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Mr. D

Escrito por Antía Díaz
24 de mayo de 2012 a las 8:33h

Nunca soy imparcial. Pero hoy voy a serlo un poco menos. Porque desde ayer, dos imágenes van y vienen de un lado a otro de mi cabeza, peligrosamente juntas, por sorpresa, atacando a traición como un estribillo pegadizo. Una sabe a sofá y televisión de las que no se medían en pulgadas, la otra a cerveza y gusanitos. Una pareja se despide, sin una palabra, sangre en el vientre, el río. Otra pareja cruza la calle, cogida de la cintura, despreocupados, la melena al viento, el cuello de la chaqueta levantado. No tienen nada en común, salvo los ojos abiertos de la espectadora. Y la banda sonora. Firma Bob Dylan.
Desde ayer, víspera de este 24 de mayo en el que Dylan cumple 71 años, recorro filmografías buscando la huella del genio, más allá de las canciones que pueblan centenares de películas, de series. El rostro aniñado de Dylan, con su boca grande y sus ojos pequeños aparece en documentales que no lo son cuando los rueda la mirada de Martin Scorsese. En The Last Waltz y No Direction Home hay una intención de contar a Dylan, de cantarlo. Scorsese no describe. Interpreta. El final de The Band y la historia de un hombre que se explica ante la cámara, con su música. Todo suena a despedida, it’s all over now (baby blue), y de repente se cruza otra imagen, la lluvia. Ataca con la guardia baja.
No es un buen actor Dylan, ni cuando hace de sí mismo ni cuando hace experimentos a uno u otro lado de la cámara, cinematográficamente absurdos. Y sin embargo, hay imágenes que, como un resplandor, se graban en el disco duro del cerebro, imposibles de apartar. Como si me hiciese falta apartarlas.
Existen sonidos que se guardan como tesoros, discos escuchados hasta el aburrimiento que no aburren nunca, una buena grabación de Miles Davis.O una sinfonía de Mahler. Canciones escuchadas desde viejos elepés con carátulas escritas en castellano, libros con olor a humedad y páginas amarillas y todas las letras traducidas, que valen lo que vale una infancia que fue feliz porque tenía ese color y esos sonidos y esas imágenes. Como hay películas que te regalan de niña, que ves con los ojos sorprendidos de quien descubre a Peckinpah por primera vez.

Primera imagen: Katy Jurado tira el rifle. Y empiezan a sonar los acordes de Knockin’ on Heaven’s Door. No es una secuencia. Es otra cosa. De esas que es mejor no explicar. Porque no hay manera de contar lo que esconden los ojos de Jurado arrodillada a dos pasos de su hombre, junto al río, mientras James Coburn observa a lo lejos. No es una secuencia. Pero si lo fuera, sería de las que valen una película entera, casi una carrera.

Segunda imagen: esta llega sin avisar, húmeda, triste, no esta el tiempo para nostalgias, sí para disfrutar de las palabras de Nick Hornby convertidas en película. Rob, bajo la lluvia, habla de Laura. Y la lluvia suena a Most of the Time. La voz de un Dylan viejo convierte la escena en una lección de cómo usar la música en una película. No es gratuita, no es molesta. Es la mejor manera de explicar lo que siente Rob, y qué significa lo que ha hecho. Así, señores, dice Stephen Frears, es como se hace.

Tercera imagen: tiene los rostros de Heath Ledger y Charlotte Gainsbourg, el sabor de un café, de los primeros besos, los olores del viento que revuelve el pelo, la sensación de frío, el sexo, las calles de la ciudad fotografiadas en la portada de un disco y convertidas en piel y sonido. I Want You (so bad…). Tres minutos en los que Todd Haynes condensa como empieza el amor. Aunque a veces solo dure lo que dura una canción.

(Nota a pie de página para los que quieran buscar las canciones y las películas:
Pat Garret & Billy The Kid, Sam Peckinpah, 1973. Knockin’On Heaven’s Door, en la banda sonora que compuso Dylan -la primera, presentado a Peckinpah por Kris Kristofferson- para la película.
Alta Fidelidad, Stephen Frears, 2000. Most of the time es una de las canciones de Oh Mercy, de 1989. La banda sonora de Alta Fidelidad merecería un capítulo aparte. Como la película, una delicia.
I’m Not There, Todd Haynes, 2007. Todas las visiones de todos los Dylan, sorprendente, pretenciosa, extraña, pero con algún capítulo fantástico. Como el de Ledger y Gainsbourg, o el de Cate Blanchett. I Want You, en el legendario Blonde On Blonde de 1966. No creo que pueda decir más del disco y de la canción que en cualquier momento se romperá, de tanto usarlo).

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