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Atticus Finch en la pared del gastrobar

Escrito por Antía Díaz
5 de abril de 2016 a las 12:03h

Gastrobar es una palabra muy cursi que pocos saben qué significa. Desconfío de los gastrobares como de las concept stores, las pop up y todos esos calificativos de dudosa procedencia que parecen dedicados a justificar el precio de lo que sea que venden. Pero cuando un gastrobar decora toda una pared con una inmensa fotografía de Gregory Peck con el traje de lino blanco de Atticus Finch, se le perdona la cursilería toda al local. El gastrobar lo descubrí hace unos días. Le decía una vecina de mesa a otra “qué película tan bonita, ¿te acuerdas? La de los niños y el padre abogado”. Matar un ruiseñor, esa obra maestra que descansa sobre los anchísimos hombros de Peck, es un monumento a la integridad. La misma que marcó la carrera de ese actor que este 5 de abril habría cumplido 100 años.

Hay, seguramente, 100 razones como 100 años para honrar a Gregory Peck. Me quedo hoy con una decena.

1. El final de Duelo al sol. Porque interpretar al macarra de la película no era lo habitual en él, pero Peck era capaz de hacer coherente el final más novelero de la historia del western.

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2. Joe, el periodista americano, atravesando solo los salones del palazzo en Vacaciones en Roma. Todo su papel en este cuento agridulce (para algo lo escribió Dalton Trumbo) está cargado de una ironía, una ternura y una sutileza que pocos podían darle.

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3.  Peck al timón de La peregina en El mundo en sus manos. Todo un clásico del género de aventuras, puro technicolor. Qué bien le quedaba el gorro…

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4. El capitán Ahab en el Moby Dick de Huston. La cicatriz en su cara, el ceño fruncido, la locura desatada por el monstruo blanco.

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5. El atormentado doctor de Recuerda. La capacidad de Hitchcok de hacer dudar al espectador con cada gesto de Peck. Y la fascinación (comprensible) de Ingrid Bergman cuando el actor entra en escena.

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6. El cabo del terror. Y el del miedo. De nuevo en un papel de hombre de una pieza, arrastrado por el sádico Robert Mitchum. Un clásico que para los más jóvenes desdibujó Scorsese en el remake de los 90, en el que regaló un pequeño (e irónico) papel a Peck.

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7. La profecía. Cada mirada desesperada del padre de Damien en esta maravilla que pone los pelos de punta más que todo el gore de los últimos veinte años.

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8. El premio Donostia del Festival de San Sebastián. Fue el primero en levantarlo, en el 86, aunque era la segunda opción (la primera era Jack Lemmon). Se lo llevó, cuentan, con cierto despiste.

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9.  La lucha por el agua, la guerra entre la civilización y el salvaje oeste en Horizontes de grandeza. Un grupo de actores fabulosos dirigidos por William Wyler en medio de unos paisajes que, como dice el título original y el español, nunca fueron tan grandes.

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10. Atticus Finch. Pocas veces un personaje ha estado tan ligado a un actor. Para las generaciones que llegaron al libro después de la película, no hay otra imagen que pueda tapar la de Peck en Matar un ruiseñor. Con su traje blanco, sus gafas, la manera de tratar y educar a sus hijos en esta obra maestra que no sería lo mismo sin él. Nunca sabremos, porque pocos actores hay más discretos y alejados del sarao, si Peck era como Finch tanto como queremos creer. Esta maravilla de Robert Mulligan y su interpretación nos prometen que sí. Que nosotros también somos hijos de Atticus.
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La verdad y los cuentos de hadas (o por qué Spotlight no ganará el Oscar)

Escrito por Antía Díaz
28 de febrero de 2016 a las 22:39h

En un alarde de velocidad, he visto El renacido poco menos de medio día antes de que, según las quinielas, la película de Iñárritu se lleve el premio gordo en la ceremonia de los Oscar. Y una vez que la he visto, me lanzo de cabeza a resistir con la terquedad de quienes saben que han perdido la guerra pero no la dignidad. Porque me temo que esta noche en Los Ángeles Spotlight perderá la partida que ganará El renacido. O no. De pitonisa y de leer señales ando fatal. Pero qué lástima que un Oscar no permita que vuelva a las salas esa película necesaria, inteligente y comprometida que es Spotlight.

