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Un comentario de una lectora que merece una entrada

Escrito por Antía Díaz
22 de mayo de 2014 a las 9:44h

En plena etapa de blog moribundo (que no difunto, lo prometo), ha llegado hoy un comentario de una lectora para la entrada que escribí hace meses sobre La vida de Adèle. Su mirada sobre la película es completamente distinta, así que creo que merece una entrada. Así que copio y pego sus palabras… Paula, ¡muchas gracias!

“Sinceramente, para que se hagan películas lésbicas como ésta prefiero que no se haga ninguna… porque mucho decir que visibilizan y normalizan pero parece que nadie ve que en realidad estamos en lo de siempre: las relaciones entre mujeres se convierten en objetos de morbo masculino y en escenitas degradantes de tetas y coños antes que en cualquier otra cosa, y eso es más un retroceso que un avance.
Soy lesbiana y estoy muy harta de escuchar tantas alabanzas absurdas a esta película que no es más que el desahogo pornográfico de las obsesiones de un director déspota. Fui a verla ilusionadísima porque el cómic me había encantado y tenía las esperanzas de encontrarme con algo igual de bueno o quizá mejor, pero no puedo expresar mi sorpresa al encontrarme tamaña basura… Quince minutos de porno lésbico completamente gratuito e injustificado que ensucian el resto del metraje y actúan a modo de llamada de atención desesperada (así como llamada a la recaudación, a la audiencia y a la crítica masculina) para disculpar tres horas insustanciales, desaprovechadas y vacías, con lo que podía haber dado de sí una temática inicial tan fantástica. El director sólo se preocupó de rodar tijeras y cunnilingus, no hay rastro de la profundidad de la novela gráfica, de su estética cautivante, de su buen gusto, de su sensibilidad, de su despliegue en cuanto a temas y motivos… sólo sexo explícito, poses ridículas y morbo facilón para arrastrar a la gente a verla y convertirla en vouyers.
Sin esas largas escenas de sexo la película habría ganado en dignidad y fuerza, precisamente es contraproducente a su causa este excesivo regodeo. En lugar de estas escenas (o de gran parte de ellas) se podría haber aprovechado metraje e incluir, por ejemplo, una escena de ataque homófobo de los que están tan tristemente vigentes en Francia u otros países europeos, eso sí contribuiría a una mayor sensibilización del público y no una escena como la de las tijeras con la que la película cae en el ridículo, se descalifica a sí misma y le da la razón a quienes afirman que es pornografía mostrada sólo con el propósito de excitar. ¿Cuál es la intención si no de regodearse de tal manera? ¿Si no vemos ocho orgasmos no entendemos la pasión entre ambas protagonistas? ¿O la “necesidad” de meter estos quince minutos de sexo salvaje era porque si no nadie aguantaría tres horas soporíferas viendo a una actriz con cara de empanada?
Me pregunto cómo es posible que nadie (o muy pocos) vean lo que es en realidad esta película: una fantasía pornográfica de un director heterosexual, basándose en un juicio apriorístico de cómo follan dos lesbianas que no es más que su propio deseo puesto en imágenes (y además tiránicamente, en plan “vosotras tocaos hasta la extenuación que yo filmo mientras babeo). De haber sido dos hombres los protagonistas (o un hombre y una mujer), el director jamás se habría recreado así en una escena sexual entre ellos y la película no habría sido tan brillante para los críticos. Si la pareja hubiera sido heterosexual y si el sexo, aunque realista, hubiera sido tratado de manera más sutil, de esta película ni se habla. Y mucho menos se la premia. Pero claro, a los críticos heterosexuales les ha gustado mucho y por eso ganó Cannes…
Por eso, lo que me escama de todo esto (aparte de que me es imposible simpatizar con un señor que ha hecho que sus actrices se sientan poco menos que abusadas…) es que el director ha reducido una historia compleja sobre el amor, la amistad, la intimidad… en una larguísima escena de sexo hecha desde el punto de vista de un observador masculino y heterosexual (qué sorpresa) que reduce a las lesbianas y a las mujeres en general en objetos hipersexualizados cuyas prácticas sexuales son y deben ser aquellas que despiertan los deseos de este público en particular. Como siempre, se reduce a las mujeres (lesbianas o no) a lo mismo. Objetos. Objetos con los que vender, comerciar, excitar… objetos masturbatorios y poco más.
Esta película no hace ningún favor a la causa homosexual, más bien todo lo contrario.

