La Voz de Galicia lavozdegalicia.es - blogs | Inmobiliaria | Empleo | Mercadillo

El vuelo de Keaton

Escrito por Antía Díaz
14 de enero de 2015 a las 12:01h

Después del aburrido descenso a los infiernos de Biutiful, salgo del cine reconciliada con Iñárritu, y con una media sonrisa (que ha sido carcajada buena parte de la película) cuando se apaga Birdman en la pantalla.
La última cinta del mexicano fluye por los pasillos de un teatro, por las calles de Broadway, pegada a la nuca y a los rostros de un puñado de actores haciendo de actores. Como un plano secuencia de dos horas que no lo es en realidad, pero que discurre como si lo fuera, un juego de espejos, de color, de luz, que avanza por el laberinto del teatro en el que se ha empeñado en meterse Michael Keaton. Y qué Michael Keaton. El Batman de los 90 es aquí un superhéroe venido a menos, como un pavo desplumado y fondón, que se ríe de sí mismo y de la angustia de quien fue una estrella y quiere volver a serlo. Deberían llegar todos los reconocimientos posibles para Keaton, los mismos que pide a gritos su personaje, después de esta larga travesía en el desierto. Y ha tenido que ser un guión que se burla del propio estrellato, del ego, de las viejas glorias, el que ha rescatado al actor. Un guión a cuatro manos (sigue roto el tándem con Guillermo Arriaga, aunque aquí no se eche de menos), rápido, rápido, ácido… y que gracias a algún buen samaritano, he podido disfrutar en versión original en una ciudad gallega.

Cine y teatro se cruzan en los camerinos, en el escenario, en los bares. Iñárritu aprovecha y se mete con todo y con todos. Con los actores, con los productores, con los abogados, con los periodistas, con los críticos, con el cine de taquillazos, con las películas de superhéroes, con los famosos, con las redes sociales. Todos girando en torno al personaje de Riggan Thomson y sus (complicadas) circunstancias: su ex mujer, su pareja, su hija (fantástica Emma Stone), sus compañeros de reparto (Edward Norton explotando en cada plano). Y sobre todo, esa voz interior -o exterior, quién sabe- que le acompaña toda la película, desplegando las alas del miedo a desaparecer, a ser olvidado, a ser mediocre, a no ser nada ni nadie.

Y esa batería, fantástica, machacona como la omnipresente voz de Birdman, más o menos improvisada por otro mexicano, Antonio Sánchez, recorre también cada rincón del teatro, colándose de la calle a los camerinos…

(Nota a pie de página, para mi propio ombligo: ¿y si mi libreta está tan llena de palabras vacías, de etiquetas, de prejuicios, como la de la crítica de teatro que borda en dos escenas Lindsay Duncan?)

Video killed the radio star (o de cómo la tele se come al cine)

Escrito por Antía Díaz
12 de enero de 2015 a las 13:57h


Desde hace un par de años, y por si a alguien le quedaban dudas, esa supuesta antesala de los Óscar que son los Globos de Oro (lo sé, cada vez que alguien escribe esta frase muere un gatito), se ha convertido en una cita en la que el respetable está mucho más pendiente de las series de la tele que de las películas. Vamos a por un ejemplo práctico… ¿quién ocupó más titulares el año pasado? ¿Quién acaparó menciones en redes sociales? ¿12 años de esclavitud o Breaking Bad? ¿Estaban ustedes más pendientes del duelo entre Matthew McConaughey y Chiwetel Ejifor o de si Bryan Cranston se llevaba el premio a mejor actor por su papel en Breaking Bad? ¿De qué hablaba la gente que hablaba de esto al día siguiente?

