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El mundo sigue

Escrito por Antía Díaz
5 de agosto de 2015 a las 8:36h

Las calles de Madrid son diferentes en las imágenes de El mundo sigue. Como es diferente la Roma de Rosellini, o de Vittorio de Sica. Una ciudad sucia, de escaleras interminables para subir a casa, de ropa vieja, de moral hipócrita. Sucia por dentro y por fuera, a pesar de estar rodada en el 63, el polvo de esa postguerra eterna que fue el franquismo se cuela en cada plano de este peliculón de Fernando Fernán Gómez que ha vuelto a las salas este verano. Un regalo inmenso para recuperar la visión durísima del director de un país en blanco y negro, de mujeres arrastradas y de mujeres vendidas, sin términos medios en la degradación moral de quienes se odian y se atacan como lo hacen las dos hermanas (Lina Canalejas, Gemma Cuervo, desatadas) que centran este dramón.

No entiendo a la censura de la época. Aunque el poder utiliza sus mecanismos para mostrar lo que quiere y tumbar lo que no le interesa, y la distribución de la época se llevó la película a Bilbao en un estreno que difuminó la película hasta hacerla desaparecer, el caso es que permitió que se rodase. ¿Cómo es posible que el régimen tragase con una historia en la que se habla del sexo como herramienta para medrar, e incluso dentro del matrimonio tiene esa carga de sordidez y de violencia? Una historia en la que un anillo puede comprar la supuesta moral intachable de un padre de familia de los de antes. En la que se critica a los meapilas con una dosis de desprecio notable.

el mundo sigue

Salgo del cine al sol como quien aterriza en otro planeta. De vuelta del ataque de Fernán Gómez a las buenas costumbres, al que da forma de la mano de un plantel de nuevos actores, de veteranos, con su propia figura enorme en el papel de un panoli despreciable. Gente triste en una España triste, misses de barrio, escritores que ocultan su talento detrás de unas gafas de sol (un brillante Agustín González), madres que cargan con todo ahogadas en un mar de lágrimas (Milagros Leal).

Y en este verano en el que hemos perdido a José Sazatornil, pienso en las decenas de secundarios que han sido (y son) eso que llamamos el cine español. Una forma de hacer películas, de contar historias, que no se comprende sin estos actores. El mundo sigue es también un manual de instrucciones para entender el papel de los actores de reparto. Como si viviésemos en uno de esos pueblos que habitó Saza, en forma de cabo Gutiérrez, tal vez deberíamos salir a las calles tras una pancarta que rece “Secundarios, nosotros somos contingentes…”

Como lágrimas en la lluvia

Escrito por Antía Díaz
5 de mayo de 2015 a las 7:33h

“Fue en ese momento concreto de los cien años de historia del cine cuando ir al cine, reflexionar sobre cine, hablar de cine, se volvió una pasión entre los estudiantes universitarios y jóvenes de otros ambientes. El público ya no se enamoraba de los actores, sino del cine”.

Lo dice Susan Sontag, lo leía en Moteros tranquilos, toros salvajes, cuatro horas antes de alucinar en una sala de cine con el arranque de Blade Runner. Con los primeros acordes de Vangelis, con esa ciudad inmensa dominada por el zigurat de la Tyrell Corporation, pensaba en la nula educación en cine de este país, que reduce las películas en el colegio a la mínima expresión, como si educar a los chavales para que amen el cine no fuese necesario. Y yo, que creo que todo tiempo pasado es peor (con permiso de Drexler), que no soy nada apocalíptica, me siento vieja como el mundo pensando que los jóvenes que llenan las salas (es un decir) para ver distopías descafeinadas varias, no saben quién es Deckard, qué es un blade runner, nunca se han preguntado qué significa el pequeño unicornio de papel de plata o qué hay detrás de los ojos inexpresivos de Sean Young.

blade_runner_1

Me dura el desconcierto unos dos segundos, se me viene a la cabeza la frase de Susan Sontag otros dos, y todo desaparece, arrasado por el orballo permanente de esa ciudad de Los Ángeles, por el gesto cansado de Harrison Ford, por el silencio de esta versión sin aquella pesadísima voz en off. Cine negro, ciencia ficción, cine de culto, cine para discutir y sobre todo, para disfrutar. Diría “cine del que ya no se hace” si no acabase de escribir que no soy nada apocalíptica…
El cine por el que debería ser recordado Ridley Scott, sin duda, y no por esa inclasificable carrera posterior, hecha a bandazos, la misma que se utiliza de reclamo en los anuncios… “del director de Gladiator” me gusta especialmente, me imagino a Roy Batty revolviéndose en su tumba, si es que entierran a los replicantes en algún lado, muerto de risa. ¿Por qué vende más Gladiator que Blade Runner? ¿Soy una friki cuando digo que las pelis del director de la primera me interesan más bien poco, pero las del director de la segunda me encantan? ¿Qué pasaría si en la tele pusiesen cualquier domingo por la noche Blade Runner y no Gladiator? ¿Y si algún adolescente que está pensado en ir a ver la segunda aparte de Divergente descubre que había vida distópica y (mucho más) inteligente antes de las trilogías escritas por y para críos?