Si me extiendo tanto y me expreso con tanta vehemencia es porque quiero que mi punto de vista (que es el de muchas lesbianas también) ayude a entender por qué tanta indignación justificada con esta película, por eso insisto en dar explicaciones de lo que considero que es un enfado lógico (el que también siente la propia autora del cómic) y no una pura histeria “porque sí”.
Recomiendo encarecidamente la lectura del cómic original para que cualquiera compruebe la diferencia por si mismo en todo cuanto afirmo: claro que hay sexo, de hecho nadie niega la necesidad de que lo haya, pero está tratado de una manera completamente diferente: con buen gusto, sensibilidad y respeto. Son escenas estéticas y realistas, no tan facilonas, exageradas y burdas como en la película, donde la mirada masculina y casi onanista se delata por sí sola. La autora, Julie Maroh, también expresó su indignación al respecto. Conste, insisto, que en ningún momento se discute sobre no mostrar sexo en la película, de hecho es necesario y está justificado que se muestre, pero no ASÍ. El problema no es con el sexo explícito siempre que esté justificado y bien presentado. El problema es cuando se ha decidido mostrar una escena sexual larguísima con el único propósito de crear morbo gratuito y polémica para después querer tomar al espectador por tonto, hacerse el ingenuo y pretender venderlo como “arte”. Eso es lo indignante. Más que una relación sincera y realista entre dos mujeres parece una fantasía pornográfica bastante tópica (e incluso ridícula por determinadas posturas) de un hombre heterosexual.
Tened por seguro que si Kechiche hubiera dirigido “Brokeback Mountain” o una historia de amor con dos hombres como protagonistas, ni de coña se habría recreado tanto. Es por este cúmulo de circunstancias por el que las lesbianas nos sentimos tan ofendidas: se nos reduce siempre a lo mismo, al mismo papel de objetos destinados a dar placer o morbo a la audiencia… Es curioso que las mayores alabanzas procedan, justamente, de hombres heterosexuales; las mujeres, heteros o lesbianas, la ponen bastante peor y son mucho más críticas. Será quizá porque la cosificación sexual de la mujer es algo tan enquistado en nuestra sociedad, en todos los ámbitos, lo tenemos tan admitido, que ni se permite darle la vuelta cuando alguien lo cuestiona (y entonces, de hacerlo, se nos tacha de histéricas, mojigatas o estrechas de mente, como si confundiéramos “abiertos de mente” con “necesidad de mostrar sexo explícito”) y, como siempre, se visibiliza a las lesbianas sólo para la consecución del placer masculino; se las muestra como objetos sexuales en la pantalla con la hipócrita excusa de que es necesario ver esas escenas pornográficas para entender la vida de la protagonista. Y así, la vida de Adèle se queda reducida a “La vida sexual de Adèle”. Una película fácil, vulgar, pornográfica, con todo lo que podía haber dado de sí (no se dedica apenas atención a la lucha interior de la protagonista, a los conflictos con sus padres y amigas ni la solución a los mismos, no se incide en la necesidad de una mayor visibilización y normalización, etc.)… Creo sinceramente que Kechiche no quiso desarrollar con la misma extensión y profundidad ningún otro tema más que el sexual, disfrazando tal cantidad exagerada de escenas pornográficas bajo tres horas de “cine” y “arte”. El director parece que sólo se dirige a un público específico para que alabe su obra. Podía haber hecho una verdadera maravilla, pero se dejó cegar por el recurso más fácil y explícito. Es verdaderamente una lástima”.

