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Los 40 en sesión continua

Escrito por Antía Díaz
6 de mayo de 2012 a las 13:00h

Porque hay cine que no sabe lo que es la crisis de los 40, esto es lo que cuento hoy en el Extra de La Voz de Galicia…

UNA COSECHA DE OBRAS MAESTRAS QUE NO ENVEJECEN

El 72 fue el año en el que Bob Fosse arrebató el Oscar al mejor director a Coppola. El año en el que “El Padrino” se convirtió en leyenda. A la cosecha cinematrográfica se suman los nuevos valores que vinieron al mundo y cumplen ya los 40.

¿Qué tienen en común El Padrino, Cabaret, El discreto encanto de la burguesía, La huella, La huida, La cabina, Jude Law, Alejandro Amenábar o Gwyneth Paltrow? Unos envejecen mejor que otros, pero todos son de la quinta del 72. ¿Era inevitable que se dedicasen al cine quienes vinieron al mundo año en el que Coppola dio el pistoletazo de salida a la madre de todas las trilogías? Tal vez no, pero la cosecha de aquel año dejó directores como Alejandro Amenábar,  actores como Law, Paltrow, Cameron Diaz, Vanessa Paradis, Adrià Collado o el matrimonio Ben Affleck-Jennifer Garner.

Algo tendría que haber en el aire hace cuatro décadas para que el Oscar a la mejor película extranjera se lo llevase El discreto encanto de la burguqesía, de Luis Buñuel para… Francia, claro. Para que Bertolucci escandalizar a medio planeta con El último tango en París. Para que Mankiewicz se marcase su última, macabra y genial vuelta de tuerca encerrando en una mansión a Michael Caine y Laurence Olivier en La huella. O para que Antonio Mercero y ese señor bajito con bigote revolucionasen desde España y desde una pequeña pantalla el panorama del cine fantástico con esa joya que es La cabina.

Clásicos como Buñuel y Makiewicz convivían en las carteleras con los moteros tranquilos y los toros salvajes, aquella generación que llevaba casi media década dándole la vuelta al calcetín del cine para crear, partiendo del viejo lenguaje, una manera completamente distinta de contar las cosas. Más salvaje, más seca, con el sello de directores como Peckinpah, que lanzaban a Steve McQueen y Ali MacGraw en carreras hacia ninguna parte.

Pero hasta los mayores de la clase seguían demostrando oficio. En 1972, ese señor gordo y macabro llamado Hitchcock estrenó Frenesí. Guardaba los mismos modos que 40 años antes… pero su penúltima película, como los tiempos, habían cambiado. Todas tienen 40 años. Pero apenas una arruga.

Y cuatro recomendaciones:

CABARET: Bienvenidos al KitKat Club

Más que un musical, más que una historia de amor, más que una cinta histórica… Bob Fosse borda en Cabaret la historia de Sally Bowles, convierte a Liza Minnelli en un mito y revoluciona la manera de rodar y montar los musicales. Sórdida, atípica, divertida y crítica, o cómo róbar a Coppola el Oscar al mejor director en el Berlín de entreguerras.

EL PADRINO: El apellido que marcó el cine

No es solo una de las mejores películas de la historia. Es una leyenda. Guión milimetrado, Marlon Brando fuera de catálogo, música de Nino Rota, el descenso al lado oscuro de Michael. La familia, la muerte, las ofertas que no se pueden rechazar. Nada sobra, nada falta. Y (casi) lo mejor: es el prólogo perfecto a una segunda parte antológica.

EL ÚLTIMO TANGO EN PARÍS: Sexo, mantequilla y Brando

Hay películas que merecen ser vistas solo por una secuencia. Marlon Brando gritando bajo un puente es una razón más que suficiente para dejarse envolver de nuevo por una cinta que es más que eso. Un escándalo firmado por Bertolucci que envejece mal pero que marcó a una generación que nunca volvió a ver la mantequilla de la misma manera.

LA CABINA: Angustia en 37 minutos

La puerta de una cabina que no se abre. Un guión firmado por Garci y Mercero para TVE. Y encerrado entre los cuatro cristales, el impagable José Luis López Vázquez convertido en la imagen del terror: el que nace del absurdo de las cosas cotidianas. Un icono de la televisión de otra época premiada con un Emmy al mejor programa de ficción.

 

 

De mayor quiero ser festival de cine

Escrito por Antía Díaz
26 de abril de 2012 a las 16:04h

Ya sé que faltan aún cuatro días y medio para que termine abril. Pero mira, me lo voy a saltar porque como siempre, desaparece del calendario con una rapidez pasmosa. Debo de hacerme vieja, o estoy sometida a un atraco permanente de abriles, que todo puede ser. Y aunque en mi calendario, abril es de Ginger y Fred, si paso a mayo sale Cary Grant. Con Deborah Kerr. En Tú y yo. No tengo más que decir.

