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Up in the air

Escrito por Antía Díaz
25 de Enero de 2010 a las 14:17h

En la semana de las palmaditas en la espalda porque el cine ha recuperado taquilla gracias a las tres dimensiones, sigo en mis trece de que las historias bien contadas que no necesitan gafas de colores encierran tanto (o más) cine que los fuegos artificiales. O al menos, a los que este fin de semana abarrotábamos la sala para ver Up in the air, no nos hacían falta tres dimensiones para creernos la última pequeña historia de Jason Reitman y pagar religiosamente los 6,40 euros que nos cobraron por entrada.

Bien construida, mejor interpretada, ácida, inteligente y sencilla, Up in the air se acerca a la crisis de la mano de una empresa que se dedica a comunicar a los empleados de otras empresas que están despedidos. En el colmo de la subcontratación extrema, Ryan Bingham (un George Clooney estupendo) viaja de punta a punta de los Estados Unidos con un puñado de frases hechas y vacías de contenido para decirle a la gente que se ha quedado sin empleo. Un personaje desgradable, vacío y feo, más feo todavía porque el atractivo de este señor empieza a ser sospechoso de delito.  A Clooney se le suma Vera Farmiga, más fría, más fea, más directa y más lista que el listo de George. Y un repelente niño Vicente  con tacones, Ana Kendrick, una cría de la hornada de Crepúsculo salvada para el cine no adolescente con un papel que borda como (in) experta en eficacia 2.0.

 

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Ryan (Clooney) y Alex (Farmiga) enseñando a ligar gracias a Hertz y un trocito de plástico…

Y de vuelo en vuelo, de hotel en hotel y de la mano de la colección de tarjetas de plástico de sus criaturas, Reitman disecciona un puñado de personajes superficiales como sus maletas perfectamente organizadas, incapaces de reconocer sus sentimientos, frágiles porque juegan a ser fríos, adultos de doce años aislados de la vida real en medio de una historia que esconde más dimensiones que las que se ven con unas simples gafas de miope.

Y quiero pensar que esa chorrada de final (es que no se puede calificar de otra manera) capaz de cargarse en cinco minutos toda la mala leche del resto del metraje ha sido culpa de algún ejecutivo que, encerrado en su despacho, sigue pensando que el público va al cine a que le cuenten que el amor es un chollo, la crisis tiene su parte buena aunque tu empresa te dé la patada, y por muy mal bicho que seas, al final siempre tienes tu corazoncito.  Y que viva la ciencia ficción…

John Ford trata de decirme algo

Escrito por Antía Díaz
12 de Enero de 2010 a las 14:22h

El año pasado tuve que ser buenísima, porque los Reyes Magos dejaron en mi zapato dos biografías idénticas de Paul Newman. Cuatro pares de ojos azules desde la portada del libro que firma Shawn Levy. Hoy me he despedido de uno de los pares  (como si anduviese sobrada de ojos azules…) y después de dar la lata a Isabel, en Libros Cantón 4,  los he cambiado por 846 páginas que indagan en otra de mis debilidades: Tras la pista de John Ford, de Joseph McBride, descansa ahora encima de mi mesa.

Un tocho en toda regla, con una portada un tanto hortera, pero que a mi parte novelera le encanta, será porque antes de ayer me tocó un trozo de Centauros del desierto, y me lo tragué otra vez como una cría. Ahí van John Wayne y Jeffrey Hunter buscando a Natalie Wood, bajo la atenta mirada de Ford….