Crisis…¡y acción!

Escrito por Antía Díaz
1 de marzo de 2014 a las 14:19h

Éste es el programa de anoche en Vtelevisión. Desde ayer, Lalín no tiene cines. Ninguno. Se suma a una larga lista de ciudades gallegas que han apagado proyectores en los últimos años… Y esto nos llevó a dedicarle La Otra Vía a la crisis del cine en España. Ojo, no a la crisis del cine español. La pregunta esencial era ésta: ¿por qué no vamos al cine? Nos ayudaron a responder (y a hacernos mil preguntas más) Miguelanxo Fernández, crítico de cine de La Voz de Galicia; José Luis Losa, director de Cineuropa; Emma Lustres, que dirige la productora Vaca Films; Víctor Salgado, abogado especialista en temas de tecnología e Internet, y Pablo Gómez Sala, de la nueva Agrupación Cinematográfica Galega.

Sería imposible resumir todo lo que ayer escuchamos y vimos, incluida la entrevista con el presidente de la Academia del Cine, Enrique González Macho. Así que os dejo aquí los enlaces para que podáis ver el programa.

Primera parte: http://www.vtelevision.es/programas/laotravia/2014/03/01/0031_91_203303.htm
Segunda parte: http://www.vtelevision.es/programas/laotravia/2014/03/01/0031_91_203304.htm

Los amigos de Martin. Abriendo la carrera a por el Óscar (II)

Escrito por Antía Díaz
26 de febrero de 2014 a las 9:30h

Hay películas que no se desarrollan: se desparraman. Son como un torrente, bajan a borbotones, se atropellan y se lo llevan todo por delante. Esto, exactamente, es lo que pasa con El lobo de Wall Street. Tres horas (innecesarias pero estupendas) que arrasan con todo a un ritmo endiablado. Un ritmo marcado por la mano maestra de Martin Scorsese, y que es lo que salva (y cómo lo hace) del desastre esta película. Porque en otras manos, esta crónica del capitalismo (económico, sexual y estupefaciente),  no sería más que un biopic muy largo. Y muy aburrido. Con Scorsese, las cosas pueden ser muy largas. ¿Pero aburridas? Difícil.

Habría que preguntarse si en una historia de la que sabemos el final desde el principio, no se agradecería algo de mesura en esto del tiempo. Vamos, que puestos a meter tijera, en hora y media podrían contarnos la historia de este jetas repeinado Jordan Belfort, de profesión timador confeso. Aunque podríamos respondernos que si el medio es el mensaje, dado que hablamos de despilfarrar y celebrar la orgía, despilfarremos. Acumulemos en tres horas de metraje dólares, drogas, sexo, propiedades y un recital de Leonardo DiCaprio con hambre de Óscar. Aunque tengo la sensación de que DiCaprio vuelve a tener la estatuilla complicada, en un año en que las interpretaciones masculinas son especialmente potentes.

Vaya por delante que lo prefiero comedido (como en Revolutionary Road) que desatado (como en Django). Pero la mano de Scorsese lo guía bien, muy bien. Si no se desparrama en esta película, con este papel, ¿cuándo va a hacerlo? Al borde de pasarse tres pueblos a cada minuto, camina en la cuerda floja con una clase ganada a golpe de talento. Y engancha cada vez que se enfrenta al espectador, a la cámara.

Si una de las marcas de la casa de la factoría Coppola es la familia, la de sangre, esa que uno no elige, uno de los puntales de la factoría Scorsese es esa otra familia que uno sí escoge, los amigos. La de Uno de los nuestros. Y aquí esa red de hermanos la lidera un fantástico Jonah Hill. Fantástico, aunque (aquí sí tengo, de momento, claro favorito), pocas posibilidades tendría de ganar el Óscar al mejor secundario, si la Academia se arriesga, frente al recital de Barkhad Abdi en Capitán  Phillips.