(Esto es lo que pasa cuando una abandona el blog por razones ajenas a su voluntad durante dos meses. Que luego divaga. Me centro y cierro paréntesis).

A lo que iba: mayo es a Cannes lo que Angela Merkel a la úlcera de Rajoy. Y como el Festival actúa como si fuese el no va más de la modernidad cinematográfica, y Merkel actúa como si le fuesen a dar el próximo Nobel de Economía, deduzco que lo tenemos igual de negro para salir de la crisis que para renovar el panorama del cine actual.

Vamos por partes. Año 2012. Preside el jurado de la Sección Oficial Nanni Moretti. Nada que objetar. Integran el jurado la directora y actriz palestina Hiam Abbas (cuota de cine árabe y además palestina y además mujer. Tres puntos), Andrea Arnold (cuota de cine europeo y además mujer. Dos puntos), Ewan McGregor (cuota de cine europeo que conocen los menores de 30 años. Esto son casi tres puntos), Emmanuelle Devos (actriz francesa. Dos puntos por europea y mujer, diez por ser francesa), Diane Kruger (el equivalente femenino de McGregor, pero con un par de pluses más porque a ella la conocen hasta los menores de 20 y últimamente, cine destacable poco pero alfombras rojas, todas), Alexander Payne (cuota USA, claro, y además era un gran tío hasta que se fue a Hawaii), Raoul Peck (director, guionista y productor haitiano. Este año no hay cine oriental en el jurado. Pero sigue siendo exótico. Quince puntos). Y la guinda. Es que me encanta, y lo digo sin ironía: Jean Paul Gaultier. El diseñador. Lo que me mosquea en todo esto es que el delegado del Festival, Thierry Frémaux, se dedique a justificar por qué Gaultier está legimitado para estar en el jurado… Frémaux daba esta semana como una docena de razones en un programa de la televisión francesa. Yo es que tengo que ser muy rara o como muy simple. A mí me llegaba con un “pues porque sí”. Y además, queda que te mueres en las fotos. Y las camisetas de rayas le pegan a La Croisette más que Brigitte Bardot en biquini de cuadros vichy.

El caso es que aunque la sección oficial sea tan poco sorprendente esta primavera como en las últimas (Haneke, Cronenberg, Ken Loach, Alain Resnais, varios apellidos asiáticos que no veremos en las salas, el hijo de Cronenberg, Fatih Akin, Kiarostami, una pequeña dosis de producciones hispanas, pero sin pasarse -ojo a la coral 7 dias en La Habana y a la doble ración del argentino Pablo Trapero) este año Cannes NO se jubila. ¿Y por qué, si cumple 65 años? Pues porque ya dice el FMI que ahora se nos ha dado por vivir más, que no lo hemos calculado al echar cuentas, y como tenemos la manía de querer cobrar una pensión, el Festival tendrá que ser solidario y currar hasta los 70. O más. Como todos, que hay que apretarse el cinturón. Y Merkel está mirando.

Lo que parece haberse jubilado es mi modesta capacidad de entender la selección de películas a concurso. El hecho de que me parezca, un año más, que lo más interesante es la sección de clásicos me genera cierta inquietud. Necesito una dosis de post modernidad o ver más pelis de Terry Gilliam. Es que me iría a Cannes a coger sitio solo para ver la versión restaurada de Érase una vez en América que va a presentar Scorsese. Que me acabo de enchufar la banda sonora de Morricone y se me ha puesto la misma cara que a Elizabeth McGovern cuando Robert de Niro entra en su camerino una eternidad después. Y que además los clásicos estos (habrá quien los llame viejos porque son en blanco y negro) regalan Te querré siempre, de Rossellini, que hoy es mi película preferida y posiblemente mañana también. Y como si una no pudiese ser más feliz ya, La balada de Narayama, que es la película que consiguió que dejase de ver cine japonés sin taparme los ojos por si algún samurai cortaba a alguien en pedazos. Vale, no es un dato muy objetivo y desde luego nada purista. Pero soy una sentimental y si no fuese por la cabezonería proverbial de los Díaz y en concreto de mi padre (que menos mal que no me lee), nunca me habría reído y llorado como con esta maravilla. Y además, ponen Tiburón.

Me estoy haciendo vieja. O clásica. O en blanco y negro. O muda. Pero prometo hacer los deberes y cuando los elefantes (con perdón) vuelen y en España estrenen películas vietnamitas iré a verlas y juraré no haber escrito nunca que me parecen más modernos Ingrid Bergman y George Sanders en blanco y negro bajo la lupa de Rossellini que todos los apellidos impronunciables que acaparan Palmas de Oro.

(Eso sí, el cartel es precioso. Lo de Marilyn con los cumpleaños es digno de estudio)

¿Son unos premios previsibles menos merecidos?