Un apunte para la agenda de los seguidores del director de Alien: el jueves comienza en Ferrol un ciclo en los Cines Dúplex en el que no se podrá ver Blade Runner… pero sí nueve de sus películas. El reino de los cielos (7 de mayo); Tormenta Blanca (14 de mayo); Robin Hood (21 de mayo); Black Hawk Derribado (28 de mayo); Thelma y Louise (4 de junio); Gladiator (11 de junio); American Gangster (18 de junio); Alien (25 de junio) y Prometheus (2 de julio). ¿Irregular? Siempre. ¿A bandazos? También. Pero casi siempre con algo que decir.

(Nota a pie de página totalmente gratuita. Estos días que releo el libro de Peter Biskind, más allá del imparable marujeo de Hollywood, me quedo con otra frase… cuando Nashville, de Robert Altman, se estrelló en la taquilla, le preguntaron qué creía que había pasado. “No salía King Kong ni un tiburón”. Pues eso)

El bótox y Billy Wilder (cada uno ve los Óscar como quiere)

Escrito por Antía Díaz
23 de febrero de 2015 a las 14:54h

Sospecho que Trueba tenía razón, que Billy Wilder es dios (incluso en horas bajas) y que los caminos de dios son inescrutables, y que si dios quiere te lanza una anunciación en forma de Fedora. No seré yo la que cuestiones los mensajes divinos, así que medito sobre los renglones torcidos de Wilder como si rezase el rosario. Un rosario ácido y cargado de mala leche, acumulada durante 72 años de vida y medio siglo de cine. Una letanía que rezo con fe renovada entre el palmarés de los Óscar y el show de los horrores quirúrgicos y estéticos en que se ha convertido la alfombra roja y (sobre todo) las fiestas posteriores. Me he pasado la última semana rumiando Fedora. Cayó en mi pantalla casi al mismo tiempo que el show de la cirugía de Uma Thurman, y juro que no fue programado. Y justo a una semana de los Óscar.

Porque en la penúltima película de Wilder, ajada como Fedora, triste como el rostro arrugado de William Holden, viejuno canto de cisne (es terrible llamar viejuno a Wilder, que me perdone dios por esto), se encierran varias lecciones de la gala de este año: cine sobre el cine en Birdman, la presión de la imagen, las hijas que siguen la carrera de las madres (pensaba esta mañana en el rostro destrozado de Melanie Griffith, mirando orgullosa a su hija Dakota), los obstáculos de la industria por sacar adelante proyectos que se salen de madre, la falta de respeto absoluta a los viejos. ¿Dónde estaba ayer Maureen O’Hara? ¿Dónde Miyazaki? Dos de los premios honoríficos de este año, de nuevo relegados a una gala previa de la que nadie habla. Pienso con horror en la pobre Lauren Bacall, recogiendo ese mismo premio de honor en una cena sin campanillas, ella que es más Hollywood que la señora que preside la Academia, y que nadie sabe quién es, claro. Pero el padre de Totoro y la pelirroja de armas tomar que bordó cada papel que John Ford le regaló no se merecen, al parecer, un espacio en el que la industria se rinda a sus pies y, lo que es más importante, los más jóvenes puedan descubrir rostros con más arrugas que Jennifer Lawrence.

Qué guión haría este señor bajito si le diesen hoy un Óscar honorífico en una fiestecilla sin cámaras ni tuits…

Como no se merecía, al parecer, Wilder el apoyo de la industria para rodar Fedora, por muy mediocre que sea, porque Primera Plana (adorada ahora) fue un fracaso. Wilder sabía que eso era Hollywood. Lo había calado casi 30 años antes en Sunset Boulevard, otra vez cine dentro del cine, con el olor del cloro de una piscina macabra, William Holden sin una arruga, Gloria Swanson con todas, el monstruo de Hollywood devorando todo lo viejo a su paso, enloqueciendo a las divas, preparadas siempre para un primer plano que nunca volverán a rodar. La Swanson está en Fedora, y Greta Garbo, y todas las viejas glorias que se parapetaron tras un sombrero y unas gafas para que nadie viese que envejecían. Pienso, mientras rumio la película, qué habría sido de la Garbo si cuando se retiró del mundo hubiese existido el bótox de todo a cien, las inyecciones de vitaminas y el veneno de abeja. ¿Se pasearía por la alfombra roja con la cara de Renée Zellweger? ¿Tendría que decir “es el maquillaje” como Uma Thurman? ¿Miraría con esa mezcla de orgullo y envidia a la hija que no tuvo, como Melanie?