La verdad
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Está difícil encontrar una película que persiga contar la verdad, por muy incómoda que sea. Y los abusos de sacerdotes católicos en la muy católica Boston son una verdad extremadamente dura de asumir por una sociedad que prefiere cerrar puertas y ventanas, correr cortinas, y tapar, tapar todo lo feo. A lo largo de toda la historia, Thomas McCarthy consigue que queramos todo lo contrario. Que ese grupo fantástico de actores (todos ellos, Michael Keaton, Mark Ruffalo, Rachel McAdams, Liev Schreiber, John Slattery, Brian D’Arcy James, Stanley Tucci) destape, levante, abra puertas, derribe tabúes. Porque entendemos, como público, que es necesario. Porque es necesario dar voz a los que sufrieron semejante delito durante años. Pero con una inteligencia que se echa mucho de menos en otras parafernalias que se estrenan estos días, McCarthy se hace a un lado en favor de la historia, que fluye sola, con su ritmo, ajeno a lo que no sea la investigación de ese grupo de periodistas del Boston Globe de los que no sabemos nada más que lo que ocurre en sus interminables horas de trabajo, en una decisión que no solo no despersonaliza a los personajes, sino que nos centra en lo que de verdad importa. Como en Todos los hombres del presidente (Alan J. Pakula, 1976), hasta ahora el manual de las películas sobre periodismo. Spotlight debería ser el Todos los hombres del presidente de esta generación. Por esa ética del trabajo, del periodismo con mayúsculas, la necesidad de contar las cosas a pesar de todo y de todos,  simplemente porque hay que hacerlo. En un momento de esta fantástica película, el personaje de Rachel McAdams le dice a una víctima que le diga palabras concretas. Que a los lectores les hará falta saber qué quieren decir exactamente cuando dicen “abusos”. Porque hay que saber. Para entender. Es el cine de verdad, el que hace falta. Por muy incómodo que sea.

Los cuentos de hadas

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                                                                        (Iñárritu, indicando a DiCaprio el camino al Oscar)

También El renacido se empeña en recordar que lo que cuenta está basado en hechos reales. No puede ser, no es real, sería lo que cualquiera diría si le cuentan que una osa gigantesca destroza el cuerpo de un hombre, y éste sobrevive. Así que conviene insistir en que esto pasó de verdad, parece ser. Sostenida por un inmenso Leonardo DiCaprio y por la maravillosa fotografía de Emmanuel Lubezki, a la película de Iñárritu le sobran minutos y ansias de rodar una película de esas bigger than life que tanto gustan al otro lado del charco. La fuerza de la naturaleza, del paisaje, la fuerza de la historia real del hombre que sobrevivió al oso, se diluyen con el paso del tiempo, con las secuencias oníricas, como si la realidad no fuera suficiente y necesitase una pizca de cuentos de hadas. El esfuerzo mayúsculo de DiCaprio, la maestría de Lubezki, la luz natural con la que se han empeñado en rodar, merecían tal vez algo más de mesura. Todo es precioso, cada plano, cada secuencia, cada encuadre, pero es demasiado precioso. ¿Un paquete aparatoso, espectacular, arriesgado? Sin duda. ¿Emoción? La justa.

Es posible que los cuentos de hadas ganen esta noche a la verdad. ¿Pero a que sería un ejercicio de justicia divina que, por una vez, la verdad se llevase el Oscar?

La verdad, filmada con B. De Bárcenas

Escrito por Antía Díaz
15 de febrero de 2016 a las 15:12h

Es curioso que por fin haya conseguido sacar tiempo para ver B (David Ilundain, 2015) unas horas antes de la dimisión de Esperanza Aguirre. Claro que con el ritmo de operaciones anti corrupción, políticos imputados o señalados, tramas y demás familia, quizás no es tan curioso. Hay una especie de hilo argumental en la política española en estos días extraños que debería dar para más películas como ésta.

Lo que es curioso, esta vez sí, es que me haya coincidido B con otra de esas películas que recuerdan el poder del cine para hacer llegar la verdad al espectador. La verdad del mensaje y la verdad del medio. De nada sirven las buenas intenciones para denunciar lo podrido del sistema (la corrupción, el abuso, en estos dos casos), si la manera en la que se lanza este mensaje no se viste con la misma honestidad. Con la fuerza de la verdad. De Spotlight, que aún estoy digiriendo, escribiré esta semana. De momento, me quedo con la idea de que El Renacido, que no he visto aún, tiene que ser la obra maestra del año para ser capaz de arrebatarle tantos premios a Spotlight… puede que estemos ante el Todos los hombres del presidente de esta generación.