Escrito por Antía Díaz
27 de febrero de 2012 a las 20:37h

Pase que detrás de la tremenda campaña de promoción de The Artist esté la todopoderosa mano de Harvey Wenstein. Pase que, aunque sea francesa, hable de una tierra que se llamaba Hollywooland. Pase que detrás de la maquinaria de las grandes empresas se hayan quedado una docena de excelentes películas. Las que no han llegado ni a estar nominadas. O las que han sido nominadas por rellenar la papeleta. Como El árbol de la vida. Pase que sea incomprensible que La gran ilusión no ganase el Oscar en los años 30 y que esta haya sido la primera cinta francesa que lo hace. Vale. Pero las injusticias cometidas por este club de amables millonarios, dinosaurios del cine, ¿es suficiente para criticar ahora a la misma película que durante los últimos diez meses ha estado en boca de todo el mundo? ¿La que consiguió colarse en salas de medio planeta a pesar del “¡pero si es es muda!”?

 (todo el equipo de The Artist… incluido el chucho, empeñado en que George Valentine le haga caso)

Es cierto. La gala estaba cantada. Desde el Oscar para Christopher Plummer al de Meryl Streep. Como los premios al preciosismo técnico de La invención de Hugo. Pero vamos… ¿no es arriesgado que una película muda se haga con un Oscar en el 2012? Es clásica, en blanco y negro, recupera la banda sonora de Vértigo, ¿y? Las grandes historias no necesitan ser la innovación al cuadrado para ser mejores. Que se lo digan a Kathryn Bigelow y su “sencilla” cinta bélica frente a la virguería vacía de su ex marido…

La Academia de Hollywood NO es transgresora. Dar un premio a una película muda a estas alturas debe ser un subidón de adrenalina para alguno de sus socios, que hoy estarán con el oxígeno puesto después del exceso. Claro que lo valiente habría sido darle el premio a Michael Fassbender por hacer de adicto al sexo en Shame (la semana pasada leí una crítica que literalmente decía: “excelente, no creo que pueda volver a verla”…). Que lo osado sería nominar a mejor cinta a la iraní Nader y Simin. Que es una obra maestra. Pero seamos serios: no lo permiten las normas. Y además, que Hollywood le dé el premio mayor a una película iraní es tan absurdo como pensar que Barack Obama se va a reunir pasado mañana con Ahmadineyad para hablar del tiempo.

Sigo sin entender por qué Meryl Streep se ha llevado su tercer Oscar por imitar a Margaret Tatcher. Pero dado que algún productor pensó que era mejor dejar a Jessica Chastain en la categoría de mejor secundaria en vez de en la de mejor actriz por su sutil, inteliegente y preciosa interpretación en El árbol de la vida, ¿a quién le sorprende el premio para Streep? Por cierto, si alguien quiere hacer un capítulo de injusticias oscarizables, que eche la cuenta de cuántas actrices han conseguido más Oscar que ella. Solo una. Y se llamaba Katharine Hepburn. Bette Davis ganó dos… en fin. Que la gala es muy bonita, muy lucida, muy larga y muy aburrida. Que la alfombra roja es como un teatrillo de espaldas a una crisis que afecta al cine como a todo lo demás, aunque los brillantes de Natalie Portman y la sonrisa de Billy Cristal (¿qué le pasa en la boca?) parezcan negarlo. Pero la Industria (así, con mayúscula) sabe cómo montar un espectáculo. Aunque no lo demuestre en el escenario, claro… Pero nos tiene a todos hablando una semana de películas, de modelitos, para quejarnos, para aplaudir… y con algo de suerte, devuelve a alguna de las “tapadas” a las salas.

La realidad era esto

Escrito por Antía Díaz
26 de febrero de 2012 a las 19:48h

Después de semanas de cine para soñar, hoy tocaba darse de bruces contra la realidad más dura. La de una pareja en proceso de separación, un padre con Alzheimer, una hija adolescente, una mujer aferrada a la religión y sometida a un hombre desquiciado. Todo esto (y mucho más) es Nader y Simin, una separación. Una joya del realismo, concentrada entre las paredes de dos viviendas y los pasillos de un juzgado. Nadie es transparente, todo el mundo oculta sus razones. El director iraní Asghar Farhadi levanta una cinta poderosa, tan veraz, tan humana y tan dura que se ve de principio a fin con un nudo en la garganta. Con razón se ha llevado premios en todos los festivales y galas anuales por las que ha pasado. Con razón esta noche es la favorita a llevarse el Oscar a la mejor películaextranjera. Con razón la Academia ha tenido la inteligencia de nominar el fantástico guión que firma el propio Farhadi como mejor texto original.