De la tele. Se lo dice una adicta total que recibe su dosis semanal de Homeland, que se ha tragado casi del tirón True Detective, que cuenta los días que faltan para el estreno de la próxima temporada de House of Cards, que se ha vuelto a su pesar una seguidora acérrima de The Good Wife. ¿Video kill the radio star, otra vez? Partamos de que servidora trabaja en la radio, a la que han condenado a muerte unas 300 veces desde que apareció la tele, y ahí seguimos con nuestro micro dando guerra, así que creo bastante poco en los agoreros de la comunicación. Pero les confieso que tengo una especie de enanito en la boca del estómago (me van a perdonar, es que el sábado volví a ver Perdición y se me ha pegado). Uno de esos tocanarices que te avisan cuando algo chirría, cuando no cuadra.
Llevan unos años (ojo: Los Soprano se estrenó en enero del 99. Van 16 años) los del gremio diciendo que los mejores guiones, los mejores papeles, el mejor cine, no está ya en el cine. La caja tonta, que no era tan tonta, ha pasado de ser la plataforma de lanzamiento de estrellas a ser el refugio de actores, actrices, guionistas, directores… que no encuentran nada decente que llevarse a la boca y se pasan a un lado que no solo ha dejado de ser el reverso tenebroso de la fuerza sino que se ha convertido en el lugar en el que todo el que es alguien debe estar. ¿Quién eres si no tienes una serie? Otro ejemplo: el muy respetable Festival de Berlín acaba de abrir sus puertas de par en par a las series. En Berlín se abre en febrero el primer gran mercado cinematográfico del año (el European Film Market), y en esta edición habrá un apartado dedicado a las series. Según el nuevo director, quieren “ampliar la incidencia del EFM en nuevos campos de negocio”. Vamos, que habrá que mover el tenderete, y si las películas venden poco, a ver si con las series se mueve más.

¿Pero hay algún problema en esto?, me dirán. Mi enanito estomacal me hace pensar en un ejemplo. Se llama Kevin Spacey, es un actorazo, ayer se llevó el Globo de Oro por esa maravilla que es su papel de Frank Underwood en House of Cards. Ma-ra-vi-lla, repito. Pongan un Underwood en su vida, les digo. Con esta pasión desatada por ese sádico adorable por delante, vamos con la prueba mental del día. Desde Sospechosos Habituales (1995), Seven (1995), L.A. Confidential (1997), y American Beauty (1999), díganme tres películas que haya hecho de ese nivel. Y del suyo. ¿Que puede ser que escoja mal? Puede, puede. Pero haber tenido la suerte de bordar esos cuatro papeles (que le han dado dos Óscar) hace quince años y no brillar hasta que cae en sus manos un caramelo como el de Underwood en una serie ya es tener la brújula mal, la intuición peor, y el agente ni les cuento.

(el señor Underwood, supongo…)

Así que me pregunto, en esta mañana post Globos, si esta edad de oro de la ficción en la tele, que da pasta, es negocio y además ofrece una calidad por encima de la media, no acabará con los hijos de Saturno dándole la vuelta al cuento y comiéndose a papá con patatas… porque a ver quién es el listo que deja su serie, su papelazo, la seguridad, y el prestigio, para jugársela en una película que, visto lo visto, va a tener mucho menos alcance. ¿Cuántos de ustedes han visto Boyhood? ¿Cuántos están enganchados a una serie? Pues eso. El enanito…

El laberinto de Fincher

Escrito por Antía Díaz
13 de octubre de 2014 a las 19:09h

Leo en una entrevista que a David Fincher no le gusta la soledad. Por eso, dice, no escribo. No escribe, digo yo, pero crea personajes que tal vez ya existen en la mente de otros, y que él moldea aunque no sean suyos. Los ubica en una atmósfera determinada, los refleja en un estilo específico. Los lanza contra el público. Y no elige al azar unas tramas que, de Seven al extraordinario universo de House of Cards, son un juego con el espectador. Entra, te dice Fincher. Te prometo una historia en la que nada es lo que parece. Prometo ser cruel contigo y con los personajes. Prometo asustarte, desconcertarte y hacerte sufrir con ellos. Lo hace en la telaraña que teje el psicópata de Seven. En el larguísimo y ejemplar desarrollo de Zodiac. En la crueldad extrema de esa maravilla que es House of Cards, la serie que produce Fincher para Netflix y que en los primeros capítulos que dirige regala, en cuatro pinceladas, las aristas del poder y la manipulación. Todo esto forma parte de Perdida, donde un “nadie es quien dice ser” (o quien cree ser, más bien) debería ser la única advertencia para que nadie se meta en el cine con una idea preconcebida y para no fastidiar a nadie el brutal desenlace.

