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La segunda vida de Butch Cassidy

Escrito por Antía Díaz
5 de julio de 2011 a las 15:34h

¿Es una herejía repescar una imagen pegada a la retina de miles de espectadores, y ponerle otro rostro, otros ojos azules, otra vida, otra historia? Porque Butch Cassidy no solo es un nombre en el imaginario de la historia de los bandidos de los Estados Unidos, un Billy el Niño, un Jesse James, su amigo Sundance, esa Wild Bunch que da nombre a la maravilla de Peckinpah. Butch Cassidy es también el cuerpo de Paul Newman, la mirada irónica, la desesperanza, las risas compartidas con Robert Redford, ese final congelado en Bolivia. Dos hombres y un destino no es, probablemente, el mejor western de la historia, pero una lo mira como a esa gente que se cuela en la vida como sin querer, con sus defectos, con sus historias, destilando vida.
Que me resuciten a Butch Cassidy 20 años después de su muerte no sé si me parece una barbaridad o me emociona. Porque ya os había contado en alguna ocasión que lo mío con Newman seguro que tiene una definición médica nada sana. Así que me confieso algo asustada al sentarme en el cine, emocionada, como si volviese a ver a un amigo perdido hace años, al enfrentarme a otros ojos azules, los de Sam Shepard, gracias a la osadía que Mateo Gil ha tenido en Blackthorn. Sin destino (2011).

¿Una película española sobre Butch Cassidy, rodada en Bolivia? Asusta el punto de partida, ¿eh? Pero la verdad es que, sin ser tampoco una película redonda, ofrece tanto desencanto y tanta vida al mismo tiempo como Dos hombres y un destino (George Roy Hill, 1969). El cine debe ser honesto. Y Blackthorn lo es.
Un honesto homenaje a una manera de ver cine, de entender el Oeste. El Oeste de los grandes, el de Ford en Centauros del Desierto, el Oeste sin héroes que se suele llamar crepuscular (el de Peckinpah, sobre todo, pero también ese western de viejos recuperado por Eastwood en Sin Perdón). No hay mitos (y si los hay, se hunden), no hay ganadores, solo perdedores, ni siquiera hay justicia (o tal vez sí), en esta película de perseguidores y perseguidos, cargada de guiños, a la que le sobran tal vez esos flashbacks (o puede que yo sea una romántica y tenga demasiado grabados los rostros de Redford y Newman como para querer explicaciones). Lo que no se cuenta, a veces, es igual de eficaz. O más.

Un homenaje en el fondo (en la historia de los personajes) pero también en la forma, en la manera en la que Gil rueda los paisajes surrealistas de Bolivia, en la que utiliza, casi de manera irónica, el zoom (entre el ejercicio de estilo de Peckinpah y el desbarre del spaghetti western) en la manera de abordar la violencia y la muerte.
Pero Blackthorn es también una película de arrugas, las de Sam Shepard canoso, listo como una se imagina a Cassidy si Cassidy envejeciese. Tremenda elección la de Shepard. Blackthorn perdería interés sin él, sin su interpretación, tal vez no hace falta decir más de un actor. Estupendo Eduardo Noriega, enorme Stephen Rea, al que nadie deja descansar. Es lo que tiene el pasado, sobre todo cuando el pasado se llama Butch. Y en las buenas películas de vaqueros, es mucho más que eso. El guión de Miguel Barros encierra una preciosa reflexión sobre la nostalgia. Sobre el pasado, los amigos.

La libertad.

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