Poderoso Greengrass. Abriendo la carrera a por el Óscar (I)

Escrito por Antía Díaz
21 de febrero de 2014 a las 16:17h

Nueve películas como nueve soles optan al premio gordo en la gala de los Óscar del próximo día 2. Así que nos queda una semana para, más que hacer deberes, disfrutar de buen cine. Porque hay cine del bueno entre estas nueve películas. Sufro un ataque de bulimia peliculera acompañado de un ataque indiscriminado de trabajo, e intento cumplir con las ganas de verlas todas. O casi. La pereza que me provoca Spike Jonze va a hacer que lo de Her lo deje para otro momento… Pero de lo ya visto hasta ahora (Gravity os la contaba aquí hace meses), pero tengo varias entradas pendientes. Algunas, por cierto, tienen que ver con olvidos clamorosos también en los Óscar (Inside Llewyn Davis, esa maravilla que firman los Coen). O el mal sueño de Phillip Seymour Hoffman.
Empiezo la maratón con la estupenda Capitán Phillips. Tremendo ejercicio de acción y buen cine de la mano de Paul Greengrass, dos horas muy muy intensas rodadas con ese ritmo marca de la casa , que ha conseguido en esta historia de piratas y héroes cotidianos sumar dos de sus grandes virtudes: una visión humanista sobre sus personajes (como en la fantástica Omagh, que escribe y produce, o en United 93), y una capacidad para rodar acción pasmosa. Es rápida, es angustiosa, y va creciendo a medida que el espacio se reduce a los escasos metros del bote salvavidas amenazado por la todopoderosa y gélida Armada estadounidense (me gusta especialmente esto de Greengrass, ese afán de documentalista que parece que no juzga para nada a los francotiradores de uniforme o a las enfermeras autómatas).

 

Para ser justa, no entiendo por qué no está nominado Tom Hanks al premio al mejor actor. No me gusta Tom Hanks, y en este caso consigue hacerme temblar. Literalmente. No hay tics, ni muecas, no hay un gesto de más. Si lo que quiere la Academia es repartir un poco posibilidades, que el señor Hanks tiene muchos premios, pues vale. Pero si lo que se valora es una buena interpretación, la cosa no se sostiene.

 

Y luego está el otro capitán. El pirata. Una de las mejores interpretaciones que he visto estos últimos meses, la de Barkhad Abdi (que según las encuestas poco tiene que hacer en el reparto de premios, pero a quién le importa cuando hace disfrutar así). Que suelta al capitán Phillips un tremendo “en Somalia no” a la ingenua pregunta de por qué no se dedica a algo mejor que pescar o abordar barcos. En Somalia no.

 

 

El azul es un color cálido (La vida de Adèle)

Escrito por Antía Díaz
15 de enero de 2014 a las 13:45h

Me gusta el título que le han puesto a La vida de Adèle en Estados Unidos. Azul como el pelo de Emma, como el color cálido que da nombre al cómic en el que se basa esta extraordinaria película de Abdellatif Kechiche. Salvando las distancias, las edades, los estilos… me pasa con La vida de Adèle lo que me pasó con Amor (Michael Haneke) más o menos a estas alturas del año pasado: que me ha dejado arrasada, completamente, con un nudo en el estómago y la sensación de que será difícil que otra película me conmueva de esta manera en los once meses que le quedan al año.

¿Qué hace de Adèle una película tan extraña como asombrosa? Pues probablemente, esas tres palabras: Adèle Exarchopoulos, lo extraño que es el amor, y lo asombroso que es conseguir contarlo.