 (nadie sabe hacia dónde miran Nick y Amy en este plano… puede que ellos tampoco. ¿O tal vez sí?)

Todo se puede decir de este noir. Que es mucho más que una historia de secuestro/desaparición/crimen. Que es un durísimo análisis del matrimonio y la decepción.  Una crítica brutal de cierta sociedad basada en las apariencias, que ocultan sus terribles miserias bajo los perfectos cojines de sus perfectos sofás. Una sátira sobre el papel de los medios en la creación de personajes. Que es un ejercicio de no dar tregua, de generar una imagen para después dar la vuelta a todo lo que creíamos haber visto.

 Perdida es todo esto, pero es mucho más.  Sobre todo, no me toma por tonta, que es algo que agradezco mucho últimamente cuando pago una entrada de cine. Lo suficiente como para “perdonar” los giros excesivos, las pequeñas trampas, algunas incongruencias… Me importan poco cuando el director me deja pensar y sacar mis propias (y terribles) conclusiones, igual de mediatizadas, claro, que las de los millones de espectadores que se creen las imágenes que Nick (Ben Affleck) y Amy (Rosamund Pike) proyectan. 

Porque de eso va esta historia: de imágenes proyectadas. De lo que queremos ser. De lo que los demás creen que somos. A veces coinciden las dos imágenes. A veces no. A veces de tanto mirarnos al espejo para inventarnos el personaje nos lo creemos. O no. En ese juego de espejos, de múltiples versiones de la misma historia, de miradas que pueden significar más de una cosa, se esconde el mejor Fincher.

Las leyendas de verdad tienen arrugas

Escrito por Antía Díaz
13 de agosto de 2014 a las 9:08h

Se puede entrar en el cine de muchas maneras. Y en el cielo de los justos, supongo. Ella entró de golpe, con la barbilla pegada al pecho, aquella voz nacida para recitar diálogos de William Faulkner, para interpretar a las mujeres de Raymond Chandler, para dar la réplica a hombres en blanco y negro, a los que miraba a través de aquellos ojos caídos, cargados de ironía.
Lauren Bacall ha muerto. Y con ella, un mundo plagado de mujeres poderosas, independientes, provocativas, peligrosas. Bacall ya podía ser así (aunque ella decía que no tenía nada de misteriosa) con 19 años. Cuando la descubrió la inmensa Diana Vreeland y le dio una portada en Harper’s Bazaar, sin saber que no solo había creado un icono de la belleza americana, sino también una estrella de Hollywood (probablemente Vreeland diría que lo sabía, pero esa es otra historia). Vreeland la lanzó al mundo, Howard Hawks al estrellato en Tener y no tener… y aquel papel de Marie “Slim” Browning, a los brazos de Humphrey Bogart. No sabemos si su historia nació en aquel guión de frases cortas, afiladas, poderosas, aquel “¿Sabes silbar, Steve? Solo tienes que juntar los labios y soplar”, o si fue su figura apoyada en la pared, los brazos cruzados, el cigarro en la boca, lo que creó una electricidad entre los dos que aún hoy traspasa la pantalla.

