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Atticus Finch en la pared del gastrobar

Escrito por Antía Díaz
5 de Abril de 2016 a las 12:03h

Gastrobar es una palabra muy cursi que pocos saben qué significa. Desconfío de los gastrobares como de las concept stores, las pop up y todos esos calificativos de dudosa procedencia que parecen dedicados a justificar el precio de lo que sea que venden. Pero cuando un gastrobar decora toda una pared con una inmensa fotografía de Gregory Peck con el traje de lino blanco de Atticus Finch, se le perdona la cursilería toda al local. El gastrobar lo descubrí hace unos días. Le decía una vecina de mesa a otra “qué película tan bonita, ¿te acuerdas? La de los niños y el padre abogado”. Matar un ruiseñor, esa obra maestra que descansa sobre los anchísimos hombros de Peck, es un monumento a la integridad. La misma que marcó la carrera de ese actor que este 5 de abril habría cumplido 100 años.

Hay, seguramente, 100 razones como 100 años para honrar a Gregory Peck. Me quedo hoy con una decena.

1. El final de Duelo al sol. Porque interpretar al macarra de la película no era lo habitual en él, pero Peck era capaz de hacer coherente el final más novelero de la historia del western.

duelo

2. Joe, el periodista americano, atravesando solo los salones del palazzo en Vacaciones en Roma. Todo su papel en este cuento agridulce (para algo lo escribió Dalton Trumbo) está cargado de una ironía, una ternura y una sutileza que pocos podían darle.

vacaciones

3.  Peck al timón de La peregina en El mundo en sus manos. Todo un clásico del género de aventuras, puro technicolor. Qué bien le quedaba el gorro…

timon

4. El capitán Ahab en el Moby Dick de Huston. La cicatriz en su cara, el ceño fruncido, la locura desatada por el monstruo blanco.

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5. El atormentado doctor de Recuerda. La capacidad de Hitchcok de hacer dudar al espectador con cada gesto de Peck. Y la fascinación (comprensible) de Ingrid Bergman cuando el actor entra en escena.

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6. El cabo del terror. Y el del miedo. De nuevo en un papel de hombre de una pieza, arrastrado por el sádico Robert Mitchum. Un clásico que para los más jóvenes desdibujó Scorsese en el remake de los 90, en el que regaló un pequeño (e irónico) papel a Peck.

cabo

7. La profecía. Cada mirada desesperada del padre de Damien en esta maravilla que pone los pelos de punta más que todo el gore de los últimos veinte años.

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8. El premio Donostia del Festival de San Sebastián. Fue el primero en levantarlo, en el 86, aunque era la segunda opción (la primera era Jack Lemmon). Se lo llevó, cuentan, con cierto despiste.

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9.  La lucha por el agua, la guerra entre la civilización y el salvaje oeste en Horizontes de grandeza. Un grupo de actores fabulosos dirigidos por William Wyler en medio de unos paisajes que, como dice el título original y el español, nunca fueron tan grandes.

HORIZONTES

10. Atticus Finch. Pocas veces un personaje ha estado tan ligado a un actor. Para las generaciones que llegaron al libro después de la película, no hay otra imagen que pueda tapar la de Peck en Matar un ruiseñor. Con su traje blanco, sus gafas, la manera de tratar y educar a sus hijos en esta obra maestra que no sería lo mismo sin él. Nunca sabremos, porque pocos actores hay más discretos y alejados del sarao, si Peck era como Finch tanto como queremos creer. Esta maravilla de Robert Mulligan y su interpretación nos prometen que sí. Que nosotros también somos hijos de Atticus.
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