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Pero volvamos a B… ¿pueden 75 minutos de declaración de un hombre ante un juez convertirse en una película? David Ilundain lo ha hecho. Partamos de la base de que es una adaptación de la obra Ruz-Bárcenas, de Teatro del Barrio y Teatre Lliure, que dirigió en su día Alberto San Juan. Y que como se encarga de recordar la película, no es más que la transcripción de la declaración de Bárcenas ante el juez Ruz un caluroso 15 de julio de 2013. Aquel día en el que el ex tesorero se desdijo de todo lo que había dicho antes y puso el ventilador en marcha. Así que estamos ante 75 minutos de diálogo entre magistrado, acusado, fiscal y abogados. Sin más. Pero la fuerza de Pedro Casablanc, convertido en Bárcenas (no en un imitador de Bárcenas, no, en el propio ex tesorero. Una se lo imagina con ese hablar chulesco de quien sabe que suelta mierda como para hundir a un partido entero, que yo me hundo, pero que se vengan todos conmigo, rápido, sin descanso, sin respirar, pero con esa voz fantástica de Casablanc, que se le notan las tablas y la dicción trabajada y las ganas de crecerse a cada gesto, cada mirada descarada al juez, que apenas levanta la voz hasta que menciona a Cospedal, a la que habrá encantado la película, imagino. Como a Rajoy). Se agradece tanto que no juegue la película a la imitación simple, que busque los gestos del ex tesorero y del juez, las miradas que se cruzan (fantástico Manolo Solo como Ruz, con esos ojos como de sorprenderse del aluvión de corrupción que se le viene encima). Y sorprende, y mucho, que a pesar de que cualquier españolito medianamente informado sabe quién es este señor y lo que ha dicho al juez, a pesar de que sabemos cómo acaba la película (de momento), el logro de la película (e imagino que de la obra) sea dar cuerpo y voz a lo que ya sabemos. Que nadie se engañe porque de documental no tiene nada. Qué más quisiéramos que lo de Bárcenas fuera ficción…

(PD. Quiero bien a Darín, y me gusta Truman razonablemente. Pero me pregunto qué extraños mecanismos ha llevado a la Academia a no darle el Goya a Casablanc)

 

 

 

De mayor quiero ser actriz francesa

Escrito por Antía Díaz
28 de enero de 2016 a las 11:54h

 

Yo de mayor quiero ser actriz francesa

JE NE SAIS QUOI Ese no sé qué de las actrices francesas va más allá de su belleza, de su talento, de sus carreras. O quizás es una mezcla de todo ello. Como una de las grandes, Jeanne Moreau, que hoy cumple 88 años con la misma sonrisa que atrapó a Jules. Y a Jim.

ANTÍA DÍAZ LEAL 28 de enero de 2016.


Ellas saben algo que las demás no sabemos. Mírenlas. Son delicadas, son flacas, son hermosas, tienen el pelo perfectamente despeinado, tienen ojeras y ese aire de caminar por el mundo como si nada. Pueden ser feas, o guapas. Enormes actrices, o algo menos. Pero esconden algo… miren a Juliette Binoche, puro allure, ¿verdad? Pues es capaz de hacerle un MOI NON PLUS salvaje en un portal a Jeremy Irons. De pie. Con un abrigo y unos zapatos ideales, sí. Despeinándose como solo ella sabe.

SI «JULES ET JIM» VOLVIERAN

Pasa desde que el cine es cine. Hoy cumple Jeanne Moreau 88 años, arrugada como solo saben arrugarse las francesas que han sido maravillosas. Si Jules et Jim levantaran la cabeza, volverían a perderla por ella, pura sonrisa, cantando Le Tourbillon como si no significase nada, volverían a correr detrás de ella, vestida de hombre, bigote pintado, pura Nouvelle Vague, casi más que ninguna.

Moreau ya bailó al ritmo de Louis Malle, como Binoche, aunque en el blanco y negro de los 50 ni siquiera las francesas podían hacer cosas en los portales con el abrigo puesto. Pero al calor y el color de los  60, tras los ojos surrealistas de Buñuel, hasta la burguesa más fría podía desnudarse, porque nadie ha sido tan belle de jour (ni de nuit) como Catherine Deneuve, que se arrugará menos que Moreau pero en esta madurez tensada por hilos subcutáneos sigue girando la cabeza y mirando a la cámara con ese aire de saber eso que las demás mortales no sabemos. Buñuel debía sospecharlo… ya dijo que era «bella como la muerte, seductora como el pecado, fría como la virtud».

De mayor quiero ser actriz francesa porque a las francesas les pasa un poco como a los de Bilbao, que nacen donde quieren. Como Jane Birkin, que era de Londres pero nadie se acuerda porque no se puede ser más de París que si se graba una canción con un abrigo marinero y Serge Gainsbourg y luego se paren dos criaturas como Charlotte Gainsbourg y Lou Doillon, que son iguales a sus respectivos padres pero igual de guapas que su madre, que me dirán que no se puede ser guapa si se lleva la nariz del divino Serge, pero se puede. Si tus padres son ellos y te haces actriz y cantas y eres musa de Balenciaga y de Lars Von Trier y además sacas discos, y tu pareja es director de cine. Tampoco Anna Karina había nacido en Francia pero Godard la puso a vivir su vida y nada volvió a ser igual. Claro que Godard era  capaz de conseguir que Jean Seberg también quisiese ser de mayor una actriz francesa, y no una americana cualquiera vendiendo periódicos por los Campos Elíseos, escapando con Jean Paul Belmondo, sin aliento.