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846 de Ford + 576 de Newman = 1.422 páginas  que me van a tener muy ocupada

 

(Como no creo en las casualidades, el haberme topado con los Centauros hace dos días, y ayer con El hombre tranquilo, me han llevado derechita al libro. Que digo yo que tanto Ford en solo tres días tienen que querer decir algo…)

Cosecha del 2009

Escrito por Antía Díaz
30 de Diciembre de 2009 a las 12:43h

Aunque no quiera, me paso la última semana del año en medio de un tsunami mental. En el bombardeo de ideas para tratar de cuadrar mi propio balance, me he ido encontrando con varios pantallazos que me ha dejado este año. De enero a diciembre, podría hacer una especie de crónica del 2009 a golpe de estrenos en el cine, compartidos y a solas, en salas viejas, en otras nuevas, en mi casa y en casa ajena, en pantalla grande y en mi diminuta pantalla propia. A golpe de clásicos revisitados, de películas vistas como si fuese la primera vez, de sorpresas en blanco y negro. Como dicen por ahí que no puedo ser más peliculera, en el fondo (esto es parte del tsunami), no puedo separar cada película que he visto de cada momento en el que la he visto. De por qué la he visto. De con quién la he visto. De quien me la ha regalado. De las que he regalado yo en estos doce meses.

Un 2009 en el que habría querido ver más películas, en el que me habría gustado que nombres consagrados me regalasen alguna joya que se quedó en baratillo, en el que sigo preguntándome en qué cementerio de cabinas descansa López Vázquez… En el año de la polémica de la Ley del cine, de la enésima revolución que cambiará este mundo (aún no he visto Avatar, ya os contaré), yo me he pasado horas muerta de risa, llorando a mares, aburrida, asustada y alucinada a partes iguales delante de una pantalla. Y esto es con lo que me quedo, de toda la cosecha, no necesariamente por este orden:

. La clase, de Laurent Cantet

. Revolutionary Road, de Sam Mendes

. El lector, de Stephen Daldry

.Up, de Peter Docter y Bob Peterson

. La ola, de Dennis Gansel

Y sobre todo, como tres inmensos regalos, tres películas para volver a ver una y otra vez… en cuanto las deje reposar y asimile la revolución que las tres me provocaron: Gran Torino, de Clint Eastwood, El secreto de sus ojos, de Juan José Campanella, y Celda 211, de Daniel Monzón.

Pero también ha habido platos agridulces, pequeñas o grandes decepciones, los “sí pero no” que fueron Los abrazos rotos de Almodóvar, Mapa de los sonidos de Tokyo de Coixet, Ágora de Amenábar, Tetro de Coppola, Slumdog Millionaire de Danny Boyle, el Che de Soderbergh… De las que no me queda ni una escena, ni una palabra en la memoria, mejor ni hablamos.

¿Y con qué os quedáis vosotros? ¿Cuál ha sido vuestra mejor película del año?

Solo apto para menores

Escrito por Antía Díaz
28 de Diciembre de 2009 a las 19:54h

Palomitas.  Un bocadillo de jamón. Un chicle de Hello Kitty. Tronos para princesas (otra bonita manera de convencer a una niña de 6 años para subirse a esos banquitos que se ponen sobre la butaca). Y en la pantalla, seis ratas con abrigo de piel (la frase no es mía. Pero pagaría por ella) y voz chillona cantando grandes éxitos de hoy (Single Ladies), ayer (I want to know what love is) y siempre (You really got me). Hay que echarle valor para ir a la sesión de seis y media a ver Alvin y las ardillas, 2.  Claro que, si no vas a esa sesión, y con un retaco de melena rubia como única motivación, ¿a qué vas?

La cosa promete desde el momento en que se entra en la sala y aparecen (¡milagro!) las tres cuartas partes de las butacas llenas. Papás, mamás, parientes caritativos como la menda, ojos bien abiertos, palomitas para todo un regimiento, muchos regalos recién abiertos en forma de lacitos, diademas y algún muñeco, y se apagan las luces. Nuestro retaco rubio también promete. Está aprendiendo a leer, y todo lo que aparece en pantalla nos lo recita en voz bien alta. A nosotros y a toda la sala, claro. Nadie protesta… ¿será que los padres están acostumbrados? De repente, aparece el anagrama de la 20 Century Fox, y de la butaca de al lado (sí, mi rubia) sale un ”tantararán, tan tan tan tan tan tantararán..” que nos provoca el primer ataque de risa de la tarde. El segundo,  la niña no lo pilla. Pero es que en pantalla acaba de surgir Jason Lee. O mejor dicho, la versión algo fofa y algo calva de Jason Lee. Jason Lee. El mismo tío de Mallrats, de Persiguiendo a Amy, de Casi Famosos. Ya sé que no es Bogart, pero pasar del Kevin Smith de los años 90 a ser manager de un trío de ardillas… No doy crédito.