Las familias felices

Escrito por Antía Díaz
8 de febrero de 2015 a las 14:24h

Todas las familias felices se parecen; las infelices lo son cada una a su manera.
Parecerá una simpleza, pero pensaba ayer en el principio de Ana Karenina al ver la gala de los Goya. No por larga, mal pensados, no. Más bien porque, como decía Banderas, la crisis es el estado natural de la profesión, y parece quedar claro después de las casi cuatro horas de sopor y de discursos aburridos y chistes sin gracia, que esto de los Goya resulta mucho más estimulante cuando las cosas no van bien, aunque solo sea por cuestiones de entretener a la audiencia. El aburrimiento de guión de ayer no merecería estar ni entre los finalistas al premio, oigan…
Me contaba el actor Javier Gutiérrez hace unos días que este año la gala debería ser menos reivindicativa porque los políticos no merecen más que la indiferencia del sector. Es probable, sí. Todo el mundo pasó del ministro Wert, Nacho para los amigos, que eran escasos. En la retransmisión solo una vez se enfocó a los líderes de la oposición, que pasaban por allí y tuiteaban con descaro que bajarán el IVA. Parece que se trataba de pasar de ellos, de celebrar el año de cine, nunca mejor dicho, que ha vivido el gremio. Por la calidad de las películas, por esa reconciliación tan traída y llevada entre el público español y el cine que aquí se hace. Por los millones recaudados. ¿Fiesta loca, pues? Tampoco. El presidente de la Academia nos remitió a discursos anteriores para el capítulo de quejas. Unos (pocos) aludieron al vergonzoso IVA. Se cantó Resistiré porque de eso se trata: hacer cine en este país es un ejercicio de resistencia. De no perder la ilusión, como decía Gutiérrez al recoger ese merecidísimo Goya por su papel de Juan en La isla mínima, sin duda la mejor película del 2014. No porque lo diga la Academia, no. Por ese guión redondo y duro, por la luz, la ambientación, por los papeles (los premiados y los que se fueron de vacío), por la música, por la dirección férrea de Alberto Rodríguez, sacando oro de los actores, de las marismas, de esa durísima historia que ha estado entre las películas más vistas el pasado año. A falta de Magical Girl, asignatura pendiente que espero superar en 7 días, no me quedan dudas… Ni siquiera por cuestiones puramente sentimentales, que una es así de cursi, y se emociona cuando una tía tan de verdad como Nerea Barros llora con su Goya en la mano, después de contarme la noche anterior, en directo en Vtelevisión, ¡desde la cama!, que está atacada pero feliz. Feliz también por Javier Gutiérrez, no sabéis cómo, otro que no puede ser más de verdad y más normal y más grande, aunque ya lo sabíamos la legión que lo seguía en Animalario (a uno no le dan un Max de teatro porque sí).

Un señor de Málaga, con sus gafas de 55 años, ante la segunda parte del partido…


Pero cuestiones sentimentales al margen, os diré que además de aburrirme como una seta, comer palomitas, planchar la ropa de la semana y quedarme perpleja con el mini concierto que se marcó Poveda a la una y cuarto de la madrugada y que solo comprendo si en vez de estar patrocinada por una marca de perfumes, detrás estaba una campaña de alguna junta autonómica (se admiten apuestas), además de todo esto, me quedo sin duda con cada una de las palabras de un señor que no será el mejor actor, el mejor director, pero que es una estrella, y ahí estaba, reivindicando el cine de casa, a cada uno de los profesionales que trabajan en una película, sus inicios y ese tren que lo llevó a Madrid. Muchas palabras, vale, las de Antonio Banderas, para un discurso de agradecimiento. Pero meditadas, las de alguien que entiendo que se toma muy en serio este premio, que ama la profesión y que se siente viejo si mira hacia atrás y joven si mira hacia delante, camino de la segunda parte del partido de su vida. Un señor que se sabe estrella, pero que reconoce ese caos en el que debe vivir el artista, que nace de la crisis y que vive en ella. Porque ahí está Karenina para recordarlo.
Todas las familias felices se parecen; las infelices lo son cada una a su manera.