EL ARTE DE LAS MUJERES

Malle, Godard, Truffaut, Buñuel, Renoir, Vadim, Téchiné, Ozon. Parte de la culpa de la fascinación que las actrices francesas han provocado desde que los hermanos Lumière encendieron la mecha es suya. De los hombres que las dirigieron y las lanzaron al mundo, que les daban papeles bastante menos planos que los que llegaban de Hollywood. Truffaut, que lo tenía clarísimo, llegó a decir que «el cine es el arte de la mujer, o sea, de la actriz. El cometido del director consiste en conseguir que las mujeres hagan cosas hermosas. Es mi opinión: los grandes momentos del cine se dan cuando hay coincidencia entre las dotes de un director y las de una actriz dirigida por él»

Tal vez por eso las amó a todas. En el rodaje y después del rodaje, y nos hizo amarlas a todas con sus defectos que en ellas no los eran, o lo eran menos, porque Moreau-Catherine es poco menos que perfecta a pesar de la locura de vida en la que meterá a cualquier hombre que se cruce en su camino. Aún hoy, acercándose a los 90, como una pasa. Mírenla.

“Por dios, Ingrid, es solo una película”

Escrito por Antía Díaz
28 de septiembre de 2015 a las 12:17h

(este sábado publicaba este artículo en el suplemento Yes, en La Voz de Galicia. Y siempre, siempre, es un placer aprender más sobre ella)

«Por Dios, Ingrid, es solo una película»

CIEN AÑOS Su imagen estará siempre ligada a la pasión que vivió con Roberto Rossellini, pero más allá del escándalo está la mujer que actuó, en el amor y en el cine, por encima de las convenciones y las normas de la época.

ANTÍA DÍAZ LEAL26 de septiembre de 2015. 

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La cita del titular es de Hitchcok. En su larga conversación con Truffaut, el director inglés confesaba que «ella no quería rodar más que obras maestras, pero ¿quién puede saber si un filme va a ser o no una obra maestra? Cuando estaba contenta de una película que acababa de interpretar, decía: ¿qué más puedo hacer después de esto?». No podía pensar nunca en algo que tuviera la suficiente grandeza». Ella, Ingrid Bergman, rodaba con Hitchcock Atormentada, una película de la que ninguno de los dos quedó satisfecho. Pero mientras el británico sobrevolaba los fracasos a la espera de otra oportunidad mejor, a la sueca parecía costarle asumir que no siempre podía rodar una Juana de Arco.

Perfeccionista, volcada en su trabajo, la actriz era en aquel momento la estrella más importante de Hollywood. Hoy quizás se nos vengan otros nombres a la cabeza si pensamos en las grandes divas del cine norteamericano, y los más jóvenes probablemente solo la recuerden en Casablanca. Pero de su importancia en la industria y para el público da fe el escándalo que provocó su relación con Roberto Rossellini cuando aún estaba casada con su primer marido, Petter Lindström. El hombre quedó para la historia como uno de los grandes cornudos por la pasión entre Bergman y Rossellini, pero de él cuentan quienes conocieron a la pareja que era de todo menos un marido abnegado. El biógrafo Donal Spoto recoge en Las damas de Hitchcock las palabras del artista sueco W. H. Dietrich, un amigo del matrimonio, que aseguraba que Lindström «era terriblemente duro con ella. Cuando volvía del estudio, cansada pero contenta, Lindström le decía: «bueno, ¿y ahora vas a hacer algo que valga la pena de verdad?». No me explico por qué era así con ella. Al fin y al cabo, todavía no se había puesto a trabajar e Ingrid era la que llevaba el dinero a casa». Así que aquella familia aparentemente estable, en la que Petter cuidaba de la pequeña Pia mientras estudiaba Medicina y su mujer trabajaba sin descanso, no era para nada lo que pensaba la legión de seguidores de la actriz. El carácter dominante de Lindström la ahogaba, y ella llegó a plantear el divorcio, pero él se negó. Y en lo mejor de su carrera, adorada por el público, instalada en Beverly Hills, con su primer Óscar en la vitrina, una obra maestra del neorrealismo italiano se cruzó en su carrera. Y todo cambió.