Como no doy crédito a la sucesión de tópicos. Desde el insólito argumento al instituto donde transcurre buena parte de la película, ese lugar legendario en el que hay animadoras, abusones, taquillas, cartoncitos de leche, directores desequilibrados y traumas adolescentes. Como dice Alvin (sí, estoy citando a una ardilla), “me encanta el olor a crema anti acné por la mañana”. Risas adultas ante la frase (¿qué pensará el teniente Kilgore?), y nuestra rubia particular protesta, “¡que esto no es de reírse!”. La pobre tiene razón. La castaña de las ardillas rockeras y sus rivales rhytm and blueseras (si es que esto se puede decir) tiene muy poca gracia. Aunque los niños se lo pasan como enanos, los abusones acaban limpiando chicle, triunfa el amor, la amistad y la familia y mucho blablabá insulso y edulcorado. El cine no es que triunfe demasiado… pero la niña pregunta “¿ahora ponen otra?”. Y de eso se trata, ¿o no?

(Lo mejor de la película, por cierto, además de nuestra jovencísima peliculera, es el tráiler de Alicia en el país de las maravillas, el regalo que nos hará Tim Burton en el 2010. Ya falta menos…)

Feliz Navidad (todavía)

Escrito por Antía Díaz
27 de Diciembre de 2009 a las 19:52h

Lo sé, llego con retraso. A estas alturas, casi debería felicitaros el año nuevo, y no las Navidades. Pero desde esta esquinita del cine, no quería dejar de mandaros la que, para mí, es una de las mejores maneras de felicitar las fiestas. Supongo que en el ránking de películas navideñas, los más clásicos se quedarán con visiones algo más optimistas, como la de Frank Capra en ¡Qué bello es vivir!. Otros, renegando del espíritu navideño (echadle un vistazo a lo que cuentan mis compañeros Luis Pousa y Javier Becerra, con los que estoy hoy más que de acuerdo), echarán mano de la mala baba de Henry Selick y su maravillosa Pesadilla antes de Navidad, o de gamberradas más o menos afortunadas como Bad Santa, de Terry Zwigoff.

Pero para mí, y en pantalla grande, la Navidad sigue sonando como esta pequeña joya de Vincente Minelli, la voz de Judy Garland, y las lágrimas de Margaret O’Brien. ¡Felices (y pequeñas) fiestas para todos!

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 (De Cita en San Luis, 1944)

La nuca de Luís Tosar

Escrito por Antía Díaz
12 de Diciembre de 2009 a las 15:37h

He tardado una semana en escribir sobre Celda 211 porque, cuanto más la saboreo, más me gusta. La última película de Daniel Monzón es un puñetazo en plena cara, a traición y sin avisar. Un tiro por la espalda a sangre fría, y un ejercicio maravilloso de ritmo, tensión y violencia. De esos capaces de pegarte a la butaca del cine aunque querrías salir de la sala para poder respirar fuera de las cuatro sucias paredes de esa celda que da nombre a la película.