El vuelo de Keaton

Escrito por Antía Díaz
14 de enero de 2015 a las 12:01h

Después del aburrido descenso a los infiernos de Biutiful, salgo del cine reconciliada con Iñárritu, y con una media sonrisa (que ha sido carcajada buena parte de la película) cuando se apaga Birdman en la pantalla.
La última cinta del mexicano fluye por los pasillos de un teatro, por las calles de Broadway, pegada a la nuca y a los rostros de un puñado de actores haciendo de actores. Como un plano secuencia de dos horas que no lo es en realidad, pero que discurre como si lo fuera, un juego de espejos, de color, de luz, que avanza por el laberinto del teatro en el que se ha empeñado en meterse Michael Keaton. Y qué Michael Keaton. El Batman de los 90 es aquí un superhéroe venido a menos, como un pavo desplumado y fondón, que se ríe de sí mismo y de la angustia de quien fue una estrella y quiere volver a serlo. Deberían llegar todos los reconocimientos posibles para Keaton, los mismos que pide a gritos su personaje, después de esta larga travesía en el desierto. Y ha tenido que ser un guión que se burla del propio estrellato, del ego, de las viejas glorias, el que ha rescatado al actor. Un guión a cuatro manos (sigue roto el tándem con Guillermo Arriaga, aunque aquí no se eche de menos), rápido, rápido, ácido… y que gracias a algún buen samaritano, he podido disfrutar en versión original en una ciudad gallega.

Cine y teatro se cruzan en los camerinos, en el escenario, en los bares. Iñárritu aprovecha y se mete con todo y con todos. Con los actores, con los productores, con los abogados, con los periodistas, con los críticos, con el cine de taquillazos, con las películas de superhéroes, con los famosos, con las redes sociales. Todos girando en torno al personaje de Riggan Thomson y sus (complicadas) circunstancias: su ex mujer, su pareja, su hija (fantástica Emma Stone), sus compañeros de reparto (Edward Norton explotando en cada plano). Y sobre todo, esa voz interior -o exterior, quién sabe- que le acompaña toda la película, desplegando las alas del miedo a desaparecer, a ser olvidado, a ser mediocre, a no ser nada ni nadie.

Y esa batería, fantástica, machacona como la omnipresente voz de Birdman, más o menos improvisada por otro mexicano, Antonio Sánchez, recorre también cada rincón del teatro, colándose de la calle a los camerinos…

(Nota a pie de página, para mi propio ombligo: ¿y si mi libreta está tan llena de palabras vacías, de etiquetas, de prejuicios, como la de la crítica de teatro que borda en dos escenas Lindsay Duncan?)

Video killed the radio star (o de cómo la tele se come al cine)

Escrito por Antía Díaz
12 de enero de 2015 a las 13:57h


Desde hace un par de años, y por si a alguien le quedaban dudas, esa supuesta antesala de los Óscar que son los Globos de Oro (lo sé, cada vez que alguien escribe esta frase muere un gatito), se ha convertido en una cita en la que el respetable está mucho más pendiente de las series de la tele que de las películas. Vamos a por un ejemplo práctico… ¿quién ocupó más titulares el año pasado? ¿Quién acaparó menciones en redes sociales? ¿12 años de esclavitud o Breaking Bad? ¿Estaban ustedes más pendientes del duelo entre Matthew McConaughey y Chiwetel Ejifor o de si Bryan Cranston se llevaba el premio a mejor actor por su papel en Breaking Bad? ¿De qué hablaba la gente que hablaba de esto al día siguiente?

De la tele. Se lo dice una adicta total que recibe su dosis semanal de Homeland, que se ha tragado casi del tirón True Detective, que cuenta los días que faltan para el estreno de la próxima temporada de House of Cards, que se ha vuelto a su pesar una seguidora acérrima de The Good Wife. ¿Video kill the radio star, otra vez? Partamos de que servidora trabaja en la radio, a la que han condenado a muerte unas 300 veces desde que apareció la tele, y ahí seguimos con nuestro micro dando guerra, así que creo bastante poco en los agoreros de la comunicación. Pero les confieso que tengo una especie de enanito en la boca del estómago (me van a perdonar, es que el sábado volví a ver Perdición y se me ha pegado). Uno de esos tocanarices que te avisan cuando algo chirría, cuando no cuadra.
Llevan unos años (ojo: Los Soprano se estrenó en enero del 99. Van 16 años) los del gremio diciendo que los mejores guiones, los mejores papeles, el mejor cine, no está ya en el cine. La caja tonta, que no era tan tonta, ha pasado de ser la plataforma de lanzamiento de estrellas a ser el refugio de actores, actrices, guionistas, directores… que no encuentran nada decente que llevarse a la boca y se pasan a un lado que no solo ha dejado de ser el reverso tenebroso de la fuerza sino que se ha convertido en el lugar en el que todo el que es alguien debe estar. ¿Quién eres si no tienes una serie? Otro ejemplo: el muy respetable Festival de Berlín acaba de abrir sus puertas de par en par a las series. En Berlín se abre en febrero el primer gran mercado cinematográfico del año (el European Film Market), y en esta edición habrá un apartado dedicado a las series. Según el nuevo director, quieren “ampliar la incidencia del EFM en nuevos campos de negocio”. Vamos, que habrá que mover el tenderete, y si las películas venden poco, a ver si con las series se mueve más.