SIN MIRAR ATRÁS

 

 Descubrir en un cine Roma città aperta fue el primer paso para llegar a su director. El segundo, Paisà. Y de ahí, la famosa carta en la que Bergman se ofreció a Rossellini para rodar. Cualquier cosa. Esa película «cualquiera» fue Stromboli, y la chispa entre los dos prendió en pleno rodaje. La chispa, el embarazo, el escándalo. No un escándalo cualquiera, no? el tema llegó al Senado, los estudios de Hollywood se cerraron en banda, y decenas de cartas comenzaron a llegar para acusarla de fulana, de mala madre. Refugiada en Europa en brazos de Rossellini, consiguió el divorcio en 1950. Tardaría años en volver a ver a su hija Pia, con el doctor Lindström de uñas durante décadas. Años después, el primer marido de Bergman le contó al biógrafo de Bergman, Laurence Leamer, que lamentaba no haber soltado en su momento lo que la gente no sabía de la actriz: que bebía mucho, fumaba, era promiscua, ignoraba a su hija y solo vivía para su carrera. Ella misma lo dijo: en Estados Unidos vio pasar su imagen «de santa a puta, y de nuevo a santa». Sin términos medios.

Aunque aquella pasión alla italiana duró siete años, la figura de Bergman quedó ligada para siempre a la de Rossellini. Aquellos años dejaron tres hijos (Roberto y las gemelas Isabella e Isotta), cinco películas juntos (entre ellas dos obras maestras, Stromboli y Viaggio in Italia, una de las más duras visiones del matrimonio que se han rodado nunca), pocos éxitos internacionales, números rojos. Y el aislamiento artístico de Bergman, volcada en su relación sentimental y laboral con Rosellini. No hubo otro director durante aquellos años… hasta que Jean Renoir la «rescató» en 1956 en Elena y los hombres. Y volvió al panorama internacional, sobre todo con Anastasia. Segundo Óscar, y de nuevo el amor.

SONATA DE OTOÑO

Con Hollywood de nuevo a sus pies, llegó la calma y su última pareja, el productor teatral sueco Lars Schmit. Sin enormes papeles en el cine, cabe preguntarse cuánto tendría que ver cierta ética del trabajo que a sus colegas de la época les parecía, curiosamente, una excentricidad. «Incluso en la actualidad (hablamos de los años 60) continúan las discusiones con ella porque, a pesar de su belleza, con el pretexto de que tiene más de cuarenta y cinco años, quiere interpretar papeles de madre. ¿Qué espera interpretar cuando tenga ochenta y dos años?», se queja de nuevo Hitchcock a Truffaut.

Hubo cine, sí, pero también teatro, televisión, un último Óscar por el papel de aquella institutriz tan gris de Asesinato en el Orient Express, de nuevo el divorcio, y por último la enfermedad. Y en aquella coda, llegó al fin el otro Bergman tesoro nacional sueco, Ingmar, y le regaló Sonata de Otoño. Su última película, de nuevo, la enfrentó a aquella lucha entre la carrera y la familia, esta vez en la pantalla, como antes en su vida.

Otro cine de acción es posible en España

Escrito por Antía Díaz
25 de septiembre de 2015 a las 9:02h

Un coche, un teléfono, dos niños, un director de una sucursal bancaria. Una bomba, una venganza. Estos son los mimbres con los que el monfortino Dani de la Torre debuta en el cine. A lo grande, con 90 minutos sin salir del vehículo, con un trabajo de producción de alto nivel y una factura poco habitual en los thrillers que se ruedan en este país. Llega hoy a los cines El desconocido, la última apuesta de Vaca Films por un cine de acción con algo más. Ese “algo más” es, aquí , el timo de la estampita a gran escala de la banca española con las preferentes, las subordinadas y todo tipo de emisiones tóxicas que, no se nos olvide, contaminaron más que los gases de los Volkswagen de los que tanto hablamos estos días.

Que nadie espere, eso sí, cine social en El desconocido. Aunque se agradece en una película de acción algo más que efectos especiales, carreras y golpes, ese algo que traspasa la epidermis, De la Torre firma acción. Rápida, intensa, con pulso, un control muy inteligente del tiempo, sin complejos, a la americana. Tal vez se le pueda achacar que demasiado a la americana. No es que sea un lastre imposible cierto abuso de los planos aéreos, cierto alarde del nivel de producción. ¿Hacen tanta falta? Porque la factura es tan buena y el montaje de Jorge Coira, brutal, que no necesitan más.

 

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Mención aparte (aunque esto no sea novedoso) para las interpretaciones de Luis Tosar y Javier Gutiérrez. Y para dos mujeres que, dentro y fuera del coche, levantan la película. La primera, Elvira Mínguez desde ese plano secuencia que adelanta que estamos ante uno de los pilares de la cinta. La segunda, la pequeña Paula del Río, contrapunto adolescente aguantando el pulso con Tosar, y que crece, como su personaje, mientras avanza el coche.