El sólido guión (del propio Monzón y Jorge Guerricaechevarría) mete de lleno a los protagonistas en una espiral de la que no se libra el público. A lo que ayuda, además del guión y las interpretaciones, un montaje modélico. Desde el minuto uno. La primera en la frente, Monzón no pierde el tiempo en explicarnos qué nos vamos a encontrar al entrar en la cárcel. El único engañado, tal vez, es ese pobre chico que entra en la prisión por primera vez, Alberto Ammann, actor argentino desconocido, y que aguanta el tipo ante un Luís Tosar que se merece una entrada aparte. Como una fiera enjaulada en ese corredor por el que camina sin rumbo, desde que aparece su nuca tatuada sabes que su Malamadre es de esos personajes que marcan una carrera (si es que le hacía falta), que consagran a un actor (si es que le hacía falta) y, sobre todo, que se quedan pegados en la retina del espectador (y en su cerebro) mucho tiempo después de que se enciendan las luces. Y anda que no era fácil pasarse de rosca, pero claro, estamos hablando de Tosar. Y cuando a un actor de este nivel se le brinda la posibilidad de recrearse en un personaje hecho a medida, pasan estas cosas.

tosar

La elección de Tosar es, probablemente, una de las más inteligentes de una historia en la que brillan Resines, Manuel Morón y Fernando Soto. En tres personajes ni blancos ni negros, y esta es otra de las elecciones más inteligentes de esta película. Puede parecer una obviedad, pero no lo es. No solo ocurre con el funcionario jefe, el negociador, el funcionario amable. También con Apache (Carlos Bardem), Tachuela (Vicente Romero), o el director de la prisión… En una película en la que nos encierran con un puñado de salvajes entre los muros de una cárcel, era más que sencillo caer en maniqueísmos, manipular al espectador y dejar que todo el mundo tuviese clarísimo dónde están los buenos y donde están los malos. Aquí no. Monzón nos lanza entre un puñado de personajes violentos, atrapados en un callejón sin salida, capaces de sacar lo peor de sí mismos para sobrevivir. Estén en el lado que estén. Y las dudas morales que plantea, que las resuelva lo poco que queda del espectador cuando la pantalla se apaga.

(Desde el estreno de Celda 211, he leído docenas de artículos en la que dicen que es lo mejor que ha parido el cine español en años. Quitadle lo de español. En la cosecha de esta década, habría que incluirla como una de las mejores cintas que se han estrenado, da igual su nacionalidad. Si aún no la habéis visto, aprovechad esta tarde de sábado. Si ya la habéis visto, tal vez sea el momento de repetir… si es que os ha dejado el cuerpo como para volver a la cárcel)

¿Butaca normal o butaca roja?

Escrito por Antía Díaz
6 de Diciembre de 2009 a las 18:19h

Sábado, principios de diciembre. En la calle, aviso de temporal, para variar. Uno de tantos inmensos y clónicos centros comerciales rebosa de gente. Familias enteras, críos a puñados, escaleras mecánicas, una banda sonora sorprendente en los probadores, luces navideñas… y un cine. En realidad, varias salas. Pocas opciones y una asignatura pendiente. Parece sencillo, ¿eh?

 ”¿Me da cuatro entradas para Celda 211?” “¿Para las ocho y media?” “Sí”. “¿Butaca roja o butaca normal?” “Uh, pues normal”. (a. La butaca roja cuesta 1 euro más. b. Al parecer, si al protagonista le persigue una avioneta, tú te agobias lo mismito que él. c. Anda, como eso que consigue Hitchcock en Con la muerte en los talones… sin butacas rojas). “¿Fila cuatro o fila diez? ¿última fila?” “¿Pero cuántas filas hay?” “Pues 10…” “Ah, ¿y más centrado no hay?” “¡En butaca roja…” “Pues nada, en la fila 10″. “¿Cuántas?” “¡Cuatro!” “Son 28,8 euros”. “Eh, ¿pero en qué sala es?” “En la seis…”

Más escaleras mecánicas. Pasillos oscuros y enmoquetados, palomitas bañadas en caramelo, menú infantil, menú mexicano, perritos calientes, tamaño mini, mediano, grande, familiar, y hasta un pequeño espacio para los niños… vacío (¿es para esperar antes de la película? ¿o mientras los padres están dentro?). En la sala, las filas de butacas rojas, perfectamente centradas… y también casi vacías. Nos apiñamos, los espectadores vulgares, en las vulgares butacas azules. Se apagan las luces… y una se pregunta por qué hace falta tomar una docena de decisiones para comprar una entrada, desembolsar 7,20 euros, subir cuatro plantas, descartar las palomitas, descubrir que entre tu butaca y la de delante tus piernas (que ya sabéis que no son como las de Mrs. Robinson) parecen las de una niña de doce años. Cuando la película empieza, lo único que queda es una pantalla. Y tú. ¿Realmente necesitamos algo más?