¿Pero hay algún problema en esto?, me dirán. Mi enanito estomacal me hace pensar en un ejemplo. Se llama Kevin Spacey, es un actorazo, ayer se llevó el Globo de Oro por esa maravilla que es su papel de Frank Underwood en House of Cards. Ma-ra-vi-lla, repito. Pongan un Underwood en su vida, les digo. Con esta pasión desatada por ese sádico adorable por delante, vamos con la prueba mental del día. Desde Sospechosos Habituales (1995), Seven (1995), L.A. Confidential (1997), y American Beauty (1999), díganme tres películas que haya hecho de ese nivel. Y del suyo. ¿Que puede ser que escoja mal? Puede, puede. Pero haber tenido la suerte de bordar esos cuatro papeles (que le han dado dos Óscar) hace quince años y no brillar hasta que cae en sus manos un caramelo como el de Underwood en una serie ya es tener la brújula mal, la intuición peor, y el agente ni les cuento.

(el señor Underwood, supongo…)

Así que me pregunto, en esta mañana post Globos, si esta edad de oro de la ficción en la tele, que da pasta, es negocio y además ofrece una calidad por encima de la media, no acabará con los hijos de Saturno dándole la vuelta al cuento y comiéndose a papá con patatas… porque a ver quién es el listo que deja su serie, su papelazo, la seguridad, y el prestigio, para jugársela en una película que, visto lo visto, va a tener mucho menos alcance. ¿Cuántos de ustedes han visto Boyhood? ¿Cuántos están enganchados a una serie? Pues eso. El enanito…

El laberinto de Fincher

Escrito por Antía Díaz
13 de octubre de 2014 a las 19:09h

Leo en una entrevista que a David Fincher no le gusta la soledad. Por eso, dice, no escribo. No escribe, digo yo, pero crea personajes que tal vez ya existen en la mente de otros, y que él moldea aunque no sean suyos. Los ubica en una atmósfera determinada, los refleja en un estilo específico. Los lanza contra el público. Y no elige al azar unas tramas que, de Seven al extraordinario universo de House of Cards, son un juego con el espectador. Entra, te dice Fincher. Te prometo una historia en la que nada es lo que parece. Prometo ser cruel contigo y con los personajes. Prometo asustarte, desconcertarte y hacerte sufrir con ellos. Lo hace en la telaraña que teje el psicópata de Seven. En el larguísimo y ejemplar desarrollo de Zodiac. En la crueldad extrema de esa maravilla que es House of Cards, la serie que produce Fincher para Netflix y que en los primeros capítulos que dirige regala, en cuatro pinceladas, las aristas del poder y la manipulación. Todo esto forma parte de Perdida, donde un “nadie es quien dice ser” (o quien cree ser, más bien) debería ser la única advertencia para que nadie se meta en el cine con una idea preconcebida y para no fastidiar a nadie el brutal desenlace.

 (nadie sabe hacia dónde miran Nick y Amy en este plano… puede que ellos tampoco. ¿O tal vez sí?)

Todo se puede decir de este noir. Que es mucho más que una historia de secuestro/desaparición/crimen. Que es un durísimo análisis del matrimonio y la decepción.  Una crítica brutal de cierta sociedad basada en las apariencias, que ocultan sus terribles miserias bajo los perfectos cojines de sus perfectos sofás. Una sátira sobre el papel de los medios en la creación de personajes. Que es un ejercicio de no dar tregua, de generar una imagen para después dar la vuelta a todo lo que creíamos haber visto.