Sendas declaraciones ante el juez abren y cierran el círculo de una película muy bien dirigida, interpretada con una fuerza pasmosa por un puñado de actores asombrosos. Y asombro es lo que produce la vida perra por la que circulan todos los personajes, tan bien escritos que nada falta. Y nada sobra: cada gesto es preciso, medido, tan eficaz que no se nota, solo sirve para construir cada papel con una delicadez y un cariño infinitos. No hay juicios: Farhadi deja abiertas las razones de cada uno de ellos para actuar como lo hacen. Como en la vida de cada uno de nosotros, la realidad tiene múltiples caras, y no por ello deja de ser real. Todos los prismas están filmados con un pulso tan inteligente que al director no le hace falta ser excesivo: no hay un plano que se recree en las miserias de los personajes ni en la sociedad opresiva y gris que los envuelve.

No es una película sobre la sociedad iraní. Es una película sobre seres humanos en una situación desesperada. Sorprende lo parecidos que somos a una realidad que creemos en las antípodas de la nuestra. El amor se rompe, hacen falta servicios sociales que no existen, se necesita dinero para salir adelante, las soluciones rápidas se imponen. Obvio que el peso de la tradición, la religión y el nulo papel de las mujeres en la toma de decisiones (al menos en apariencia) rezuma en toda la película. Pero el chador y el Corán no son los protagonistas de esta maravilla. Lo son el dolor, la vejez, la soledad, la inocencia perdida de los niños que observan el mundo de los adultos desde su propia perspectiva.

La realidad es esto. El cine no es más que un reflejo de ella. Y menos mal que existen directores empeñados en retratarla sin adornos.

Donde se fabrican los sueños

Escrito por Antía Díaz
25 de febrero de 2012 a las 21:05h

Tal vez no sea casualidad que dos de las películas que más me han emocionado estos últimos meses sean dos homenajes al cine. Una recuperación del cine mudo. Y una lección en imágenes de cómo las nuevas tecnologías pueden recuperar al primer mago del cine. Eso es La invención de Hugo, la última criatura de Martin Scorsese. Un cuento de hadas extraño, oscuro y emocionante, una máquina precisa y engrasada a la que, aunque le falten algunas piezas (vale, no es la mejor película de Scorsese, pero ya les gustaría a muchos haberla filmado), no le cuesta enredar al público, emocionarlo, atraparlo. No voy a decir que no parece una película de Scorsese, porque no es cierto: en todas sus películas hay un niño perdido. Desde Taxi Driver a Infiltrados, pasando por Uno de los nuestros o Casino, y si me apuran, hasta en el maravilloso canto de cisne de The Band en The Last Waltz.

 

Porque Scorsese parece mantener esa mirada del niño enfermizo que creció en las salas de cine, observando la vida desde las pantallas. Da la impresión de que esa infancia diferente a la de los otros niños (como su familia italo americana) marca todas sus cintas, por muy diferentes que sean Malas calles y esta invención de Hugo. Diferentes en forma y fondo, pero con cierta visión de la vida muy personal, una huella que no se puede dejar de percibir.

Tiene mucho de Peter Pan y Wendy la relación entre Hugo e Isabelle. Dos niños perdidos que se encuentran gracias a la magia de la estación de tren de Montparnasse. Todo un mundo encerrado entre los andenes, entre el humo de los trenes, en las entrañas donde se esconde la maquinaria de los relojes que hacen que nada se pare. Porque un crío obsesionado con las piezas que hacen falta para mover la vida se empeña en que nada falle. Hay hasta un villano en este cuento de hadas (un estupendo Sacha Baron Cohen), un misterioso anciano que tiene las claves para resolver un misterio (impagable Christopher Lee), un enigma por descubrir… Como en un truco de magia, Scorsese va desvelando las llaves que abren cada puerta, cada paso que da el pequeño Hugo para encontrar respuestas, de la mano de Ben Kingsley. Un niño hecho adulto demasiado pronto, demasiado triste, un niño que cree que cada persona es una pieza que da vida a la máquina del mundo. Pero que no entiende para qué sirven determinadas piezas. Y por qué resulta tan doloroso que una pieza se pierda.

Pero si algo resulta sobrecogedor en este pequeño regalo es la capacidad de Scorsese de recordarnos cómo nació el cine y por qué lo amamos. Quiénes eran los Lumière, Griffith, Buster Keaton, Charlie Chaplin, Harold Lloyd. Por qué cuando eres niño y ves El chico, El maquinista de la general, El hombre mosca… no puedes evitar reírte a carcajadas, contener la respiración, leer en voz alta los rótulos. Esa absoluta devoción que Scorsese tiene por el cine justifica por sí sola esta película. Un homenaje luminoso y oscuro a un tiempo, técnicamente precioso y preciso, pero sobre todo un viaje impagable para quienes podríamos vivir sin el cine, sí, pero seríamos mucho más grises. Peores. Este intento de recuperar al creador de sueños que fue Georges Mèlies. Sus fotogramas retocados, el ilusionismo que permitía que un cohete se estrellase en el ojo de la luna, un cine que pertenece a otra época. Mèlies era un creador de sueños. Y Scorsese, tan apegado a la realidad en toda su filmografía, decide dar un salto más y crear otro mundo.