 

El mundo sigue

Escrito por Antía Díaz
5 de agosto de 2015 a las 8:36h

Las calles de Madrid son diferentes en las imágenes de El mundo sigue. Como es diferente la Roma de Rosellini, o de Vittorio de Sica. Una ciudad sucia, de escaleras interminables para subir a casa, de ropa vieja, de moral hipócrita. Sucia por dentro y por fuera, a pesar de estar rodada en el 63, el polvo de esa postguerra eterna que fue el franquismo se cuela en cada plano de este peliculón de Fernando Fernán Gómez que ha vuelto a las salas este verano. Un regalo inmenso para recuperar la visión durísima del director de un país en blanco y negro, de mujeres arrastradas y de mujeres vendidas, sin términos medios en la degradación moral de quienes se odian y se atacan como lo hacen las dos hermanas (Lina Canalejas, Gemma Cuervo, desatadas) que centran este dramón.

No entiendo a la censura de la época. Aunque el poder utiliza sus mecanismos para mostrar lo que quiere y tumbar lo que no le interesa, y la distribución de la época se llevó la película a Bilbao en un estreno que difuminó la película hasta hacerla desaparecer, el caso es que permitió que se rodase. ¿Cómo es posible que el régimen tragase con una historia en la que se habla del sexo como herramienta para medrar, e incluso dentro del matrimonio tiene esa carga de sordidez y de violencia? Una historia en la que un anillo puede comprar la supuesta moral intachable de un padre de familia de los de antes. En la que se critica a los meapilas con una dosis de desprecio notable.

el mundo sigue

Salgo del cine al sol como quien aterriza en otro planeta. De vuelta del ataque de Fernán Gómez a las buenas costumbres, al que da forma de la mano de un plantel de nuevos actores, de veteranos, con su propia figura enorme en el papel de un panoli despreciable. Gente triste en una España triste, misses de barrio, escritores que ocultan su talento detrás de unas gafas de sol (un brillante Agustín González), madres que cargan con todo ahogadas en un mar de lágrimas (Milagros Leal).

Y en este verano en el que hemos perdido a José Sazatornil, pienso en las decenas de secundarios que han sido (y son) eso que llamamos el cine español. Una forma de hacer películas, de contar historias, que no se comprende sin estos actores. El mundo sigue es también un manual de instrucciones para entender el papel de los actores de reparto. Como si viviésemos en uno de esos pueblos que habitó Saza, en forma de cabo Gutiérrez, tal vez deberíamos salir a las calles tras una pancarta que rece “Secundarios, nosotros somos contingentes…”

Como lágrimas en la lluvia

Escrito por Antía Díaz
5 de mayo de 2015 a las 7:33h

“Fue en ese momento concreto de los cien años de historia del cine cuando ir al cine, reflexionar sobre cine, hablar de cine, se volvió una pasión entre los estudiantes universitarios y jóvenes de otros ambientes. El público ya no se enamoraba de los actores, sino del cine”.

Lo dice Susan Sontag, lo leía en Moteros tranquilos, toros salvajes, cuatro horas antes de alucinar en una sala de cine con el arranque de Blade Runner. Con los primeros acordes de Vangelis, con esa ciudad inmensa dominada por el zigurat de la Tyrell Corporation, pensaba en la nula educación en cine de este país, que reduce las películas en el colegio a la mínima expresión, como si educar a los chavales para que amen el cine no fuese necesario. Y yo, que creo que todo tiempo pasado es peor (con permiso de Drexler), que no soy nada apocalíptica, me siento vieja como el mundo pensando que los jóvenes que llenan las salas (es un decir) para ver distopías descafeinadas varias, no saben quién es Deckard, qué es un blade runner, nunca se han preguntado qué significa el pequeño unicornio de papel de plata o qué hay detrás de los ojos inexpresivos de Sean Young.

