio de un director asombroso, y el resultado: una obra maestra del cine….

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Con este sol, resulta complicado imaginarse el hotel Overlook en pleno invierno, rodeado de nieve, aislado del mundo exterior, convertido en la prisión mortal en la que Stanley Kubrick retuerce cada vez más la mente enferma de Jack Torrance (Jack Nicholson). Pero El resplandor está de aniversario: se estrenó en Estados Unidos un 23 de mayo de 1980. La única incursión del director británico en el género de terror está considerada hoy una obra maestra… a pesar de que, hace tres décadas, fue un fiasco en la taquilla y su director y su actriz principal, Shelley Duvall, estuvieron nominados a los Razzies, esos anti-Oscar que premian lo peor de la temporada. Una anécdota más a sumar a la larga lista de datos que forman la leyenda de esta joya del género, una película que Kubrick, fiel a su carácter, jamás quiso explicar (¿quién quiere entender el final?), y que, tengo que confesarlo, me tuve que tragar en pequeñas dosis antes de conseguir ver entera y con los dos ojos abiertos. Y a pleno sol, como una especie de red de protección ante el miedo absoluto que aún hoy, vista mil veces, me produce. Vamos, que nada me inquieta más que el pasillo enmoquetado de un hotel después de haber visto al pequeño Danny recorrer los del Overlook con su triciclo.

Con su desarrollo en capítulos, un uso de la música ejemplar, y un Jack Nicholson para enmarcar, Kubrick da una vuelta de tuerca al género para construir mucho más que una historia de fantasmas: un estudio sobre la deformación de la mente y el camino a la locura, la degradación de la familia, el poder del entorno y de la soledad sobre las personas. Y, como siempre que hablamos de Kubrick, un manual de cómo la técnica, al servicio de un buen guión (basado en la novela de Stephen King, a quien nunca le convenció la adaptación), puede convertirse en parte esencial de una película sin dejarse ver. Da igual que uno no sepa qué es una steadycam, o quién es Garrett Brown, o cómo se consigue seguir un triciclo a la altura de un niño pequeño, pasillo adelante sin destrozarse la espalda. Como da igual que en Barry Lyndon rodase a la luz de las velas: al final, lo que queda es la suma de las partes, no una sucesión de partes apenas hilvanadas. Tal vez sea eso lo que distingue una buena película de un pastiche, o un hallazgo técnico de una película de verdad (aunque, en este caso, no deje de llamar la atención lo que hay detrás de la cámara, ¡sobre todo si es Kubrick corriendo en la nieve!)

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Porque cuando una película consigue provocar escalofríos cada vez que se ve ese coche recorriendo una carretera entre montañas. Cuando en la cabeza de espectadores de todo el mundo se ha quedado grabado el dedito de Danny. Cuando dices “Redrum” y alguien reconoce lo que dices. Cuando escuchas “¡Aquí está Jack!” y puedes ver la cara de Nicholson a través de una puerta. Cuando un solo plano en contrapicado te muestra el terror absoluto de Wendy ante una máquina de escribir… cuando escribes cuatro párrafos sobre El resplandor (a pesar del calor, del sol de mediodía, a pesar de que, como te dicen cuando eres pequeña “si es solo una película…”) y tienes que apartar la mirada de la pantalla de vez en cuando porque algo se ha movido detrás de ti… entonces es que has dejado de hablar de una película para hablar de otra cosa. Es lo que tienen los genios…

(por cierto, de este genio y del aniversario de El resplandor en concreto hablaré mañana, en el programa Los domingos de La Voz, que presenta mi compañero Fernando Molezún. Podéis escucharlo desde las 10 de la mañana, sintonizando Radio Voz en cualquier punto de Galicia, o a través de nuestra página web)

30 años con Hitchcok

Jueves, abril 29th, 2010

“El hombre había muerto, pero no el cineasta, porque sus películas, realizadas con un cuidado extraordinario, una pasión exclusiva, una emotividad extrema enmascarada por una maestría técnica poco frecuente, no dejarían de circular, difundidas por todo el mundo, rivalizando con las producciones nuevas, desafiando el paso del tiempo, comprobando la imagen de Jean Cocteau cuando habla de Proust: ‘Su obra continuaba viviendo como los relojes de pulsera de los soldados muertos’.”

François Truffaut, en el prólogo a la edición definitva de El cine según Hitchcock.  

Hoy hace 30 años que murió Alfred Hitchcock. Y en tres décadas, toda mi generación ha tenido la suerte de disfrutar de cada una de las películas del genio británico valoradas como se merecen, gracias, entre otras cosas, al empeño que Truffaut, desde las páginas de Cahiers du Cinéma primero, y desde este maravilloso libro, después, puso en defender la obra de Hitchcock como mucho más que un director que encantaba al público, que tenía éxito, que rodaba taquillazos y que la crítica internacional destrozaba, tal vez por eso mismo.

 

hitchcockPor eso, y porque cada uno tendrá su Hitchcock preferido (hoy, el mío es Rebeca… pero tal vez mañana cambie de idea. ¿Cuál es la película de Hitchcock que más os gusta?), hoy os recomiendo que, si no lo tenéis en la estantería de casa, entre Los pájaros y 39 escalones, por ejemplo, celebréis todo lo que nos ha regalado este genio del suspense con El cine según Hitchcock. Que el cine también se lee. Y si lo escribe Truffaut, mucho mejor…

(Lo podéis encontrar en la edición de Alianza)