 Perdida es todo esto, pero es mucho más.  Sobre todo, no me toma por tonta, que es algo que agradezco mucho últimamente cuando pago una entrada de cine. Lo suficiente como para “perdonar” los giros excesivos, las pequeñas trampas, algunas incongruencias… Me importan poco cuando el director me deja pensar y sacar mis propias (y terribles) conclusiones, igual de mediatizadas, claro, que las de los millones de espectadores que se creen las imágenes que Nick (Ben Affleck) y Amy (Rosamund Pike) proyectan. 

Porque de eso va esta historia: de imágenes proyectadas. De lo que queremos ser. De lo que los demás creen que somos. A veces coinciden las dos imágenes. A veces no. A veces de tanto mirarnos al espejo para inventarnos el personaje nos lo creemos. O no. En ese juego de espejos, de múltiples versiones de la misma historia, de miradas que pueden significar más de una cosa, se esconde el mejor Fincher.

Las leyendas de verdad tienen arrugas

Escrito por Antía Díaz
13 de agosto de 2014 a las 9:08h

Se puede entrar en el cine de muchas maneras. Y en el cielo de los justos, supongo. Ella entró de golpe, con la barbilla pegada al pecho, aquella voz nacida para recitar diálogos de William Faulkner, para interpretar a las mujeres de Raymond Chandler, para dar la réplica a hombres en blanco y negro, a los que miraba a través de aquellos ojos caídos, cargados de ironía.
Lauren Bacall ha muerto. Y con ella, un mundo plagado de mujeres poderosas, independientes, provocativas, peligrosas. Bacall ya podía ser así (aunque ella decía que no tenía nada de misteriosa) con 19 años. Cuando la descubrió la inmensa Diana Vreeland y le dio una portada en Harper’s Bazaar, sin saber que no solo había creado un icono de la belleza americana, sino también una estrella de Hollywood (probablemente Vreeland diría que lo sabía, pero esa es otra historia). Vreeland la lanzó al mundo, Howard Hawks al estrellato en Tener y no tener… y aquel papel de Marie “Slim” Browning, a los brazos de Humphrey Bogart. No sabemos si su historia nació en aquel guión de frases cortas, afiladas, poderosas, aquel “¿Sabes silbar, Steve? Solo tienes que juntar los labios y soplar”, o si fue su figura apoyada en la pared, los brazos cruzados, el cigarro en la boca, lo que creó una electricidad entre los dos que aún hoy traspasa la pantalla.

 

 

Su matrimonio es una leyenda en Hollywood, como la imagen de ambos  liderando las críticas contra la caza de brujas de  McCarthy. De sus años como pareja, rotos solo por el cáncer que mató a Bogart, quedan las que probablemente son sus mejores películas. El sueño eterno, en la que no hay una sola escena que compartan ambos en las que no vuelen frases como puñales, tal vez su mejor papel, esa mujer mentirosa, manipuladora, casi tan cínica como Philip Marlowe. La claustrofóbica Cayo Largo. La senda tenebrosa. Pero su matrimonio (los años más felices de mi vida, dijo ella) fue de alguna manera su condena cinematográfica. Quiso huir de la sombra de Bogart, pero hay sombras tan alargadas… que apunten, hoy mismo, cuántos titulares la citan como “la viuda de…”. Porque aquel Hollywood de mujeres fuertes era igual de machista que la sociedad de la época. Y aún hoy, para bien y para mal, su imagen está atada a la de Bogie, incluso a la de Jason Robards, su segundo marido.

Bacall la mirada, la enorme Bacall, ha muerto. No solo deja frases memorables dentro de la pantalla. La Bacall era capaz de poner en su sitio a cualquiera fuera de ella. Como cuando en una rueda de prensa, alguien le pregunto (qué valor) qué tal eso de trabajar con una leyenda como Nicole Kidman… Imaginen la respuesta, pero imagínenla con su voz, diciendo que para ser una leyenda hay que ser mayor. Imaginen la cara de Kidman mientras la llamaba principiante. A la australiana no se le movería un músculo en esa máscara de cera que tiene por cara. A la vieja Bacall se le movería cada una de las arrugas que escribían su historia, qué historia, en su todavía maravilloso rostro. Unas arrugas que recuperó para el cine en sus últimos años, con apuestas arriesgadas: el Dogville y el Manderlay de Lars von Trier. Y una extrañísima película española, El celo, una adaptación oscura e hipnótica de Otra vuelta de tuerca.