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Me dura el desconcierto unos dos segundos, se me viene a la cabeza la frase de Susan Sontag otros dos, y todo desaparece, arrasado por el orballo permanente de esa ciudad de Los Ángeles, por el gesto cansado de Harrison Ford, por el silencio de esta versión sin aquella pesadísima voz en off. Cine negro, ciencia ficción, cine de culto, cine para discutir y sobre todo, para disfrutar. Diría “cine del que ya no se hace” si no acabase de escribir que no soy nada apocalíptica…
El cine por el que debería ser recordado Ridley Scott, sin duda, y no por esa inclasificable carrera posterior, hecha a bandazos, la misma que se utiliza de reclamo en los anuncios… “del director de Gladiator” me gusta especialmente, me imagino a Roy Batty revolviéndose en su tumba, si es que entierran a los replicantes en algún lado, muerto de risa. ¿Por qué vende más Gladiator que Blade Runner? ¿Soy una friki cuando digo que las pelis del director de la primera me interesan más bien poco, pero las del director de la segunda me encantan? ¿Qué pasaría si en la tele pusiesen cualquier domingo por la noche Blade Runner y no Gladiator? ¿Y si algún adolescente que está pensado en ir a ver la segunda aparte de Divergente descubre que había vida distópica y (mucho más) inteligente antes de las trilogías escritas por y para críos?

Un apunte para la agenda de los seguidores del director de Alien: el jueves comienza en Ferrol un ciclo en los Cines Dúplex en el que no se podrá ver Blade Runner… pero sí nueve de sus películas. El reino de los cielos (7 de mayo); Tormenta Blanca (14 de mayo); Robin Hood (21 de mayo); Black Hawk Derribado (28 de mayo); Thelma y Louise (4 de junio); Gladiator (11 de junio); American Gangster (18 de junio); Alien (25 de junio) y Prometheus (2 de julio). ¿Irregular? Siempre. ¿A bandazos? También. Pero casi siempre con algo que decir.

(Nota a pie de página totalmente gratuita. Estos días que releo el libro de Peter Biskind, más allá del imparable marujeo de Hollywood, me quedo con otra frase… cuando Nashville, de Robert Altman, se estrelló en la taquilla, le preguntaron qué creía que había pasado. “No salía King Kong ni un tiburón”. Pues eso)

El bótox y Billy Wilder (cada uno ve los Óscar como quiere)

Escrito por Antía Díaz
23 de febrero de 2015 a las 14:54h

Sospecho que Trueba tenía razón, que Billy Wilder es dios (incluso en horas bajas) y que los caminos de dios son inescrutables, y que si dios quiere te lanza una anunciación en forma de Fedora. No seré yo la que cuestiones los mensajes divinos, así que medito sobre los renglones torcidos de Wilder como si rezase el rosario. Un rosario ácido y cargado de mala leche, acumulada durante 72 años de vida y medio siglo de cine. Una letanía que rezo con fe renovada entre el palmarés de los Óscar y el show de los horrores quirúrgicos y estéticos en que se ha convertido la alfombra roja y (sobre todo) las fiestas posteriores. Me he pasado la última semana rumiando Fedora. Cayó en mi pantalla casi al mismo tiempo que el show de la cirugía de Uma Thurman, y juro que no fue programado. Y justo a una semana de los Óscar.

Porque en la penúltima película de Wilder, ajada como Fedora, triste como el rostro arrugado de William Holden, viejuno canto de cisne (es terrible llamar viejuno a Wilder, que me perdone dios por esto), se encierran varias lecciones de la gala de este año: cine sobre el cine en Birdman, la presión de la imagen, las hijas que siguen la carrera de las madres (pensaba esta mañana en el rostro destrozado de Melanie Griffith, mirando orgullosa a su hija Dakota), los obstáculos de la industria por sacar adelante proyectos que se salen de madre, la falta de respeto absoluta a los viejos. ¿Dónde estaba ayer Maureen O’Hara? ¿Dónde Miyazaki? Dos de los premios honoríficos de este año, de nuevo relegados a una gala previa de la que nadie habla. Pienso con horror en la pobre Lauren Bacall, recogiendo ese mismo premio de honor en una cena sin campanillas, ella que es más Hollywood que la señora que preside la Academia, y que nadie sabe quién es, claro. Pero el padre de Totoro y la pelirroja de armas tomar que bordó cada papel que John Ford le regaló no se merecen, al parecer, un espacio en el que la industria se rinda a sus pies y, lo que es más importante, los más jóvenes puedan descubrir rostros con más arrugas que Jennifer Lawrence.

Qué guión haría este señor bajito si le diesen hoy un Óscar honorífico en una fiestecilla sin cámaras ni tuits…

Como no se merecía, al parecer, Wilder el apoyo de la industria para rodar Fedora, por muy mediocre que sea, porque Primera Plana (adorada ahora) fue un fracaso. Wilder sabía que eso era Hollywood. Lo había calado casi 30 años antes en Sunset Boulevard, otra vez cine dentro del cine, con el olor del cloro de una piscina macabra, William Holden sin una arruga, Gloria Swanson con todas, el monstruo de Hollywood devorando todo lo viejo a su paso, enloqueciendo a las divas, preparadas siempre para un primer plano que nunca volverán a rodar. La Swanson está en Fedora, y Greta Garbo, y todas las viejas glorias que se parapetaron tras un sombrero y unas gafas para que nadie viese que envejecían. Pienso, mientras rumio la película, qué habría sido de la Garbo si cuando se retiró del mundo hubiese existido el bótox de todo a cien, las inyecciones de vitaminas y el veneno de abeja. ¿Se pasearía por la alfombra roja con la cara de Renée Zellweger? ¿Tendría que decir “es el maquillaje” como Uma Thurman? ¿Miraría con esa mezcla de orgullo y envidia a la hija que no tuvo, como Melanie?