 

1. Adèle Exarchopoulos. Tiene apenas 20 años, y es capaz de robar las tres horas de esta película rodada casi como un documental, en cada uno de los primerísimos planos en los que una piensa que no actúa, que es así, silenciosa, distinta, perdida. Kechiche titula “capítulos 1 y 2″ esta película, y acaba y quieres el 3 y el 4 y saber qué pasa con ella, casi como con Antoine Doinel, seguir su vida, conocerla.
2. Extraño. El amor y la película. Lo primero, como aquello de las familias desgraciadas, que ninguna se parece. Vamos, que da igual explicarlo, es raro. Y resulta que Kechiche planta su cámara delante de Adèle y Emma (Léa Seydoux) y lo consigue. Ya que no te lo puedo explicar, te lo cuento. El sexo, la confusión, la mezcla de piel y de risa, y de dolor, y de impostura y de verdad que tiene el amor.
3. Asombroso ya es haber conseguido lo anterior. Y hacerlo en tres horas sin bajar el ritmo, pidiendo más a las actrices en un ejercicio tan arriesgado, y pidiendo más al público para que se lance y se estrelle con ellas porque se ha roto la pantalla, en realidad. No nos hemos sentado en el cine para ver la película, sino que la pasmosa naturalidad con la que nos la están contando nos hace sentir que estamos ahí, casi casi rozando la piel de estas dos mujeres  (y esperemos que los árboles de sexo, que ocupan 10 minutos -intensos, pero 10- nos dejen ver el bosque, que es mucho más complicado).

No sé si, como Amor, La vida de Adèle es apta para todos los estómagos: no es nada fácil enfrentarse a la narración de la muerte. Y no es nada fácil enfrentarse a la narración del amor. Ni del desastre.

Lo mejor de 2013… y un deseo (de momento) para 2014

Escrito por Antía Díaz
31 de diciembre de 2013 a las 15:56h

¡Se acaba el año! Y mi compañera Loreto Silvoso me ha pedido un resumen peliculero del 2013. Con la resaca de la maravillosa La vida de Adèle (Abdellatif Kechiche) todavía encima, os dejo el enlace de la sección para el especial que hoy emitimos en RadioVoz. ¡Hay que aprovechar las sinergias! No están todas las películas del año, pero sí algunas de las que ocupan (casi) todas las listas.
Espero de verdad que en vuestro balance del 2013 pesen más las cosas buenas que las grises, y sobre todo, que el año que está a punto de empezar sea mejor para todos vosotros. ¡Feliz 2014 y feliz cine!

Pincha aquí para escuchar lo mejor del cine de 2013 en RadioVoz.

 

Flotar

Escrito por Antía Díaz
7 de octubre de 2013 a las 12:27h

No pasa todos los días, pero a veces una película consigue atraparte sin remedio, sin dar tregua, de principio a fin. Y la última película del mexicano Alfonso Cuarón hace todo esto, y hace más. Gravity es un pequeño prodigio. Técnico, de estilo, de guión.

Uno de los estrenos más esperados del otoño, una explicación de para qué vale el 3D, Gravity se abre con un plano secuencia que presenta a los personajes en tres pinceladas, que consigue trasladar al espectador la sensación de flotar en el espacio, los movimientos son lentos, el silencio lo ocupa todo. Como una coreografía en medio de la nada, o de lo que sea que es el espacio.

Esa secuencia sin cortes pasa de la calma a la pura angustia y lo hace con una elegancia pasmosa, en un clarísimo homenaje, además, a la visión del espacio de Kubrick.
Gravity no es otra película en 3D. Es un ejemplo práctico de para qué sirve esta tecnología, como parte de una historia (escrita por el propio Cuarón y por su hijo Jonás). Como en Pina, una olvida que lleva esas gafas ridículas, y asume como normal que la lluvia de basura espacial caiga en el patio de butacas. Y esto es quizás lo que más agradezco a Cuarón: que ruede en 3D sin alardes, o por lo menos sin que se note (vamos, igualito que James Cameron o Ang Lee…). Y todo esto en una trama que no puede ser más sencilla, que no simple. De simple no tiene nada. Con momentos tan “pequeños”, frente a la inmensidad del espacio, como Sandra Bullock quitándose el traje espacial dentro de una estación internacional destrozada, en una de las imágenes más hermosas que he visto en una película en mucho tiempo.