Bacall ha muerto. Tal vez Bogart se había cansado de esperar. Tal vez la necesitaba de nuevo. Tal vez haya aprendido al fin a silbar…

Un comentario de una lectora que merece una entrada

Escrito por Antía Díaz
22 de mayo de 2014 a las 9:44h

En plena etapa de blog moribundo (que no difunto, lo prometo), ha llegado hoy un comentario de una lectora para la entrada que escribí hace meses sobre La vida de Adèle. Su mirada sobre la película es completamente distinta, así que creo que merece una entrada. Así que copio y pego sus palabras… Paula, ¡muchas gracias!

“Sinceramente, para que se hagan películas lésbicas como ésta prefiero que no se haga ninguna… porque mucho decir que visibilizan y normalizan pero parece que nadie ve que en realidad estamos en lo de siempre: las relaciones entre mujeres se convierten en objetos de morbo masculino y en escenitas degradantes de tetas y coños antes que en cualquier otra cosa, y eso es más un retroceso que un avance.
Soy lesbiana y estoy muy harta de escuchar tantas alabanzas absurdas a esta película que no es más que el desahogo pornográfico de las obsesiones de un director déspota. Fui a verla ilusionadísima porque el cómic me había encantado y tenía las esperanzas de encontrarme con algo igual de bueno o quizá mejor, pero no puedo expresar mi sorpresa al encontrarme tamaña basura… Quince minutos de porno lésbico completamente gratuito e injustificado que ensucian el resto del metraje y actúan a modo de llamada de atención desesperada (así como llamada a la recaudación, a la audiencia y a la crítica masculina) para disculpar tres horas insustanciales, desaprovechadas y vacías, con lo que podía haber dado de sí una temática inicial tan fantástica. El director sólo se preocupó de rodar tijeras y cunnilingus, no hay rastro de la profundidad de la novela gráfica, de su estética cautivante, de su buen gusto, de su sensibilidad, de su despliegue en cuanto a temas y motivos… sólo sexo explícito, poses ridículas y morbo facilón para arrastrar a la gente a verla y convertirla en vouyers.
Sin esas largas escenas de sexo la película habría ganado en dignidad y fuerza, precisamente es contraproducente a su causa este excesivo regodeo. En lugar de estas escenas (o de gran parte de ellas) se podría haber aprovechado metraje e incluir, por ejemplo, una escena de ataque homófobo de los que están tan tristemente vigentes en Francia u otros países europeos, eso sí contribuiría a una mayor sensibilización del público y no una escena como la de las tijeras con la que la película cae en el ridículo, se descalifica a sí misma y le da la razón a quienes afirman que es pornografía mostrada sólo con el propósito de excitar. ¿Cuál es la intención si no de regodearse de tal manera? ¿Si no vemos ocho orgasmos no entendemos la pasión entre ambas protagonistas? ¿O la “necesidad” de meter estos quince minutos de sexo salvaje era porque si no nadie aguantaría tres horas soporíferas viendo a una actriz con cara de empanada?
Me pregunto cómo es posible que nadie (o muy pocos) vean lo que es en realidad esta película: una fantasía pornográfica de un director heterosexual, basándose en un juicio apriorístico de cómo follan dos lesbianas que no es más que su propio deseo puesto en imágenes (y además tiránicamente, en plan “vosotras tocaos hasta la extenuación que yo filmo mientras babeo). De haber sido dos hombres los protagonistas (o un hombre y una mujer), el director jamás se habría recreado así en una escena sexual entre ellos y la película no habría sido tan brillante para los críticos. Si la pareja hubiera sido heterosexual y si el sexo, aunque realista, hubiera sido tratado de manera más sutil, de esta película ni se habla. Y mucho menos se la premia. Pero claro, a los críticos heterosexuales les ha gustado mucho y por eso ganó Cannes…
Por eso, lo que me escama de todo esto (aparte de que me es imposible simpatizar con un señor que ha hecho que sus actrices se sientan poco menos que abusadas…) es que el director ha reducido una historia compleja sobre el amor, la amistad, la intimidad… en una larguísima escena de sexo hecha desde el punto de vista de un observador masculino y heterosexual (qué sorpresa) que reduce a las lesbianas y a las mujeres en general en objetos hipersexualizados cuyas prácticas sexuales son y deben ser aquellas que despiertan los deseos de este público en particular. Como siempre, se reduce a las mujeres (lesbianas o no) a lo mismo. Objetos. Objetos con los que vender, comerciar, excitar… objetos masturbatorios y poco más.
Esta película no hace ningún favor a la causa homosexual, más bien todo lo contrario.