S (o censura, y III)

Escrito por Antía Díaz
1 de Diciembre de 2009 a las 14:08h

No sé si ha sido un ejercicio de autocensura, si ha sido el duelo por López Vázquez, o la tormenta continua en la que se convirtió noviembre… pero este cierre por derribo no tiene justificación, así que siento la huida. Estoy de vuelta, y tenía una S pendiente.

Una S que ya no existe, pero que entre finales de los 70 y principios de los 80, se encargó de acoger lo que conocemos como cine del destape, pero también el gore, y toda una fauna de subgéneros bastante inclasificables que no eran adecuados, según los cánones de la época, para todos los públicos.  En realidad, y por seguir con el abecedario, dentro de la S había mucha película de serie B, española o extranjera, pero también mucho supuesto escándalo erótico (algunas, vistas hoy, creo que no escandalizarían ni a los virginales Jonas Brothers) llegado de fuera de España. En teoría, englobaba todo aquello que podían “herir la sensibilidad del espectador”.

Y así, entre el 77 y el 82, se estrenaron en este país decenas de películas con esta categoría. Por salirnos del destape patrio, en la lista de la S de aquella época nos encontramos cosas tan dispares como Saló o los 120 días de Sodoma (Pier Paolo Pasolini, 1975), La matanza de Texas (Tobe Hooper, 1974), Salón Kitty (Tinto Brass, 1976), Holocausto Caníbal (Ruggero Deodato, 1980), Calígula (Tinto Brass, 1979), La gran comilona (Marco Ferreri, 1973), El imperio de los sentidos (Nagisa Oshima 1976), Mad Max (George Miller, 1979), Las colinas tienen ojos (Wes Craven, 1977)… ) o El crimen de Cuenca (Pilar Miró, rodada en el 79, estrenada con su flamante S en el 81).

La propia Pilar Miró no esperó ni dos años después de aquel estreno a cargarse la S. Nombrada Directora General de Cinematografía por el primer gobierno socialista, en el 83 su nueva ley del cine (que se conocía, de hecho, como Ley Miró), cambió el sistema de ayudas a la producción, y eliminó la S del diccionario del cine. Aquellas películas con alto contenido sexual o violento entraban en otra letra, la X, y esta letra tenía salas propias y producciones propias que se quedaron fuera de la red de ayudas. Aquella Ley Miró supuso el fin definitivo de la censura de las cuatro décadas anteriores… y volvemos a la pregunta del primer post de esta serie, ¿enviar una película a la decena escasa de salas X de este país es censura? El debate sigue abierto entre los lectores del blog.

Un cómico, un servidor, un amigo, un esclavo…

Escrito por Antía Díaz
2 de Noviembre de 2009 a las 19:06h

 Un tío bajito, calvo y feo. Una de esas caras que se cruzaría por la calle y saludaría como si lo conociese del portal de enfrente. Un actor capaz de hacer reír a todo un país cuando la risa era, probablemente, de lo poco que quedaba para dar luz a una sociedad en blanco y negro. Cuando en España no había ni ganas, una legión de cómicos (esa palabra mágica) se levantó para enseñarnos a reírnos hasta de la muerte. Y en ese ejército de genios disfrazados de personas normales y corrientes, apareció en los años 50 José Luis López Vázquez. Bajito, calvo, feo. Y uno de los mejores actores que ha parido este invento de los hermanos Lumière.