 

Un mundo en el que demuestra una visión del uso de la tecnología 3D que va más allá de la virguería y los efectos especiales. El lenguaje cinematográfico se renueva constantemente, parece decir, y para explicar cómo se fabricaban los sueños hace más de 100 años, ¿por qué no usar la última máquina que nos hemos inventado?

Máquinas. Relojes, autómatas, juguetes, cinematógrafos. Piezas que hacen que el mundo marche. Que los niños perdidos encuentren su lugar en el mundo. Máquinas que se mueven para que los dibujos, las ideas, las historias de los ilusionistas del cine estallen en una pantalla. Bienvenidos al lugar donde se fabricam los sueños…

 

El cine español no es un género

Escrito por Antía Díaz
20 de febrero de 2012 a las 15:06h

Supongamos (es un decir) que en una entrega de premios están nominadas a mejor película un thriller, una cinta que mezcla la ciencia ficción con el terror, una película histórica y una de vaqueros. Supongamos (es un decir) que no gana ni una película sobre la Guerra Civil ni Pedro Almodóvar. Supongamos (otro decir) que el mejor guión adaptado es el que convierte un cómic en una película de dibujos. Supongamos que este país no se llama España y la gente va a ver películas olvidando el término “españolada” y pensando solo en si una historia está bien hecha, transmite algo y merece la pena los más de 7 euros (ya) que cuesta la entrada.

¿Es mucho suponer que todo esto pase en Madrid, capital del reino, reino este que practica el deporte nacional de poner verde su propia cultura pero luego saca pecho cuando los franceses (qué mala gente) se ríen de nuestros deportistas, angelitos?

Anoche, cuatro películas cada una de su padre y de su madre optaban a un Goya. La historia de un científico que trama la más cruel de las venganzas. Firma Almodóvar. Una decepcionante adaptación de la maravillosa novela de Dulce Chacón iluminada tan solo por los ojos de una chiqueta que se lleva, claro, un premio de calle. Un thriller oscuro, castizo, milimétrico, duro. Y un western rodado en Bolivia que se atreve a recuperar el mito de Butch Cassidy. Tres muy buenas películas, una mediocre.

Pero nosotros a lo nuestro. Que es, por cierto, conseguir colar en una sola gala a varios espontáneos (la seguridad se nos da de miedo), y tener que escuchar, de nuevo, el mil veces repetido discurso sobre el cine e Internet. Un discurso tan manido, tan interesado (por todas partes), tan vacío en el fondo, que con lo que me quedo de las palabras de Enrique González Macho, presidente de la Academia, flanqueado por sus dos vices, es con una sola frase, y la pongo en mayúsculas porque creo que debería enseñarse en los colegios: EL CINE ESPAÑOL NO ES UN GÉNERO.

Algo tan obvio como decir que, aunque el cine lo parieron los franceses, es en Estados Unidos donde alcanza sus cotas más altas. Vale. Fantástico. Que me lo digan a mí que creo que John Ford, Billy Wilder y Orson Welles son la santísima trinidad. Como también creo que una industria como el gigante norteamericano tiene que parir mucha basura anual, por cuestión de probabilidades, y que entre toda esa basura, brillan cada año un número elevado de buenas películas. Puestos a decir perogrulladas, recuerdo, como ayer lo hacía la vice Marta Etura, que este año en los Oscars hay dos películas españolas y que otro español, el compositor Alberto Iglesias, opta a premio.

Pero nosotros a lo nuestro. Que es lanzar un mensaje victimista (el público no nos entiende, a veces es injusto, hay muchos prejucios…) o un discurso homicida (todas las películas españolas son sobre la Guerra Civil -claro, ¿alguien cuestiona la filmografía americana sobre la Segunda Guerra Mundial?- todos los actores españoles son malos, los cineastas españoles son unos jetas que viven de subvenciones, van de progres).

Nosotros a lo nuestro. O sea, a jugar a ver quién suelta el tópico más obvio, quién critica más a los Bardem, a Almodóvar o a la estupenda cantera de actores salida de la tele. O al revés: quien se pone más talibán con Internet, quién decide echar la culpa de todos nuestros males a los yanquis, otra mala gente, y quien reclama más ayudas en general para una industria que, señores, es cultural. Y la crisis es económica, claro. Pero también de contenidos. De aquí a Hollywood.