 

 

Su matrimonio es una leyenda en Hollywood, como la imagen de ambos  liderando las críticas contra la caza de brujas de  McCarthy. De sus años como pareja, rotos solo por el cáncer que mató a Bogart, quedan las que probablemente son sus mejores películas. El sueño eterno, en la que no hay una sola escena que compartan ambos en las que no vuelen frases como puñales, tal vez su mejor papel, esa mujer mentirosa, manipuladora, casi tan cínica como Philip Marlowe. La claustrofóbica Cayo Largo. La senda tenebrosa. Pero su matrimonio (los años más felices de mi vida, dijo ella) fue de alguna manera su condena cinematográfica. Quiso huir de la sombra de Bogart, pero hay sombras tan alargadas… que apunten, hoy mismo, cuántos titulares la citan como “la viuda de…”. Porque aquel Hollywood de mujeres fuertes era igual de machista que la sociedad de la época. Y aún hoy, para bien y para mal, su imagen está atada a la de Bogie, incluso a la de Jason Robards, su segundo marido.

Bacall la mirada, la enorme Bacall, ha muerto. No solo deja frases memorables dentro de la pantalla. La Bacall era capaz de poner en su sitio a cualquiera fuera de ella. Como cuando en una rueda de prensa, alguien le pregunto (qué valor) qué tal eso de trabajar con una leyenda como Nicole Kidman… Imaginen la respuesta, pero imagínenla con su voz, diciendo que para ser una leyenda hay que ser mayor. Imaginen la cara de Kidman mientras la llamaba principiante. A la australiana no se le movería un músculo en esa máscara de cera que tiene por cara. A la vieja Bacall se le movería cada una de las arrugas que escribían su historia, qué historia, en su todavía maravilloso rostro. Unas arrugas que recuperó para el cine en sus últimos años, con apuestas arriesgadas: el Dogville y el Manderlay de Lars von Trier. Y una extrañísima película española, El celo, una adaptación oscura e hipnótica de Otra vuelta de tuerca.

Bacall ha muerto. Tal vez Bogart se había cansado de esperar. Tal vez la necesitaba de nuevo. Tal vez haya aprendido al fin a silbar…

Un comentario de una lectora que merece una entrada

Escrito por Antía Díaz
22 de mayo de 2014 a las 9:44h

En plena etapa de blog moribundo (que no difunto, lo prometo), ha llegado hoy un comentario de una lectora para la entrada que escribí hace meses sobre La vida de Adèle. Su mirada sobre la película es completamente distinta, así que creo que merece una entrada. Así que copio y pego sus palabras… Paula, ¡muchas gracias!