Busquemos tres películas de aquella época que cualquiera debería ver tres veces al año, como quien reza una novena. El pisito (Marco Ferreri, 1959). El verdugo (Luis García Berlanga, 1963). Plácido (más Berlanga, 1961). Ahí estaba él. En las tres. Midiendo cabezas de niños, conspirando para conseguir casa, repartiendo pobres en mesas ajenas.  Berlanga y su ojo clínico lo habían fichado en Esa pareja feliz, y el director lo aprovechó, de una manera u otra, a lo largo de toda su carrera. Pero no solo fue uno de los fetiches de Berlanga.  Su vis cómica explotó en los 60 a golpe de películas que hoy metemos en el saco de españoladas y que en su día fueron un filón para la taquilla. Se pasó la década rodando con Gracita Morales, descubriendo qué gran invento era el turismo, dirigido por Pedro Lazaga, Mariano Ozores o José María Forqué. (Con este, por cierto, dejó dicho eso de “un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo”. Fernando Galindo, para servirles. En Atraco a las 3, claro…).

Y de repente llega Carlos Saura con Peppermint Frappé (1967). Y descubre al José Luis López Vázquez dramático. Saura permitió que otros viesen las capacidades que llevaba dentro. Y en los años siguientes, abre el abanico para seguir rodando comedias, pero también películas que de risa, más bien poco. Como la preciosa historia de Mi querida señorita (Jaime de Armiñán, 1972), una de sus interpretaciones más arriesgadas. O el terrible Benito Freire de El bosque del lobo (Pedro Olea, 1970). Sin dejar la comedia, claro, porque ya se sabe que, muchas veces, lo de hacer reír parece tan fácil que a un actor se le toma poco en serio hasta que se pone intenso… como si anduviésemos sobrados de cómicos. Y el talento de López Vázquez aún tenía mucho que decir en más cintas de Berlanga, como la estupenda La escopeta nacional (1978).

Ha sido casi 300 personajes. Y no me caben. Y no querría que se me olvidase  ni uno solo de sus rostros, ni siquiera los menos memorables. Porque nos quedan tan pocos cómicos… y los pocos que quedan, los hemos reducidos a pequeños cameos en los últimos años. A algún papel en la televisión. Al aplauso emocionado (menos mal) en los Goya de Honor. A las reposiciones. Sin pensar que una sola imagen de uno de estos genios encierra más cine que hora y media de metraje. Y dejo un ejemplo que quizás os parezca frívolo, pero olvidaos de la publicidad y quedaos con su cara. Sus manos. Sus gestos sin palabras.  Apenas un minuto para homenajear a  La cabina (Antonio Mercero, 1972). Apenas un minuto para imaginar que, tal vez, este mediodía a José Luis López Vázquez le han abierto la puerta de la cabina los Rafael Azcona, los José María Forque, los Pepe Isbert que ya no quedan. Los viejos amigos. Los cómicos…

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Censura (II)

Escrito por Antía Díaz
29 de Octubre de 2009 a las 9:54h

¿Recordáis  esa estupenda secuencia de Cinema Paradiso (Giuseppe Tornatore, 1988) en la que el cura pasa revista a las películas para ir señalando, a toque de campanita, todos los besos y todas las escenas en las que hay demasiada carne? Las películas se han mutilado a golpe de tijera desde que el cine es cine, provocando versiones alteradas y en muchos casos absurdas. En España, y durante la dictadura franquista, se consiguió una de los sistemas censores más surrealistas de la historia, capaces de convertir adulterios en incestos y joyas del montaje en apaños de andar por casa. Aquella Junta de clasificación y de censura se dedicó a recortar todo aquello que podía atentar contra los códigos morales, religiosos, sociales y políticos del régimen. Y no se libró ni el apuntador: en Mogambo (John Ford, 1953), el matrimonio formado por Donald Sinden y Grace Kelly se convierte, gracias al doblaje, en una pareja de hermanos… ¿Que no quieres mujeres adúlteras? Conviértelas en incestuosas. El absurdo a la enésima potencia, y todo esto sin que a nadie le temblase la mano, y sin que nadie hiciese nada por reparar el caos mental provocado a los pobres espectadores.