Y así nos va, claro. Nosotros a lo nuestro, o sea, a sumarnos a una de las dos Españas que ha de helarte el corazón (y no lo digo en clave política, me guarde Dios. Es que culturalmente se nos da de miedo. O estás conmigo, o contra mí. Y además, eres tonto). Los cines cierran, mientras tanto, las buenas ideas no encuentran quién las financie, sea pública la cosa o el ministro (¿por qué tenía cara de póker ayer el señor Wert? ¿pensaba que los de la ceja, más mala gente, lo iba a abuchear?) proponga la vuelta de los mecenas, y las malas y las buenas ideas, convertidas en películas, encuentran pocas salas para llegar al público. Y vuelve a empezar la rueda: si el público no llega a las películas (no ya porque compre pocas entradas: es que no las encuentra en las salas), si no sabe qué se hace en este país nuestro tan pintoresco, será mucho más fácil manipular la cabeza del respetable para que se sume a uno u otro de los bandos. Porque en eso hemos convertido el cine español. No es un género: es una batalla.

Menos mal que La piel que habito, Blackthorn, No habrá paz para los malvados, Midnight in Paris (sí, es una coproducción española), Arrugas pasan de guerras estériles y nos hacen poner los pies en el suelo. O soñar, que para eso sirve el cine.

                                   Coronado, Urbizu y dos de los goyas para el cine negro

(Por cierto, de los premios qué os voy a decir. Los que seguís el blog ya sabéis que tengo debilidad por la película de Enrique Urbizu. Que los premios para Blackthorn son una especie de justicia divina para una de las cintas más sorprendentes del año, regalo de Mateo Gil. A pesar de la injusticia de no nominar a Sam Shepard. Y que La piel que habito me parece un estupendo ejercicio de riesgo. Vamos, es que hasta The Artist se lleva premio. De La voz dormida creo que prefiero no hablar. Si esto es lo que Benito Zambrano entiende por rendir homenaje a Dulce Chacón… menos mal que contaba con la mirada luminosa de María León para darle un poco de sentido).

Maratón, joyas y descensos

Escrito por Antía Díaz
11 de febrero de 2012 a las 13:52h

1. A una semana de los Goya y dos de los Oscar, y en plena Berlinale, y después de casi dos meses de imperdonable inactividad bloguera, este mes de febrero vuelvo a calzarme las zapatillas para correr la maratón de cine con la que empiezo cada año. Tengo pendientes una decena de películas y los estrenos no paran, aunque me he prometido a mí misma pasar, al menos, de War Horse, última película de Spielberg, porque el tama animalitos en el cine me da un poco alergia. Una versión épica y equina de Lassie es más de lo que puedo soportar. O sea, que me quedan Hugo, Moneyball, Criadas y señoras y Extremely Loud & Incredible Close. Y La dama de hierro, El topo, Albert Nobbs, para saber qué puede hacer Gary Oldman contra Jean Dujardin (creo que ya he dejado bastante claro que si no le dan el Oscar al mejor actor por The Artist, una vez visto el Clooney de la decepcionante Los descendientes, yo me bajo), y el duelo entre Meryl Streep y Glenn Close… que podría desempatar Viola Davis por Criadas y señoras. Esto, en la parte estadounidense de los premios.

En la parte nacional, menos deberes: solo me queda La voz dormida, de Benito Zambrano. Y entre las otras tres candidatas, ando como los niños pequeños cuando les preguntas “¿a quién quieres más?”. Entre No habrá para los malvados y Blackthorn, ese thriller demoledor y ese western crepuscular que me despierta emociones que creía sepultadas, como esas que encierra Sam Shepard en su maravillosa interpretación. Como cuando una tiene que escoger entre lo que le conviene y lo que siente… el cine, como casi todo en la vida, no se compone solo de planos o de dirección de actores. Lo que una película, una historia, es capaz de regalarte, vale más que una secuencia perfecta. Tal vez este año crea más que nunca en el valor de las imperfecciones, propias y ajenas. Como si fuese una especie de reconciliación personal que Blackthorn se lleve el Goya a la mejor película y que Christoper Plummer recoja el Oscar al mejor secundario por Begginers, esa maravilla oculta entre la jungla de estrenos de 2011.

2. A la caza de películas pendientes, busco Nader y Simin, una separación. Sí, cine iraní. Es una de las revelaciones del pasado año, casi con toda seguridad el Oscar a la mejor película extranjera, y aún no la he visto, claro, porque las cintas iraníes y la taquilla, en este país que alerta en los carteles de que las películas “no tienen diálogos” (¿por qué no avisan de que otras son un insulto al respetable?), no es que se lleven muy bien. Pero afortunadamente, también en este país que se queja porque en Internet no hay una web que ofrezca un buen catálogo de cine, existe Filmin.  Antes de que alguien diga “es que son pelis iraníes”, os cuento que entre lo más visto estos días esta Midnight in Paris y Four Lions, y que están en pleno ciclo John Cassavetes. Y que se pueden recuperar películas del Neorrealismo italiano. O la propia Blackthorn. Vamos, que hasta quien prefiera las series puede engancharse a The Office o La víbora negra. Y 2,95 euros por ver una peli (tienes 72 horas desde que la compras), no parece mucho, ¿verdad? No, no voy a comisión… pero me parece una respuesta fantástica para los que creen que Internet se ha quedado vacío desde que detuvieron a Kim Dotcom.