“Sinceramente, para que se hagan películas lésbicas como ésta prefiero que no se haga ninguna… porque mucho decir que visibilizan y normalizan pero parece que nadie ve que en realidad estamos en lo de siempre: las relaciones entre mujeres se convierten en objetos de morbo masculino y en escenitas degradantes de tetas y coños antes que en cualquier otra cosa, y eso es más un retroceso que un avance.
Soy lesbiana y estoy muy harta de escuchar tantas alabanzas absurdas a esta película que no es más que el desahogo pornográfico de las obsesiones de un director déspota. Fui a verla ilusionadísima porque el cómic me había encantado y tenía las esperanzas de encontrarme con algo igual de bueno o quizá mejor, pero no puedo expresar mi sorpresa al encontrarme tamaña basura… Quince minutos de porno lésbico completamente gratuito e injustificado que ensucian el resto del metraje y actúan a modo de llamada de atención desesperada (así como llamada a la recaudación, a la audiencia y a la crítica masculina) para disculpar tres horas insustanciales, desaprovechadas y vacías, con lo que podía haber dado de sí una temática inicial tan fantástica. El director sólo se preocupó de rodar tijeras y cunnilingus, no hay rastro de la profundidad de la novela gráfica, de su estética cautivante, de su buen gusto, de su sensibilidad, de su despliegue en cuanto a temas y motivos… sólo sexo explícito, poses ridículas y morbo facilón para arrastrar a la gente a verla y convertirla en vouyers.
Sin esas largas escenas de sexo la película habría ganado en dignidad y fuerza, precisamente es contraproducente a su causa este excesivo regodeo. En lugar de estas escenas (o de gran parte de ellas) se podría haber aprovechado metraje e incluir, por ejemplo, una escena de ataque homófobo de los que están tan tristemente vigentes en Francia u otros países europeos, eso sí contribuiría a una mayor sensibilización del público y no una escena como la de las tijeras con la que la película cae en el ridículo, se descalifica a sí misma y le da la razón a quienes afirman que es pornografía mostrada sólo con el propósito de excitar. ¿Cuál es la intención si no de regodearse de tal manera? ¿Si no vemos ocho orgasmos no entendemos la pasión entre ambas protagonistas? ¿O la “necesidad” de meter estos quince minutos de sexo salvaje era porque si no nadie aguantaría tres horas soporíferas viendo a una actriz con cara de empanada?
Me pregunto cómo es posible que nadie (o muy pocos) vean lo que es en realidad esta película: una fantasía pornográfica de un director heterosexual, basándose en un juicio apriorístico de cómo follan dos lesbianas que no es más que su propio deseo puesto en imágenes (y además tiránicamente, en plan “vosotras tocaos hasta la extenuación que yo filmo mientras babeo). De haber sido dos hombres los protagonistas (o un hombre y una mujer), el director jamás se habría recreado así en una escena sexual entre ellos y la película no habría sido tan brillante para los críticos. Si la pareja hubiera sido heterosexual y si el sexo, aunque realista, hubiera sido tratado de manera más sutil, de esta película ni se habla. Y mucho menos se la premia. Pero claro, a los críticos heterosexuales les ha gustado mucho y por eso ganó Cannes…
Por eso, lo que me escama de todo esto (aparte de que me es imposible simpatizar con un señor que ha hecho que sus actrices se sientan poco menos que abusadas…) es que el director ha reducido una historia compleja sobre el amor, la amistad, la intimidad… en una larguísima escena de sexo hecha desde el punto de vista de un observador masculino y heterosexual (qué sorpresa) que reduce a las lesbianas y a las mujeres en general en objetos hipersexualizados cuyas prácticas sexuales son y deben ser aquellas que despiertan los deseos de este público en particular. Como siempre, se reduce a las mujeres (lesbianas o no) a lo mismo. Objetos. Objetos con los que vender, comerciar, excitar… objetos masturbatorios y poco más.
Esta película no hace ningún favor a la causa homosexual, más bien todo lo contrario.