Es curioso poder decir esto de una cinta que muchos irán a ver por la parte técnica… pero ésta es una película de actores. De dos, en concreto, que se pasan la mayor parte de la cinta flotando (a ciegas, como ellos dicen) en el espacio. Y a pesar de estar metidos en un casco, brillan los dos. De George Clooney no puedo decir que me sorprenda. De Sandra Bullock, totalmente. (Será porque no he visto The Blind Side ni Extremely Loud and Incredibly Close). Es increíble lo que puede hacer la madurez y un buen guión, porque no es que con una camiseta de tirantes, unas bragas y la cara lavada, Cuarón se lo ponga fácil.

El señor Wert y el gusto por el cine

Escrito por Antía Díaz
22 de septiembre de 2013 a las 18:54h

En un alarde, el ministro de Cultura de este país se ha sacado de la manga una asignatura que, bajo el nombre de Cultura artística, visual y audiovisual, pretende que los chicos “desarrollen el gusto por el cine y que no solo quieran ver las películas en el ordenador”. Estoy fascinada, ministro. Hace falta mucho valor para ir al Festival de San Sebastián y anunciar que le van a poner a los chavales películas en el instituto. Le veo a usted como a Gary Cooper, es un decir, solo ante el peligro, con su estrella de sheriff en el chaleco, en medio de una calle vacía como vacíos están los cines de este país. Que están vacíos, todo el mundo lo sabe, ministro, porque los adolescentes no tienen cogido el puntillo a eso de ir al cine. Estos chicos… seguro que ni siquiera saben, los pobres, que hace un año se le ocurrió a su Gobierno la brillante idea de subir el IVA de la cultura al 21%. Aunque ya ha recordado usted que “estamos en la misma situación que el año pasado” (por cierto, ¿esto se lo ha dicho a su colega Montoro?), por si alguien se nos despista.

Ya me imagino a esas pandillas de adolescentes haciendo cola en el cine, pendientes de los estrenos, comentando las películas al entrar, al salir, esperando por las palomitas, tan contentos de saber que gracias a usted están desarrollando su gusto por el cine.

… aunque tengo muchas preguntas, ministro, pero entienda que yo no he tenido esa asignatura y no sé si en vez de poner notables, le importará a usted implantar un nuevo sistema de evaluación que suponga regalar a la chavalada entradas para ir al cine… más que nada porque entenderá que si se pasan un curso aprendiendo, gracias a usted, a amar el cine, y luego no hay familia que financie su pasión por el cine, a ver qué hacemos, ministro.

(Solo espero que quien diseñe la asignatura en cuestión tenga un gusto cinematográfico inversamente proporcional a su capacidad, señor Wert, de escuchar al mundo de la Cultura)

 

 

 

 

 

Cuatro instrumentos

Escrito por Antía Díaz
15 de septiembre de 2013 a las 15:00h

Si miras estos cuadros, le dice Christopher Walken a Catherine Keener, sientes que puedes entrar en la vida de estas personas. Esto, precisamente, es lo que consigue Yaron Zilberman en El último concierto (A late quartet, 2012). Dos violines, un cello y una viola. Y Beethoven con uno de sus últimos cuartetos. Con estos acordes arranca esta tristísima e íntima, imperfecta también, historia.  Película de actores, a Walken y Keener se suman Philip Seymour Hoffman y Mark Ivanir. Cuando a uno de estos músicos de éxito (Walken) le diagnostican Parkinson, la precisión del trabajo que los cuatro han apuntalado durante 25 años empieza a romperse. Y una entiende, con un nudo en la garganta, que las grietas siempre han estado ahí, pero que la personalidad silenciosa de Walken las ha mantenido a raya, sin riesgos de derrumbe.