Si me extiendo tanto y me expreso con tanta vehemencia es porque quiero que mi punto de vista (que es el de muchas lesbianas también) ayude a entender por qué tanta indignación justificada con esta película, por eso insisto en dar explicaciones de lo que considero que es un enfado lógico (el que también siente la propia autora del cómic) y no una pura histeria “porque sí”.
Recomiendo encarecidamente la lectura del cómic original para que cualquiera compruebe la diferencia por si mismo en todo cuanto afirmo: claro que hay sexo, de hecho nadie niega la necesidad de que lo haya, pero está tratado de una manera completamente diferente: con buen gusto, sensibilidad y respeto. Son escenas estéticas y realistas, no tan facilonas, exageradas y burdas como en la película, donde la mirada masculina y casi onanista se delata por sí sola. La autora, Julie Maroh, también expresó su indignación al respecto. Conste, insisto, que en ningún momento se discute sobre no mostrar sexo en la película, de hecho es necesario y está justificado que se muestre, pero no ASÍ. El problema no es con el sexo explícito siempre que esté justificado y bien presentado. El problema es cuando se ha decidido mostrar una escena sexual larguísima con el único propósito de crear morbo gratuito y polémica para después querer tomar al espectador por tonto, hacerse el ingenuo y pretender venderlo como “arte”. Eso es lo indignante. Más que una relación sincera y realista entre dos mujeres parece una fantasía pornográfica bastante tópica (e incluso ridícula por determinadas posturas) de un hombre heterosexual.
Tened por seguro que si Kechiche hubiera dirigido “Brokeback Mountain” o una historia de amor con dos hombres como protagonistas, ni de coña se habría recreado tanto. Es por este cúmulo de circunstancias por el que las lesbianas nos sentimos tan ofendidas: se nos reduce siempre a lo mismo, al mismo papel de objetos destinados a dar placer o morbo a la audiencia… Es curioso que las mayores alabanzas procedan, justamente, de hombres heterosexuales; las mujeres, heteros o lesbianas, la ponen bastante peor y son mucho más críticas. Será quizá porque la cosificación sexual de la mujer es algo tan enquistado en nuestra sociedad, en todos los ámbitos, lo tenemos tan admitido, que ni se permite darle la vuelta cuando alguien lo cuestiona (y entonces, de hacerlo, se nos tacha de histéricas, mojigatas o estrechas de mente, como si confundiéramos “abiertos de mente” con “necesidad de mostrar sexo explícito”) y, como siempre, se visibiliza a las lesbianas sólo para la consecución del placer masculino; se las muestra como objetos sexuales en la pantalla con la hipócrita excusa de que es necesario ver esas escenas pornográficas para entender la vida de la protagonista. Y así, la vida de Adèle se queda reducida a “La vida sexual de Adèle”. Una película fácil, vulgar, pornográfica, con todo lo que podía haber dado de sí (no se dedica apenas atención a la lucha interior de la protagonista, a los conflictos con sus padres y amigas ni la solución a los mismos, no se incide en la necesidad de una mayor visibilización y normalización, etc.)… Creo sinceramente que Kechiche no quiso desarrollar con la misma extensión y profundidad ningún otro tema más que el sexual, disfrazando tal cantidad exagerada de escenas pornográficas bajo tres horas de “cine” y “arte”. El director parece que sólo se dirige a un público específico para que alabe su obra. Podía haber hecho una verdadera maravilla, pero se dejó cegar por el recurso más fácil y explícito. Es verdaderamente una lástima”.

Crisis…¡y acción!

Escrito por Antía Díaz
1 de marzo de 2014 a las 14:19h

Éste es el programa de anoche en Vtelevisión. Desde ayer, Lalín no tiene cines. Ninguno. Se suma a una larga lista de ciudades gallegas que han apagado proyectores en los últimos años… Y esto nos llevó a dedicarle La Otra Vía a la crisis del cine en España. Ojo, no a la crisis del cine español. La pregunta esencial era ésta: ¿por qué no vamos al cine? Nos ayudaron a responder (y a hacernos mil preguntas más) Miguelanxo Fernández, crítico de cine de La Voz de Galicia; José Luis Losa, director de Cineuropa; Emma Lustres, que dirige la productora Vaca Films; Víctor Salgado, abogado especialista en temas de tecnología e Internet, y Pablo Gómez Sala, de la nueva Agrupación Cinematográfica Galega.

Sería imposible resumir todo lo que ayer escuchamos y vimos, incluida la entrevista con el presidente de la Academia del Cine, Enrique González Macho. Así que os dejo aquí los enlaces para que podáis ver el programa.

Primera parte: http://www.vtelevision.es/programas/laotravia/2014/03/01/0031_91_203303.htm
Segunda parte: http://www.vtelevision.es/programas/laotravia/2014/03/01/0031_91_203304.htm