Si me extiendo tanto y me expreso con tanta vehemencia es porque quiero que mi punto de vista (que es el de muchas lesbianas también) ayude a entender por qué tanta indignación justificada con esta película, por eso insisto en dar explicaciones de lo que considero que es un enfado lógico (el que también siente la propia autora del cómic) y no una pura histeria “porque sí”.
Recomiendo encarecidamente la lectura del cómic original para que cualquiera compruebe la diferencia por si mismo en todo cuanto afirmo: claro que hay sexo, de hecho nadie niega la necesidad de que lo haya, pero está tratado de una manera completamente diferente: con buen gusto, sensibilidad y respeto. Son escenas estéticas y realistas, no tan facilonas, exageradas y burdas como en la película, donde la mirada masculina y casi onanista se delata por sí sola. La autora, Julie Maroh, también expresó su indignación al respecto. Conste, insisto, que en ningún momento se discute sobre no mostrar sexo en la película, de hecho es necesario y está justificado que se muestre, pero no ASÍ. El problema no es con el sexo explícito siempre que esté justificado y bien presentado. El problema es cuando se ha decidido mostrar una escena sexual larguísima con el único propósito de crear morbo gratuito y polémica para después querer tomar al espectador por tonto, hacerse el ingenuo y pretender venderlo como “arte”. Eso es lo indignante. Más que una relación sincera y realista entre dos mujeres parece una fantasía pornográfica bastante tópica (e incluso ridícula por determinadas posturas) de un hombre heterosexual.
Tened por seguro que si Kechiche hubiera dirigido “Brokeback Mountain” o una historia de amor con dos hombres como protagonistas, ni de coña se habría recreado tanto. Es por este cúmulo de circunstancias por el que las lesbianas nos sentimos tan ofendidas: se nos reduce siempre a lo mismo, al mismo papel de objetos destinados a dar placer o morbo a la audiencia… Es curioso que las mayores alabanzas procedan, justamente, de hombres heterosexuales; las mujeres, heteros o lesbianas, la ponen bastante peor y son mucho más críticas. Será quizá porque la cosificación sexual de la mujer es algo tan enquistado en nuestra sociedad, en todos los ámbitos, lo tenemos tan admitido, que ni se permite darle la vuelta cuando alguien lo cuestiona (y entonces, de hacerlo, se nos tacha de histéricas, mojigatas o estrechas de mente, como si confundiéramos “abiertos de mente” con “necesidad de mostrar sexo explícito”) y, como siempre, se visibiliza a las lesbianas sólo para la consecución del placer masculino; se las muestra como objetos sexuales en la pantalla con la hipócrita excusa de que es necesario ver esas escenas pornográficas para entender la vida de la protagonista. Y así, la vida de Adèle se queda reducida a “La vida sexual de Adèle”. Una película fácil, vulgar, pornográfica, con todo lo que podía haber dado de sí (no se dedica apenas atención a la lucha interior de la protagonista, a los conflictos con sus padres y amigas ni la solución a los mismos, no se incide en la necesidad de una mayor visibilización y normalización, etc.)… Creo sinceramente que Kechiche no quiso desarrollar con la misma extensión y profundidad ningún otro tema más que el sexual, disfrazando tal cantidad exagerada de escenas pornográficas bajo tres horas de “cine” y “arte”. El director parece que sólo se dirige a un público específico para que alabe su obra. Podía haber hecho una verdadera maravilla, pero se dejó cegar por el recurso más fácil y explícito. Es verdaderamente una lástima”.

Crisis…¡y acción!

Escrito por Antía Díaz
1 de marzo de 2014 a las 14:19h

Éste es el programa de anoche en Vtelevisión. Desde ayer, Lalín no tiene cines. Ninguno. Se suma a una larga lista de ciudades gallegas que han apagado proyectores en los últimos años… Y esto nos llevó a dedicarle La Otra Vía a la crisis del cine en España. Ojo, no a la crisis del cine español. La pregunta esencial era ésta: ¿por qué no vamos al cine? Nos ayudaron a responder (y a hacernos mil preguntas más) Miguelanxo Fernández, crítico de cine de La Voz de Galicia; José Luis Losa, director de Cineuropa; Emma Lustres, que dirige la productora Vaca Films; Víctor Salgado, abogado especialista en temas de tecnología e Internet, y Pablo Gómez Sala, de la nueva Agrupación Cinematográfica Galega.

Sería imposible resumir todo lo que ayer escuchamos y vimos, incluida la entrevista con el presidente de la Academia del Cine, Enrique González Macho. Así que os dejo aquí los enlaces para que podáis ver el programa.

Primera parte: http://www.vtelevision.es/programas/laotravia/2014/03/01/0031_91_203303.htm
Segunda parte: http://www.vtelevision.es/programas/laotravia/2014/03/01/0031_91_203304.htm

Los amigos de Martin. Abriendo la carrera a por el Óscar (II)

Escrito por Antía Díaz
26 de febrero de 2014 a las 9:30h

Hay películas que no se desarrollan: se desparraman. Son como un torrente, bajan a borbotones, se atropellan y se lo llevan todo por delante. Esto, exactamente, es lo que pasa con El lobo de Wall Street. Tres horas (innecesarias pero estupendas) que arrasan con todo a un ritmo endiablado. Un ritmo marcado por la mano maestra de Martin Scorsese, y que es lo que salva (y cómo lo hace) del desastre esta película. Porque en otras manos, esta crónica del capitalismo (económico, sexual y estupefaciente),  no sería más que un biopic muy largo. Y muy aburrido. Con Scorsese, las cosas pueden ser muy largas. ¿Pero aburridas? Difícil.