Las familias felices

Escrito por Antía Díaz
8 de febrero de 2015 a las 14:24h

Todas las familias felices se parecen; las infelices lo son cada una a su manera.
Parecerá una simpleza, pero pensaba ayer en el principio de Ana Karenina al ver la gala de los Goya. No por larga, mal pensados, no. Más bien porque, como decía Banderas, la crisis es el estado natural de la profesión, y parece quedar claro después de las casi cuatro horas de sopor y de discursos aburridos y chistes sin gracia, que esto de los Goya resulta mucho más estimulante cuando las cosas no van bien, aunque solo sea por cuestiones de entretener a la audiencia. El aburrimiento de guión de ayer no merecería estar ni entre los finalistas al premio, oigan…
Me contaba el actor Javier Gutiérrez hace unos días que este año la gala debería ser menos reivindicativa porque los políticos no merecen más que la indiferencia del sector. Es probable, sí. Todo el mundo pasó del ministro Wert, Nacho para los amigos, que eran escasos. En la retransmisión solo una vez se enfocó a los líderes de la oposición, que pasaban por allí y tuiteaban con descaro que bajarán el IVA. Parece que se trataba de pasar de ellos, de celebrar el año de cine, nunca mejor dicho, que ha vivido el gremio. Por la calidad de las películas, por esa reconciliación tan traída y llevada entre el público español y el cine que aquí se hace. Por los millones recaudados. ¿Fiesta loca, pues? Tampoco. El presidente de la Academia nos remitió a discursos anteriores para el capítulo de quejas. Unos (pocos) aludieron al vergonzoso IVA. Se cantó Resistiré porque de eso se trata: hacer cine en este país es un ejercicio de resistencia. De no perder la ilusión, como decía Gutiérrez al recoger ese merecidísimo Goya por su papel de Juan en La isla mínima, sin duda la mejor película del 2014. No porque lo diga la Academia, no. Por ese guión redondo y duro, por la luz, la ambientación, por los papeles (los premiados y los que se fueron de vacío), por la música, por la dirección férrea de Alberto Rodríguez, sacando oro de los actores, de las marismas, de esa durísima historia que ha estado entre las películas más vistas el pasado año. A falta de Magical Girl, asignatura pendiente que espero superar en 7 días, no me quedan dudas… Ni siquiera por cuestiones puramente sentimentales, que una es así de cursi, y se emociona cuando una tía tan de verdad como Nerea Barros llora con su Goya en la mano, después de contarme la noche anterior, en directo en Vtelevisión, ¡desde la cama!, que está atacada pero feliz. Feliz también por Javier Gutiérrez, no sabéis cómo, otro que no puede ser más de verdad y más normal y más grande, aunque ya lo sabíamos la legión que lo seguía en Animalario (a uno no le dan un Max de teatro porque sí).

Un señor de Málaga, con sus gafas de 55 años, ante la segunda parte del partido…


Pero cuestiones sentimentales al margen, os diré que además de aburrirme como una seta, comer palomitas, planchar la ropa de la semana y quedarme perpleja con el mini concierto que se marcó Poveda a la una y cuarto de la madrugada y que solo comprendo si en vez de estar patrocinada por una marca de perfumes, detrás estaba una campaña de alguna junta autonómica (se admiten apuestas), además de todo esto, me quedo sin duda con cada una de las palabras de un señor que no será el mejor actor, el mejor director, pero que es una estrella, y ahí estaba, reivindicando el cine de casa, a cada uno de los profesionales que trabajan en una película, sus inicios y ese tren que lo llevó a Madrid. Muchas palabras, vale, las de Antonio Banderas, para un discurso de agradecimiento. Pero meditadas, las de alguien que entiendo que se toma muy en serio este premio, que ama la profesión y que se siente viejo si mira hacia atrás y joven si mira hacia delante, camino de la segunda parte del partido de su vida. Un señor que se sabe estrella, pero que reconoce ese caos en el que debe vivir el artista, que nace de la crisis y que vive en ella. Porque ahí está Karenina para recordarlo.
Todas las familias felices se parecen; las infelices lo son cada una a su manera.