 

gilda2 La piel, evidentemente, era un problema. Y en el año 60, la de Janet Leigh se mostraba demasiado, para los sensibles ojos de los censores españoles. La censura destrozó ese ejercicio de montaje que es la secuencia de la ducha en Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960), para evitar que pensásemos que la pobre Leigh se duchaba desnuda… Pero  también habían sido un problema las piernas de Silvana Mangano en Arroz amargo (Giuseppe de Santis, 1949) y los brazos de Rita Hayworth en Gilda (Charles Vidor, 1946).

Pero el sexo y los desnudos no eran, desde luego, los únicos que alteraban el pulso de los censores. Había que mantener el tipo ante los embates del comunismo, los rojos, y toda esa banda de extranjeros impíos que amenazaban a la patria. Y si había que evitar que Humphrey Bogart hubiese luchado por la República, se hacía. Maravillas del doblaje, de nuevo, que evitaron que los españoles supiesen que Rick (en Casablanca, claro. Michael Curtiz, 1942) había combatido el glorioso alzamiento hasta muchos años después. Tampoco pasó el filtro Roma, città aperta (Rosellinni, 1945), condenada durante años a los cine clubs. Como todo lo que oliese a revolución, resistencia o libertad. A nuevo.

 Aunque la censura, claro, se iba adaptando a los tiempos, como el propio régimen, y en pleno bum de las relaciones recuperadas con los Estados Unidos, Luis García Berlanga vio cómo de esa maravilla que es Bienvenido, Mr. Marshall (1953)  se cortaba una inocente banderita americana flotando río abajo. Una década después, le costó un tanto más conseguir adaptar El verdugo a los dudosos gustos de las autoridades. Y aún así, consiguió una de las mejores películas de la historia. A los Berlangas, Azconas, Ferreri y Bardem, habría que levantarles varios monumentos por la inteligencia con la que sortearon la censura, a golpe de humor negro, ironía y mala leche… demasiadas sutilezas, en la mayoría de los casos, para las mentes de brocha gorda de los censores.  

 viridianaAfortunadamente, cuando uno tiene la mente bien cerrada, sus propias armas se le pueden volver en contra. A principios de los 60,  al régimen no se le ocurrió mejor idea para promocionarse en el exterior que pedirle a Buñuel que volviese a España. Y rodó Viridiana. Y cambió el final, demasiado explícito para el régimen… ¡por uno mucho peor! Coló, claro. De nuevo la inteligencia de los funcionarios de Franco. Pero como en este país todo puede convertirse en un circo de tres pistas, al director general de Cinematografía se le ocurrió mandar la película a Cannes. Y ganó la Palma de Oro, pero esta obra maestra blasfema, irónica y brutal no se pudo ver en los cines españoles hasta el 77. Simplemente, dejó de existir durante 16 años. Con la Iglesia hemos topado: L’Osservatore Romano puso el grito en el cielo, la película se prohibió y el director de Cinematografía, claro, tuvo que vaciar su despacho.

 

 

 crimen_cuenca4¿Cambió todo tras la muerte de Franco? Vamos a dejarlo en un más o menos: en plena democracia, dos años después de las primeras elecciones libres tras la dictadura, y con la Constitución apenas caminando, el Gobierno retiró de la circulación una película que aún hoy cuesta ver, por lo dura, explícita y violenta que resulta. El crimen de Cuenca (Pilar Miró, 1979) estuvo secuestrada durante más de un año, y su directora tuvo que someterse a un tribunal militar. Puede que la democracia fuese demasiado joven para asumir esta historia (real) ambientada en la España de principios del siglo XX en la que el verdadero crimen son las salvajes torturas que protagoniza la Guardia Civil. La cinta no se estrenó hasta el 81, y fue un éxito a pesar de la bonita “S” que lucía en su clasificación. Fue el último ataque directo de la censura.

 

(Y de la “S”, ya hablaremos…)

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