Habría que preguntarse si en una historia de la que sabemos el final desde el principio, no se agradecería algo de mesura en esto del tiempo. Vamos, que puestos a meter tijera, en hora y media podrían contarnos la historia de este jetas repeinado Jordan Belfort, de profesión timador confeso. Aunque podríamos respondernos que si el medio es el mensaje, dado que hablamos de despilfarrar y celebrar la orgía, despilfarremos. Acumulemos en tres horas de metraje dólares, drogas, sexo, propiedades y un recital de Leonardo DiCaprio con hambre de Óscar. Aunque tengo la sensación de que DiCaprio vuelve a tener la estatuilla complicada, en un año en que las interpretaciones masculinas son especialmente potentes.

Vaya por delante que lo prefiero comedido (como en Revolutionary Road) que desatado (como en Django). Pero la mano de Scorsese lo guía bien, muy bien. Si no se desparrama en esta película, con este papel, ¿cuándo va a hacerlo? Al borde de pasarse tres pueblos a cada minuto, camina en la cuerda floja con una clase ganada a golpe de talento. Y engancha cada vez que se enfrenta al espectador, a la cámara.

Si una de las marcas de la casa de la factoría Coppola es la familia, la de sangre, esa que uno no elige, uno de los puntales de la factoría Scorsese es esa otra familia que uno sí escoge, los amigos. La de Uno de los nuestros. Y aquí esa red de hermanos la lidera un fantástico Jonah Hill. Fantástico, aunque (aquí sí tengo, de momento, claro favorito), pocas posibilidades tendría de ganar el Óscar al mejor secundario, si la Academia se arriesga, frente al recital de Barkhad Abdi en Capitán  Phillips.

Poderoso Greengrass. Abriendo la carrera a por el Óscar (I)

Escrito por Antía Díaz
21 de febrero de 2014 a las 16:17h

Nueve películas como nueve soles optan al premio gordo en la gala de los Óscar del próximo día 2. Así que nos queda una semana para, más que hacer deberes, disfrutar de buen cine. Porque hay cine del bueno entre estas nueve películas. Sufro un ataque de bulimia peliculera acompañado de un ataque indiscriminado de trabajo, e intento cumplir con las ganas de verlas todas. O casi. La pereza que me provoca Spike Jonze va a hacer que lo de Her lo deje para otro momento… Pero de lo ya visto hasta ahora (Gravity os la contaba aquí hace meses), pero tengo varias entradas pendientes. Algunas, por cierto, tienen que ver con olvidos clamorosos también en los Óscar (Inside Llewyn Davis, esa maravilla que firman los Coen). O el mal sueño de Phillip Seymour Hoffman.
Empiezo la maratón con la estupenda Capitán Phillips. Tremendo ejercicio de acción y buen cine de la mano de Paul Greengrass, dos horas muy muy intensas rodadas con ese ritmo marca de la casa , que ha conseguido en esta historia de piratas y héroes cotidianos sumar dos de sus grandes virtudes: una visión humanista sobre sus personajes (como en la fantástica Omagh, que escribe y produce, o en United 93), y una capacidad para rodar acción pasmosa. Es rápida, es angustiosa, y va creciendo a medida que el espacio se reduce a los escasos metros del bote salvavidas amenazado por la todopoderosa y gélida Armada estadounidense (me gusta especialmente esto de Greengrass, ese afán de documentalista que parece que no juzga para nada a los francotiradores de uniforme o a las enfermeras autómatas).

 

Para ser justa, no entiendo por qué no está nominado Tom Hanks al premio al mejor actor. No me gusta Tom Hanks, y en este caso consigue hacerme temblar. Literalmente. No hay tics, ni muecas, no hay un gesto de más. Si lo que quiere la Academia es repartir un poco posibilidades, que el señor Hanks tiene muchos premios, pues vale. Pero si lo que se valora es una buena interpretación, la cosa no se sostiene.

