Censura (II)
¿Recordáis esa estupenda secuencia de Cinema Paradiso (Giuseppe Tornatore, 1988) en la que el cura pasa revista a las pelÃculas para ir señalando, a toque de campanita, todos los besos y todas las escenas en las que hay demasiada carne? Las pelÃculas se han mutilado a golpe de tijera desde que el cine es cine, provocando versiones alteradas y en muchos casos absurdas. En España, y durante la dictadura franquista, se consiguió una de los sistemas censores más surrealistas de la historia, capaces de convertir adulterios en incestos y joyas del montaje en apaños de andar por casa. Aquella Junta de clasificación y de censura se dedicó a recortar todo aquello que podÃa atentar contra los códigos morales, religiosos, sociales y polÃticos del régimen. Y no se libró ni el apuntador: en Mogambo (John Ford, 1953), el matrimonio formado por Donald Sinden y Grace Kelly se convierte, gracias al doblaje, en una pareja de hermanos… ¿Que no quieres mujeres adúlteras? Conviértelas en incestuosas. El absurdo a la enésima potencia, y todo esto sin que a nadie le temblase la mano, y sin que nadie hiciese nada por reparar el caos mental provocado a los pobres espectadores.
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 La piel, evidentemente, era un problema. Y en el año 60, la de Janet Leigh se mostraba demasiado, para los sensibles ojos de los censores españoles. La censura destrozó ese ejercicio de montaje que es la secuencia de la ducha en Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960), para evitar que pensásemos que la pobre Leigh se duchaba desnuda… Pero también habÃan sido un problema las piernas de Silvana Mangano en Arroz amargo (Giuseppe de Santis, 1949) y los brazos de Rita Hayworth en Gilda (Charles Vidor, 1946).
Pero el sexo y los desnudos no eran, desde luego, los únicos que alteraban el pulso de los censores. HabÃa que mantener el tipo ante los embates del comunismo, los rojos, y toda esa banda de extranjeros impÃos que amenazaban a la patria. Y si habÃa que evitar que Humphrey Bogart hubiese luchado por la República, se hacÃa. Maravillas del doblaje, de nuevo, que evitaron que los españoles supiesen que Rick (en Casablanca, claro. Michael Curtiz, 1942) habÃa combatido el glorioso alzamiento hasta muchos años después. Tampoco pasó el filtro Roma, città aperta (Rosellinni, 1945), condenada durante años a los cine clubs. Como todo lo que oliese a revolución, resistencia o libertad. A nuevo.
 Aunque la censura, claro, se iba adaptando a los tiempos, como el propio régimen, y en pleno bum de las relaciones recuperadas con los Estados Unidos, Luis GarcÃa Berlanga vio cómo de esa maravilla que es Bienvenido, Mr. Marshall (1953)  se cortaba una inocente banderita americana flotando rÃo abajo. Una década después, le costó un tanto más conseguir adaptar El verdugo a los dudosos gustos de las autoridades. Y aún asÃ, consiguió una de las mejores pelÃculas de la historia. A los Berlangas, Azconas, Ferreri y Bardem, habrÃa que levantarles varios monumentos por la inteligencia con la que sortearon la censura, a golpe de humor negro, ironÃa y mala leche… demasiadas sutilezas, en la mayorÃa de los casos, para las mentes de brocha gorda de los censores. Â
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Afortunadamente, cuando uno tiene la mente bien cerrada, sus propias armas se le pueden volver en contra. A principios de los 60,  al régimen no se le ocurrió mejor idea para promocionarse en el exterior que pedirle a Buñuel que volviese a España. Y rodó Viridiana. Y cambió el final, demasiado explÃcito para el régimen… ¡por uno mucho peor! Coló, claro. De nuevo la inteligencia de los funcionarios de Franco. Pero como en este paÃs todo puede convertirse en un circo de tres pistas, al director general de CinematografÃa se le ocurrió mandar la pelÃcula a Cannes. Y ganó la Palma de Oro, pero esta obra maestra blasfema, irónica y brutal no se pudo ver en los cines españoles hasta el 77. Simplemente, dejó de existir durante 16 años. Con la Iglesia hemos topado: L’Osservatore Romano puso el grito en el cielo, la pelÃcula se prohibió y el director de CinematografÃa, claro, tuvo que vaciar su despacho.
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¿Cambió todo tras la muerte de Franco? Vamos a dejarlo en un más o menos: en plena democracia, dos años después de las primeras elecciones libres tras la dictadura, y con la Constitución apenas caminando, el Gobierno retiró de la circulación una pelÃcula que aún hoy cuesta ver, por lo dura, explÃcita y violenta que resulta. El crimen de Cuenca (Pilar Miró, 1979) estuvo secuestrada durante más de un año, y su directora tuvo que someterse a un tribunal militar. Puede que la democracia fuese demasiado joven para asumir esta historia (real) ambientada en la España de principios del siglo XX en la que el verdadero crimen son las salvajes torturas que protagoniza la Guardia Civil. La cinta no se estrenó hasta el 81, y fue un éxito a pesar de la bonita “S” que lucÃa en su clasificación. Fue el último ataque directo de la censura.
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(Y de la “S”, ya hablaremos…)
Etiquetas: Berlanga, Bogart, Buñuel, Cannes, Charles Vidor, Clark Gable, Donald Sinden, Giuseppe de Santis, Giuseppe Tornatore, Grace Kelly, Hitchcock, Janet Leigh, john ford, Juan Antonio Bardem, Marco Ferreri, Michael Curtiz, Pilar Miró, Rafael Azcona, Rita Hayworth, Rossellini, Saura, Silvana Mangano
octubre 30th, 2009 at 12:15
muy buen post!
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noviembre 1st, 2009 at 21:18
Y ” Senderos de Gloria”, también censurada, por antibelicista.
Y con ello toda una generación se perdió ese inmenso travelling de Kubrick cuando el general visita a los soldados en las trincheras.
Buena entrada.
Saludos de Jim.
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