3. Que yo sepa, no he perdido el sentido del humor. Así que me paso dos horas preguntándome dónde está la supuesta gracia de esa tragicomedia firmada por Alexander Payne, Los descendientes, en la que George Clooney descubre que la vida se puede ir a la mierda en dos segundos, entre camisas de flores, mai tais, y una fauna de personajes alucinante. Sigo dándole vueltas a lo que Payne pretendía contar, a lo que pretendía transmitir… y no me cuadra nada. Como si el punto de partida prometiese mucho, pero en el camino se hubiese quedado cualquier posibilidad de construir algo coherente. Descenso en picado, a pesar de Clooney, lo único, junto con algún ramalazo de gracia, que quedará de esta película. Los que esperen la versión hawaiana de Entre copas, que vayan preparados.

El mejor silencio

Escrito por Antía Díaz
26 de diciembre de 2011 a las 20:11h

A estas alturas del año, cuando desde la primavera todo el mundo habla de The artist, cuando seguramente algunos de vosotros ya os hayáis aventurado, a punto de entrar en el 2012, a ver esta cinta muda y en blanco y negro, no se me ocurren demasiadas palabras para explicar las sensaciones que esta maravilla me ha dejado en el cuerpo. En el año en el que volvían a la gran pantalla maestros como los Coen, Eastwood, Woody Allen, Polanski, Cronenberg… de repente recordaremos que un director francés que aquí ni nos sonaba, Michel Hazanavicius nos regaló la que probablemente sea la película-joya de este 2011.

¿Recordáis que hace un par de entradas os hablaba de los críos que ven las películas de pie, completamente atrapados? Pues yo no me he puesto en pie hoy para ver el final de esta película porque me ha dado vergüenza. Pero me abracé a la butaca de delante, absolutamente fascinada, enganchada a esta historia mil veces contada del artista que se destruye a sí mismo mientras otros ocupan su lugar. Qué más da cuántas veces la hayamos visto, si está bien contada. Y The artist está contada con una elegancia, con un amor por el cine, por la vida, por los perdedores, por los que empiezan, ¡por el amor! que he salido del cine y los colores y los sonidos y las luces de la calle me han reventado en la cara como al protagonista de esta cinta cuando se da cuenta (en una escena impagable) del terror que tiene al futuro que vendrá. Un futuro lleno de ruidos en el que él no tiene voz. Pero es que aún no se me ha borrado la sonrisa de la cara. Y eso es más de lo que puedo decir de la mitad de las películas que he visto este año.

¿Muda? dirán algunos (bien que se encargan en los cines de recordarlo, no vaya a ser que se cuele un despistado y la disfrute…) ¿En blanco y negro? bufarán otros. ¿Y francesa? para rematar la terna de razones por las que muchos pensarán que les va a salir un sarpullido o algo. Muda, en blanco y negro, francesa, y (con la duda de Melancolía, que de la cosecha de este año es lo que me queda por ver), creo que la mejor película que he visto en los últimos 12 meses.

Jean Dujardin da vida a George Valentin, una estrella del cine mudo (una curiosa mezcla entre Douglas Fairbanks y Gene Kelly, merecidísimo premio al mejor actor en el pasado festival de Cannes. Qué tío) que no puede, no quiere entender que las películas habladas van a acabar con su era. “¡Abran paso a los jovenes!”, dice Peppy Miller (Bérenice Bejo), la joven actriz que sube las escaleras hacia la gloria mientras Valentin las baja (otra secuencia memorable, esas escaleras). No faltan ni los secundarios de lujo: James Cromwell como el chófer-asistente-hombre-para-todo, prestando su cuerpo desgarbado y su rostro indefinible a estupendo papel, y John Goodman, el cineasta pegado a un puro, gordo, maravillosamente interpretado, como Penelope Ann Miller como Doris, la mujer de Valentin, dibujada a golpe de desayunos… ¡Y ese pequeño Jack Russell que se come la pantalla cada vez que hace el memo con su dueño, cada vez que intenta ayudarle! (me pregunto qué pasa este año con las pelis con Jack Russells…)

Hay tantas referencias al nacimiento del sonoro, a las películas mudas clásicas, pero también a películas modernas, que no voy a aburriros con una lista de guiños. The artist no es un guiño, ni un homenaje. Es una declaración de amor al cine. De Griffith a Welles. De Lubitsch a Hitchcock. De Billy Wilder a Gene Kelly. De King Vidor a Stanley Donen. Al director francés Michel Hazanavicius le ha salido una criatura preciosa, en lo formal y en el fondo. Triste, divertida, dura, vitalista. Pura luz.