 

Y luego está el otro capitán. El pirata. Una de las mejores interpretaciones que he visto estos últimos meses, la de Barkhad Abdi (que según las encuestas poco tiene que hacer en el reparto de premios, pero a quién le importa cuando hace disfrutar así). Que suelta al capitán Phillips un tremendo “en Somalia no” a la ingenua pregunta de por qué no se dedica a algo mejor que pescar o abordar barcos. En Somalia no.

 

 

El azul es un color cálido (La vida de Adèle)

Escrito por Antía Díaz
15 de enero de 2014 a las 13:45h

Me gusta el título que le han puesto a La vida de Adèle en Estados Unidos. Azul como el pelo de Emma, como el color cálido que da nombre al cómic en el que se basa esta extraordinaria película de Abdellatif Kechiche. Salvando las distancias, las edades, los estilos… me pasa con La vida de Adèle lo que me pasó con Amor (Michael Haneke) más o menos a estas alturas del año pasado: que me ha dejado arrasada, completamente, con un nudo en el estómago y la sensación de que será difícil que otra película me conmueva de esta manera en los once meses que le quedan al año.

¿Qué hace de Adèle una película tan extraña como asombrosa? Pues probablemente, esas tres palabras: Adèle Exarchopoulos, lo extraño que es el amor, y lo asombroso que es conseguir contarlo.

 

1. Adèle Exarchopoulos. Tiene apenas 20 años, y es capaz de robar las tres horas de esta película rodada casi como un documental, en cada uno de los primerísimos planos en los que una piensa que no actúa, que es así, silenciosa, distinta, perdida. Kechiche titula “capítulos 1 y 2″ esta película, y acaba y quieres el 3 y el 4 y saber qué pasa con ella, casi como con Antoine Doinel, seguir su vida, conocerla.
2. Extraño. El amor y la película. Lo primero, como aquello de las familias desgraciadas, que ninguna se parece. Vamos, que da igual explicarlo, es raro. Y resulta que Kechiche planta su cámara delante de Adèle y Emma (Léa Seydoux) y lo consigue. Ya que no te lo puedo explicar, te lo cuento. El sexo, la confusión, la mezcla de piel y de risa, y de dolor, y de impostura y de verdad que tiene el amor.
3. Asombroso ya es haber conseguido lo anterior. Y hacerlo en tres horas sin bajar el ritmo, pidiendo más a las actrices en un ejercicio tan arriesgado, y pidiendo más al público para que se lance y se estrelle con ellas porque se ha roto la pantalla, en realidad. No nos hemos sentado en el cine para ver la película, sino que la pasmosa naturalidad con la que nos la están contando nos hace sentir que estamos ahí, casi casi rozando la piel de estas dos mujeres  (y esperemos que los árboles de sexo, que ocupan 10 minutos -intensos, pero 10- nos dejen ver el bosque, que es mucho más complicado).

No sé si, como Amor, La vida de Adèle es apta para todos los estómagos: no es nada fácil enfrentarse a la narración de la muerte. Y no es nada fácil enfrentarse a la narración del amor. Ni del desastre.

Lo mejor de 2013… y un deseo (de momento) para 2014

Escrito por Antía Díaz
31 de diciembre de 2013 a las 15:56h

¡Se acaba el año! Y mi compañera Loreto Silvoso me ha pedido un resumen peliculero del 2013. Con la resaca de la maravillosa La vida de Adèle (Abdellatif Kechiche) todavía encima, os dejo el enlace de la sección para el especial que hoy emitimos en RadioVoz. ¡Hay que aprovechar las sinergias! No están todas las películas del año, pero sí algunas de las que ocupan (casi) todas las listas.
Espero de verdad que en vuestro balance del 2013 pesen más las cosas buenas que las grises, y sobre todo, que el año que está a punto de empezar sea mejor para todos vosotros. ¡Feliz 2014 y feliz cine!

Pincha aquí para escuchar lo mejor del cine de 2013 en RadioVoz.