Decía que es una película de actores.  Cada uno de los músicos tiene muy claro su papel en el cuarteto. Puede discutirlo, puede patalear… pero lo conoce desde hace un cuarto de siglo. ¿Son los mismos roles que mantienen fuera del escenario? La sensación es que ni ellos, ni el director, quieren (o pueden) diferenciar una cosa de la otra. Ni siquiera la hija rebelde que maldice el cuarteto es capaz de luchar contra él. Lo importante, parecen decir todos, es Beethoven, ese cuarteto para cuerda número 14, opus 131 en Do menor sostenido, que lo inunda todo con sus siete movimientos tocados sin descanso.

A pesar del equilibrio entre los cuatro (Ivanir es una sorpresa más que agradable, Seymour Hoffman borda un niño grande con problemas de ego), son precisamente Keener (sin un gesto de más, demoledora) y sobre todo Walken los que son capaces de levantar la película cuando el ritmo cae. El personaje de Walken se enfrenta solo a la evidencia de que su vida (que es la música, claro) se acaba, mientras los demás manotean a su alrededor sin saber qué va a ser de su futuro. Su interpretación es tan sutil, tan inteligente… que sientes que puedes entrar en su vida, que ya has entrado.

 

Era el infierno, pero valía la pena

Escrito por Antía Díaz
16 de junio de 2013 a las 15:55h

Esto del infierno lo dijo Billy Wilder. De Marilyn Monroe. También dijo que su psiquiatra le había recomendado no volver a rodar con ella. Que lo único que necesitaba era un cursillo de puntualidad. Que era un absoluto genio como actriz cómica. Que nunca había vuelto a encontrar otra como ella. Que era de carne. Que había en ella una especie de vulgaridad elegante.


(Sugar Kane, sus problemas con el alcohol, los saxofonistas y la falta de cerebro, en una secuencia antológica)

Esta especie de defensa robando las palabras del cerebro privilegiado de Wilder es la respuesta a un comentario oído esta semana a la salida de una sesión especial, maravillosa, en pantalla grande y versión original de Con faldas y a lo loco (gracias, Cinesa, por este ciclo Rewind. Y no, no me regalan la entrada. Pero son 5 euros muy bien invertidos). Después de dos horas llorando de risa, literalmente, dos butacas más allá escucho un “mira que era mala actriz Marilyn”. Escucho esa frase rebotando en mi cabeza, y pienso. Pienso en la de veces que se ha cuestionado la capacidad interpretativa de esta mujer escandalosamente guapa, de carne como decía Wilder (de carne ese escote casi al aire libre, apenas sujeto por un vestido desnudo). Cuestionada por ella misma, claro, que se llevaba a la profesora al plató para desesperación de Wilder, también.

Pero él decía también que tenía un don para los diálogos cómicos. Que sabía inmediatamente donde estaba el chiste. Sin más. Un genio para la comedia, devorado por su propio mito, empeñada en consolidarse como actriz dramática (porque, al parecer, ponerse serio hace al actor más actor). Carne por fuera, genio por dentro, y esa capacidad pasmosa para decir “podría dejar de beber si quisiese, pero no quiero” o “es que vendí muchos besos para la Fundación Láctea” o “ya te dije que era tonta” y que uno se crea que efectivamente lo es. Tonta, ingenua, bebedora y absolutamente adorable. Su Sugar Kane es un regalo.

Y Wilder lo sabía, aunque su contable y su médico le desaconsejasen rodar con ella, sabía que ahí estaba ese don. Como dijo una vez “hiciese lo que hiciese, estuviese donde estuviese, siempre aparecía aquello”. ¿El infierno? Sí. Pero póngame otra.