No sé definirla. No encuentro la palabra, las palabras, que resuman las casi dos horas que he pasado entre risas y alguna lágrima. Sólo se me ocurre recomendaros que, si podéis, le regaléis una entrada a alguien que os importe de verdad. Y que os vayáis con ella, con él, al cine. No creo que haya mejor manera de cerrar este 2011. Como diría John Goodman, “¿lo podéis repetir”?

Creer

Escrito por Antía Díaz
25 de diciembre de 2011 a las 21:16h

Hay imágenes que hacen que me reconcilie prácticamente con cualquier cosa. Por muy oscura que sea la noche, por mucho refugio que busque. Aunque no lo encuentre. Una película vista mil veces te devuelve una secuencia en la que James Stewart se inclina sobre un hombre apaleado. Y ese pobre diablo sólo repite un nombre “Ransom”, insiste, “Ransom”… y levanta la cabeza, cubierto de sangre. “Le he hablado a Valance de la libertad de prensa”. El rostro de James Stewart, su mandilón sucio, ni una nota de música, tan solo Stewart.

Y una calle vacía, y un revólver que no sabe utilizar. Porque no cree en el él.

… empieza la última semana del año. No me gusta hacer balance. No hay propósitos para el año nuevo.Tan solo demasiadas sombras apenas iluminadas por destellos de luz intermitentes. Pero la Navidad, sea lo que sea, llega de las maneras más inesperadas. En blanco y negro, por ejemplo. Vera Miles abraza a Jimmie Stewart, y llora. Y lloro con ella, como las otras ¿seis, siete veces? que la he visto llorar…

Y creo. No sé en qué. No sé por qué. Pero creo. Tal vez en que estoy viva, y eso es suficiente. Tal vez en que John Ford puede hacerme llorar. Todavía.

Locos bajitos y otras faunas

Escrito por Antía Díaz
23 de diciembre de 2011 a las 14:54h

Ayer por la tarde, mientras pasaba por delante del cartel de The Artist, (esa peli muda, francesa y en blanco y negro, que aún no he tenido tiempo de ver) rodeada de críos y preparada para ver “una para niños”, pensaba que mi agenda sufre extrañas vueltas. Llevo dos semanas corriendo sin moverme del sitio, que diría la Reina Roja, para intentar hacerle un hueco a la que todo el mundo se empeña en presentar como la película del año.

Es lo que tienen las Navidades. Que una acaba viendo todo tipo de bichos animados (o no) porque te podrás sentir cada año que pasa un poco más Scrooge, pero esos locos bajitos pueden recordarte, de vez en cuando, por qué el mundo gira… y por qué te gusta el cine.
¿Y por qué pensaba eso? Porque en vez de dedicarme a ver pelis mudas, francesas y en blanco y negro, ayer tocaba zambullirse en horario infantil en el preestreno de Copito de nieve. Más fauna, imposible.
Producción gallega y catalana, con el 100% de la animación realizada en Galicia, este Copito dirigido por Andrés G. Shaer repite la receta de mezclar personajes “de verdad” (la frase no es mía, se la robo a uno de los críos) con dibujos animados. Fórmula que a veces funciona (léase ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, Robert Zemeckis, 1988) y otras se queda en un quiero y no puedo (léase Space Jam, Joe Pytka, 1996).

Copito enseña una Barcelona (la de mitad de los 60) pasada por un tamiz que a veces recuerda a cierta estética -suavizada- Jeunet, a la que llega este gorila blanco que el 90% de los críos que vayan a ver la peli no recordarán. Pero sus padres sí. Un gorila albino preparado para tocarnos todas las fibras sensibles porque todos nos hemos llevado en la vida una colleja por ser diferentes. En el cole, en la calle o en el curro, vamos. Que levante la mano el que no se haya sentido alguna vez como una pantera en el cuerpo de un panda rojo… (uno de los personajes mejor dibujados de la peli, y no me refiero a la animación). En un mundo de adultos sobreactuado por Pere Ponce (aunque a los adultos nos cargue, resulta que funciona: alguno le gritaba en la sala “¡venga, malo!”), el panda zen, los gorilas, y la relación imposible de dos niños incompatibles pero reales como la vida misma (pobres… no saben dónde se meten) son los que consiguen levantar la cinta.

Imagen de previsualización de YouTube

…aunque no se me ocurre mejor crítica que un crío viendo el último tercio de la peli en pie -y porque no podía acercarse más a la pantalla- y una niña corriendo a decirle a su padre cuánto le había gustado.

(Porque vale, puede que yo prefiera las películas francesas, mudas y en blanco y negro. Pero para llegar a ser una friki del cine, tuve la suerte de tener a una persona que se dedicó a llevarnos a ver cuanta peli podía. De E.T. a Greystoke, pasando por todo Disney, desde las sesiones matinales a las salas de cine más viejas del mundo, hasta que nos soltó de la mano para poder crearnos nuestro propio criterio. Y creo que nunca podré agradecérselo bastante…)

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